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Yo no me incorporé desde
el principio a Casa de
las Américas porque
éramos jóvenes… Siempre
hablo de nosotros,
porque éramos un grupo
de muchachos, que
hacíamos canciones, que
nos juntábamos porque
nos gustaban las
canciones que hacíamos y
las intercambiábamos.
Por hacer canciones
llegamos aquí, a Casa de
las Américas, en 1968.
Teníamos cada uno una
breve trayectoria
recorrida, sobre todo
Pablo, que desde muy
jovencito había
comenzado a cantar. Noel
y yo, menos. Vicente,
menos también. Martín
Rojas y Eduardo Ramos,
aunque eran muy jóvenes,
eran un poquito mayores
que nosotros y ya tenían
una trayectoria
profesional. En el
ambiente cultural cubano
se hacían sentir sus
composiciones. No habían
trascendido al gran
público porque tocaban
en night-clubes, en
cabarets, pero ya los
entendidos en el
mundillo musical
reconocían a ese núcleo
original que se mostró
aquí esa noche de
febrero, creo que el 18,
de 1968.
Llegar a Casa de las
Américas fue una
salvación. En muchos
sentidos. Cantábamos lo
que veíamos, lo que
sentíamos. Desde el
inicio asumíamos la
canción con opiniones
que vertíamos de una
manera natural, fluida,
y eso trajo
contradicciones, que son
conocidas —a veces
magnificadas; también, a
veces, no reveladas del
todo. Parte y parte.
Llegar aquí fue una gran
enseñanza. Nos puso en
contacto con artistas ya
hechos, con
personalidades de la
cultura, gente que
conocíamos de los
periódicos, del
Noticiero ICAIC, de los
libros… De pronto
podíamos tratarlos y
mantener, gracias a la
Casa, ese contacto con
los más grandes
escritores
latinoamericanos de la
época, con pintores. Fue
un crecimiento para mi
generación de
trovadores. Significó la
Ilustración, realmente.
La Ilustración desde el
punto de vista cultural
y también, ético. Nos
ayudó mucho estar en
contacto con personas de
una estatura ética tan
grande, como la de
Haydée Santamaría.
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Silvio Rodríguez
junto con
Alfredo Guevara |
Fragmentos de la
intervención de Silvio
Rodríguez en la
presentación del libro
Casa de las Américas
1959-2009. |