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Amelia Peláez sorprende
por la fuerza infinita
de cada pieza, por la
tremenda potencia que
parece envolver desde
cada cuadro, acota la
profesora María Elena
Jubrías, mientras
rememora, tocados por
esa luz casi
transparente que es
característica del
trópico y que Amelia
supo reflejar, sus años
en el taller de Santiago
de las Vegas,
antecedente esencial de
la cerámica artística
del país, y en el cual
una Amelia Pelaéz,
reconocida en los más
importantes círculos
culturales del país y
con más de 50 años,
comenzó a experimentar
con el volumen. A 115
años de su nacimiento,
la pintora moderna, tan
delicada, tan niña, nos
dice María Elena,
regresa en una dimensión
otra, más cercana, donde
confluyen los destellos
de la memoria y el rigor
de la investigadora, que
se permite anécdotas y
risas para colorear los
aspectos técnicos de su
discurso, siempre
dinámico, y que comienza
por develar los aspectos
sincréticos del lenguaje
de Amelia…
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“Esa idea la expuse por
primera vez en un evento
realizado en el
Instituto Superior de
Arte (ISA) por los años
70… afirmé entonces que
no hay por qué pensar
que Amelia y otros
artistas cubanos eran
seguidores del arte
moderno gestado en
París, sino que eran
partícipes del fenómeno:
en ese período de entre
siglos se estaba
generando en Europa el
lenguaje del arte
moderno, que no es lo
mismo que decir “el
lenguaje del cubismo” o
“el lenguaje de la
abstracción” o de
cualquier otra de las
vanguardias que tanto
aportaron. Cada una de
ellas logró la
emancipación de un
aspecto: el
expresionismo logró
liberar la forma, y el
fovismo le dio la
posibilidad al artista
de trabajar con
cualquier color.
Mientras, los cubistas
se propusieron una gran
economía de color,
buscaban lo que era más
sólido: la forma.
Intelectualmente
concebían la forma de
una manera totalmente
diferente, el problema
era explorar una
dimensión que
descompusiera las cosas
en sus planos
fundamentales, y con
ello construir algo que
no era la representación
de un aspecto de la
naturaleza, sino una
realidad en sí misma,
más que una imitación.
“Cuando Amelia está en
Europa, ya todo esto ha
pasado y hay influencias
de todos lados, ya se
han hecho también las
conquistas de la
abstracción; y, si me
permites la expresión,
se están cocinando en un
gran cáliz, que es
París, todas esas
tendencias. Está
surgiendo el surrealismo
y ya con eso tenemos el
último de los
componentes del arte
moderno.
“Amelia vive toda una
serie de libertades que
desconocía, las aprecia.
Pero además tiene la
suerte de considerar que
lo que le enseñaron en
las Academias —porque
ella fue a estudiar—, no
fue suficiente:
necesitaba más, veía un
mundo que no sabía
todavía cómo manejar. Y
tuvo también la suerte
de dar con una
constructivista rusa,
Alexandra Exter, que le
enseñó en definitiva a
ver todo aquello que
estaba allí; pero que
Amelia no había
aprehendido porque venía
muy viciada de la
Academia, como era
lógico, y aunque había
pasado antes por New
York, New York no pasó
por ella, como dije
recientemente.”
Nuestra vanguardia se
inició en una búsqueda
de lo cubano, ¿cómo
reflejó Amelia esta
exploración identitaria
en su obra?
Amelia empieza a ver
otra realidad, la
asimila, y cuando
regresa a Cuba es una
pintora moderna. No
podemos decir que era
futurista, cubista o
abstracta: sencillamente
es una pintora que tiene
un lenguaje moderno.
Pero le faltaba algo.
Regresa en el 34, y en
el 35 hace una
exposición. En ese
entreacto realiza varias
pinturas, y en una de
ellas, “El mantel
blanco”, se observa que
no es precisamente el
cubismo lo que está
influyendo en su obra,
sino el constructivismo
soviético, que trabaja
con los volúmenes. Ese
mantel no es una tela,
es un volumen y choca
con la planimetría del
frutero, o sea, hay todo
un rejuego de libertades
que Amelia supo
conquistar. Con eso
queda probado que ella
es originalmente una de
las artistas mundiales
que genera el llamado
lenguaje moderno, que no
es ninguna de sus
tendencias o
componentes, sino otra
cosa.
