Amelia Peláez es
pintora por
excelencia; ella,
quien definió su
vocación desde muy
temprano, ha
declarado1
esta preferencia que
le ocupó espacio y
fervor a lo largo de
una vida útil y
plenamente dedicada
al ejercicio
artístico. Pero ¿y
entonces, de dónde
le llega la pasión
por la cerámica?,
¿de qué manera
encontró el tiempo y
el modo para una
práctica en la cual
los resultados
dependen no solo del
oficio personal y
las capacidades
creadoras?
|

Foto: Galería Cubarte |
El encuentro en
París con la
futurista rusa
Alexandra Exter2
fue decisivo para la
cubana en más de un
aspecto. Pienso que
la versatilidad de
la europea, el
cultivo de
manifestaciones
escenográficas y
diseñísticas
paralelamente a su
labor pictórica,
significó un
importante elemento
en la formación de
la aplicada
discípula que le
llegó del trópico,
por cuanto ensanchó
considerablemente el
horizonte de
opciones y la
valoración de
disciplinas
ancilares, ya que
servían objetivos
diversos de los
inherentes a la
pieza artística
autónoma. Más tarde,
las relaciones con
el doctor en
medicina y
apasionado cultor de
la cerámica, Juan
Miguel Rodríguez de
la Cruz, ejercieron
determinante
influencia para
orientarla dentro de
la práctica de una
especialidad que
ocupó a la artista
durante 12 años3
de su existencia; en
ella hallaría otro
canal de expresión
para su enorme
potencial estético.
Corría 1950 y el
doctor, como fue
llamado por
antonomasia, en
reconocimiento a su
profesión y respeto
a la autoridad
técnica que acumuló,
comenzaría a recoger
sistemáticamente a
Amelia en su casa
familiar del reparto
La Víbora, La
Habana, para
conducirla a la
fábrica de cerámica
que, junto al
también médico
Ramírez Corría,
había comprado el
año anterior. El
deseo fundamental de
la empresa era
trascender la mera
producción comercial
de objetos
utilitarios. En su
rápido automóvil
Porsche, acomodó a
la talentosa mujer
para viajes que
propiciaron una
dedicación
significativa.
Hurgando en el
basurero de la
industria para
hallar recipientes
susceptibles de ser
pintados,
sirviéndose de
formas casi
utilitarias
diseñadas por el
doctor o sugeridas
por la artista,
surgieron las
primeras hornadas de
pequeñas jarras,
mieleras, vasos,
platos, moldes de
material refractario
decorados; en fin,
la miscelánea
variopinta producto
de esa fiebre
creadora que provoca
la cerámica en
quienes descubren la
seductora garra que
nace del barro, el
fuego y los
esmaltes.
|

"Porrón con
motivos
zoomorfos",
1951 |
Rodríguez de la
Cruz, investigador
él mismo de pastas
adecuadas y
pigmentos de origen
nacional, puso a
disposición de
Amelia y de otros
artistas cubanos del
momento4
la técnica
indispensable y les
proporcionó el
estímulo inicial.
Los resultados se
materializarían en
la organización de
exposiciones
colectivas que iban
dando cuenta del
surgimiento de una
dinámica
incorporable al
flujo general del
arte cubano. A
escasos tres años de
colaboración, la
Peláez era situada
al frente de un
proyecto ambicioso y
sui generis
dentro del contexto
cubano: un mural de
losas de terracota
norteamericanas
―esmaltadas luego en
Cuba― con destino a
la fachada del
edificio del
Tribunal de Cuentas
en la Plaza Cívica
José Martí.
Urbanización que,
concebida para dejar
especialmente
señalado el
centenario del
nacimiento del
Apóstol de la
independencia
cubana y relevante
hombre de letras,
cuyo nombre portaría
el conjunto, incluyó
una serie de
edificios públicos y
el monumento a su
memoria. Algo
extraño para la
época sucedió: los
jefes del proyecto
escogieron el boceto
concebido en los
términos más
abstractos posibles.
