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El Partido Liberal,
México, 30 de enero de
1891.
Cree el aldeano vanidoso
que el mundo entero es
su aldea, y con tal que
él quede de alcalde, o
le mortifique al rival
que le quitó la novia, o
le crezcan en la
alcancía los ahorros, ya
da por bueno el orden
universal, sin saber de
los gigantes que llevan
siete leguas en las
botas y le pueden poner
la bota encima, ni de la
pelea de los cometas en
el Cielo, que van por el
aire dormidos engullendo
mundos. Lo que quede de
aldea en América ha de
despertar. Estos tiempos
no son para acostarse
con el pañuelo en la
cabeza, sino con las
armas en la almohada,
como los varones de Juan
de Castellanos: las
armas del juicio, que
vencen a las otras.
Trincheras de ideas
valen más que trincheras
de piedra.
No hay proa que taje una
nube de ideas. Una idea
enérgica, flameada a
tiempo ante el mundo,
para, como la bandera
mística del juicio
final, a un escuadrón de
acorazados. Los pueblos
que no se conocen han de
darse prisa para
conocerse, como quienes
van a pelear juntos. Los
que enseñan los puños,
como hermanos celosos,
que quieren los dos la
misma tierra, o el de
casa chica, que le tiene
envidia al de casa
mejor, han de encajar,
de modo que sean una,
las dos manos. Los que,
al amparo de una
tradición criminal,
cercenaron, con el sable
tinto en la sangre de
sus mismas venas, la
tierra del hermano
vencido, del hermano
castigado más allá de
sus culpas, si no
quieren que les llame el
pueblo ladrones,
devuélvanle sus tierras
al hermano. Las deudas
del honor no las cobra
el honrado en dinero, a
tanto por la bofetada.
Ya no podemos ser el
pueblo de hojas, que
vive en el aire, con la
copa cargada de flor,
restallando o zumbando,
según la acaricie el
capricho de la luz, o la
tundan y talen las
tempestades; ¡los
árboles se han de poner
en fila para que no pase
el gigante de las siete
leguas! Es la hora del
recuento, y de la marcha
unida, y hemos de andar
en cuadro apretado, como
la plata en las raíces
de los Andes.
A los sietemesinos solo
les faltará el valor.
Los que no tienen fe en
su tierra son hombres de
siete meses. Porque les
falta el valor a ellos,
se lo niegan a los
demás. No les alcanza al
árbol difícil el brazo
canijo, el brazo de uñas
pintadas y pulsera, el
brazo de Madrid o de
París, y dicen que no se
puede alcanzar el árbol.
Hay que cargar los
barcos de esos insectos
dañinos, que le roen el
hueso a la patria que
los nutre. Si son
parisienses o
madrileños, vayan al
Prado, de faroles, o
vayan a Tortoni, de
sorbetes. ¡Estos hijos
de carpintero, que se
avergüenzan de que su
padre sea carpintero!
¡Estos nacidos en
América, que se
avergüenzan, porque
llevan delantal indio,
de la madre que los
crió, y reniegan,
¡bribones!, de la madre
enferma, y la dejan sola
en el lecho de las
enfermedades! Pues,
¿quién es el hombre?
,¿el que se queda con la
madre, a curarle la
enfermedad, o el que la
pone a trabajar donde no
la vean, y vive de su
sustento en las tierras
podridas con el gusano
de corbata, maldiciendo
del seno que lo cargó,
paseando el letrero de
traidor en la espalda de
la casaca de papel?
¡Estos hijos de nuestra
América, que ha de
salvarse con sus indios,
y va de menos a más;
estos desertores que
piden fusil en los
ejércitos de la América
del Norte, que ahoga en
sangre a sus indios, y
va de más a menos!
¡Estos delicados, que
son hombres y no quieren
hacer el trabajo de
hombres! Pues el
Washington que les hizo
esta tierra ¿se fue a
vivir con los ingleses,
a vivir con los ingleses
en los años en que los
veía venir contra su
tierra propia? ¡Estos
“increíbles” del honor,
que lo arrastran por el
suelo extranjero, como
los increíbles de la
Revolución Francesa,
danzando y relamiéndose,
arrastraban las erres!
Ni ¿en qué patria puede
tener un hombre más
orgullo que en nuestras
repúblicas dolorosas de
América, levantadas
entre las masas mudas de
indios, al ruido de
pelea del libro con el
cirial, sobre los brazos
sangrientos de un
centenar de apóstoles?