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"Mantel blanco",
1935 |
Además falta un aspecto
importante: en el 45
ella hace una obra
fabulosa que pertenecía
a Alejo Carpentier y que
está ahora en el Museo
Nacional de Bellas
Artes. Ese cuadro
refleja un lenguaje
moderno, pero lleno de
esplendor, de arabescos,
de color, de un
barroquismo
extraordinario… Lo que
ha hecho Amelia es
barroquizar el lenguaje
moderno, y eso ya no
tiene que ver con lo
europeo. Eso es de aquí.
Pero ¿por qué es de
aquí?, ¿por qué es
cubano? Si seguimos a
Carpentier, decía que el
espíritu criollo era un
espíritu barroco, y
cuando Amelia llegó, se
encontró con su
realidad, su realidad
criolla. La Nenita, su
hermana, decía que
cuando Amelia regresó a
Cuba renació, floreció:
fue como una planta que
se regó de nuevo, con
luz.
Nuestros artistas de la
época no querían una
imagen extranjerizante,
buscaban lo cubano. Y
¿qué es lo cubano? Lo
cubano son muchas cosas.
Y cada uno buscó por
distintas vías cómo
sentían a Cuba: Marcelo
Pogolotti se entusiasmó
con el movimiento
futurista y su interés
eran los obreros, las
luchas políticas. Si
vemos a Víctor Manuel,
es el hombre del paisaje
criollo, del pequeño
pueblo, de los grandes
girasoles… es otra
poética que no es la de
Amelia. Ella parecía una
niña cuando empezó a
estudiar arte, y era de
una familia muy
tradicional; pero al
mismo tiempo muy
combativa, muy
revolucionaria y muy
criolla. Y no puede ver
lo cubano en esos
paisajes de Carlos
Enríquez, en esas
figuras femeninas que
son el trópico, el sexo.
¿Cuál es la cubanidad en
Amelia? Es toda la vida
de una familia
tradicionalmente cubana,
que no es solo la casa,
porque vino Robert
Altmann, y entonces se
habla siempre de la reja
y la cristalería; es
verdad, eso está, pero
lo que hay en las obras
de Amelia es mucho más:
es el sentido de lo
criollo en la vida
familiar.
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"Frutero
blanco", 1945 |
La casa de Amelia en
Estrada Palma, donde
estuvo desde que llegó a
La Habana hasta que
murió, no era una casa
colonial, era ecléctica,
claro, tenía rejas,
porque las casas en Cuba
tienen rejas por el
aire, y tenía
cristalería para filtrar
la luz. Pero más allá de
eso el ambiente que se
respiraba era
típicamente criollo. Y
ella lo incorpora en
esos interiores que
tienen rejas, cristales,
muebles; pero también
tienen manteles, frutas
criollas y fruteros. Era
muy normal entonces
visitar una casa y
encontrarte en el
comedor un frutero con
mameyes, chirimoyas o
guanábanas, o cualquier
otra fruta criolla. Hoy
esa visualidad no la
tienen ustedes, pero yo
la viví. Además,
llegabas a casa de
Amelia y te encontrabas
el sonido de los
pajaritos porque tenían
una gran pajarera llena
de canarios, y los
jardines de olor típicos
de las casas criollas.
Todo eso es lo que
recoge su obra.
En 1940 José Lezama Lima
habló de la hostilidad
entre la carnalidad y la
estructura en la pintura
de Amelia…
Sí. De todos los que
trabajaron la obra de
Amelia —desde Jorge
Mañach que fue el
primero, por sus años
alejandrinos—, el que da
ese toque genial al
comentario sobre sus
piezas es precisamente
un poeta, ese gran
pensador y poeta que fue
Lezama Lima.
En primer lugar, resalta
algo: dice que Amelia
supo recoger el guante,
el reto que significaba
traer un lenguaje
moderno a Cuba, el reto
de exhibirlo, el reto de
ser mujer, que no era
fácil, tan delicada, tan
niña…
Lezama es el que sabe
desentrañar la lucha
entre la carnalidad y la
estructura. Se está
refiriendo a las obras
de los 40. La Amelia
primera es durísima,
pensemos en “Las
pianistas”, en “Las dos
hermanas”, son mujeres
poderosas, de una fuerza
extraordinaria. ¿Qué es
la carnalidad?, lo
criollo; ¿qué es la
estructura?, lo que trae
de Europa y lo que
siempre trabajó a través
del dibujo.