Así, Amelia ―con el
propio doctor
actuando como
director técnico, y
Mirta García Buch y
Marta Arjona5
en condición de
auxiliares― ideó un
libre juego de
líneas negras y
áreas cromáticas
que, reminiscentes
del lenguaje
plástico de la
autora, desplazaron
al límite la
frontera que separa
los motivos, ya por
entonces definidos,
a base de elementos
característicos de
la arquitectura
tradicional cubana,
del puro diseño
concreto. Tal labor
dio lugar a una
pieza significativa
de la expresión
personal de la
creadora, del arte
cubano y ejemplo de
la adaptación a
determinadas
funciones de la obra
plástica. El rigor
de la técnica
empleada, en una
etapa incipiente de
la cerámica
artística aquí,
facilitó el exitoso
emplazamiento y su
excelente estado de
conservación,
después de pasados
muchos años de la
realización del
trabajo.
|

"Vaso", 1957 |
Sin negar la huella
que en la Amelia
ceramista marcó el
doctor Rodríguez de
la Cruz, a nivel
práctico, otro
capítulo de esa
disciplina se abre
cuando hacia 1955,
con la colaboración
de Wilfredo Arcay,
Gertrudis Ludtke6
y Luis Martínez
Pedro, quien
contribuyó al diseño
de los recipientes,
ella funda su taller
personal, situado en
la calle Juan Bruno
Zayas, a apenas 50
metros de la casa de
la familia Peláez.
Con el apoyo
artesanal mínimo
para levantar los
volúmenes que iban a
ser decorados y el
manejo de las
materias primas, la
artista laboró a
través de la
aplicación ―en
general― de
productos
importados, como la
pasta blanca porosa,
que facilitaron el
ejercicio dentro del
que había obtenido
ya significativos
resultados.
Constancia y
disciplina, sumadas
al incontenible
torrente de la
imaginación,
generarían un
variado repertorio
de objetos que
sirvieron de base al
discurso plástico
que la
caracterizaba: una
labor para la cual
puso en acción todo
lo aprendido y
―desde luego― su
ancha veta creativa.
Otro encargo, esta
vez nada menos que
para el mural que
iría a la fachada
principal del Hotel
Habana Hilton, dio
paso a la creación
de varios bocetos,
entre los que fue
seleccionado Las
frutas cubanas.
Desde 1958, se
convirtió en signo
distintivo del hotel
y de la céntrica
esquina de L y 23,
El Vedado, esta obra
que es resumen de
experiencias, labor
consumada de una
artista en pleno
dominio de sus
capacidades y hecho
representativo de lo
cubano durante los
años 50. Plasmado en
teselas de pasta
vítrea y proveniente
de una manufactura
de Murano, Italia,
el mural disfrutó de
su privilegiada
situación, hasta que
errores al fijarlo
contra la superficie
de concreto
provocaron
desprendimientos
parciales que
motivarían su
remoción total;
corría la década de
los 60, y
situaciones
relacionadas con la
falta de recursos,
posibilidades de
ejecución,
impidieron
devolverlo al
emplazamiento
original, hasta que
en 1998 ―esta vez
ejecutada en México―
la obra volvió a su
lugar de honor. Como
puede imaginarse,
tanto uno como otro,
fueron versiones
del proyecto
concebido por la
autora; pues ella,
para la primera, se
limitó a escoger los
colores y calidades
del material que se
emplearía, según
catálogo.
Testimonios directos
reflejan su
conformidad con la
introducción de
alguna modificación
―como fue el color
dorado que se sumó
al negro, los azules
y el blanco― que, de
acuerdo con el
criterio de la
autora, ayudó a
balancear la gama
empleada. En la
segunda versión se
interpretó ―bajo la
supervisión de un
grupo de expertos―
las indicaciones
conservadas en el
proyecto que guarda
el Consejo de
Patrimonio Cultural
de Cuba.
|

"Las frutas
cubanas",
1957-1958.
Hotel Habana
Libre |
El diapasón cubierto
por Amelia Peláez
fue, pues,
relativamente
amplio: desde la
pequeña vasija con
decoración bajo
cubierta, devenida
hecho artístico por
obra y gracia de su
mano, hasta la gran
producción a escala
ambiental. Tales
realizaciones
entrañan un manejo
muy profesional de
los rasgos
distintivos del
medio utilizado.
