La Habana. Año IX.
12 al 18 de MARZO
de 2011

Correo Canal RSS Canal en Twitter Facebook Flirck You Tube

 

BÚSQUEDA AVANZADA   . . .

ENLACES

SUSCRIPCIÓN
 
 

 
La noche baja
 Manuel Cofiño (La Habana, 1936)

Ahorita, cuando dijiste todo eso y me miraste como diciéndome, a ti te deben haber pasado cosas peores. Te lo digo. Fueron tiempos de madre. Cuando veían un rayo disparaban para que el trueno ahogara el ruido. ¿Te acuerdas? Aparecía gente muerta al lado del arado. Y el negro Pascasio con su cuento de que era el cielo quien disparaba y la gente creyendo aquello de que el Cielo disparaba y de que los rayos traían balas. Fueron tiempos de madre.

Quiero decirte algunas cosas que no he dicho sobre lo que pasó en casa de mi hermano. Siempre no fui el que tú conoces, el que pone de ejemplo Clemente en los cuartones, el que cuando íbamos peinando pisoteó al que estaba escondido en la zanjita y allí mismo se armó el lío. ¿Te acuerdas? Nos tiramos de rodillas, cuerpo a cuerpo. Los cogimos a todos. De los dos que quedaron, Canario fue el que habló. Lo dijo todo; bueno, no todo, porque yo sabía más y no lo dije porque todavía no tenía valor para decirlo, porque el coraje, ahora lo sé, tiene la paciencia larga; parece que necesita aprendizaje. Pero ahora no puedo aguantar más y te lo voy a decir para que sepas.

Las cosas no fueron como la gente sabe. En la Guanábana, te acordarás de que habían ahorcado a Juan Jiménez y a Pancho Cruz. Yo los vi colgando de la mata, y los había visto un rato antes dándole café yagua al batallón que había cogido a Nando Lima. Esa misma noche fue la cosa en casa de mi hermano. Cuando te digo que a veces me dan ganas de destaparme los sesos de un balazo.

No sé si te acordarás que cuando ustedes se fueron a tirar el cerco nos dejaron en la casa tres fusiles, por si acaso. Yo no te vi y no sé si tú me viste, pero tú debías estar entre los que fueron a tirar el cerco. Me acuerdo que aquella noche, Rita nos dio la clase. Fue muy corta porque no teníamos los nervios para clases. Como a las nueve apagamos y cada cual desde su cama se puso a decir cosas, y yo sudaba y sudaba sin hablar porque sabía que si hablaba me descubrían el miedo. Quiero que sepas que antes de lo de la casa de mi hermano yo no había tirado un tiro ni para matar una tojosa. Ya te dije que siempre no fui el mismo. Cuando te digo que a veces me dan ganas de levantarme la tapa de los sesos de un balazo.

Me acuerdo de todo lo de aquella noche como si fuera ahora sobre todo de Rita y sus uñas largas de habanera que no podré olvidar. Me acuerdo que Rosa decía que era mejor que no vinieran y quiso encenderle una vela a la virgen, pero Juan no la dejó porque si venían con el problema todo podía coger fuego. Él le había dicho un momento antes para calmarla: “No van a venir, mujer. No vienen”. Pero yo sabía que él sabía que iban a venir. Y Tico diciendo que si venían nos fajábamos a los tiros y yo pensando que eso lo decía para lucirse delante de Rita. Y Rita diciendo que con las cosas que hacían uno odiaba más, y Rosa hablando de los niños y mi hermano calmándola y yo pensando que no quería morirme y que fajarse allí era morirse y que Tico de todas maneras, quería lucirse delante de Rita, y que Iban a venir. Así era la cosa. Poco a poco dejamos de hablar. Con el silencio sudaba más, porque pensaba cosas. Veía arriba de la cabeza de mi sobrino el resplandor del cigarro y eso me tranquilizaba porque no quería que se durmiera. Al lado, donde estaban Juan y Rosa, comenzó a chirriar la cama. Yo no sé cómo pudieron ponerse en esas cosas aquella noche. Veía a Rita que no podía dormir y daba vueltas y más vueltas, y vi que mi sobrino la quería tocar, pero ella tosió y él se quedó quieto. El chirrido de la cama se acabó y volvió el silencio. Bueno, silencio no, tú sabes. Seguía el resplandor sobre la cara de Tico y eso me tranquilizaba. Rita, me acuerdo, así oscuro como estaba aquello, se puso a arreglarse las uñas. Las tenía muy largas y cuidadas. No sé si se las viste, pero eran uñas que por aquí no se ven. Con la lima se las estaba afilando cuando la interrumpí y le dije que por qué no paraba, que el ruidito me ponía nervioso. Y Tico, para hacerse el gracioso, dijo que las habaneras hasta en el monte siempre andaban con esas cosas y que no me pusiera nervioso, que si venían nos fajábamos a los tiros y que ya no había que pensarlo. Entonces, Rosa, que yo pensé que después de hacer eso estaría dormida, dijo que eso de arreglarse las uñas no era malo, y que Rita tenía unas uñas muy bonitas.

