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En 1934, Amelia Peláez
regresó a Cuba después
de siete años de
residencia europea. Al
marcharse era apenas la
aventajada discípula de
Romañach en la Academia
San Alejandro; ahora,
después de pasar por la
Grande Chaumiére
y la Escuela del Louvre,
pero sobre todo, después
de disfrutar del
magisterio de la rusa
Alexandra Exter e
inaugurar una exitosa
muestra personal en el
París de 1933, se había
convertido en una figura
singular y atractiva
para la vanguardia
insular. Muy pronto la
casona familiar de la
calle Estrada Palma en
La Víbora se vería
frecuentada por
artistas, críticos de
arte y escritores. Entre
estos últimos se
encontraba el joven
abogado
José Lezama Lima,
quien trabajó por un
tiempo en el bufete del
Dr. Humberto Mederos,
esposo de Elena Peláez,
hermana de la artista.
Inicialmente, el autor
de Muerte de Narciso
pasó el umbral de
aquella residencia
interesado en conocer a
Carmela del Casal,
hermana del poeta Julián
del Casal, del que
conservaba fotos,
manuscritos y objetos
personales, que él
contempló con devoción
más de una vez y
contribuyeron a la
escritura del
excepcional ensayo que
dedicara a este en
Analecta del reloj,
años antes de trabajar
en la edición de sus
Prosas y de componer
su “Oda a Julián del
Casal”. Sin embargo,
pronto trabó relación
con una de sus hijas,
Amelia, se interesó en
su obra y la vinculó a
los proyectos
editoriales que
promovía.
Gradualmente, descubre
en ella una labor de
síntesis de los
hallazgos plásticos
mediterráneos, aplicada
a la mirada sensual de
lo cubano y una obsesiva
búsqueda del color
nacional que servía para
la creación de una
tradición o su
sustitución por la
poesía, se trataba, en
lo esencial, de mostrar
“un estilo de vida”.
Cuando presenta en
febrero de 1940 la
muestra de la artista en
la Universidad de La
Habana dentro de la
exposición El arte en
Cuba, su evolución en la
obra de algunos de
nuestros artistas,
organizada por el
Instituto Nacional de
Artes Plásticas,
descubre cómo la
creadora trasciende la
pura preocupación por lo
sensorial y logra
resolver la aparente
hostilidad entre “la
carnalidad y la
estructura”, de manera
equilibrada, a partir de
lo que Valéry llamara
“la sombría sed de
claridad”.
Aparentemente Amelia
quería penetrar una
lejanía galicana: buscar
la estructura —concepto
inmóvil—, alejándose de
la extensión cubierta
por un enemigo: la luz
desesperada. Pero esa
estructura más que una
entelequia será una
espada, balanza o paloma
del Espíritu Santo,
luchando como se ve, en
uno de sus lienzos de
furioso verdor, contra
un oleaje fuera del
definidor logos.[1]
La artista no estableció
con los futuros
integrantes del grupo
Orígenes una relación
tan estrecha como la que
tuvieron otros artistas
como Mariano Rodríguez y
René Portocarrero. Nunca
hizo vida de tertulias y
cafés, además de
trabajar en su pintura,
debía dedicar tiempo,
aún en las noches, a
realizar trabajo
docente, además de las
jornadas consagradas a
la cerámica, primero en
el taller de Santiago de
las Vegas y luego en su
propio establecimiento
de la calle Juan Bruno
Zayas. Además, su
padecimiento auditivo la
hizo cada vez más
reservada y apegada a su
hogar, aunque siempre
recibió en él a las
amistades, entre las que
se encontraban no solo
el propio Lezama sino
también el Padre Gaztelu,
el escultor Lozano, el
músico Julián Orbón, el
crítico Guy Pérez
Cisneros y el escritor
Cintio Vitier.
