La Habana. Año IX.
19 al 25 de MARZO
de 2011

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Avenida Junot, No. 11
Virginia Alberdi • La Habana
Foto: Berestein

A fines de 1927, en medio del crudo invierno europeo, Amelia Peláez llegó a París y se instaló en un modesto apartamento del número 11 de la Avenida Junot.  Había obtenido una muy luchada bolsa de viaje —no tanto por ella, sino por sus profesores de la Academia de San Alejandro— que le garantizaba 100 dólares mensuales por parte de la Secretaría de Educación del gobierno de la República de Cuba. Burocráticamente la fundamentación de la beca se basaba en la realización de un estudio sobre la organización y el funcionamiento de las escuelas y museos de Francia, aunque en verdad la artista tenía en mente la confrontación con las noticias que a Cuba llegaban de lo que estaba pasando en el arte europeo, cuyo centro de irradiación más importante era París.  

Una primera aproximación a la evolución de las formas que acontecía en las llamadas vanguardias europeas, la tuvo Amelia cuando en el verano de 1924 realizó un viaje de estudios a EE.UU. En la nación norteña permaneció unas semanas en Filadelfia, pero al trasladarse a Nueva York y matricular un curso por la libre en The Art Student League, bajo la égida de George C. Bridgman, se dio cuenta de que los argumentos académicos que poseía estaban a punto de ser barridos por la época. Nueva York todavía no era lo que fue después, pero se notaban, entre los profesores y estudiantes que venían del otro lado del océano Atlántico, las huellas de las vanguardias. 

En Francia, Amelia vivió por casi seis años. Cumplió como pudo con la encomienda que había recibido —por cierto, sus informes cayeron en saco roto—  pero dedicó su tiempo en algo mucho más útil para su formación personal: ver, estudiar, pintar, encauzar su talento hacia lo que le dictaba su sensibilidad.  

Fue una suerte para ella encontrarse con Alexandra Exter (1882–1949). Natural de Ucrania, desarrolló una intensa vida artística en París, donde se codeó con Leger, Braque y Apollinaire. Se adscribió a las estéticas cubistas y futuristas, pero nunca mantuvo criterios ortodoxos. Los principios pedagógicos de esta profesora resultaban muy exigentes. Le concedía una gran importancia a los procesos de elaboración técnica e intelectual de los modelos tomados de la realidad, sobre la base del respeto a las poéticas de sus alumnos. No les dictaba un precepto estético, sino la idea de que las reglas de la composición, la perspectiva, el dominio de la línea, el equilibrio armónico de los espacios y el conocimiento de la paleta cromática no solo constituían rudimentos técnicos indispensables, sino instrumentos para revelar el mundo interior del artista. Y ese mundo fue el que afloró en Amelia, a medida que la Exter le fue enseñando con el método de la decantación.  

Debido a ese rigor, y por la propia naturaleza meditativa de la joven artista cubana, nunca dada a dar saltos en el vacío ni a llamar la atención antes de saber hacia dónde encaminarse, la inserción de Amelia en la vanguardia fue gradual,  pero preñada de logros definitivos.  

En el cambio cualitativo de su pintura, Amelia asimiló rasgos del cubismo y del constructivismo, no afiliándose; sin embargo, a los efluvios surrealistas tan en boga. Las primeras tendencias se avenían mejor con la carga emocional que poblaba su retina: los jardines y la arquitectura cubanos, la ornamentación doméstica insular, las luces del trópico, la atmósfera de las ciudades de su isla.

Estando en París, se dio un salto a Madrid, donde admiró las colecciones del Museo del Prado y mató el deseo de admirar la obra de Zurbarán y Velásquez. Realiza incursiones a ciudades de Italia, Alemania, Hungría y Checoslovaquia, para visitar museos y galerías.  

Hacia 1933, la artista que había descubierto a París, tuvo la dicha de que París la descubriera a ella. En la Galería Zak, una de las más célebres de la capital francesa, exhibió un conjunto de 35 óleos y tres gouaches. Naturalezas muertas con frutas y peces, paisajes de sutil conformación y dúctil colorido, figuras femeninas difuminadas en una geometría de líneas precisas y firmes contornos poblaron dichas superficies. André Salmon se entusiasma: “La Peláez se sitúa de pronto en el rango de las artistas que hay que seguir”.  


"Mujeres", 1944


Cuba asoma en sus composiciones. Amelia Peláez está lista para ascender al olimpo de la pintura cubana.
 
 
 
 


galerÍa de obras

Amelia Peláez
y la expresión del color

 


galerÍa de cerámicas

Amelia y la cerámica
 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2011.