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La exposición Arrocha
en los sesenta es un
pretexto para
reencontrarse con
algunos de los hitos de
la cultura cubana,
porque este hombre de
alma tan transparente
como sus ojos azules, ha
trabajado
infatigablemente desde
que salió de los predios
de la Academia de San
Alejandro hasta el
caluroso día de hoy.
El talento excepcional
de Eduardo Pascual
Arrocha Fernández como
diseñador lo
convirtieron en el
elegido de figuras como
Alicia Alonso y Ramiro
Guerra, Santiago Alfonso
y Lorna Bursdall, Nelson
Dorr y Adolfo de Luis. Y
es que Arrocha tiene la
virtud de traducir al
lenguaje escénico las
ideas más geniales, y
también las más
incomprensibles. No hay
secreto del diseño que
él no pueda desvelar
para concebir el trazo
preciso, el color ideal,
la textura más cálida.
¿Por qué Arrocha es una
marca reconocida? Porque
él está dotado de una
aguda inteligencia,
atenta al devenir del
mundo en que vive.
Porque es capaz de
dialogar con coreógrafos
y directores respetando
sus criterios y
viabilizando sus sueños.
Porque ha establecido
fraternas relaciones con
los obreros de los
talleres de confección
de vestuario y con los
de montaje
escenográfico. Porque
tiene una disposición
para trabajar que
envidiaría el más
inquieto adolescente.
Valdría la pena
preguntarnos cuántas
veces lo hemos visto
cruzar la calle Línea
para ir del Teatro Mella
a los talleres de 5ta. y
D, o cuántas veces lo
hemos visto subir la
empinada cuesta de Paseo
para trasladarse desde
la sala Hubert de Blanck
hasta el Teatro
Nacional.
La exhibición que nos
convoca recoge valiosos
ejemplares del trabajo
de Arrocha en los 60.
Aquí se incluyen la
Giselle y El lago
de los cisnes que
diseñara para Alicia
Alonso y el Ballet
Nacional de Cuba.
También es posible
apreciar sus estrechos
vínculos con la gente de
teatro, que van desde el
día en que se enamoró de
la actriz María Elena
Salas hasta hoy: los
bocetos para El
premio flaco, de su
querido Héctor Quintero
y Adolfo de Luis, lo
atestiguan. Para el
Conjunto Folclórico
Nacional diseñó El
Cabildo, un montaje
de Adolfo de Luis y
Santiago Alfonso. De su
larga estadía en lo que
es hoy Danza
Contemporánea de Cuba y
de su intensa relación
con el maestro
Ramiro
Guerra dan fe los
bocetos de Medea
y los negreros y
La Chacona, que
nos permiten soñar cómo
bailaban Silvia Bernabeu,
Cira Linares, Irma
Obermayer. Los dibujos
de Arrocha han logrado
el milagro de
reconstruir el
Decálogo del apocalipsis,
corroborando que la
intolerancia no pudo
truncar el desarrollo de
la danza moderna cubana,
que las investigaciones
emprendidas por el
maestro Ramiro Guerra y
su tropa esperaron
tiempos propicios para
salir a escena. Aún
sorprenden la belleza y
la frescura de los
diseños para el
Decálogo…, parecería
que fue ayer cuando
ensayaban para
estrenarlo.
Las piezas de los 60 son
como una anunciación de
lo que sería la
trayectoria de Arrocha.
Trabajo, mucho trabajo.
Constantes peticiones de
colaboración de los más
capaces directores y
coreógrafos, nótese
cuántos de los que
firman los títulos que
apreciamos hoy ostentan
el Premio Nacional de
Danza o el Premio
Nacional de Teatro.
Diversidad conceptual y
formal de la obra, de
acuerdo con los montajes
en los que decidió
colaborar. Reconocido
como el diseñador de
Danza Contemporánea, es
reclamado constantemente
por la gente de teatro.
Ya en los 60 era posible
descubrir las cualidades
que distinguen a Arrocha
como diseñador: el uso
inteligente del color.
Su olfato para elegir la
tonalidad que cada
escena requiere. El
empleo de la textura
como detalle expresivo.
La sensualidad de la
línea. La capacidad para
proyectar la sicología
de los personajes. El
tacto para representar
el conflicto abordado.
Para diseñar más de 400
obras, Arrocha ha
trabajado y estudiado
mucho. Por eso atesora
una valiosa biblioteca
donde pueden encontrarse
recortes de prensa con
entrevistas a sus
colegas, filmes en VHS o
DVD, discos de música
clásica, libros de
Leonardo Padura y del
arte renacentista. Ávido
de conocimientos a sus
casi 80 años, es la
memoria viva del diseño
escénico cubano —le
dicen Carbono 14, como
prueba de la
autenticidad de su
criterio— y siempre está
presto a colaborar en
cuanto empeño contribuya
al mejoramiento humano.
Gracias al empeño del
colectivo de
Revolución y Cultura
es posible viajar, a
través de la obra de
Eduardo Arrocha, a los
prodigiosos 60,
favorables —al calor del
la Revolución
triunfante— para una
explosión de creatividad
y laboriosidad de la
cual Arrocha es
protagonista. Ojalá
pudiéramos continuar el
viaje por las décadas
posteriores, en las que
Arrocha siguió laborando
con la profesionalidad y
la generosidad que lo
caracterizan. Bastaría
recordar que diseñó el
clásico Súlkary,
de Eduardo Rivero,
protagonizado por sus
entrañables amigos Luz
María Collazo e
Isidro
Rolando.
Es un inmenso placer
presentar la exposición
Arrocha en los
sesenta.
Es también un gran honor
la posibilidad de
reconocer el talento y
la dedicación de un
artista durante más de
50 años de labor
ininterrumpida, con tan
altos vuelos. Tanto es
así que he prodigado
elogios como no
acostumbro hacerlo, pero
Eduardo Arrocha me los
exigió advirtiendo que,
por muchos que
utilizara, siempre me
quedaría corta ante lo
que vería. Lo que
parecía un chiste entre
vecinos de Alamar es
ahora una realidad: no
hay adjetivo capaz de
abarcar la belleza y la
inmensidad de la obra de
Eduardo Arrocha. Solo
resta admirarla y
aplaudirla.
La
exposición
Arrocha en los
sesenta estará
abierta al público en la
galería de la revista
Revolución y Cultura
durante todo el mes de
julio. |