A partir del segundo
número de Espuela de
Plata (1940-1941),
ella aparece entre los
que “aconsejan” en la
revista y así se mantuvo
en sus créditos hasta el
último ejemplar, aunque
su única colaboración
visible fue en la cuarta
edición, marcada como
E-F, que incluye al
final un dibujo suyo, en
el que un grupo de
campesinos juega dominó,
que es una pequeña obra
maestra, por el
virtuosismo del dibujo y
la elegancia con que
capta una escena al
parecer trivial pero que
ella rodea de una rara
belleza. En Nadie
parecía (1942-1944),
la revista que Lezama y
Gaztelu subtitularon
“Cuaderno de lo bello
con Dios”, se reproduce,
en el tercer número un
gouache sin
título de la artista.
Cuatro veces colaboró
con la revista
Orígenes. La primera
ocasión tuvo lugar en el
tercer número,
correspondiente a
octubre de 1944, cuya
portada incluyó un
dibujo suyo, lo mismo
ocurre en el ocho
(Invierno de 1945), el
20 (Invierno de 1948) y
contribuye por última
vez en el 33 de 1953,
que es, precisamente, el
dedicado al Centenario
martiano, en el que
Lezama coloca su
editorial “Secularidad
de José Martí”. La
crítico Adelaida de Juan
ha escrito en el
catálogo de la
exposición
Orígenes... las flechas
de su propia estela,
presentada en la Casa de
las Américas en junio de
1994, con motivo del
cincuentenario de la
revista, la siguiente
valoración sobre estas
portadas: “Dibujos a
línea, fuertes planos o
trazos en negro, formas
irregulares que casi
llegarán a la
abstracción en las
cuales ya apenas se
adivinan la figura de la
mujer o los elementos
arquitectónicos y la
herrería que la pintora
haría tan fuertemente
suyos”[2].
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"Hermanas en el
balcón", 1958 |
El número ocho fue muy
importante para ella,
pues en él se incluyó el
ensayo “Ornamento y
naturaleza muerta en la
pintura de Amelia
Peláez” escrito por el
pintor, crítico,
coleccionista y futuro
cineasta, el suizo
Robert Altmann, por
entonces residente en
Cuba. El texto es uno de
los más extensos e
interesantes dedicados a
la labor de Peláez y
apareció acompañado por
unas páginas
ilustrativas en las que
se reproducían fotos de
obras de Amelia, en
paralelos con otras que
captaban mamparas, rejas
y otros detalles de
interiores y patios
domésticos cubanos.
Con gran lucidez, este
creador y crítico es
capaz de descubrir la
relación existente entre
la obra de Amelia y la
evolución del arte
ornamental que viene del
período barroco en Cuba,
se apoya en estudios
anteriores de Weiss,
Martha de Castro y Anita
Arroyo. A partir de allí
fundamenta el empleo del
ornamento en la pintora
como escritura
simbólica. Clasifica los
ornamentos que encuentra
en sus creaciones en dos
grandes grupos: “los que
constituyen una
imitación estilizada de
objetos arquitecturales
o decorativos del siglo
pasado cubano ”y “los
que son enteramente
libres”, en contra de lo
que ha resultado una
constante en la opinión
de nuestros críticos,
otorga al primer grupo
un papel de “segundo
plano” y resalta los
otros, que según él, “la
llevan a inventar una
nueva escritura, de la
cual surge, como cosa
natural que confirma la
tradición, una
naturaleza-muerta nueva,
estrechamente ligada a
esta escritura, y por su
espíritu y método
recuerda la
naturaleza-muerta del
siglo XVII nacida de la
escritura ornamental del
Barroco”. Llega a
afirmar que Amelia “ha
introducido en la
pintura una nueva
estética, una nueva
escritura y una nueva
idea del espacio.”
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"Naturaleza
muerta", 1930 |
En su arte se refleja
una concepción nueva del
objeto y al mismo tiempo
una rehabilitación de un
arte olvidado. Su íntimo
desarrollo lleva
insensiblemente al
terreno de la historia e
introduce así un poco de
la idea del tiempo en la
pintura. Las
transparencias de sus
ornamentos dejan
traslucir las raíces de
su creación, las
contradicciones que supo
vencer y como se
transformó en la armonía
final de una obra de
arte de calidad.[3]
Dos años antes, en
agosto de 1943, otra
figura vinculada a la
órbita estética de
Orígenes, Guy Pérez
Cisneros, ha publicado
en la revista Grafos
Havanity un texto
contradictorio, titulado
“Amelia Peláez o el
Jardín de Penélope”. El
texto, aunque muy agudo
al señalar la condición
rigurosa y no
exclusivamente
decorativa del cubismo
en Amelia, resulta torpe
al condicionar de manera
demasiado estricta la
poética de esta a las
marcas de género y la
relación que por su
condición femenina
establece con el hogar y
las labores a él
asociadas.
