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A
Ahora
la obra de la pintora
cubana Amelia Peláez es
casi tan conocida como
el Morro, la Catedral o
el Habana Club. Su
imaginario —que de
alguna manera sintetiza
en códigos de modernidad
el hábitat criollo
tradicional cubano— ha
llegado a ser uno de los
emblemas más frecuentes
de la arquitectura
colonial cubana
encarnada en el decursar
histórico nuestro. Sus
visiones de muros,
rejas, medios puntos,
mamparas, mesas con
manteles, frutas y
naturalezas muertas nos
atrapan por doquier,
tanto en los anuncios
como en la ornamentación
de la vida cotidiana, e
igualmente en esos
destellos necesarios que
nos sitúan bastante
frente a la evocación
visual de la identidad.
En lo personal, debo
confesar que siempre me
ha impactado su lenguaje
de “abstracciones
figurativas”, por lo que
fue con un artículo de
1968 titulado “Rumbos y
estructuras en Amelia
Peláez”, con el que
comencé mi sostenida
presencia de alrededor
de treinta años como
crítico de arte del
periódico Granma.
Ella y esa otra
artista espacialísima,
Antonia Eiríz -la una
apolínea de estilo, la
segunda dionisíaca-
conforman un binomio que
se coloca en el punto
superior de la pirámide
de nombres fundamentales
de la pintura cubana.
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"Jarrón con
flores", 1945 |
M
Mas, la obra de esta
extraordinaria mujer,
que trasciende los
límites de la nación
para ser parte de los
altos valores del arte
visual latinoamericano,
ha sido en sí misma una
fuente para la
producción artística del
país, y un indicador
para determinados tipos
de tectónicas que
concurren en las
disciplinas del diseño.
Incluso, creadores de la
sonoridad tan de nuestro
tiempo, como Carlos
Fariñas, hicieron de sus
texturas reales y de sus
composiciones con
dinámicas líneas en
reposo, una verdadera
propuesta de plástica
temporalizada por la
música. Así, Amelia es
un “universo”, un
surtidero de
posibilidades
simbólicas, y casi uno
de esos “rostros” con
los cuales el arte
cubano se presenta entre
las imágenes de los
entornos cultos a nivel
internacional. Decir
Amelia Peláez es decir
Cuba, Habana, gente
común, vida cotidiana,
intimismo poético,
sensaciones culinarias
de cubanidad y orden.
Sí, mucho orden, puesto
que esta artista pudo
interiorizar en su hacer
—en
el poco tiempo de
estancia parisina—
la noción de
cartesianismo tan
habitual en el
temperamento y el
pensamiento de los
franceses. Aún en esas
imágenes en tonalidades
acromáticas, un tanto
imprecisas y
semioscurecidas, con
figuras medio-recortadas
sobre los fondos
—que
integraron la etapa de
tránsito entre sus
realizaciones de
aprendizaje y las de muy
personal exteriorización—,
ella mostró la
repercusión que el
ordenamiento racional de
lo arquitectónico y el
urbanismo, de las artes
industriales y la
perspectiva
escenográfica, tenían en
su modo de concebir el
cuadro, la cerámica
(como se evidencia en su
enorme mural de fachada
del Hotel Habana Libre)
y otros géneros
trabajados.
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"Las frutas
cubanas",
1957-1958. Hotel
Habana Libre |
E
Ese hacer suyo que se
abrió con el
conocimiento y dominio
de la Academia, y se
afirmó al sumar en lo
pictórico los caracteres
de mobiliarios y
ornamentos circundantes
de su casa natal,
condujo a la serena y
fuerte Amelia por una
travesía que pudo
alimentarse de las
vivencias formales más
corrientes y a su vez de
todo aquello que, en
Cuba o en Europa, le
servía para conformar su
instrumento sustancial
de expresión. No por
gusto sorprendió a los
críticos con su
exposición en la Galería Zak de París, a comienzo
de los años 30, quienes
vieron en ella una
especie de
transformación poética
del contexto doméstico,
donde proponía
sugerencias de formas
dispuestas para ser
completadas por la
imaginación de los
espectadores. Su obra
fue desde siempre una
suerte de diálogo
inconsciente con el
sentir entre auténtico y
aristocrático que por
vía familiar le llegaba
del siglo XIX, y que se
verificaba —sobre todo—
por las improntas
evidentemente recibidas
de su tío poeta Julián
del Casal. En ello está
la clave de su lirismo
estructural, de su
profundidad hedonista, y
así mismo de ese diálogo
permanente con los
lugares recordados, que
la llevaron a generar
“espacios casi
escénicos” encarnados en
luminosas pinturas.