Me acuerdo de todo lo de aquella noche como si fuera ahora, de todos los detalles; sobre todo de Rita y de esa casualidad de estarse afilando las uñas, como preparándolas. Me acuerdo de todo lo de aquella noche. ¿A ti no te ha pasado así alguna vez con alguna noche? Me acuerdo de que Tico le preguntó a Rita si sabía manejar el fusil y ella le dijo que no y entonces él le dijo: “Mañana te enseño. Tú me alfabetizas y yo te fusilizo”. Me acuerdo de la risa de Rita. Nos volvimos a callar y sudaba cada vez más y estaba pendiente de todo y cualquier ruido me producía un salto en el pecho. Estaba con los ojos muy abiertos mirando a Rita que dormía de lado cuando los gritos vinieron subiendo desde la cañada. Me quedé paralizado. Tico de un saltó se hincó de rodillas junto a la ventana. Me levanté y vi a mi hermano sentado en la cama apuntando por los agujeros de las tablas. Rosa y los niños gritaban y me fui hacia ellos. Las voces se oían cada vez más cerca. Me acuerdo que Rosa dijo que les diéramos comida, por los niños, y yo también dije que era lo mejor, y después ver qué se hacía. Tico se me vino encima, furioso y me gritó: ¡Pendejo!, que qué me pasaba, que si yo no había visto lo que hacían. ¡Ay, si Tico hubiera visto lo que hice después! Cuando te digo que a veces me dan ganas de levantarme la tapa de los sesos de un balazo. Me parece ver a Tico asomándose a la puerta, gritándoles antes de empezar a dispararles. La respuesta fue una lluvia de plomos sobre el bohío. Quisiera que tú vieras. Las tablas caían cortadas limpiamente, como por una sierra; parecía que el bohío se estaba derrumbando.

Después volvió el silencio y después las voces más cerquita, pero Tico les respondió que las armas nunca y se formó el acabóse. Estábamos a oscuras y las únicas luces salían de los fogonazos. Entre el estruendo oí la voz de Rosa y la gritería de los niños. Me iba arrastrando cuando oí la voz de Tico diciéndome que estaba herido. Me acerqué, tenía la camisa tinta en sangre, le pasé la mano por el pecho y encontré la herida y la toqué con el dedo y el dedo casi le cupo dentro. Entonces Rita cogió un fusil y empezó a disparar por los agujeros. Puse a Tico arriba de la cama y arrastrándome llegué al lado de mi hermano. Disparaba desesperado cuando le dieron en la cara y se cayó para atrás dando brincos como un pollo cuando le retuercen el pescuezo. Rita había dejado de disparar porque no sabía cargar el fusil. Los tiros seguían desde afuera, pero fueron amainando al darse cuenta que no les respondíamos. Todo duró poquito.

Rosa salió corriendo con los niños, gritando que no tiraran y Rita se acurrucó en la cama. Las voces se oían mucho más cerca y entonces me golpeé en la nariz con la culata del fusil de Tico, me di duro y después en la frente y le metí el dedo en la herida, y le pasaba la mano por el pecho y me embarré de sangre toda la cabeza. Lo quité de arriba de la cama y lo puse en el piso y me tiré en la cama con la cabeza boca abajo sobre el charco de sangre que todavía estaba tibiecita. Escuché la voz de Rosa y cómo trasteaban en la cocina. Entonces entró uno que tenía los ojos verdes y parecía el jefe y cuando vio a Rita, dirigiéndose al que lo seguía le dijo: “Pero si es un pollito, un bombón, la putica maestrita”. Le apuntaba con la pistola y el otro la sujetó por detrás y el que parecía el jefe de un tirón le arrancó la blusa y los ajustadores. En la otra cama abusaban de Rosa, que gritaba con gritos que te digo que me parece que todavía estoy oyendo. Después la sacaron, y Rita preguntó por los niños y primero le dijeron que en el cielo y después que estaban encerrados en el excusado. El que tenía los ojos verdes, ese que después supimos que era el jefe, se acercó a Rita. ¡Si tú ves lo que hizo Rita! Dejó que se le acercara bien y entonces, con precisión, le clavó esas uñas largas y afiladas que tenía en los ojos verdes que se volvieron rojos. No tuvo tiempo ni para cerrar los párpados. El tipo comenzó a gritar con las manos en los ojos y el que lo acompañaba le entró a tiros a Rita, la acribilló a balazos. Estos últimos tiros se confundieron con los que venían de la cañada, y a través de los ojos entreabiertos vi la desbandada. Entonces agarré el fusil de Tico y cuando huían les tiré, creo que tumbé a dos.

Cuando ustedes llegaron, ¿te acuerdas?, me encontraron disparando y al tipo dando tumbos alrededor del bohío con las manos en los ojos. Les mentí. Les dije que había perdido el conocimiento que tan pronto lo recobré comencé a disparar. Cuando te digo que cuando me acuerdo me dan ganas de levantarme la tapa de los sesos de un balazo. Después, no sé. La rabia, la conciencia, los remordimientos que muerden como perro jíbaro aquí dentro, todas las cosas, uno que cambia. Las cosas que uno ve y va comprendiendo. Después ya fui otro, ese que tú veías en mí antes de decirte lo que te estoy diciendo.

 


* Manuel Cofiño: La Habana, 1936. Realizó estudios de Ciencias publicitarias y de Filosofía y Letras en la Universidad de La Habana. Su libro de cuentos, Tiempo de cambio, fue premiado en el concurso XVI Aniversario del 26 de Julio, convocado por la Dirección Política de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR), en 1969. Su novela La última mujer y el próximo combate, recibió el premio correspondiente a dicho género en el concurso auspiciado por la Casa de las Américas, en 1971. En 1973, recibió una mención en el concurso anual patrocinado por la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) por Cuando la sangre se parece al fuego. Fue vicepresidente de la Sección de Literatura de la UNEAC. Falleció en la capital cubana el 8 de abril de 1987 cuando solo contaba 51 años.

 
 
 
 
.
© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2011.