El cubismo de Amelia no
es decorativo:
el objeto no pierde
nunca su dignidad de
objeto, no se repite, no
se desdobla por fórmulas
mecánicas. Hay siempre
amor o respeto de la
sensación subjetiva, esa
mortal enemiga de lo
decorativo. Pero
indiscutiblemente la
gran libertad del color,
la morosidad de la
técnica, la preocupación
del “trabajo que borra
las huellas del
trabajo”, son hechos
emparentados con lo
decorativo; pero son
hechos naturales en una
mujer que es también
pintora, y que no pierde
su feminidad en la
pintura.
[4]
Pocas obras hay menos
literarias, más
puramente plásticas que
la de Amelia y
paradójicamente, tan
incitadora para poetas y
prosistas. En sus
lienzos no se describe,
se sintetiza la
realidad: objetos del
mundo vegetal, animal,
del arte, generan al
asociarse una atmósfera
de poética irrealidad,
reforzada por el color.
Más que un estilo,
Amelia logra una utopía,
un orbe que hermana la
naturaleza y el arte, lo
mítico y lo doméstico.
Es la luz quien
aprisiona y da unidad a
tantos elementos. Más
que nostalgia del pasado
hay en su obra una
reinvención de sus
esencias, ya privadas de
lo anecdótico. Lezama en
la ya citada “Página...”
de 1940 descubre en este
quehacer plástico una
“sombría sed” que puede
entenderse como la
búsqueda de lo medular
en lo cubano.
En la pintura de Amelia
hay menos literatura que
en la de Portocarrero,
la figura humana cede su
lugar a los objetos; más
que el mito, le interesa
el regodeo de la luz, su
juego con las formas.
Amelia no describe,
sintetiza, le basta con
un mediopunto, una
columna, una mampara,
las relaciones entre
estos generan una
vibración, una tensión y
la naturaleza muerta
cobra vida. Ella adapta
las experiencias
cubistas de Braque y
Picasso al trópico,
descubre el ingenuo
abstraccionismo de las
lucetas, la riqueza de
volúmenes del frutero
barroco. Sus telas
sugieren la imposible
detención del tiempo.
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"Naturaleza
muerta con
pitahaya", 1942 |
Estos hallazgos pueden
explicar por qué su
huella en la cultura
cubana no se limita solo
al terreno de las artes
plásticas sino que por
una singular ruta de
“confluencias” puede
influir en los poetas de
su tiempo. Esto se hace
evidente, por ejemplo,
en la obra de otro autor
de Orígenes:
Eliseo Diego, cuyas
descripciones de ciertos
interiores domésticos,
tienen un inconfundible
“sabor a Amelia”. Así
sucede en “El olvido”,
poema de Por los
extraños pueblos: la
casa solitaria “en la
pobreza silenciosa del
tiempo”, tiene una
existencia secreta, una
belleza que es preciso
revelar, sin contarnos
una historia, el vínculo
de las mamparas con el
reloj y las columnas, el
contrapunto entre el
azul y lo oscuro,
generan una resonancia
en el lector que adivina
detrás de esta atmósfera
toda una aventura
espiritual:
Y otras bestias
risueñas,
sopladas por el fuego,
entre el azul irrumpen,
¡oh mamparas!,
en las hirientes
fábulas.
Y el ornamento
del oscuro reloj
con las columnas,
lejano y hondo,
suena despacio con la
tarde.[5]
Algo semejante ocurre
con “La luceta”, donde
con particular
virtuosismo recoge en
una décima el efecto de
la luz que entra en una
estancia a mediodía,
descompuesta en una
escala cromática por el
efecto de los vidrios;
es muy elocuente el paso
de la blancura exterior,
cegadora, al colorido
con que se tamiza en el
interior:
Entra el blanco mediodía
por las abiertas
persianas
y huyen las sombras
livianas
al interior de los días.