Ella debió apoyarse
en técnicos
ceramistas que
fueron los
encargados de
concretar sus
instrucciones; y, si
bien esto resta
integralidad a su
trabajo, no es
precisamente una
deficiencia, tampoco
algo inédito como
método, si nos
atenemos a las
experiencias de
tantos artistas de
renombre universal.
En la dirección de
materializar las
ideas sobre el
portador cerámico,
Amelia demostró
pericia al emplear
el taller; también
una comprensión de
las posibilidades
expresivas del
medio. No es lo
mismo trabajar sobre
una superficie plana
―concedamos que la
losa es opción
cercana a la tela o
al papel a que
estaba habituada―
que adaptar su
plástica a las
superficies curvas
de las vasijas que
con tanta frecuencia
decorara. Pero, aún
sin descartar ese
factor, considérese
que son observables
cambios en su
expresión, que irían
a la pintura, en una
suerte de toma y daca que alimentó
tanto a esta como a
aquella,
introduciendo giros
que, yendo a la
simplificación,
matizaron su labor
pictórica de
aquellos años. Sobre
todo en las temperas
y
gouaches,
la fluidez obtenida
se puede atribuir a
las exigencias de la
cerámica, que
―lógicamente―
permearon otras
zonas de su labor.
Los motivos de la
cerámica no podían
ser distintos a los
de la pintura,
puesto que su
orgánico desarrollo
se localiza ligado a
un proceso mental
que ―altamente
individualizado―
consiguió comunicar
en términos
visuales, afanes de
contemporaneidad,
renovación y cambio,
que no eran ajenos a
sus congéneres,
cuando apuntaban a
la apreciación
universal, sin
perder médula y
raíz. Cada quien con
su vocabulario, cada
cual inserto en una
corriente que,
próxima la década de
los 30, fundió la
voluntad de artistas
e intelectuales de
valía. No por
casualidad, al
Taller de Santiago
de las Vegas, bajo
la égida del doctor,
acudieron miembros
de la primera y
segunda generación
de artistas cubanos
modernos, para
sondear el ―entre
nosotros― nuevo
recurso. Amelia,
pionera en el
movimiento de
renovación de la
pintura, ocupó su
sitio entre quienes,
con una modestia
ejemplar, pusieron
su labor al servicio
de enaltecer una
práctica calificada
con términos
peyorativos, al
situarla entre artes
que se califican de
“menores” o
“aplicadas”.
Ni decir que tal
ubicación deriva de
criterios estrechos,
cuya abolición se
hace cada vez más
urgente propiciar.
Entiéndase que,
desde luego, esta
artista decoró en
serie de pequeñas
jarras vendidas
después en alguna
tienda por
departamentos de la
capital a precios
irrisorios; pero no
ver la plenitud del
diseño general de la
cubierta de tales
piezas y su íntima
relación con las
formas escogidas, la
potencia que alienta
en los mejores
ejemplos, no
considerar el
significado profundo
de la sencilla labor
como entrenamiento
para mayores
empresas y
destacables
aciertos, es pecado
de indiferencia,
achacable solo a una
miope valoración del
aporte de Amelia en
su conjunto. Ella,
preparada para la
exploración de lo
bidimensional, salvo
excepciones7
no intentó servirse
del volumen más que
como otro vehículo
para su ejercicio
pictórico; pero, al
dignificar el
pequeño objeto,
alguna vez destinado
exclusivamente a la
función utilitaria,
alcanzó a dotarlo de
una envoltura que
―fundiéndose
inseparablemente
con su entraña― lo
hizo merecedor de la
trascendencia de la
que hoy disfruta. La
producción de
pequeñas maravillas
representa momentos
que,
indudablemente,
fueron de gozo para
quien las creó. La
soltura de su
ejecución se
trasmite con un
sostenido
tratamiento de
constantes que,
dentro de sus
límites, hacen
crecer variaciones
infinitas.
|

"Vasos con
motivos
geométricos
y mujeres de
perfil",
1951 |
Saltando de una
forma a la otra,
Amelia exploró las
posibilidades de
vasijas tipos, a
través de un elenco
compuesto por vasos,
porrones, bandejas,
fruteros, boles,
platos, ceniceros,
que acogieron
―también las placas
y las losas―
naturalezas muertas,
perfiles de mujer,
flores y frutas, el
libre arabesco de
los cierres de
hierro de las casas,
bordados y tejidos,
el preciso dibujo de
los vitrales, las
sugerencias de
elementos
arquitectónicos...
