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Acepté a concurrir a
este encuentro
sobreponiéndome a
algunas dificultades
personales porque, en
verdad, estamos
celebrando un
acontecimiento,
acontecimiento que para
mi generación hizo
posible casi todas las
obras que hemos escrito.
Agradezco mucho a los
organizadores de este
encuentro que hayan
pensado en mí para estar
en este panel. No voy a
hacer un resumen, ningún
comentario de los
oradores que me
antecedieron, sino
sencillamente, como
acordamos, vine a leer
un poema. Esa es mi
función esta mañana.
Dice algún crítico, de
lo que en mi juventud se
llamaba la Europa
Occidental, que los
poemas no tienen que ser
explicados. A mí no me
gusta explicar los
poemas, ellos tienen que
decir por sí mismos. Sin
embargo, en este caso,
me siento en la
obligación de dar
algunas ideas alrededor
del poema que van a
escuchar, porque pienso
y por supuesto me
refiero a una joya
literaria de
Roberto Fernández
Retamar donde
explica por qué la
poesía es un reino
autónomo.
Como ustedes saben,
Retamar fue el poeta que
de los jóvenes
escritores de aquel
entonces, estuvo
presente en aquella gran
reunión de los
escritores y artistas de
Cuba con Fidel. Quiero
mencionar ese hecho y
esa idea de Roberto
porque creo que en esas
palabras de junio de
1961 Fidel creó una
alfombra, una alfombra
que nos cobijó y que
hizo posibles ideas como
aquella de la poesía
como reino autónomo en
la profundidad no solo
de las generaciones más
jóvenes, sino de todas
las generaciones que
coexistieron en aquel
momento. Quería leer
breves fragmentos de las
palabras que pronuncié
cuando recibí el Premio
Nacional de Literatura.
Yo decía en aquel
entonces:
“He buscado sin tregua
darle voz a un coro de
voces silenciadas que,
a través de la historia,
mucho más allá de sus
orígenes, su raza o su
género, renacen en mi
idioma. Entre las
elegías de Nicolás
Guillén y el gesto
rumoroso de la poetisa
güinera [hoy,
mayabequense] Cristina
Ayala, ha fluido mi voz
buscando un sitio entre
el violín y el arco,
buscando el equilibrio
entre lo mejor de un
pasado que nos sometió
sin compasión a la
filosofía del despojo y
una identidad
atropellada en la
búsqueda de su
definición mejor. Me ha
importado la Historia en
letras grandes y me
importó la historia de
abuelas pequeñitas,
adivinadoras, las que
bordaron el mantel donde
comían sus propios
opresores. Historia de
látigo, migraciones y
estigmas que llegaron
por el mar y al mar
vuelven sin razón
aparente.
(…)
“Formo parte de una
familia, una comunidad,
de una nación de las que
no he querido ni podido
apartarme sino que las
reclamo con amor en cada
uno de mis gestos. El
amor supone comprensión
infinita y una
conciencia de que somos
semejantes al prójimo.
Sin haber tenido una
experiencia directa de
la guerra, proclamo que
estoy contra la guerra,
por la dignidad plena de
los seres humanos.
“La Revolución está en
mí ‘como la astilla en
la herida’, como el sol
de todos los días, como
la cambiante luna de mis
barrios, como la
profundidad de los
pintores renacentistas o
quizás, como la de los
pintores primitivos
haitianos, siempre
inventada pero siempre
visible. Ningún poema
mío refleja a la
revolución, ni la
fotografía siquiera, no
la adula tampoco sino
que la provoca en su
apariencia trascendente.
Soy una de sus
criaturas. Soy una
criatura de la
Revolución.
(…)
“He buscado la paz y
aunque la palabra paz
suene hoy [y en aquel
entonces, el 2002] como
un sarcasmo, como una
broma de mal gusto,
entrando al siglo XXI, a
un nuevo milenio cuyo
umbral parecería otra
página de Julio Verne,
la palabra paz es hoy
una abstracción tras la
cual se esconde la
verdadera historia de la
humanidad. Frente al
riesgo de presenciar el
exterminio de nuestro
planeta, donde reina la
destrucción y la muerte
debemos encontrar una
paz tangible
reconciliada con el
trabajo y la cultura.
Frente a los que quieren
restaurar los reinos de
la muerte, escribo”.
Y escribí este pequeño
poema, el 4 de junio
pasado:
“Al vuelo”
Hay aires en la mañana
sola
bailando entre las
plumas de los gorriones.
Hay aires al mediodía
bailando entre las
fauces de los tanques.
Hay aires en la tarde
bailando entre los humos
de la carne quemada.
Hay aires en la noche
trunca
bailando entre los
gritos
de un niño que
sobrevivió.
Entre las sombras de un
patio
hablan las plumas de los
gorriones
clamando por una paz
necesitada.
Hay aires, en la mañana
quieta,
volando ante mis ojos.
Hay aires en la mañana
nuestra
bailando entre las
plumas de los gorriones.
Muchas gracias.
Leído en el acto de
celebración por los 50
años de “Palabras a los
intelectuales”, el 30 de
junio de 2011, en la
Biblioteca Nacional José
Martí. |