Desciende a las losas
frías
el arco iris violento:
el amarillo sediento
y el violeta que lo
acuna,
y el limpio añil de la
luna
como un hondo
pensamiento.[6]
Es el mismo efecto que
ha logrado la artista en
obras como: “Interior
con columnas”
(1951) y “Naturaleza
muerta en azul”
(1963), donde la luz,
que viene a la tela
desde el fondo, pasa por
una delicada estructura
de variados motivos,
antes de arder en los
matices del mediopunto.
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"Naturaleza
muerta en azul",
1963 |
La relación de Amelia
con varios de estos
intelectuales no se
agotó con la
desaparición de la
revista Orígenes.
En 1964, con motivo de
la exposición personal
que ella mostró en la
Galería Habana, Lezama
escribe las palabras al
catálogo, publicadas en
La Gaceta de
Cuba en junio de ese
año.
El color que emplea es
una minucia de las
aproximaciones. El
color, más que una
proliferación que se
apoya, tiende a una
movilidad que penetra.
Ese color se goza en el
girar de sus
comprobaciones. Las
variantes de un mismo
color se van extendiendo
por los planos
sucesivos, su
composición se
fundamenta en esos
planos, que son
contorno, límite,
ordenamiento, pero
también resolución,
dirección de la materia,
proa del color. Cada uno
de esos planos
representa la dinamia,
las variantes y como el
mundo de infinitos
matices que rodean a una
figura o a un cuerpo y a
las delicias que rinden
el ofrecimiento de una
fruta. Muestra así su
arte como un modo sereno
para llegar a lo
deleitable. Mientras el
color se extiende en la
ganancia de su disfrute,
ofrece siempre un centro
de serena composición y
de convergencia
iluminada por los
sentidos.[7]
Cuatro años después, con
motivo del fallecimiento
de la artista, la misma
publicación, en su
número de abril-mayo de
1968, acoge su
conmovedora página “En
la muerte de Amelia
Peláez”:
Trabajó por gentiles
aproximaciones un estilo
criollo, que era también
universal, donde lo
criollo volvía a abrir
los ojos de lince al
lado de Argos […] Partía
de una fruta, de una
cornisa, de un mantel, y
al situarlo en la
lejanía, en la línea del
horizonte, lo
reconocíamos como lo
mejor nuestro, distinto
en lo semejante. Cada
uno de sus elementos
plásticos venía de una
gran tradición. Una
voluptuosidad
inteligente que
comenzaba por ser una
disciplina, una
ascética, un ejercicio
espiritual.[8]
Notas:
[1]
José Lezama
Lima: “Una
página para
Amelia Peláez”.
En: La
visualidad
infinita. La
Habana.
Editorial Letras
Cubanas, 1994,
p.163.
[2]
Adelaida de
Juan: “Orígenes...las
flechas de su
propia estela”.
En: Catálogo
de la exposición
por el
cincuentenario
de Orígenes,
Galería
Latinoamericana,
Casa de las
Américas, junio
de 1994.
[3]
Robert Altmann:
“Ornamento y
naturaleza
muerta en la
pintura de
Amelia Peláez”.
En: Orígenes,
Año 2, no.8,
Invierno,
1945,p. 14
[4]
Guy Pérez
Cisneros:
“Amelia Peláez o
el Jardín de
Penélope”. En:
Las
estrategias de
un crítico.
La Habana,
Editorial Letras
Cubanas, 2000,
p.168.
[5]
Eliseo Diego:
“El olvido”. En:
“Por los
extraños
pueblos”,
Poesía. La
Habana,
Editorial Letras
Cubanas, 1983,
p. 99.
[6]
_______ : “La
luceta”. En: En:
“Por los
extraños
pueblos”,
Poesía,
p.125.
[7]
JLL: “Amelia”.
En: La
visualidad,
p.165.
[8]
JLL: “En la
muerte de Amelia
Peláez”. En:
La visualidad,
p.170.
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