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Ahorita, cuando dijiste
todo eso y me miraste
como diciéndome, a ti te
deben haber pasado cosas
peores. Te lo digo.
Fueron tiempos de madre.
Cuando veían un rayo
disparaban para que el
trueno ahogara el ruido.
¿Te acuerdas? Aparecía
gente muerta al lado del
arado. Y el negro
Pascasio con su cuento
de que era el cielo
quien disparaba y la
gente creyendo aquello
de que el Cielo
disparaba y de que los
rayos traían balas.
Fueron tiempos de madre.
Quiero decirte algunas
cosas que no he dicho
sobre lo que pasó en
casa de mi hermano.
Siempre no fui el que tú
conoces, el que pone de
ejemplo Clemente en los
cuartones, el que cuando
íbamos peinando pisoteó
al que estaba escondido
en la zanjita y allí
mismo se armó el lío.
¿Te acuerdas? Nos
tiramos de rodillas,
cuerpo a cuerpo. Los
cogimos a todos. De los
dos que quedaron,
Canario fue el que
habló. Lo dijo todo;
bueno, no todo, porque
yo sabía más y no lo
dije porque todavía no
tenía valor para
decirlo, porque el
coraje, ahora lo sé,
tiene la paciencia
larga; parece que
necesita aprendizaje.
Pero ahora no puedo
aguantar más y te lo voy
a decir para que sepas.
Las cosas no fueron como
la gente sabe. En la
Guanábana, te acordarás
de que habían ahorcado a
Juan Jiménez y a Pancho
Cruz. Yo los vi colgando
de la mata, y los había
visto un rato antes
dándole café yagua al
batallón que había
cogido a Nando Lima. Esa
misma noche fue la cosa
en casa de mi hermano.
Cuando te digo que a
veces me dan ganas de
destaparme los sesos de
un balazo.
No sé si te acordarás
que cuando ustedes se
fueron a tirar el cerco
nos dejaron en la casa
tres fusiles, por si
acaso. Yo no te vi y no
sé si tú me viste, pero
tú debías estar entre
los que fueron a tirar
el cerco. Me acuerdo que
aquella noche, Rita nos
dio la clase. Fue muy
corta porque no teníamos
los nervios para clases.
Como a las nueve
apagamos y cada cual
desde su cama se puso a
decir cosas, y yo sudaba
y sudaba sin hablar
porque sabía que si
hablaba me descubrían el
miedo. Quiero que sepas
que antes de lo de la
casa de mi hermano yo no
había tirado un tiro ni
para matar una tojosa.
Ya te dije que siempre
no fui el mismo. Cuando
te digo que a veces me
dan ganas de levantarme
la tapa de los sesos de
un balazo.
Me acuerdo de todo lo de
aquella noche como si
fuera ahora sobre todo
de Rita y sus uñas
largas de habanera que
no podré olvidar. Me
acuerdo que Rosa decía
que era mejor que no
vinieran y quiso
encenderle una vela a la
virgen, pero Juan no la
dejó porque si venían
con el problema todo
podía coger fuego. Él le
había dicho un momento
antes para calmarla: “No
van a venir, mujer. No
vienen”. Pero yo sabía
que él sabía que iban a
venir. Y Tico diciendo
que si venían nos
fajábamos a los tiros y
yo pensando que eso lo
decía para lucirse
delante de Rita. Y Rita
diciendo que con las
cosas que hacían uno
odiaba más, y Rosa
hablando de los niños y
mi hermano calmándola y
yo pensando que no
quería morirme y que
fajarse allí era morirse
y que Tico de todas
maneras, quería lucirse
delante de Rita, y que
Iban a venir. Así era la
cosa. Poco a poco
dejamos de hablar. Con
el silencio sudaba más,
porque pensaba cosas.
Veía arriba de la cabeza
de mi sobrino el
resplandor del cigarro y
eso me tranquilizaba
porque no quería que se
durmiera. Al lado, donde
estaban Juan y Rosa,
comenzó a chirriar la
cama. Yo no sé cómo
pudieron ponerse en esas
cosas aquella noche.
