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Una nueva generación de
pintores y escultores
irrumpe en el panorama
de la plástica cubana en
los años 30 del siglo
XX. Estos artistas traen
consigo inquietudes
desconocidas hasta ese
momento en el contexto
cultural insular. Entre
ellos destaca la figura
aislada de una mujer,
Amelia Peláez del Casal,
quien impondrá una nueva
manera de percibir la
realidad tomando como
eje rector los
principios de la
modernidad.
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El talento de Amelia
Peláez se aprecia desde
sus obras iniciales
realizadas en el primer
lustro de la década de
los años 20 como
discípula aventajada del
maestro Leopoldo
Romañach. Con ansias de
nuevos conocimientos,
viaja a París en 1927 y
allí entra en contacto
con las vanguardias
artísticas de la Escuela
de París y, por
consiguiente, con el
lenguaje moderno, que
asume plenamente. Su
mente, ávida de
conocimientos, se
encuentra abierta a la
enseñanza artística y
así matricula diferentes
cursos libres en la
Grande Chaumière, la
Escuela Nacional
Superior de Bellas Artes
y la Escuela del Louvre.
A la vez, visita
frecuentemente el Museo
del Louvre, donde
estudia directamente las
obras de los grandes
maestros de la pintura.
El contexto es muy
favorable para su
aprendizaje y la joven
Amelia queda
impresionada ante la
obra de Cézanne, Braque
y Matisse. Sin embargo,
para su formación
artística será decisivo
el encuentro con
Alexandra Exter, pintora
de origen ruso con la
que explora a
profundidad la pintura
de vanguardia, en
particular la dinámica
del color, el
abstraccionismo y el
diseño escenográfico.
Entre 1931 y 1934 ―año
de su regreso a Cuba―
toma clases con
Alexandra y, tal como
ella misma reconoce, a
las enseñanzas de esta
artista “…debo mi mayor
adelanto y conocimiento
técnico”
.
Su primera exposición en
París, en la Galería Zak,
del 28 de abril al 12 de
mayo de 1933, constituye
un éxito. Sobresale la
calidad de su pintura,
apreciándose desde
entonces el rigor de la
estructura compositiva.
Se observa variedad en
lo mostrado,
avizorándose que la
joven Amelia, aún por
definir su estética, ya
presenta obras de una
súbita madurez como “La
liebre o Gundinga”.
En el conjunto
presentado se encuentran
las naturalezas muertas
que aparecen como
repentino motivo de
inspiración ―tal y como
se aprecia en
“Naturaleza muerta sobre
ocre”― y que ocupan el
centro de su obra desde
inicios de los años 40
en adelante. Tal y como
afirma Ramón Vázquez, su
más exhaustivo
investigador,
refiriéndose a sus años
europeos: “El conjunto
hubiera bastado para
colocarla en el primer
rango del vanguardismo
cubano…”
en el contexto de la
época.
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"Naturaleza
muerta sobre
ocre", 1930 |
Amelia asume con sentido
crítico las influencias
que se mueven a su
alrededor. Dentro de la
variedad de propuestas y
artistas que la rodean,
indaga en todas las
variantes que puedan
nutrir su arte. Sus
experimentaciones
cubistas se encuentran
entre las más
interesantes
experiencias innovadoras
llevadas a cabo por los
artistas de la
vanguardia cubana en
cualquier época. Entre
otras, sobresalen
“Composición con
porrón”, “Composición
con vasos” y
“Composición con
texturas”, realizadas
todas hacia 1933, en las
cuales Amelia se acerca
con curiosidad a la
abstracción, en unos
casos indagando en las
formas geométricas y en
otras a través de la
mancha de color.