De factores tan
descompuestos, jamás, en
menos tiempo histórico,
se han creado naciones
tan adelantadas y
compactas. Cree el
soberbio que la tierra
fue hecha para servirle
de pedestal, porque
tiene la pluma fácil o
la palabra de colores, y
acusa de incapaz e
irremediable a su
república nativa, porque
no le dan sus selvas
nuevas modo continuo de
ir por el mundo de
gamonal famoso, guiando
jacas de Persia y
derramando champaña. La
incapacidad no está en
el país naciente, que
pide formas que se le
acomoden y grandeza
útil, sino en los que
quieren regir pueblos
originales, de
composición singular y
violenta, con leyes
heredadas de cuatro
siglos de práctica libre
en los Estados Unidos,
de diecinueve siglos de
monarquía en Francia.
Con un decreto de
Hamilton no se le para
la pechada al potro del
llanero. Con una frase
de Sieyès no se
desestanca la sangre
cuajada de la raza
india. A lo que es, allí
donde se gobierna, hay
que atender para
gobernar bien; y el buen
gobernante en América no
es el que sabe cómo se
gobierna el alemán o el
francés, sino el que
sabe con qué elementos
está hecho su país, y
cómo puede ir guiándolos
en junto, para llegar,
por métodos e
instituciones nacidas
del país mismo, a aquel
estado apetecible donde
cada hombre se conoce y
ejerce, y disfrutan
todos de la abundancia
que la Naturaleza puso
para todos en el pueblo
que fecundan con su
trabajo y defienden con
sus vidas. El gobierno
ha de nacer del país. El
espíritu del gobierno ha
de ser el del país. La
forma de gobierno ha de
avenirse a la
constitución propia del
país. El gobierno no es
más que el equilibrio de
los elementos naturales
del país.
Por eso el libro
importado ha sido
vencido en América por
el hombre natural. Los
hombres naturales han
vencido a los letrados
artificiales. El mestizo
autóctono ha vencido al
criollo exótico. No hay
batalla entre la
civilización y la
barbarie, sino entre la
falsa erudición y la
naturaleza. El hombre
natural es bueno, y
acata y premia la
inteligencia superior,
mientras esta no se vale
de su sumisión para
dañarle, o le ofende
prescindiendo de él, que
es cosa que no perdona
el hombre natural,
dispuesto a recobrar por
la fuerza el respeto de
quien le hiere la
susceptibilidad o le
perjudica el interés.
Por esta conformidad con
los elementos naturales
desdeñados han subido
los tiranos de América
al poder; y han caído en
cuanto les hicieron
traición. Las repúblicas
han purgado en las
tiranías su incapacidad
para conocer los
elementos verdaderos del
país, derivar de ellos
la forma de gobierno y
gobernar con ellos.
Gobernante, en un pueblo
nuevo, quiere decir
creador.
En pueblos compuestos de
elementos cultos e
incultos, los incultos
gobernarán, por su
hábito de agredir y
resolver las dudas con
su mano, allí donde los
cultos no aprendan el
arte del gobierno. La
masa inculta es
perezosa, y tímida en
las cosas de la
inteligencia, y quiere
que la gobiernen bien;
pero si el gobierno le
lastima, se lo sacude y
gobierna ella. ¿Cómo han
de salir de las
universidades los
gobernantes, si no hay
universidad en América
donde se enseñe lo
rudimentario del arte
del gobierno, que es el
análisis de los
elementos peculiares de
los pueblos de América?
A adivinar salen los
jóvenes al mundo, con
antiparras yanquis o
francesas, y aspiran a
dirigir un pueblo que no
conocen. En la carrera
de la política habría de
negarse la entrada a los
que desconocen los
rudimentos de la
política. El premio de
los certámenes no ha de
ser para la mejor oda,
sino para el mejor
estudio de los factores
del país en que se vive.
En el periódico, en la
cátedra, en la academia,
debe llevarse adelante
el estudio de los
factores reales del
país. Conocerlos basta,
sin vendas ni ambages;
porque el que pone de
lado, por voluntad u
olvido, una parte de la
verdad, cae a la larga
por la verdad que le
faltó, que crece en la
negligencia, y derriba
lo que se levanta sin
ella. Resolver el
problema después de
conocer sus elementos,
es más fácil que
resolver el problema sin
conocerlos. Viene el
hombre natural,
indignado y fuerte, y
derriba la justicia
acumulada de los libros,
porque no se administra
en acuerdos con las
necesidades patentes del
país. Conocer es
resolver. Conocer el
país, y gobernarlo
conforme al conocimiento
es el único modo de
librarlo de tiranías. La
universidad europea ha
de ceder a la
universidad americana.