Veía a Rita que no podía
dormir y daba vueltas y
más vueltas, y vi que mi
sobrino la quería tocar,
pero ella tosió y él se
quedó quieto. El
chirrido de la cama se
acabó y volvió el
silencio. Bueno,
silencio no, tú sabes.
Seguía el resplandor
sobre la cara de Tico y
eso me tranquilizaba.
Rita, me acuerdo, así
oscuro como estaba
aquello, se puso a
arreglarse las uñas. Las
tenía muy largas y
cuidadas. No sé si se
las viste, pero eran
uñas que por aquí no se
ven. Con la lima se las
estaba afilando cuando
la interrumpí y le dije
que por qué no paraba,
que el ruidito me ponía
nervioso. Y Tico, para
hacerse el gracioso,
dijo que las habaneras
hasta en el monte
siempre andaban con esas
cosas y que no me
pusiera nervioso, que si
venían nos fajábamos a
los tiros y que ya no
había que pensarlo.
Entonces, Rosa, que yo
pensé que después de
hacer eso estaría
dormida, dijo que eso de
arreglarse las uñas no
era malo, y que Rita
tenía unas uñas muy
bonitas.
Me acuerdo de todo lo de
aquella noche como si
fuera ahora, de todos
los detalles; sobre todo
de Rita y de esa
casualidad de estarse
afilando las uñas, como
preparándolas. Me
acuerdo de todo lo de
aquella noche. ¿A ti no
te ha pasado así alguna
vez con alguna noche? Me
acuerdo de que Tico le
preguntó a Rita si sabía
manejar el fusil y ella
le dijo que no y
entonces él le dijo:
“Mañana te enseño. Tú me
alfabetizas y yo te
fusilizo”. Me acuerdo de
la risa de Rita. Nos
volvimos a callar y
sudaba cada vez más y
estaba pendiente de todo
y cualquier ruido me
producía un salto en el
pecho. Estaba con los
ojos muy abiertos
mirando a Rita que
dormía de lado cuando
los gritos vinieron
subiendo desde la
cañada. Me quedé
paralizado. Tico de un
saltó se hincó de
rodillas junto a la
ventana. Me levanté y vi
a mi hermano sentado en
la cama apuntando por
los agujeros de las
tablas. Rosa y los niños
gritaban y me fui hacia
ellos. Las voces se oían
cada vez más cerca. Me
acuerdo que Rosa dijo
que les diéramos comida,
por los niños, y yo
también dije que era lo
mejor, y después ver qué
se hacía. Tico se me
vino encima, furioso y
me gritó: ¡Pendejo!, que
qué me pasaba, que si yo
no había visto lo que
hacían. ¡Ay, si Tico
hubiera visto lo que
hice después! Cuando te
digo que a veces me dan
ganas de levantarme la
tapa de los sesos de un
balazo. Me parece ver a
Tico asomándose a la
puerta, gritándoles
antes de empezar a
dispararles. La
respuesta fue una lluvia
de plomos sobre el
bohío. Quisiera que tú
vieras. Las tablas caían
cortadas limpiamente,
como por una sierra;
parecía que el bohío se
estaba derrumbando.
Después volvió el
silencio y después las
voces más cerquita, pero
Tico les respondió que
las armas nunca y se
formó el acabóse.
Estábamos a oscuras y
las únicas luces salían
de los fogonazos. Entre
el estruendo oí la voz
de Rosa y la gritería de
los niños. Me iba
arrastrando cuando oí la
voz de Tico diciéndome
que estaba herido. Me
acerqué, tenía la camisa
tinta en sangre, le pasé
la mano por el pecho y
encontré la herida y la
toqué con el dedo y el
dedo casi le cupo
dentro. Entonces Rita
cogió un fusil y empezó
a disparar por los
agujeros. Puse a Tico
arriba de la cama y
arrastrándome llegué al
lado de mi hermano.