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"Composición con
vasos", 1933 |
Al regresar a Cuba en
enero de 1934, trae
consigo su producción
realizada en el viejo
continente y una probada
formación como pintora
moderna. Amelia ha
cuajado cabalmente como
artista en París y
retorna a casa con una
consolidada madurez
creativa. Sin embargo,
no se lanza rápidamente
a exponer en los
espacios culturales de
la Isla. Prefiere ir
madurando su conciencia
artística a través del
dibujo frente a la
exuberante realidad
tropical.
Un año después de su
viaje a París decide
reaparecer en los
espacios culturales de
La Habana con una
exposición personal en
el Lyceum (25 de enero - 4
de febrero de 1935), con
una selección de obras
de su periplo europeo.
Esta muestra resulta
decisiva para
incorporarla, como
fuerza de primer orden,
al panorama de la joven
plástica moderna cubana.
El lúcido ensayista y
director de Cultura de
la Secretaría de
Educación por aquel
entonces, José María
Chacón y Calvo, en el
prefacio al catálogo
afirma: “Con el arte de
Amelia Peláez vivimos en
un ambiente de pureza
absoluta. Pintura con
los colores precisos.
Pintura sin mancha”.
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"Flores
amarillas", 1928 |
La pintura de Amelia se
llena de nuevos
contenidos a su contacto
con la tierra natal.
Para otros críticos del
momento como Ramón
Guirao “[…] con
Carlos
Enríquez y Amelia Peláez
se actualiza nuestra
pintura, o sea, se
resumen todas las
modalidades europeas de
vanguardia”.
El sentido experimental
de su pintura se hace
evidente en los
magníficos bocetos
“Naturaleza muerta con
frutabomba” y
“Naturaleza muerta con
frutas y vitrales”
en los cuales se
observa cómo Amelia
supera el ascendente
europeo para adentrarse
en un lenguaje que la
aproxima a una
morfología, una
luminosidad y un color
propios de nuestro medio
insular. Estas obras
constituyen una
anticipación de lo que
posteriormente será la
línea fundamental de
desarrollo de toda su
pintura: las naturalezas
muertas.
Los años 30 se
caracterizan por una
continuidad de su
trabajo en Europa, al
que inteligentemente
Amelia irá incorporando
aquellos motivos que
enriquecen su pintura
como citas de un
ambiente que le
brinda una luz y color
propios de las
coordenadas caribeñas.
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"Naturaleza
muerta
con
melón",
1954 |
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Ya en el “Florero”, de
1938, se aprecia el uso
de la línea negra en
forma de arabesco en una
fase germinal, apenas un
atisbo del desarrollo
posterior, en los años
40 y 50, donde la línea
sinuosa se transforma en
enredadera que
estructura y envuelve
las formas al centro de
la composición,
usualmente las carnales
y sabrosas frutas
tropicales.
Y es que, precisamente a
partir del tema de la
naturaleza muerta,
Amelia Peláez alcanza el
centro de gravedad que
mejor define su obra
plástica. Esto se hace
evidente desde época
temprana, con una férrea
disciplina en los años
30, al estilo de
“Naturaleza muerta con
mameyes”, aún alejada de
la sensualidad y el
barroquismo alcanzados
por su obra en la década
de los 40.
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"Naturaleza
muerta con
mameyes" |
Su pintura logra sus más
sobresalientes
resonancias próximas al
pensamiento estético e
intelectual de
José
Lezama Lima y a la
generación de artistas y
escritores nucleados
alrededor de la revista
Orígenes
(1944-1956). Vinculada
estrechamente a
Lezama
desde 1939 ―cuando este
publica la revista
Espuela de Plata―
ahora, gracias al
ideario lezamiano,
Amelia se une a un grupo
de pintores más jóvenes
como Mariano Rodríguez y
René Portocarrero,
quienes deciden
emprender el rescate de
la memoria histórica de
las raíces hispánicas de
la cultura cubana. Ya se
observa en la artista
una anticipación de
estas búsquedas en una
obra de exquisito
intimismo como su dibujo
“Siesta” (1941), en el
que la figura femenina
se integra al mobiliario
y a las artes
decorativas que se
encuentran en la
habitación, tema
explorado a través de un
dramático colorido en
los antológicos
Interiores del Cerro,
de René Portocarrero.