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"Hermanas", 1945 |
A veces decimos ante
cualquiera de sus
piezas: mira qué linda,
qué decorativa. Y hay
quien piensa que lo
decorativo es
necesariamente suave o
fácil. Recuerdo que una
vez Amelia dijo: ¿y lo
decorativo no puede ser?
Claro que sí, pero que
hagan algo así. Porque
no es lo mismo pintar
una flor, que pintar los
mar pacíficos de Amelia
Peláez, que una
estructura muy fuerte
dentro. Tú los ves y te
impresionan.
Creo que Lezama es quien
la comprende realmente:
algo que debía ser
tranquilo, sosegado,
solaz para todos los
sentidos, que debía
agradar, de buenas a
primera te impacta,
porque lo que tiene
detrás es una estructura
tremenda.
Amelia comienza en la
década de los años 50 su
labor con la cerámica en
el taller de Santiago de
las Vegas, con una
sólida obra pictórica ya
realizada. ¿Cómo se
inicia en esta
manifestación?
Si Lezama había
destacado que con su
incursión en el arte
moderno Amelia había
recogido el guante, creo
que recogió dos guantes;
el segundo fue hacer
cerámica, primero porque
la cerámica artística no
existía en Cuba antes
del taller de Santiago
de las Vegas. De los
grandes de nuestra
vanguardia, Amelia fue
quien asumió el reto de
hacer cerámica, y fue la
disciplina,
precisamente, la que le
hizo triunfar.
El taller era una
fábrica de lozas
abandonadas, un lugar de
novelas de misterio.
Entrabas y te
encontrabas un salón
enorme que se perdía,
todo lleno de un polvo
blanco. Luego venían los
hornos enormes donde
adentro se podía dar un
baile con varias
parejas. A un costado,
estaba lo único que
tenía vida: unos
estantes con los
cacharros —le decíamos
así a las piezas—, y
allí estaban las
decoradoras, haciendo
ceniceritos que decían
Camagüey, Floridita,
Bigote de Gato…
El dueño era Rodríguez
de la Cruz, médico
principal de la parte de
docencia del hospital
Calixto García, pero su
pasión era la cerámica.
Al principio hacía cosas
pequeñas, menudas, para
hacer algo de dinero y
pagar a los cuatro
empleados que decoraban.
Con eso empezó a
experimentar.
Y llegó Amelia, ¿por
qué? Como Mariano, Lam o
Martínez Pedro, que
pasaban, hacían una
bobería y se iban. Pero
Amelia se quedó. Hizo
una muestra de una loza,
horrorosa, y a ella le
pareció que estaba muy
bien, le gustó, y a
partir de ahí estuvo
yendo todos los días a
Santiago de las Vegas,
todas las mañanas, nada
más faltaba los
domingos, durante cuatro
años. Y era difícil,
universalmente no se
hacía cerámica
escultórica como ahora,
sino que lo más avanzado
era que artistas de las
vanguardias europeas
estaban pintando
cerámica. Rodríguez
dijo: en Europa están
haciendo eso y yo lo
estoy haciendo aquí, lo
puedo hacer aquí. Y
efectivamente lo hizo.
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"Bandeja
con
motivos
arquitectónicos
y
vegetales",
1956 |
|
Así fue cómo la cerámica
fue adquiriendo
importancia, con el
respaldo que le dio
Amelia Peláez, que
enseguida aprendió a
dominar el volumen, con
esa genialidad y
estructura que ya la
caracterizaba. Lo mismo
decoraba un plato, una
loza, un mural o un
porrón.
¿Cómo era el trabajo en
Santiago de las Vegas?
Como no disponíamos de
condiciones muy
económicas, no teníamos
determinados tipos de
barro, que llevan un
barniz específico, o de
hornos eléctricos que te
permiten saber cómo va a
quedar la pieza. Los
recursos eran mínimos,
una paleta muy reducida,
y los rojos, por
ejemplo, eran muy
difíciles de conseguir,
pero los verdes, algunos
salían bien, los más
oscuros; pero los claros
salían amarillentos.
Además, trabajar con
aquellos pigmentos no
era lo mismo que
trabajar con el óleo,
que ya sabes cómo va a
quedar el color: con los
pigmentos cerámicos das
un negro, y luego queda
un azul, o utilizas un
azul y sale un gris.
Tienes entonces que
interiorizar el color,
es una experiencia que
tienes que llevar a cabo
para saber cómo te va a
quedar.
El trabajo era riguroso
pero era una cerámica de
alto fuego. Cuanto más
bajo es el fuego, peor
calidad tiene la
cerámica, pero más
posibilidades de color
tienes, porque hay
colores que desaparecen
con el alto fuego como
el rojo, por ejemplo.
