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Un libro de Casa para dejar en casa

Senel Paz • La Habana

Foto: R. A. Hdez y Archivos de Casa de las Américas

Hay que empezar por los créditos principales: “Marcia Leiseca, Chiqui Salsamendi, Silvia Gil y Jorge Fornet imaginaron este libro”, dice la primera página. Y naturalmente que sí, que solo personas cuya vida y la de la Casa de las Américas son casi lo mismo, podían soñar y realizar este libro, striptease de la institución ante nuestros ojos. Todo lo que aparece en él aconteció, está en la memoria y en la historia y convive con el presente y seguirá andando hacia el futuro porque es camino andado. Ejercicio de recuento y nostalgia, 50 años apretados en 300 páginas.

Me detengo en la primera, donde el fotógrafo adivina y traza la trayectoria y atrapa las imágenes de las tres figuras tutelares que han presidido la Casa y que amamos y respetamos. Ellos abren la puerta y luego va uno recordando o enterándose. Un jurado de novela integrado por Lisandro Otero, Camilia Enríquez Ureña, Italo Calvino, Fernando Benítez y Ángel Rama.

Otro, el primero, que habría de premiar Bertillón 166 de nuestro Soler Puig, compuesto por Alejo Carpentier, Carlos Fuentes, Miguel Otero Silva, Miguel Ángel Asturias y Labrador Ruiz, que falta en la instantánea. Así, pensaría cualquiera, no es tan difícil hacerse un prestigio, pero fue precisamente el prestigio como carta de nacimiento con la cultura cubana y la Revolución como padres, lo que atrajo a personalidades tan relevantes que con su trabajo y su presencia han ido construyendo el alma de esta institución junto con sus directivos y trabajadores.

A veces sorprende la juventud de figuras de quienes tenemos fijada como representativas imágenes posteriores. Hay fotos de Oscar Hurtado, Thiago de Melo o Chico Buarque, por poner ejemplos, en las que aparecen casi de colegiales.


Chico Buarque (izquierda), Pablo Ortiz Monasterio, Manuel Álvarez Bravo y Graciela Iturbide.

Admira el intento, registrado en la página 57, de introducir para los cañaverales cubanos un nuevo vestuario: Manuel Rojas con saco y boina, Juan Bañuelos y Carlos Pellicer con guayaberas blanquísimas, Marta Traba con cerrado gorro de estambre. A favor de Manuel Rojas hay que decir que no entra si no que sale, con decisión, del cañaveral.


Moda en los cañaverales

En la cama de un camión que, en la página siguiente, viaja por los campos de Oriente, nos sonríe una juvenil Chiqui Salsamendi tras gafas de actriz. ¿Hacia dónde irían? Al río Toa, sugiere otra gráfica.

Naturalmente, uno busca primero las fotos de sus “conocidos”, aunque ese conocimiento provenga solo del encuentro con sus obras, o de aquellos eventos que mejor recordamos o que marcan las estaciones principales de la Casa de las Américas que cada cual lleva en su corazón, como los Premios Literarios, las jornadas teatrales o las exposiciones.

En la página 79 tuve oportunidad de asomarme a una reunión, al parecer muy importante y sustanciosa, del Comité de Colaboración de la revista Casa de las Américas en la que, de izquierda a derecha, aparece parte grande de lo que más brillaba en el momento y sigue brillando hasta el día de hoy. Es una foto del 69, y en ella tuve la oportunidad de enterarme de que para esa fecha ya Ambrosio Fornet había comprado los espejuelos que le conozco. En el grupo, porque le asiste algún privilegio o dispensa especial, solo un indisciplinado fuma: Roberto Fernández R.

Carlos Puebla, Omara Portuondo, un Pablo Milanés jovencísimo y Haydée Santamaría escuchan a Mercedes Sosa en la página 107, instantánea que seguramente está bajo llave porque la tentación de llevarla a casa debe ser universal.

Yo por poco estoy en la página 149, donde la foto está dedicada al Primer Encuentro de Jóvenes Artistas Latinoamericanos que, junto con Trinidad Pérez, la Casa de las Américas nos dio a muchos jóvenes de entonces la oportunidad de organizar y participar. En vez de mi imagen, Pepe Méndez, el responsable del diseño, prefirió utilizar otra en la que aparecen las piernas de Ana Istaurú sobre las que están clavadas, como dos cruces, la vista de los diez artistas que completan el grupo.

Descubrí a Lesbia Vent Dumois, más china que en el presente, en la página 164, en medio de un grupo enorme. Y de este modo, volviendo a tropezar con las portadas de libros que hemos amado, de discos que nos dejaron escuchar las voces más importantes del continente, de exposiciones a las que asistimos, con una gráfica que fue fundamental para que tantos de mi generación aprendieran a amar la gráfica y a enorgullecernos de la nuestra, va uno completando un viaje divertido y emocionante por la historia de la  institución, un particular y personalizado andar por casa.

Algo hay de cada evento, de cada manifestación. Es un libro con música, poesía, teatro, diseño, artes plásticas, artistas, muchos artistas y, sobre todo, ideas y pasión. Todo está aquí. Está lo que ha sido, lo que no se puede borrar ni discutir. Incluso el espíritu de Mayeya y Eusebio. Y no se advierte, ni por un instante, como en ocasiones señalan algunos malvados, que la Casa cargue la mano hacia la literatura. Eso no es cierto y la imparcialidad del actual Presidente en este punto está absolutamente fuera de dudas. Que las páginas dobles estén dedicas al panteón de lujo que conforman los grandes Pablo Neruda, Julio Cortázar, Mario Benedetti, Roque Dalton, Eduardo Galeano, Gabriel García Márquez y Ernesto Cardenal, todos ellos literatos, debe responder a una casualidad, como seguramente podrá confirmar cualquiera aquí en Casa.

De manera que, y para finalizar, les digo que este libro, del que no se puede hablar sin abundantes adjetivos, es indispensable y debemos agradecerlo a todos los que lo hicieron posible. Al final del recorrido, uno se encuentra más cerca de la Casa y la admira y respeta más. Yo recomiendo a todos aquellos que les sea posible que no duden en adquirirlo y les invito a visitarlo en la tranquilidad de sus hogares, si con amigos mejor, y solo les pido que se abstengan del natural deseo de llevárselo con ustedes si se van de viaje. Es un libro de Casa para dejar en casa.
 


El recital ofrecido en la Casa de las Américas por Noel Nicola, Pablo Milanés y Silvio Rodríguez,
en febrero de 1968, fue el preludio del Movimiento de la Nueva Trova cubana

 
 
 
 
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