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"Siesta", 1941 |
Esta recuperación del
pasado tiene un carácter
creador, dinámico, como
piedra angular de una
imagen moderna que
retroalimenta una
identidad fortalecida y
proyectada como
paradigma de lo criollo.
En tal sentido, las
naturalezas muertas de
Amelia desempeñan un
papel protagónico junto
con los interiores
domésticos concebidos
por Portocarrero y
Mariano. Y si este
último indaga en la
calle y atrapa en gamas
de enriquecido colorido
aspectos de nuestra
realidad inmediata como
“La catedral de La
Habana” y “El parque”,
Amelia se regodea en un
espacio interior
cerrado, íntimo, donde
el centro de atención
son las frutas cubanas y
las innumerables
posibilidades expresivas
del tema de las
naturalezas muertas en
un ambiente que se
regodea en el ornamento
de la arquitectura
colonial. Así surge su
apropiación de los
vitrales o medios puntos
que aportarán
decisivamente a su
manera de estructurar la
composición. Filtra con
finura exquisita los
colores que otorgarán un
misterio esencial a sus
obras. El artista y
crítico de arte Jorge
Rigol señala cómo
“Amelia Peláez vive
inmersa, literalmente,
en el mundo de formas
que poblarán su pintura”,
señalando la sabia
relación que establece
la artista entre el
exterior ―rodeado de
rejas, flores, frutos,
hojas, árboles y luz― y
el interior ―dominado
por mamparas, muebles,
utensilios y vitrales.
Por su parte Graziella
Pogolotti señala con
agudeza: “[…] la sólida
arquitectura del cuadro
otorga a lo íntimo un
sentido de
monumentalidad,
transforma lo cotidiano
en imagen simbólica de
lo trascendente”.
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1945 |
Cuando Alfred Barr jr. y
José Gómez Sicre
realizan su selección de
obras para exponer en el
Museo de Arte Moderno de
Nueva York (MOMA) la
alta representatividad
de Amelia con 11 obras
―entre las cuales se
encuentran óleos,
acuarelas, dibujos y un
gouache―, la confirman
como una de las artistas
más significativas del
panorama plástico
insular. En ese momento
se revela la pintura de
Amelia como una
confirmación de un
estilo original que ha
evolucionado de su
aprendizaje europeo
hacia formas nuevas muy
relacionadas con una
mirada que penetra con
agudeza la realidad
cubana. “Siempre, sobre
la carnalidad de la
ornamentación estará
vigente la voluntad de
ordenación de las
estructuras, pero,
siempre, también, a
través de estas,
sobreponiéndose a estas,
estará presente, en
prodigioso equilibrio de
fuerzas contrastantes,
la sensualidad de la
ornamentación.
Confluentes del gran río
de su pintura, estos
rasgos darán a la obra
de Amelia Peláez esa
fisonomía a una vez
universal y cubana con
que se enfrentará a la
posteridad”.
No se puede hablar de la
obra de Amelia de los
años 40 sin referirse al
tratamiento tan
particular que hizo de
las figuras femeninas.
Nutriéndose de la
estética de lo feo,
propio de las
vanguardias artísticas
europeas del siglo XX,
Amelia confiere en su
pintura cierto carácter
entre grotesco y
dramático a sus perfiles
de mujer, tal y como
aparecen en sus obras
“Las dos hermanas”
(1944), “Mujer” (1945) y
“Mujer” (1947), todas
pertenecientes a la
colección del Museo
Nacional de Bellas Artes
de La Habana.