¿Cómo lo consigues?,
tienes que quemar
primero una parte y
vuelves a quemar a fuego
más bajo. Pero Rodríguez
nada más podía quemar
una sola vez, además,
con grandes riesgos,
porque eran unos hornos
no regulados, de carbón
mineral y leña, que
había que estar toda la
noche cuidándolos para
que no se volaran,
porque la cerámica podía
ennegrecerse, y como
eran hornos tan grandes,
podía perderse el
trabajo de un mes
entero. Y pasó algunas
veces.
Fue un trabajo muy duro
y difícil el que
desempeñaron todos los
que pasaron por Santiago
de las Vegas. Pero se
consiguieron obras muy
buenas, era una cerámica
muy sólida, muy seria.
Me gusta más la cerámica
de Amelia de Santiago
que la de la Víbora.
¿Qué características
tiene la cerámica de
Amelia en esta etapa?
Las formas en Santiago
de las Vegas estaban más
relacionadas con la
tradición alfarera.
Amelia lo quiso así.
Ella nunca trabajó el
barro, decoraba; pero no
tocaba el barro. ¿Qué
sucedía? Amelia no
criticaba, pero si no le
gustaba una forma, no la
pintaba. Prefería las
formas tradicionales,
las que se relacionaban
con el significado que
ella le daba a toda su
pintura, por ejemplo, el
porrón que venía de toda
una tradición alfarera
española; pero no era el
porrón normal, eran
formas que inventaba
Rodríguez.
|

"Vasija de
cerámica roja
decorada" |
Entonces salieron los
fruteros, las jarras
lecheras, las servillas,
piezas tradicionales de
alfarería o de locería
que venían de la
colonia. Además a
Rodríguez le gustaban
las piezas sólidas, y
eso fue muy positivo
para la cerámica de
Santiago de las Vegas. O
sea, no se hacían
pacotillas.
Lo que más se vendía en
esa época, eran las
piezas pequeñas, las
tacitas o jarras de
cerveza. Ella hacía
muchas tacitas,
mieleritas o
porroncitos, y seguía en
cerámica el mismo
sistema que tenía en
pintura: al trabajar las
piezas menores
experimentaba con las
formas y estructuras.
Eso le servía de
práctica para después
hacer la obra mayor. En
pintura, en esa época de
los 50 hizo muchas
acuarelitas, temperitas
pequeñas, lo que se
conoce como “las
manchitas” de Amelia,
que eran muy baratas.
Además, ella no se
repetía, a no ser que le
pidieran una serie o
alguna amiga le pidiera
un juego de tacitas.
Siempre decía que era
muy difícil, y como se
respetaba, no hacía esas
cosas. No era artesana,
era artista. El artesano
se repite mientras pueda
vender, el artista no se
repite porque no le
gusta, se aburre.
Luego Amelia se traslada
a un taller en la
Víbora…
La cerámica que hizo en
el taller de la Víbora
fue muy buena, pero
sobre un sentido más
comercial. Quien la
ayudaba era la esposa de
Martínez Pedro, una
alemana que tenía un
gran sentido para los
negocios. Aquellas
formas tradicionales de
Santiago se convirtieron
en formas importadas,
muy modernas, muy
esbeltas. Porque aunque
en un inicio trabajó con
un escultor cubano que
hizo formas muy bellas,
luego primaron las
formas importadas, que
tenían muy buen diseño,
pero no tenían la raíz
cubana.
Eso por un lado, y por
otro, Amelia pintaba
mucho en Santiago,
porque era lo que podía
hacer por la limitación
de los recursos. Pero
cuando tenía la
posibilidad de los
esmaltes de color, se
maravillaba ante aquella
paleta que se ha
multiplicado, y empezó a
explorar los esmaltes y
a abandonar el dibujo.
Eso no es que sea malo,
pues logró platos y
piezas magníficos.
Además, ya tenía mucho
más nombre que en
Santiago de las Vegas,
comenzó a vender
muchísimo y no vemos la
búsqueda que tenía en
Santiago, donde no se
repetía. Me gusta más la
cerámica de Amelia de
Santiago que la de la
Víbora.
¿Cuáles son las
temáticas más
recurrentes en su
cerámica?
Curiosamente los
interiores no los
trabajó en cerámica.