La historia de América,
de los incas acá, ha de
enseñarse al dedillo,
aunque no se enseñe la
de los arcontes de
Grecia. Nuestra Grecia
es preferible a la
Grecia que no es
nuestra. Nos es más
necesaria. Los políticos
nacionales han de
reemplazar a los
políticos exóticos.
Injértese en nuestras
repúblicas el mundo;
pero el tronco ha de ser
el de nuestras
repúblicas. Y calle el
pedante vencido; que no
hay patria en que pueda
tener el hombre más
orgullo que en nuestras
dolorosas repúblicas
americanas.
Con los pies en el
rosario, la cabeza
blanca y el cuerpo pinto
de indio y criollo,
venimos, denodados, al
mundo de las naciones.
Con el estandarte de la
Virgen salimos a la
conquista de la
libertad. Un cura, unos
cuantos tenientes y una
mujer alzan en México la
república, en hombros de
los indios. Un canónigo
español, a la sombra de
su capa, instruye la
libertad francesa a unos
cuantos bachilleres
magníficos, que ponen de
jefe de Centro América
contra España al general
de España. Con los
hábitos monárquicos, y
el Sol por pecho, se
echaron a levantar
pueblos los venezolanos
por el Norte y los
argentinos por el Sur.
Cuando los dos héroes
chocaron, y el
continente iba a
temblar, uno, que no fue
el menos grande, volvió
riendas. Y como el
heroísmo en la paz es
más escaso, porque es
menos glorioso que el de
la guerra; como al
hombre le es más fácil
morir con honra que
pensar con orden; como
gobernar con los
sentimientos exaltados y
unánimes es más hacedero
que dirigir, después de
la pelea, los
pensamientos diversos,
arrogantes, exóticos o
ambiciosos; como los
poderes arrollados en la
arremetida épica
zapaban, con la cautela
felina de la especie y
el peso de lo real, el
edificio que habían
izado, en las comarcas
burdas y singulares de
nuestra América mestiza,
en los pueblos de pierna
desnuda y casaca de
París, la bandera de los
pueblos nutridos de
savia gobernante en la
práctica continua de la
razón y de la libertad;
como la constitución
jerárquica de las
colonias resistía la
organización democrática
de la República, o las
capitales de corbatín
dejaban en el zaguán al
campo de bota y potro, o
los redentores
bibliógenos no
entendieron que la
revolución que triunfó
con el alma de la tierra
había de gobernar, y no
contra ella ni sin ella,
entró a padecer América,
y padece, de la fatiga
de acomodación entre los
elementos discordantes y
hostiles que heredó de
un colonizador despótico
y avieso, y las ideas y
formas importadas que
han venido retardando,
por su falta de realidad
local, el gobierno
lógico. El continente
descoyuntado durante
tres siglos por un mando
que negaba el derecho
del hombre al ejercicio
de su razón, entró,
desatendiendo o
desoyendo a los
ignorantes que lo habían
ayudado a redimirse, en
un gobierno que tenía
por base la razón; la
razón de todos en las
cosas de todos, y no la
razón universitaria de
unos sobre la razón
campestre de otros. El
problema de la
independencia no era el
cambio de formas, sino
el cambio de espíritu.
Con los oprimidos había
que hacer una causa
común, para afianzar el
sistema opuesto a los
intereses y hábitos de
mando de los opresores.
El tigre, espantado del
fogonazo, vuelve de
noche al lugar de la
presa. Muere echando
llamas por los ojos y
con las zarpas al aire.
No se le oye venir, sino
que viene con zarpas de
terciopelo. Cuando la
presa despierta, tiene
al tigre encima. La
colonia continuó
viviendo en la
república; y nuestra
América se está salvando
de sus grandes yerros
—de
la soberbia de las
ciudades capitales, del
triunfo ciego de los
campesinos desdeñados,
de la importación
excesiva de las ideas y
fórmulas ajenas, del
desdén inicuo e
impolítico de la raza
aborigen—,
por la virtud superior,
abonada con sangre
necesaria, de la
república que lucha
contra la colonia. El
tigre espera, detrás de
cada árbol, acurrucado
en cada esquina. Morirá,
con las zarpas al aire,
echando llamas por los
ojos.
Pero “estos países se
salvarán”, como anunció
Rivadavia el argentino,
el que pecó de finura en
tiempos crudos; al
machete no le va vaina
de seda, ni el país que
se ganó con lanzón se
puede echar el lanzón
atrás, porque se enoja y
se pone en la puerta del
Congreso de Iturbide “a
que le hagan emperador
al rubio”. Estos países
se salvarán porque, con
el genio de la
moderación que parece
imperar, por la armonía
serena de la Naturaleza,
en el continente de la
luz, y por el influjo de
la lectura crítica que
ha sucedido en Europa a
la lectura de tanteo y
falansterio en que se
empapó la generación
anterior, le está
naciendo a América, en
estos tiempos reales, el
hombre real.
