La Habana. Año IX.
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al 6 de MAYO de 2011

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Casa dentro de la Casa

René Francisco • La Habana

Fotos: R. A. Hdez.

El primer acontecimiento removedor que yo viví en esta institución fue el Encuentro de Jóvenes Artistas Latinoamericanos en 1983. Como estudiante inicial en el Instituto Superior de Arte (ISA) recuerdo fue de un gran impacto para mí presenciar las discusiones acaloradas acerca del sentido del arte, los límites del lenguaje y su evaluación acerca de la identidad. Nunca olvidaré una seria y ruidosa discusión conceptual entre dos artistas de diferentes generaciones sobre cómo debía desarrollarse el arte cubano en la punta de lo actual. Para mí aconteció como una enseñanza profunda entender la responsabilidad del artista, la manipulación de sus herramientas y su compromiso al aplicarlas en el contexto.

Sucesivamente —y hay en este libro alguna que otra imagen que lo ilustra— asistí a varias conferencias que marcaron mis años de crecimiento, en particular recuerdo la de Luis Camnitzer quien, como se sabe, marcó una gran influencia en toda una parte de la generación de los 80. A raíz de este pródigo encuentro, una serie de ejercicios lúdicos de su autoría fueron aplicados en la cátedra de pintura del ISA, implementados por Flavio Garciandía quien, como jefe de departamento, inauguraba entonces una cátedra de arte conceptual o referencial que ha sido trascendente para el arte cubano.

Fascinaba conocer a artistas de la magnitud de Camnitzer, ver saltar de los libros de historia del arte a las salas de la Casa las rigurosas obras de Julio Le Parc que fueron definitivas enseñanzas en esos años de estudio.

Tanto los grabados de Camnitzer como los de León Ferrari, artista que a sus 90 años ha sido redescubierto por el mayúsculo mundo del arte, nos dieron una visión de la gráfica que subvertía todo lo aplicado en esta especialidad en nuestras escuelas y en los talleres de grabado de La Habana.

De los 80 se ha hablado como la década prodigiosa. Creo que en estos años el papel que jugó la Casa fue de cátedra mayor, con sus talleres vivos y su transmisión oral. En el libro que hoy presentamos pueden verse los rostros de tantos artistas mayores que la visitaron, trabajaron y dejaron un legado tremendo de pinturas, dibujos, grabados, esculturas que hoy forman una colección extraordinaria.

Todos conocemos la travesía ideomatérica, de regresión, desintegración y resistencia que experimentamos en los comienzos de los 90, manifiesta por el abandono o la alta fidelidad. Durante esos años de aguda crisis y descalabro institucional llegué a pensar que dos centros culturales daban su salario en moneda convertible, uno era el Centro Wifredo Lam y el otro, la Casa de las Américas.

Mi impresión al llegar a estos lugares era de asombro. Uno llegaba a la Casa y continuaba registrando el rigor de sus empleados, que como sabemos dicen mucho o todo, las personas que moran en un sitio son su imagen acústica, su primera carta de presentación.

Ha habido personas en mi vida profesional y afectiva que me enlazan desde años con la Casa. Hugo Rivera, quien llevó el taller de gráfica y de serigrafía, aparece en una de las fotografías con la misma sonrisa amiga que siempre dio fe de su gentileza entusiasta y acogedora. Sus consejos para con mi trabajo siempre fueron aciertos reveladores.

Hay personas que en sí solas han sido una institución. Marcia Leiseca, mujer grande y trabajadora, de rigor incalculable, dirigente que aún se extraña. Me atan a ellas algunas heridas comunes que en mi carrera de crecimiento me esperaban a propósito del frustrado Proyecto Castillo de la Fuerza, heridas sanadas ya por el tiempo, o por el trabajo que va sumando veladuras.

Comenzando el presente siglo tuve el privilegio de ser invitado a realizar una muestra personal en las salas de la Casa. Trabajar con mi amiga Lourdes Benigni y con su impecable equipo de trabajo en esta exposición significa uno de los momentos más instauradores de mi vida profesional en mi país, suerte de consagración que siempre se espera pero también se teme. Trabajar con el personal y el espacio admirado por años aconteció como una “fiesta innombrable”, una manera de sustituir mi presencia de espectador por esa que engrana en armonía laboral las configuraciones de lo soñado con las atenciones de un despertar.

En esa ocasión, instalé una serie de obras que de alguna manera evocara el espacio como de una casa dentro de la Casa por la particularidad del espacio, con sus salas intercaladas por puertas y ventanas abiertas, pasillos y espacios de sorpresa.

Pepe Menéndez diseñó el catálogo para aquella muestra. Hoy celebramos este refrescante libro. Pepe, con este y muchos de los libros y catálogos que se han desprendido de su talento, hace honor a una tradición de lo mejor del diseño cubano, palpable en el derroche publicitario de la Casa, tradición de carteles y portadas, que bien se recoge aquí.

Por último, quiero evocar a la legendaria Haydée Santamaría. Qué pena no haber conocido aquella extraordinaria señora, pero de ella siguen diciendo sus trabajadores los fieles seguidores de este templo.

Casa dentro de la Casa, ese tal vez es un gran mensaje que nos deja Haydée para nuestras generaciones, y que uno recibe de este libro y eso es lo que a mi entender debe ser cada trabajador en su centro espiritual como lo es Casa de las Américas y creo que de alguna forma en este lugar he conocido muchas personas que dan fe de ello.

Hace más de 20 años, la familia de Haydée me regaló esta bella pintura, de un artista primitivo de Nicaragua, yo la he guardado con un cariño tremendo y hoy quisiera devolverla a donde imagino están las raíces de su pertenencia.

 
 
 
 
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