L
Lúcida, equilibrada,
armoniosa en color y
formas, la Peláez
mantuvo siempre un
estado de hacer
trascendente, que no
obstante, partía de la
más normal terrenalidad.
Creaba con la certeza
del placer experimentado
en su saber conjugar lo
geométrico (rectángulos,
rombos, elipsis,
círculos…) y lo
figurativo circundante.
Y aunque para llegar a
ser lo que fue, no tuvo
que pasar las penurias
de otros de su
generación, sí supo
mantener una ética de
sencillez y amistad, de
“ama de casa casada con
el arte”, de
sentimientos limpios y
cualidades ciudadanas,
que daban a su
personalidad una
claridad de espíritu y
sinceridad de
temperamento
equivalentes a sus muy
claras y definidas
creaciones. Luis
Martínez Pedro,
Portocarrero y Mariano
me contaron más de una
vez que Amelia era capaz
de pintar cocinando
suculentos manjares, que
degustaba con rostro
pícaro. En las noches
los invitaba a ellos y a
veces a otros de los
artistas del segundo
grupo de pintores
cubanos modernos
(quienes en buena medida
la admiraban y seguían)
para comer sus
invenciones culinarias,
mientras esperaban la
salida de las cerámicas
del horno. Esa condición
natural de su ser estaba
presente en su
aprehensión del paisaje
citadino, en el diseño
asumido de pescados y
enseres de cocina, en su
deslumbramiento ante la
morfología de manteles y
rejas, e igualmente en
esa capacidad de ver
simultáneamente las
losas tradicionales de
nuestros pisos
decimonónicos y las
estructuras neoclásicas
o eclécticas que arman
el hábitat de nuestra
primera mitad del siglo
XX. Casi con “ojos de
Argos”, la pintora se
apropiaba de facetas e
ingredientes de su
realidad próxima,
fundiéndolos y
convirtiéndolos en
límpidas visiones
artísticas. Todo ello
entraba en la retina de
esta pintora como
argamasa llegada al
horno, para luego
servirle en calidad de
materia formativa de lo
que su mirada, su
ingenio y sensibilidad
convertían en un
enjambre de propuestas
maravillosas.
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Foto: Galería Cubarte |
I
Inundada de azules,
amarillos, a veces rojos
que unificaban la visión
de una de sus
naturalezas más vivas
que muertas, verdes,
tierras, e inusitados
contrastes de primarios
y secundarios o
terciarios cromáticos,
esta pintora y también
diestra dibujante (en
cuyos trazos las curvas
adquirían una presencia
casi orgásmica de
plenitud) hizo suyos —de
otra manera— lo
tempranamente
aprehendido del Barroco, Modigliani (cuya ánima
quizá veía andar por la
zona de Montparnasse que
ella también recorría),
el Cubismo, el Fauvismo
(fundamentalmente de
Fernand Léger) y de los
patrones propios de la
decoración. Una
figuración de
sensaciones naturalistas
implícitas recibiría,
para mejor fecundarse,
las huellas de aquella
escenógrafa que
tuvo como
profesora en la Academia
de la Grande Chaumière:
Alexandra Exter, artista
constructivista y
diseñadora de decorados
y vestuarios para los ballets rusos mostrados
en París. Valiéndose de
tales influencias
enlazadas en código
mixto, la Peláez
protagonizó un derrotero
de creación ascendente,
signado por el mesurado
afán de lo que Eugenio
D’Ors llamó “la obra
bien hecha”, y provisto
de una simbiosis tal de
realismo y geometría
(“abstracción y
naturaleza”, diríamos
con designación de
Worringer) que lo mismo
puede corresponder a un
proyecto artístico de
vida de tipo figurativo,
que a uno alistado en lo
no-figurativo.
A
Arte demostradamente “sintemporáneo”,
de ese que no tiene
tiempo específico para
valer, que será siempre
patrimonio visual para
las personas que lo
contemplen con la
sensibilidad, y cuya
perduración habrá de
activarse en cualquier
época y circunstancia,
el de Amelia Peláez
queda no solo como
“tesoro” depositado en
museos y en colecciones
privadas que han
generado ventas de sus
obras y hasta
falsificaciones, sino a
la vez como parte
inalienable del paisaje
donde vivimos, de la hibridez orgánica que
nos caracteriza, de la
tradición de belleza y
poesía que nos enriquece, y de las lecciones
intemporales para el
oficio de pintores,
dibujantes, arquitectos,
diseñadores ambientales,
publicistas y
escenógrafos. Amelia
será eternamente
Mundo-Amelia.
La Habana. Marzo de 2011 |