Todo demuestra que
la creadora tomaba
muy en serio los
cacharros8,
para transformarlos
en hechos de valor
estético. La exitosa
gestión no radicó en
la índole de las
interpretaciones,
pues es ahí donde
radica lo
significativo de la
entrega. Seguir el
proceso descrito,
permite apreciar un
método que, sin
abandonar lo muy
sentido, aquello
visceral afirmado
tan certeramente
cuando expresara su
punto de vista
frente a la
realidad, descansaba
sobre un inteligente
sistema
investigativo y la
capacidad de
recapitulación.
Muchas veces he
pensado que la clave
para la invención
radica en no dejar
escurrirse de la
memoria aquellas
cosas de verdadero
significado en
nuestra existencia
(penas, alegrías,
viajes, encuentros,
emociones) que luego
son retornadas a un
plano superior,
concentrándolas en
la obra artística,
como si el
protagonista se autocitara; queda en
el cedazo lo
fundamental, las
partículas capaces
de subir a la
superficie desde el
subconsciente, donde
han permanecido
guardadas. Así vemos
cuajar el estilo,
por medio de acordes
que van repitiéndose
―diversamente― en
otra curva de la
espiral. Recuerdo
uno de los trabajos
sobre papel que
hiciera en los años
309
y cómo, tantos años
después, en 1957,
retorna el sentido
del efecto logrado,
para una cerámica.
El dibujo del porrón
en aquel
collage
se manifiesta en el
plano de la
premonitoria
recurrencia del
contenedor, que más
tarde se explayaría
físicamente en
numerosas obras
conseguidas a partir
de la
materialización
volumétrica, que lo
convierte en sujeto
de su plástica. La
cadena de nexos no
es casual, ni impuro
resultado del azar;
sino consecuencia de
una voluntad de
estilo cuya génesis
descansa sobre esa
especie de arca de
Pandora de la cual
no salen desgracias,
sino oportunidades
de deleite.
Las naturalezas
muertas que pueblan
sus cerámicas10
son herederas de los
grandes lienzos, de
las estupendas
temperas y los
evanescentes
gouaches,
donde se
concretaron. Los
perfiles de mujer
―¿los calificamos de
picassianos?― de los
años 50, frecuentes
en los dibujos de la
artista11
tienen su correlato
en ciertas
cerámicas, cuando
hace girar todo un
universo de
elementos orgánicos
en torno al esquema
con el único ojo
visible
transformado: ¿ser
humano?, ¿reptil?,
¿intenciones
panteístas?,
¿fórmula para
exorcizar la fobia
que sufría ante la
proximidad de una
lagartija?12
Lo importante no es
arribar a
conclusiones
detallistas sobre un
factor u otro, sino
el análisis de las
señales que emite la
plástica facultada
del don de
mantenerse incólume
en lo esencial. La
característica línea
negra fue llevada
también a la
cerámica, para así
favorecer la veta
decorativa que
ostenta la obra de
Amelia, en su
potestad de
establecer animada
interacción con los
temas de
composiciones
creadas con tal
respeto al
equilibrio y la
proporción, que hace
pensar en el canon
de los antiguos,
cuando de ocupar un
lugar en el espacio
se trata.
