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El primer acontecimiento
removedor que yo viví en
esta institución fue el
Encuentro de Jóvenes
Artistas
Latinoamericanos en
1983. Como estudiante
inicial en el Instituto
Superior de Arte (ISA)
recuerdo fue de un gran
impacto para mí
presenciar las
discusiones acaloradas
acerca del sentido del
arte, los límites del
lenguaje y su evaluación
acerca de la identidad.
Nunca olvidaré una seria
y ruidosa discusión
conceptual entre dos
artistas de diferentes
generaciones sobre cómo
debía desarrollarse el
arte cubano en la punta
de lo actual. Para mí
aconteció como una
enseñanza profunda
entender la
responsabilidad del
artista, la manipulación
de sus herramientas y su
compromiso al aplicarlas
en el contexto.
Sucesivamente —y hay en
este libro alguna que
otra imagen que lo
ilustra— asistí a varias
conferencias que
marcaron mis años de
crecimiento, en
particular recuerdo la
de Luis Camnitzer quien,
como se sabe, marcó una
gran influencia en toda
una parte de la
generación de los 80. A
raíz de este pródigo
encuentro, una serie de
ejercicios lúdicos de
su autoría fueron
aplicados en la cátedra
de pintura del ISA,
implementados por Flavio
Garciandía quien, como
jefe de departamento,
inauguraba entonces una
cátedra de arte
conceptual o referencial
que ha sido trascendente
para el arte cubano.
Fascinaba conocer a
artistas de la magnitud
de Camnitzer, ver saltar
de los libros de
historia del arte a las
salas de la Casa las
rigurosas obras de Julio
Le Parc que fueron
definitivas enseñanzas
en esos años de estudio.
Tanto los grabados de
Camnitzer como los de
León Ferrari, artista
que a sus 90 años ha
sido redescubierto por
el mayúsculo mundo del
arte, nos dieron una
visión de la gráfica que
subvertía todo lo
aplicado en esta
especialidad en nuestras
escuelas y en los
talleres de grabado de
La Habana.
De los 80 se ha hablado
como la década
prodigiosa. Creo que en
estos años el papel que
jugó la Casa fue de
cátedra mayor, con sus
talleres vivos y su
transmisión oral. En el
libro que hoy
presentamos pueden verse
los rostros de tantos
artistas mayores que la
visitaron, trabajaron y
dejaron un legado
tremendo de pinturas,
dibujos, grabados,
esculturas que hoy
forman una colección
extraordinaria.
Todos conocemos la
travesía ideomatérica,
de regresión,
desintegración y
resistencia que
experimentamos en los
comienzos de los 90,
manifiesta por el
abandono o la alta
fidelidad. Durante esos
años de aguda crisis y
descalabro institucional
llegué a pensar que dos
centros culturales daban
su salario en moneda
convertible, uno era el
Centro Wifredo Lam y el
otro, la Casa de las
Américas.
Mi impresión al llegar a
estos lugares era de
asombro. Uno llegaba a
la Casa y continuaba
registrando el rigor de
sus empleados, que como
sabemos dicen mucho o
todo, las personas que
moran en un sitio son su
imagen acústica, su
primera carta de
presentación.
Ha habido personas en mi
vida profesional y
afectiva que me enlazan
desde años con la Casa.
Hugo Rivera, quien llevó
el taller de gráfica y
de serigrafía, aparece
en una de las
fotografías con la misma
sonrisa amiga que
siempre dio fe de su
gentileza entusiasta y
acogedora. Sus consejos
para con mi trabajo
siempre fueron aciertos
reveladores.
Hay personas que en sí
solas han sido una
institución. Marcia
Leiseca, mujer grande y
trabajadora, de rigor
incalculable, dirigente
que aún se extraña. Me
atan a ellas algunas
heridas comunes que en
mi carrera de
crecimiento me esperaban
a propósito del
frustrado Proyecto
Castillo de la Fuerza,
heridas sanadas ya por
el tiempo, o por el
trabajo que va sumando
veladuras.
Comenzando el presente
siglo tuve el privilegio
de ser invitado a
realizar una muestra
personal en las salas de
la Casa. Trabajar con mi
amiga Lourdes Benigni y
con su impecable equipo
de trabajo en esta
exposición significa uno
de los momentos más
instauradores de mi vida
profesional en mi país,
suerte de consagración
que siempre se espera
pero también se teme.
Trabajar con el personal
y el espacio admirado
por años aconteció como
una “fiesta
innombrable”, una manera
de sustituir mi
presencia de espectador
por esa que engrana en
armonía laboral las
configuraciones de lo
soñado con las
atenciones de un
despertar.
En esa ocasión, instalé
una serie de obras que
de alguna manera evocara
el espacio como de una
casa dentro de la Casa
por la particularidad
del espacio, con sus
salas intercaladas por
puertas y ventanas
abiertas, pasillos y
espacios de sorpresa.
Pepe Menéndez diseñó el
catálogo para aquella
muestra. Hoy celebramos
este refrescante libro.
Pepe, con este y muchos
de los libros y
catálogos que se han
desprendido de su
talento, hace honor a
una tradición de lo
mejor del diseño cubano,
palpable en el derroche
publicitario de la Casa,
tradición de carteles y
portadas, que bien se
recoge aquí.
Por último, quiero
evocar a la legendaria
Haydée Santamaría. Qué
pena no haber conocido
aquella extraordinaria
señora, pero de ella
siguen diciendo sus
trabajadores los fieles
seguidores de este
templo.
Casa dentro de la Casa,
ese tal vez es un gran
mensaje que nos deja
Haydée para nuestras
generaciones, y que uno
recibe de este libro y
eso es lo que a mi
entender debe ser cada
trabajador en su centro
espiritual como lo es
Casa de las Américas y
creo que de alguna forma
en este lugar he
conocido muchas personas
que dan fe de ello.
Hace más de 20 años, la
familia de Haydée me
regaló esta bella
pintura, de un artista
primitivo de Nicaragua,
yo la he guardado con un
cariño tremendo y hoy
quisiera devolverla
a donde imagino están las
raíces de su
pertenencia.
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