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"Mujer", 1947 |
En los años 50 ocurren
cambios significativos
en su pintura, la que,
sin perder su
personalidad
definitoria, oscila
hacia un estilo próximo
a la abstracción
geométrica. De manera
general, el
abstraccionismo como
corriente expresiva
incide notablemente en
la plástica cubana de la
época. En tal sentido,
una artista consagrada
como Amelia, aunque
mantiene inalterable la
esencia de su estilo, se
acomoda a un tipo de
composición en la que
prevalece la morfología
hacia la geometría, lo
que se aprecia, entre
otras, en su óleo
“Peces” (1958),
resuelto en una
espléndida gama de
azules. Tal como señala
José Antonio Portuondo:
“La abstracción en
Amelia es
fundamentalmente
concreción de esencias
cubanas, visión de
nuestra realidad fundada
en el color crudo, en
las formas que
proliferan, se
entrelazan, invaden con
ímpetu tropical la
existencia cotidiana,
creando una atmósfera
mágica que confiere a
las formas habituales, a
las cosas cotidianas y
vulgares ―costureros,
peces, frutas, jarrones,
muebles― una
personalidad de
excepción”.
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"Peces",
1958 |
Durante los 60, el color
luminoso es una
dominante en un grupo de
composiciones de
vigorosa estructura que
generalmente presenta un
motivo dominante al
centro del cuadro. Esta
poética particularmente
atractiva de la
producción de Amelia se
inicia con “Naturaleza
muerta con mameyes”,
realizada en 1959. En
“Girasol”, la gama de
amarillos es
particularmente intensa,
logrando una riqueza
notable de texturas a
través del uso de una
pasta espesa de óleo con
la cual crea un
exquisito bordado.
También en esta época
llega a su máximo
esplendor la utilización
de los vitrales o medios
puntos, apreciándose el
equilibrio entre dibujo
y color de una manera
admirable en “Naturaleza
muerta en azul”, una de
sus obras maestras.
Algunas de estas piezas
realizadas en 1964 se
encuentran entre lo más
selecto del trabajo de
Amelia a lo largo de su
fructífera carrera.
Entre 1964 y 1967 Amelia
continúa realizando una
obra de gran envergadura
―que alterna sabiamente
con obras de menor
rango―, que sitúa a este
momento creativo entre
los más felices de la
artista. La línea negra
sigue definiendo los
contornos que
circunscriben las
grandes áreas luminosas
de color. “Florero” y
“Girasol”, ambas de
1964, y “Naturaleza
muerta en azul” son tres
magníficos ejemplos de
la producción “ameliana”
en los años finales de
su vida.
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"Girasol", 1964 |
La obra de Amelia Peláez
constituye un monumento
a la defensa de los
valores identitarios de
la cultura cubana.
Afianzándose en estas
raíces, supo
proyectarlas en un
lenguaje universal de
singular unidad. Su
evolución transcurre sin
saltos, en una
continuidad que se
afirma en la voluntad de
ser consecuente con ella
misma sin desvíos ni
repeticiones. “Amelia
gustó de encontrar lo
diferente sin perder la
unidad del decir propio”.
Es por ello que ocupa un
espacio de honor dentro
de la plástica cubana
para, desde ahí,
conquistar un merecido
reconocimiento en el
ámbito latinoamericano e
internacional.
*
Curador
de la exposición MNBA
A partir de 1950
el acercamiento
de Amelia a la
cerámica juega
un rol decisivo
en una nueva
manera de
relacionarse con
la pintura. De
su concepción
como ceramista
se nutre la
morfología de
sus
composiciones
pictóricas, que
alcanzan un
sentido evidente
en la
estructuración
de las formas.
Tal como afirma
María Elena
Jubrías: “[…] su
obra pictórica
posterior a 1950
hubiera sido
distinta sin la
rica experiencia
que constituyó
su incursionar
en la cerámica”.
Recomendamos
consultar: María
Elena Jubrías:
Amelia
Peláez. Cerámica,
Ediciones
Vanguardia
Cubana, Sevilla,
2008, p. 105.
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