Éramos una visión, con
el pecho de atleta, las
manos de petimetre y la
frente de niño. Éramos
una máscara, con los
calzones de Inglaterra,
el chaleco parisiense,
el chaquetón de
Norteamérica y la
montera de España. El
indio, mudo, nos daba
vueltas alrededor, y se
iba al monte, a la
cumbre del monte, a
bautizar a sus hijos. El
negro, oteado, cantaba
en la noche la música de
su corazón, solo y
desconocido, entre las
olas y las fieras. El
campesino, el creador,
se revolvía, ciego de
indignación, contra la
ciudad desdeñosa, contra
su criatura. Éramos
charreteras y togas, en
países que venían al
mundo con la alpargata
en los pies y la vincha
en la cabeza. El genio
hubiera estado en
hermanar, con la caridad
del corazón y con el
atrevimiento de los
fundadores, la vincha y
la toga; en desestancar
al indio; en ir haciendo
lado al negro
suficiente; en ajustar
la libertad al cuerpo de
los que se alzaron y
vencieron por ella. Nos
quedó el oidor, y el
general, y el letrado, y
el prebendado. La
juventud angélica, como
de los brazos de un
pulpo, echaba al Cielo,
para caer con gloria
estéril, la cabeza,
coronada de nubes. El
pueblo natural, con el
empuje del instinto,
arrollaba, ciego de
triunfo, los bastones de
oro. Ni el libro
europeo, ni el libro
yanqui, daban la clave
del enigma
hispanoamericano. Se
probó el odio, y los
países venían cada año a
menos. Cansados del odio
inútil de la resistencia
del libro contra la
lanza, de la razón
contra el cirial, de la
ciudad contra el campo,
del imperio imposible de
las castas urbanas
divididas sobre la
nación natural,
tempestuosa e inerte, se
empieza, como sin
saberlo, a probar el
amor. Se ponen en pie
los pueblos, y se
saludan. “¿Cómo somos?”
se preguntan; y unos a
otros se van diciendo
cómo son. Cuando aparece
en Cojímar un problema,
no van a buscar la
solución a Dantzig. Las
levitas son todavía de
Francia, pero el
pensamiento empieza a
ser de América. Los
jóvenes de América se
ponen la camisa al codo,
hunden las manos en la
masa, y la levantan con
la levadura del sudor.
Entienden que se imita
demasiado, y que la
salvación está en crear.
Crear es la palabra de
pase de esta generación.
El vino, de plátano; y
si sale agrio, ¡es
nuestro vino! Se
entiende que las formas
de gobierno de un país
han de acomodarse a sus
elementos naturales; que
las ideas absolutas,
para no caer por un
yerro de forma, han de
ponerse en formas
relativas; que la
libertad, para ser
viable, tiene que ser
sincera y plena; que si
la república no abre los
brazos a todos y
adelanta con todos,
muere la república. El
tigre de adentro se echa
por al hendija, y el
tigre de afuera. El
general sujeta en la
marcha la caballería al
paso de los infantes. O
si deja a la zaga a los
infantes, le envuelve el
enemigo la caballería.
Estrategia es política.
Los pueblos han de vivir
criticándose, porque la
crítica es la salud;
pero con un solo pecho y
una sola mente. ¡Bajarse
hasta los infelices y
alzarlos en los brazos!
¡Con el fuego del
corazón deshelar la
América coagulada!
¡Echar, bullendo y
rebotando, por las
venas, la sangre natural
del país! En pie, con
los ojos alegres de los
trabajadores, se
saludan, de un pueblo a
otro, los hombres nuevos
americanos. Surgen los
estadistas naturales del
estudio directo de la
Naturaleza. Leen para
aplicar, pero no para
copiar. Los economistas
estudian la dificultad
en sus orígenes. Los
oradores empiezan a ser
sobrios. Los dramaturgos
traen los caracteres
nativos a la escena. Las
academias discuten temas
viables. La poesía se
corta la melena
zorrillesca y cuelga del
árbol glorioso el
chaleco colorado. La
prosa, centelleante y
cernida, va cargada de
idea. Los gobernadores,
en las repúblicas de
indios, aprenden indio.
De todos sus peligros se
va salvando América.
Sobre algunas repúblicas
está durmiendo el pulpo.