Vino a trabajarlos
cuando hizo una serie de
pequeños murales después
de terminar el del
Tribunal de Cuentas en
1953, donde el
arquitecto la obligó un
tanto a la abstracción.
De allí quedaron
remanentes de lozas y
ella hizo algunos
pequeños murales y
dibujó interiores, que
es casi el antecedente
de lo que haría en los
60. Hay uno precioso
ubicado en La Coronela.
Trabajó mucho los peces,
algo las aves, y
muchísimo el tema del
mar pacífico, no de la
flor, sino de los mar
pacíficos
específicamente, siempre
los repetía, se
convirtieron casi en una
firma.
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"Placa con
motivo de mar
pacífico", 1962 |
Las mujeres es un tópico
al que recurrió
constantemente. Todo el
mundo dice que sus
figuras femeninas eran
rómbicas, pero no
siempre, va variando. La
expresión de Amelia se
va suavizando. No hay
relación entre las
figuras de los años 40
con las que pintó en la
cerámica o en los 60.
Graziella Pogolotti ha
dicho que la tradición
alfarera cubana tiene
una revitalización a
partir de la vanguardia
artística…
Amelia estuvo asistiendo
mucho tiempo a Santiago
de las Vegas. Llegó el
momento en que le
consiguieron hacer un
gran mural de cerámica
en lo que hoy es la
Plaza de la Revolución,
que era en aquel momento
la Plaza Cívica. Y eso
ya le da a la cerámica
otro cariz porque hasta
ese momento iban a
Santiago de las Vegas a
comprar las cosas de
Amelia, pero era más
informal: para hacer un
regalito, aquellos quizá
querían un pie de
lámpara, ¿pero quiénes
eran los clientes?
Fundamentalmente el
mundo intelectual de la
época.
Después que se hizo
aquel mural en el año
1953 se inauguró el
retiro Odontológico, el
edificio que es hoy la
escuela de Economía.
Quien estaba al frente
del Colegio Odontológico
era un hombre muy culto,
que inauguró el edificio
con una gran exposición.
Allí fueron los mejores
plásticos, pero también,
por primera vez, se le
dio crédito a la
cerámica, y por primera
ocasión se exhibió la
producción realizada en
Santiago de las Vegas,
de Mariano, de
Portocarrero; pero sobre
todo de Amelia Peláez, y
hasta yo exhibí allí.
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Boceto del Mural
para la Escuela
Normal de Santa
Clara, 1937 |
Luego tuvo lugar la
Antibienal. Durante el
batistato se inauguró el
edificio de Artes
Plásticas con la Bienal
Española de Arte, bajo
el gobierno de Franco en
España. O sea, Franco
dictador en España y
Batista dictador en
Cuba, entonces los
artistas que se
respetaban dijeron que
no iban a participar en
la Bienal, y organizaron
en el Lyceum una
exposición que se llamó
Plástica cubana en
homenaje a José Martí.
La muestra no se abrió
hasta enero del 54, pero
la idea era homenajear
al Apóstol en su
centenario, tenía todo
un trasfondo político y
estaba lo mejor: Amelia
Peláez, Kundo Bermúdez,
Portocarrero, Mariano,
es decir, casi todas las
grandes figuras de la
vanguardia. Y estaba
representada la cerámica
con piezas de Marta
Arjona y
mías, en una mesa
en el salón principal. O
sea, que tenía respaldo,
la cerámica se iba
respetando cada vez más,
ya no era considerada un
divertimento, sino una
manifestación artística.
¿Cómo asume Amelia la
pintura luego de su paso
por la cerámica?
Amelia es,
fundamentalmente, una
gran pintora que se
decidió a hacer
cerámica; pero la
cerámica contribuyó a
determinar cambios en su
pintura, porque el
trabajo de Amelia hasta
los 40 es muy fuerte,
una pintura muy áspera,
muy tremenda. Pero
cuando ella se enfrentó
con la cerámica, eso
cambia.
Por ejemplo, yo tenía
una jarra que nunca se
vendió porque tenía
defectos y era una de
sus primeras piezas.
Eran dos parejas, una
por un lado y otra por
el otro, y el medio se
quedaba en blanco,
entonces le puso una
nubecita, ¿por qué?,
porque ella no estaba
acostumbrada al volumen
y pensaba las cosas
separadas.
La cerámica la obliga a
pensar en una línea
continua, es decir, a
resolver el problema del
volumen. Cuando llegas a
obras como “El frutero”,
una figura se enlaza con
la otra, lo que aquí es
una boca, en la otra
escena es un brazo.