Hay en la cerámica
de esta mujer mucho
de arte, tanto como
de la sabiduría
técnica sobre la que
se apoya toda hazaña
física o
intelectual. Lo
demás es brillante
improvisación, la
melodía que discurre
coincidiendo con un
insistente batir
percusivo; así se
proyecta un volumen
que ha recibido los
conocimientos
acumulados por el
artesano a lo largo
de milenios. Cuando
una gran artista
incorpora la forma
popular, utilizada,
repetida hasta el
cansancio ―sublimada
luego por el
diseñador― actúa a
otro plano, al
descubrir la propia
expresión en los
colores o el vibrar
de la superficie
pintada que abraza
el cuerpo de la
pieza. Como
organismos vivos
son, pues, los
objetos dejados por
Amelia Peláez en
esta faceta de su
trabajo.
|

"Plato con
motivos de
mujer de
perfil",
1950 |
¿A dónde la habría
conducido su
fantasía y el rigor
demostrado, de no
haber quebrado la
relación con fuego y
tierras? Hay un
plato13,
donde prescinde de
las soluciones
antes descritas, en
cuanto al traslado y
reinterpretación de
signos ya probados
en otros soportes;
aquí, ni una línea,
ni un plano, tampoco
el trazo que permita
la alusión
figurativa por
intrincada que pueda
ser: colores y
efectos táctiles, es
todo; así de simple
y ―sin embargo― es
magnético el
resultado que remite
a la entraña
cerámica. La línea
negra se ha fundido
para marcar su eco
en el área del ancho
borde, mientras que
el rojo del mar
Pacífico (hibiscus)
brilla en el centro
de la cavidad, para
nombrarlo
indirectamente, en
hermosa metáfora
visual. Es la
abstracción que
aflora de tanto en
tanto, fijada por
una pieza tardía que
se inserta
sorpresivamente en
el camino trazado
hacia otro punto,
para caer de lleno
dentro de lo
concreto, y rendir
inusitado tributo a
lo matérico. Hay un
antes, pero no un
después, y esta
aventura queda, no
digo que inconclusa,
sino abierta, para
dar inéditas
muestras de ansias
manifiestas y
acentos atribuibles
a la alegría de la
creación.
Amelia, estoy
convencido, asumió
la cerámica como
parte inseparable de
su profesión, como
persona decidida a
expresarse
plenamente. Fue
disciplina que
creció
paralelamente al
oficio de pintora,
nutriéndose de sus
ganancias y
recursos; pero
recorrida como campo
fecundo para la
experimentación y
vehículo de
proyectos inéditos.14
La cantidad y
calidad de las obras
realizadas, el lugar
que ocupan en su
curriculum,
el entusiasta
vínculo con esa
especialidad, la
fundación de un
taller independiente
del estudio donde
pintaba, hacen
pensar en una
actitud seria e
intensa. El abandono
de la actividad
puede tener razones
de variado origen:
sus problemas de
diabetes y con la
visión, dificultades
surgidas de la
existencia de un
taller privado como
el de ella, en el
seno de una economía
apuntada a la
centralización de
las gestiones
productivas y
comerciales,
recortes en la
importación de
materiales, última
fase de impulso
allegado pictórico
que dejara
concretado en la
significativa
muestra personal de
1964 ...,15
¿quién sabe?, tal
vez un factor sumado
al otro, así como la
imposibilidad de
responder a la
demanda de energía
que exige el proceso
de realización de la
cerámica, urgida de
una estructura que
exige esfuerzos nada
despreciables. Lo
cierto es que se
interrumpe una labor
que alcanzó para
situarla en el papel
de pionera de la
cerámica artística
cubana,
manifestación en
continuo crecimiento
y que le sigue
rindiendo tributo de
admiración y
respeto; así, cuando
se pensó en un
concurso dedicado a
esa disciplina, el
nombre escogido fue,
sin discusión
alguna, el suyo. La
Bienal de Cerámica
Amelia Peláez16
acumula cierta
historia en el
Castillo de la Real
Fuerza de La Habana,
donde se le ha
dedicado una sala
monográfica a la
artista, con 30
obras cuya data va
desde 1950 hasta
1962. Este núcleo,
nutrido parcialmente
por obras de la
Colección Peláez y
del Fondo Cubano de
Bienes Culturales,
deja apreciar la
magnitud del aporte
realizado, al nivel
de una necesaria
síntesis ubicada
dentro del panorama
que se brinda
permanentemente en
la institución, para
ofrecer testimonio
de un avatar tan
constante como
glorioso.