Otras, por la ley del
equilibrio, se echan a
pie a la mar, a
recobrar, con prisa loca
y sublime, los siglos
perdidos. Otras,
olvidando que Juárez
paseaba en un coche de
mulas, ponen coche de
viento y de cochero a
una pompa de jabón; el
lujo venenoso, enemigo
de la libertad, pudre al
hombre liviano y abre la
puerta al extranjero.
Otras acendran, con el
espíritu épico de la
independencia amenazada,
el carácter viril. Otras
crían, en la guerra
rapaz contra el vecino,
la soldadesca que puede
devorarlas. Pero otro
peligro corre, acaso,
nuestra América, que no
le viene de sí, sino de
la diferencia de
orígenes, métodos e
intereses entre los dos
factores continentales,
y es la hora próxima en
que se le acerque,
demandando relaciones
íntimas, un pueblo
emprendedor y pujante
que la desconoce y la
desdeña. Y como los
pueblos viriles, que se
han hecho de sí propios,
con la escopeta y la
ley, aman, y solo aman,
a los pueblos viriles;
como la hora del
desenfreno y la
ambición, de que acaso
se libre, por el
predominio de lo más
puro de su sangre, la
América del Norte, o en
que pudieran lanzarla
sus masas vengativas y
sórdidas, la tradición
de conquista y el
interés de un caudillo
hábil, no está tan
cercana aún a los ojos
del más espantadizo, que
no dé tiempo a la prueba
de altivez, continua y
discreta, con que se la
pudiera encara y
desviarla; como su
decoro de república pone
a la América del Norte,
ante los pueblos atentos
del Universo, un freno
que no le ha de quitar
la provocación pueril o
la arrogancia ostentosa
o la discordia parricida
de nuestra América, el
deber urgente de nuestra
América es enseñarse
como es, una en alma e
intento, vencedora veloz
de un pasado sofocante,
manchada solo con sangre
de abono que arranca a
las manos la pelea con
las ruinas, y la de las
venas que nos dejaron
picadas nuestros dueños.
El desdén del vecino
formidable, que no la
conoce, es el peligro
mayor de nuestra
América; y urge, porque
el día de la visita está
próximo, que el vecino
la conozca, la conozca
pronto, para que no la
desdeñe. Por el respeto,
luego que la conociese,
sacaría de ella las
manos. Se ha de tener fe
en lo mejor del hombre y
desconfiar de lo peor de
él. Hay que dar ocasión
a lo mejor para que se
revele y prevalezca
sobre lo peor. Si no, lo
peor prevalece. Los
pueblos han de tener una
picota para quien les
azuza a odios inútiles;
y otra para quien no les
dice a tiempo la verdad.
No hay odio de razas,
porque no hay razas. Los
pensadores canijos, los
pensadores de lámparas,
enhebran y recalientan
las razas de librería,
que el viajero justo y
el observador cordial
buscan en vano en la
justicia de la
Naturaleza, donde
resalta en el amor
victorioso y el apetito
turbulento, la identidad
universal del hombre. El
alma emana, igual y
eterna, de los cuerpos
diversos en forma y en
color. Peca contra la
Humanidad el que fomente
y propague la oposición
y el odio de las razas.
Pero en el amasijo de
los pueblos se
condensan, en la
cercanía de otros
pueblos diversos,
caracteres peculiares y
activos, de ideas y de
hábitos, de ensanche y
adquisición, de vanidad
y de avaricia, que del
estado latente de
preocupaciones
nacionales pudieran, en
un período de desorden
interno o de
precipitación del
carácter acumulado del
país, trocarse en
amenaza grave para las
tierras vecinas,
aisladas y débiles, que
el país fuerte declara
perecederas e
inferiores. Pensar es
servir. Ni ha de
suponerse, por antipatía
de aldea, una maldad
ingénita y fatal al
pueblo rubio del
continente, porque no
habla nuestro idioma, ni
ve la casa como nosotros
la vemos, ni se nos
parece en sus lacras
políticas, que son
diferentes de las
nuestras; ni tiene en
mucho a los hombres
biliosos y trigueños, ni
mira caritativo, desde
su eminencia aún mal
segura, a los que, con
menos favor de la
Historia, suben a tramos
heroicos la vía de las
repúblicas; ni se han de
esconder los datos
patentes del problema
que puede resolverse,
para la paz de los
siglos, con el estudio
oportuno y la unión
tácita y urgente del
alma continental.
¡Porque ya suena el
himno unánime; la
generación actual lleva
a cuestas, por el camino
abonado por los padres
sublimes, la América
trabajadora; del Bravo a
Magallanes, sentado en
el lomo del cóndor, regó
el Gran Semí, por las
naciones románticas del
continente y por las
islas dolorosas del mar,
la semilla de la América
nueva! |