Disparaba desesperado
cuando le dieron en la
cara y se cayó para
atrás dando brincos como
un pollo cuando le
retuercen el pescuezo.
Rita había dejado de
disparar porque no sabía
cargar el fusil. Los
tiros seguían desde
afuera, pero fueron
amainando al darse
cuenta que no les
respondíamos. Todo duró
poquito.
Rosa salió corriendo con
los niños, gritando que
no tiraran y Rita se
acurrucó en la cama. Las
voces se oían mucho más
cerca y entonces me
golpeé en la nariz con
la culata del fusil de
Tico, me di duro y
después en la frente y
le metí el dedo en la
herida, y le pasaba la
mano por el pecho y me
embarré de sangre toda
la cabeza. Lo quité de
arriba de la cama y lo
puse en el piso y me
tiré en la cama con la
cabeza boca abajo sobre
el charco de sangre que
todavía estaba
tibiecita. Escuché la
voz de Rosa y cómo
trasteaban en la cocina.
Entonces entró uno que
tenía los ojos verdes y
parecía el jefe y cuando
vio a Rita, dirigiéndose
al que lo seguía le
dijo: “Pero si es un
pollito, un bombón, la
putica maestrita”. Le
apuntaba con la pistola
y el otro la sujetó por
detrás y el que parecía
el jefe de un tirón le
arrancó la blusa y los
ajustadores. En la otra
cama abusaban de Rosa,
que gritaba con gritos
que te digo que me
parece que todavía estoy
oyendo. Después la
sacaron, y Rita preguntó
por los niños y primero
le dijeron que en el
cielo y después que
estaban encerrados en el
excusado. El que tenía
los ojos verdes, ese que
después supimos que era
el jefe, se acercó a
Rita. ¡Si tú ves lo que
hizo Rita! Dejó que se
le acercara bien y
entonces, con precisión,
le clavó esas uñas
largas y afiladas que
tenía en los ojos verdes
que se volvieron rojos.
No tuvo tiempo ni para
cerrar los párpados. El
tipo comenzó a gritar
con las manos en los
ojos y el que lo
acompañaba le entró a
tiros a Rita, la
acribilló a balazos.
Estos últimos tiros se
confundieron con los que
venían de la cañada, y a
través de los ojos
entreabiertos vi la
desbandada. Entonces
agarré el fusil de Tico
y cuando huían les tiré,
creo que tumbé a dos.
Cuando ustedes llegaron,
¿te acuerdas?, me
encontraron disparando y
al tipo dando tumbos
alrededor del bohío con
las manos en los ojos.
Les mentí. Les dije que
había perdido el
conocimiento que tan
pronto lo recobré
comencé a disparar.
Cuando te digo que
cuando me acuerdo me dan
ganas de levantarme la
tapa de los sesos de un
balazo. Después, no sé.
La rabia, la conciencia,
los remordimientos que
muerden como perro
jíbaro aquí dentro,
todas las cosas, uno que
cambia. Las cosas que
uno ve y va
comprendiendo. Después
ya fui otro, ese que tú
veías en mí antes de
decirte lo que te estoy
diciendo.
*
Manuel Cofiño:
La Habana, 1936. Realizó
estudios de Ciencias
publicitarias y de
Filosofía y Letras en la
Universidad de La
Habana. Su libro de
cuentos, Tiempo de
cambio, fue premiado
en el concurso XVI
Aniversario del 26 de
Julio, convocado por la
Dirección Política de
las Fuerzas Armadas
Revolucionarias (FAR),
en 1969. Su novela La
última mujer y el
próximo combate,
recibió el premio
correspondiente a dicho
género en el concurso
auspiciado por la Casa
de las Américas, en
1971. En 1973, recibió
una mención en el
concurso anual
patrocinado por la Unión
de Escritores y Artistas
de Cuba (UNEAC) por
Cuando la sangre se
parece al fuego.
Fue vicepresidente de la
Sección de Literatura de
la
UNEAC.
Falleció en la capital
cubana el 8 de abril de
1987 cuando solo contaba
51 años. |