Fuente:
Amelia Peláez,
de Alejandro G.
Alonso. Editorial
Boloña. La Habana,
2007
Notas:
(1) “Acostumbrada a
expresar mis
emociones valiéndome
de la pintura, qué
podría yo decirle al
público, por medio
de la palabra
escrita a fin de
hacerlo sentir, no
comprender, desde
luego, esta honda
emoción, este choque
de la sensibilidad
con el natural
[...]. No me
interesa copiar el
objeto. A veces me
pregunto: ¿para qué
pintar naranjas de
un verismo exterior?
Lo que importa es la
relación del motivo
con uno mismo, con
nuestra
personalidad, y el
poder que tiene el
artista de organizar
sus emociones. Esta
es la razón por la
cual rompí
deliberadamente con
las apariencias.
Una de las grandes
adquisiciones de los
artistas de hoy es
haber encontrado la
expresión por el
color.” (Catálogo de
la exposición
Pintura Moderna,
en el Círculo de
los Amigos de la
Cultura Francesa, 30
de enero de 1936.)
(2) Alexandra Exter
o Ekster,
distinguida artista
de la vanguardia
rusa del siglo XX,
nacida en Belostok,
Grodno, en 1882 y
muerta en Fontenay-aux-Roses,
Francia, 1949.
Pintora, diseñadora,
escenógrafa, quien
tuvo contactos en
París con figuras
como Picasso,
Apollinaire, Braque,
Chagall… En la
capital francesa,
Amelia Peláez
realizó estudios con
ella, entre 1931 y
1934. Sobre Exter,
Amelia ha señalado
que recibió clases
con “la profesora
rusa y gran artista
Mme. Alexandra Exter,
a la que debo mi
mayor adelanto y
conocimiento”, según
consta en el texto
que escribiera en La
Habana, febrero de
1943, para responder
a un cuestionario
que le enviara
Alfred Barr, del
Museo de Arte
Moderno (MOMA) de
Nueva York.
(3) Amelia Peláez
estuvo activa en la
realización de
cerámicas entre 1950
y 1962; primero, en
el Taller de
Santiago de la
Vegas, dirigido por
el doctor Juan
Miguel Rodríguez de
la Cruz; y, desde
1955, en el taller
que la artista
fundara.
(4) El doctor
Rodríguez de la
Cruz, en aras de
convertir la fábrica
de cerámica que
había adquirido en
Santiago de las
Vegas, poblado
cercano a La Habana,
en un centro para el
arte, invitó a
destacados creadores
cubanos del momento,
como Wilfredo Lam,
Mariano Rodríguez,
René Portocarrero,
Luis Martínez Pedro,
Domingo Ravenet y
Raúl Milián, entre
otros, para que
decporaran “bajo
cubierta”, vasijas
de arcilla roja.
(5) Mirta García
Buch (1919-1996),
ceramista,
diseñadora, pintora,
integrante del grupo
que recibió
formación en el
Taller de Santiago
de las Vegas; se
convertiría así en
la pionera de la
disciplina y
brillante cultora de
ese arte.Marta
Arjona (1923-2006),
escultora y
ceramista vinculada
al Taller de
Santiago de las
Vegas, directora
luego del Consejo de
Patrimonio Cultural
de Cuba. El artista
Domingo Ravenet,
también notable
promotor, se
responzabilizó con
el emplazamiento de
este mural.
(6) Wilfredo Arcay
es un artista
plástico cubano que
se radicó en Europa.
Luis Martínez Pedro
(1910-1989),
diseñador, dibujante
y pintor cubano,
asociado por algún
tiempo a la creación
de cerámicas
artísticas.
Gertrudis Ludtke,
esposa de Martínez
Pedro, estuvo
también vinculada a
esa disciplina y a
la promoción del
arte cubano.
