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A fines de 1927, en
medio del crudo invierno
europeo, Amelia Peláez
llegó a París y se
instaló en un modesto
apartamento del número
11 de la Avenida Junot.
Había obtenido una muy
luchada bolsa de viaje
—no tanto por ella, sino
por sus profesores de la
Academia de San
Alejandro— que le
garantizaba 100 dólares
mensuales por parte de
la Secretaría de
Educación del gobierno
de la República de Cuba.
Burocráticamente la fundamentación de la
beca se basaba en la
realización de un
estudio sobre la
organización y el
funcionamiento de las
escuelas y museos de
Francia, aunque en
verdad la artista tenía
en mente la
confrontación con las
noticias que a Cuba
llegaban de lo que
estaba pasando en el
arte europeo, cuyo
centro de irradiación
más importante era
París.
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Una primera aproximación
a la evolución de las
formas que acontecía en
las llamadas vanguardias
europeas, la tuvo Amelia
cuando en el verano de
1924 realizó un viaje de
estudios a EE.UU. En la
nación norteña
permaneció unas semanas
en Filadelfia, pero al
trasladarse a Nueva York
y matricular un curso
por la libre en The Art
Student League, bajo la
égida de George C.
Bridgman, se dio cuenta
de que los argumentos
académicos que poseía
estaban a punto de ser
barridos por la época.
Nueva York todavía no
era lo que fue después,
pero se notaban, entre
los profesores y
estudiantes que venían
del otro lado del océano
Atlántico, las huellas
de las vanguardias.
En Francia, Amelia vivió por casi seis
años. Cumplió como pudo
con la encomienda que
había recibido —por
cierto, sus informes
cayeron en saco roto—
pero dedicó su tiempo en
algo mucho más útil para
su formación personal:
ver, estudiar, pintar,
encauzar su talento
hacia lo que le dictaba
su sensibilidad.
Fue una suerte para ella
encontrarse con
Alexandra Exter
(1882–1949). Natural de
Ucrania, desarrolló una
intensa vida artística
en París, donde se codeó
con Leger, Braque y
Apollinaire. Se
adscribió a las
estéticas cubistas y
futuristas, pero nunca
mantuvo criterios
ortodoxos. Los
principios pedagógicos
de esta profesora
resultaban muy
exigentes. Le concedía
una gran importancia a
los procesos de
elaboración técnica e
intelectual de los
modelos tomados de la
realidad, sobre la base
del respeto a las
poéticas de sus alumnos.
No les dictaba un
precepto estético, sino
la idea de que las
reglas de la
composición, la
perspectiva, el dominio
de la línea, el
equilibrio armónico de
los espacios y el
conocimiento de la
paleta cromática no solo
constituían rudimentos
técnicos indispensables,
sino instrumentos para
revelar el mundo
interior del artista. Y
ese mundo fue el que
afloró en Amelia, a
medida que la Exter le
fue enseñando con el
método de la
decantación.
Debido a ese rigor, y
por la propia naturaleza
meditativa de la joven
artista cubana, nunca
dada a dar saltos en el
vacío ni a llamar la
atención antes de saber
hacia dónde encaminarse,
la inserción de Amelia
en la vanguardia fue
gradual, pero preñada de
logros definitivos.
En el cambio cualitativo
de su pintura, Amelia
asimiló rasgos del
cubismo y del
constructivismo, no
afiliándose; sin
embargo, a los efluvios
surrealistas tan en
boga. Las primeras
tendencias se avenían
mejor con la carga
emocional que poblaba su
retina: los jardines y
la arquitectura cubanos,
la ornamentación
doméstica insular, las
luces del trópico, la
atmósfera de las
ciudades de su isla.
Estando en París, se dio
un salto a Madrid, donde
admiró las colecciones
del Museo del Prado y
mató el deseo de admirar
la obra de Zurbarán y
Velásquez. Realiza
incursiones a ciudades
de Italia, Alemania,
Hungría y
Checoslovaquia, para
visitar museos y
galerías.
Hacia 1933, la artista
que había descubierto a
París, tuvo la dicha de
que París la descubriera
a ella. En la Galería
Zak, una de las más
célebres de la capital
francesa, exhibió un
conjunto de 35 óleos y
tres gouaches.
Naturalezas muertas con
frutas y peces, paisajes
de sutil conformación y
dúctil colorido, figuras
femeninas difuminadas en
una geometría de líneas
precisas y firmes
contornos poblaron
dichas superficies.
André Salmon se
entusiasma: “La Peláez
se sitúa de pronto en el
rango de las artistas
que hay que seguir”.
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"Mujeres", 1944 |
Cuba asoma en sus
composiciones. Amelia
Peláez está lista para
ascender al olimpo de la
pintura cubana. |