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Adquirió una forma
dentro de la polémica
contemporánea. Trabajó
por gentiles
aproximaciones un estilo
criollo, que era también
universal, donde lo
criollo volvía a abrir
los ojos de lince al
lado de Argos. La cuenca
mediterránea, en ella,
como en los mejores, se
abría como un Atlántico,
que era el verdadero mar
nuestro, de nuevo de lo
criollo a lo universal,
donde la levitación de
las sirenas oscilaba en
la línea del horizonte.
Partía de una fruta, de
una cornisa, de un
mantel, y al situarlo en
la lejanía, en la línea
del horizonte, lo
reconocíamos como lo
mejor nuestro, distinto
en lo semejante. Cada
uno de sus elementos
plásticos venía de una
gran tradición,
rindiéndole el áureo
homenaje de crear otra
tradición. Una
voluptuosidad
inteligente que
comenzaba por ser una
disciplina, una
ascética, un ejercicio
espiritual.
Paradojalmente, era una
ascética que levantaba
un bodegón con frutas,
donde la pulpa abría los
ojos al ras de la
corteza dorada.
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"Las barcas",
1930 |
Amelia Peláez había
sabido construir una
recreación teresiana.
Quien la vio trabajando
en el primor de los
dulces criollos, se
dejaría convencer de esa
secreta alegría
teresiana que se abría
en su vida de todos los
días como la luz nuestra
en su cuadrado de
trabajo.
Mantener y avivar una
tradición fue regalo
concedido a muy pocos.
Esa repostería criolla
era en el fondo un
avivamiento de los
carbones, como en
aquella doméstica y
trascendental cocina de
Velázquez, como los
alquimistas, en los
grandes transmutadores
en los que se pusieron
en marcha para darnos
una substancia
universal. Era la
infinita prolongación de
las formas, desde el pez
hasta el pájaro, yo
diría el brazo de un pez
que se prolonga hasta
obtener el rostro de un
pájaro. Esta gran
morfología estudiosa de
las series y de las
excepciones que
iniciaban series, era en
su dimensión más
profunda una mística
buscadora de la unidad.
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"Peces", 1959 |
Su obra al paso del
tiempo se había
convertido en la más
fascinante de las
óperas. Era una piscina,
un acuario, un inmenso
desplegado de ópera, en
cuyo centro ocurrían
hechos, la voz concluía
lo que había iniciado el
pas de quatre de
un primer término, el
guante quedaba solo
sobre el mantel,
adquiriendo la incesante
espaciosidad de un mar
pacífico. Parece como si
en ella la expresión
recoger el guante,
se llenase de un
lentísimo crujido, de
una vaporación
inextinguible. Recogió
un guante y con él
penetraba por todos los
espejos.
La Gaceta de Cuba.
La Habana, abril-mayo,
1968
Imagen y posibilidad
de José Lezama Lima. Pp.
80-81. Editorial Letras
Cubanas. La Habana,
1981. |