Cuando vienes a ver, ha
logrado envolver todo el
volumen.
Luego, la fluidez que
vamos a encontrar en la
pintura de Amelia, es un
poco el resultado de la
experiencia con el
volumen. Ella aprende a
estructurar volúmenes
que pasan al plano. Por
eso, las obras de los
60, de la gran
exposición, casi que
abrazan: ese lienzo no
es plano, sino
envolvente.
Por otro lado, la paleta
va a cambiar.
Precisamente por la
economía de recursos en
Santiago ella empieza a
trabajar con armonías
muy repetidas, como por
ejemplo, combina el azul
marino con el cian, una
relación que después
vamos a ver en el mural
del Habana Libre o en
una gran naturaleza
muerta del 64. No es que
antes no haya trabajado
con los azules; pero la
labor con la cerámica
crea armonías nuevas.
Pero, sobre todo, y esto
lo subrayo, encuentro
que el paso por la
cerámica humanizó la
pintura de Amelia porque
cuando se enfrenta a un
florerito, a un platico
o a una tacita, uno no
puede hacer la obra tan
tremenda que vemos en
“Las pianistas”. La
pieza pequeña da para
hacer otros motivos, y
el lenguaje tenía que
ser necesariamente
distinto.
Las mismas mujeres, que
antes eran tan fuertes,
tan tremendas, se van
convirtiendo en las
pescadoras, en las
gorditas, que es la
representación de la
casa familiar, las
mujeres en el balcón,
con abanicos,
intrascendentes. A
Adelaida le gusta mucho
una anécdota sobre
Santiago de las Vegas:
un día Rodríguez le
pregunta a Amelia por
qué pintaba a todas las
mujeres sin boca. Y ella
le empezó a pintar unas
bocas grandes y le dijo:
después no se queje
cuando empiecen a
parlotear. Adelaida
utiliza esa anécdota
para referirse a cómo
Amelia va del silencio
al grito, a cómo las
mujeres de Amelia
empezaron a hablar.
|

"Mujeres", 1958 |
Eso se ve en muchos de
los cuadros, como en
“Mujeres”, que está en
Bellas Artes, que son
mujeres sobre un fondo
claro, con mar
pacíficos… la mujer se
ha dulcificado y los
interiores se han
tranquilizado, no son
aquel encuentro de
ángulos agudos que había
anteriormente. Todo
parece más apacible,
quizá esa sea la
palabra. Por tanto, la
pintura le debe algo a
la cerámica de Amelia, y
eso se cristaliza, por
ejemplo, en la pieza
“Naturaleza muerta con
piña”.
Regresando un poco sobre
lo cubano en la obra de
Amelia, Oscar Hurtado
plantea que “conocer el
lugar donde vive Amelia
es conocer gran parte de
su pintura (…) la
pintura de Amelia Peláez
no hubiera podido surgir
en cualquier otra parte
del mundo por un motivo
esencial: la luz del
trópico”…
Amelia vive en unos
momentos donde una serie
de artistas, que serían
nuestra vanguardia
pictórica, optan por no
seguir los cánones
académicos que imperaban
en Cuba, sino que
buscaban un cambio en la
manera de concebir el
arte, y empezaron a
concebir el arte como
una realidad en sí
misma. Cada uno por su
vía.
Amelia tiene que ver con
el mundo de la familia,
la suya, que proviene de
las luchas mambisas. La
madre de Amelia era una
mujer muy culta,
dominaba tres idiomas, y
cuando Máximo Gómez
estaba en Yaguajay y
tenía que comunicarse
con los americanos en
Santiago de Cuba, acudía
a la madre de Amelia
para comunicarse en
inglés. Su familia
estaba inmersa en la
lucha por una Cuba
liberada, aunque nunca
fueron a la manigua.
Amelia vivió aquello.
Eso es una realidad y es
la forma en que ella
busca la identidad de lo
cubano. Esos interiores,
¿cómo los va a pintar un
ruso? Esa luz… la luz en
la obra de Amelia es
importantísima, esa luz
que se filtra, esa
transparencia, que es lo
que más uno extraña
cuando sale de Cuba. Eso
es característico y no
lo puede sentir nadie
que no viva aquí.
¿Y cómo tú defines Cuba?
¿Cómo defines la luz?
¿Cómo defines a la
gente? Y es que Cuba no
es la palma, sino algo
vivo. Son sensaciones
que Amelia sintió cuando
regresó de Europa.
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