(7) En el Museo de
la Cerámica,
Castillo de la Real
Fuerza de La Habana,
se exhibe “Figura”
(1951), pieza de
40,5 cm de altura
por 23 cm de
diámetro, en arcilla
roja, decoración
bajo cubierta,
colección Peláez,
que recurre al
ensamblaje de tres
vasijas y dos asas,
con lo cual consigue
un curioso efecto
plástico. Es una
obra excepcional,
por su concepción,
dentro de la
creación de Amelia.
(8) Cacharro es
término que el
doctor Rodríguez de
la Cruz gustaba de
aplicar a las
cerámicas artísticas
producidas en su
taller, aunque tales
objetos trascendían
largamente el
significado de
diccionario de la
palabra.
(9) Entre las obras
de este tipo se
encuentran
“Composición con
porrón”, ca. 1933;
lápiz, creyón,
papeles pegados
sobre papel; 485 x
355 mm, colección
Museo Nacional de La
Habana. “Botella con
motivos abstractos”,
1957, pasta blanca
porosa; 46,5 cm de
altura x 9,5 cm de
diámetro, colección
privada, muestra una
decoración bajo
cubierta que logra
un efecto similar,
especialmente en las
áreas negras.
(10) “Botella con
motivo de naturaleza
muerta”, 1955; pasta
blanca porosa,
decoración bajo
cubierta; 57 cm de
altura x 15 cm de
diámetro. La obra,
de la colección
Peláez, se exhibe
con carácter
permanente en el
Museo de la
Cerámica. Aquí se
aprecia una de las
soluciones adoptadas
para trasladar el
constante tema de
Amelia en la pintura
a otro medio.
(11) “Plato con
motivo de mujer de
perfil”, 1950;
arcilla roja,
decoración bajo
cubierta; 4 cm de
altura x 35 cm de
diámetro. Es la
pieza más antigua
entre las que exhibe
el Museo de la
Cerámica. Otra
versión del mismo
motivo aparece
“Jarra azul”, 1952;
27 x 22 cm de
diámetro, singular
obra ―única
conocida― de este
tipo de vasija a tal
escala.
(12) Según opinión
de Carmen Peláez y
del Casal, hermana
de la artista,
Amelia sentía
veraddero horror
ante la vista de una
lagartija, y ciertas
imágenes de mujer de
perfil ―sobre todo
las más
esquemáticas―
derivan de esa
fobia.
(13) “Plato rojo”,
1962, pasta blanca
porosa, esmaltes; 12
cm de altura x 50,5
cm de diámetro,
colección Peláez.
Esta obra, que se
exhibe en el Museo
de la Cerámica con
carácter permanente,
porta un radical
cambio, a partir del
manejo de texturas y
la ausencia de
líneas y planos de
color perfectamente
definidos propios de
la labor de la
artista.
(14) “Placa con
motivo de mar
pacífico”, 1962,
pasta blanca porosa,
decoración bajo
cubierta; 2 cm de
altura x 27 cm de
diámetro, colección
Peláez. Esta placa
debe ser el
prototipo del
mosaico en granito
que se incorporó al
proyecto de situar
obras de artistas
cubanso a lo largo
de las aceras de la
calle 23, tramo de
La Rampa, El Vedado,
con motivo del
Séptimo Congreso de
la Unión
Internacional de
Arquitectos
celebrado en La
Habana.
(15) Amelia
Peláez. Óleos y
Temperas,
Galería de La
Habana, 2 de mayo de
1964. Galería de La
Habana.
(16) Bajo el título
de la I Bienal de
Cerámica de Pequeño
Formato Amelia
Peláez, la
exposición se
presentó en el Museo
de Artes Decorativas
―1989―, organizada
por la sección de
cerámica de la Unión
de Escritores y
Artistas de Cuba, el
Centro de Desarrollo
de las Artes
Visuales y el Fondo
Cubano de Bienes
Culturales. Desde
1991, y con una
activa participación
del Museo de la
Cerámica ―creado el
año anterior―, se
presenta en el
Castillo de la Real
Fuerza de La Habana.
A partir de 1998, se
abrió el rango de la
participación al
eliminar las
limitaciones del
pequeño formato y se
denomina Bienal de
Cerámica Amelia
Peláez.