|
El 30 de
junio de
2011, a
50 años
de
pronunciado
el
discurso
conocido
como
“Palabras
a los
intelectuales”,
artistas
y
pensadores
cubanos
se
volvieron
a reunir
en el
Salón de
Actos de
la
Biblioteca
Nacional,
para
reflexionar
sobre la
trascendencia
que
tuvieron
aquellos
encuentros
para la
política
cultural
del país
y los
contextos
que
rodearon
e
incidieron
en las
palabras
de Fidel
convertidas
con el
tiempo
en
documento
programático
de la
Revolución.
En
diálogo
intergeneracional,
confluyeron
algunos
de los
participantes
de aquel
encuentro
de junio
de 1961
como
Alfredo
Guevara,
Roberto
Fernández
Retamar,
Armando
Hart y
Jaime
Sarusky
con
integrantes
de la
Unión de
Escritores
y
Artistas
de Cuba
y de la
Asociación
Hermanos
Saíz.
Entre
los
ponentes
de la
reunión
estuvieron
Nancy
Morejón,
Fernando
Martínez
Heredia,
Eduardo
Torres
Cuevas,
Omar
Valiño,
Luis
Morlote
y Jaime
Gómez
Triana.
|
 |
Me preocupa mucho que la
circunstancia de la cual
es hija “Palabras a los
intelectuales” haya sido
olvidada. Fue en el
verano de 1961, cuando
salían legalmente por el
aeropuerto hacia EE.UU.
casi 60 mil personas en
tres meses. Es decir, un
sector que podía viajar
en avión se marchó,
horrorizado ante la
victoria de los
revolucionarios en
Girón. El 1ro. de Mayo
desfilaron los
milicianos desde el
amanecer hasta la noche.
Una semana después, fue
nacionalizada toda la
educación en el país. La
administración de las
grandes rotativas había
pasado a la Imprenta
Nacional de Cuba desde
marzo de 1960; entre
mayo y los inicios de
1961 desapareció o fue
nacionalizada la mayoría
de los medios de
comunicación de
propiedad privada. La
prensa de la ciudad de
La Habana era de una
riqueza y una diversidad
extraordinarias. Tenía
más de una docena de
diarios nacionales,
varios de ellos con
decenas de páginas y
secciones en
rotograbado, otros
pequeños pero muy
ágiles; estaban llenos
de informaciones,
reportajes, crónicas,
secciones, comics.
Por toda la isla había
numerosos diarios. La
revista semanal
Bohemia era la más
leída e influyente, la
más importante de su
tipo en la región
central del continente y
fue una sistemática
opositora a la
dictadura. No debemos
olvidar que el consumo
de esos medios era la
actividad intelectual
más extendida e
importante de las
mayorías.
Aquel mundo de tanta
amplitud y alcance tenía
a su cargo tareas
principales de
socialización de la
palabra, escrita y
hablada, esta última a
través de un formidable
conjunto de emisoras
radiales, nacionales y
regionales, que gozaba
de una audiencia y una
influencia descomunales.
La novedosa televisión
era la pionera de
América Latina, se había
implantado para todo el
país y avanzaba en
numerosos terrenos a una
velocidad impresionante.
Los medios cumplían
funciones de la mayor
importancia en el
equilibrio tan complejo
que mantuvo la hegemonía
de la dominación durante
la segunda república.
Una libertad de
expresión muy amplia
había sido, al mismo
tiempo, una gran
conquista ciudadana y un
instrumento delicado de
manipulación de la
opinión y de desmontaje
de las rebeldías. Pero
desde enero de 1959
estaban cambiando las
ideas y los
sentimientos, las
motivaciones y los
actos, en todas las
esferas públicas, cada
vez con más fuerza,
extensión y profundidad,
y este sistema social de
reproducción —el
universo de los medios,
como diríamos ahora—
tenía que transformarse
a fondo, como tantos
otros campos de la
sociedad. Durante su
vertiginoso proceso de
eventos y cambios la
Revolución trabajó con
los medios que existían
y con los que ella fue
creando, en medio de
conflictos crecientes.
La intensificación de
los enfrentamientos
marcó la crisis y el
final de aquel sistema,
mediante la expropiación
de casi todas las
empresas privadas de
medios de comunicación.
El estado cubano se hizo
cargo de ellas.
¿Cómo
ilustrar la
trascendencia de esos
hechos? En los días de
“Palabras a los
intelectuales” habían
desaparecido el mundo
empresarial en una
actividad especializada
que en Cuba contaba con
más de siglo y medio de
existencia, y un proceso
de libertades de
expresión burguesas
comenzado 80 años antes,
bajo el régimen
colonial. El
periodismo de las dos
últimas décadas del
siglo XIX contó con un
mar de publicaciones,
que creció mucho en la
primera república, e
incorporó la radio desde
los años 20.
Esa época terminó en
1960-1961. No hay que
confundirse: la mayor
parte de los medios
siguió existiendo, y
continuó allí una buena
parte de los que
trabajaban en ellos. La
nacionalización de los
medios es un hecho
histórico decisivo; la
vida, el contenido y
otras muchas cuestiones
de los medios en los
años 60 es otro hecho
histórico. Doy dos
simples ejemplos. La
emisora COCO, “el
periódico del Aire”, de
Guido García Inclán, un
periodista que tenía un
gran prestigio cívico,
continuó diciendo más o
menos lo que le daba la
gana durante varios años
más. La Revolución
mantuvo el diario El
Mundo, una empresa
moderna nacida con el
siglo, en manos de
antiguos activistas
católicos, patriotas
revolucionarios, hasta
su desaparición a fines
de la década. Allí tenía
una sección Monseñor
Carlos Manuel de
Céspedes, y recuerdo una
polémica fraternal que
sostuvo con el joven
profesor de marxismo
Aurelio Alonso, acerca
del origen de la vida.
En aquellos tres años
del 59 al 61, la gente
se fue apoderando de su
país: empresas,
escuelas, tierras,
bancos. Y de su
condición humana, su
dignidad, su ciudadanía,
su esperanza. La riqueza
social comenzaba a ser
repartida entre los
miembros de la sociedad.
Pero todo era muy
complicado y difícil;
por ejemplo, en un
momento dado amenazaron
quebrarse las relaciones
entre la ciudad y el
campo, algo
imprescindible para que
se pueda vivir en
ciudades. Se rompió para
siempre la subordinación
que existía de la gente
de abajo, los
jornaleros, los obreros,
los desempleados, las
mujeres, los negros. No
hay manera de describir
bien cuántos
significados tuvo eso.
Un orden social es una
maquinaria muy compleja,
gigantesca, pero con
mecanismos delicadísimos
en los que basa su
funcionamiento, su
reproducción y el
consenso de las mayorías
a ser dominadas y vivir
del modo en que vive
cada clase y cada
sector. Aquel orden se
fue desbaratando, y en
1961 fue identificado,
aplastado y despreciado.
Por eso la Revolución
reunía, al mismo tiempo,
victorias inigualables,
necesidades sin cuento,
urgencias graves,
desórdenes y disciplina,
desafíos mortales, un
descomunal sentido
histórico y un hambre
insaciable de personas
capaces.
Girón fue el gran
triunfo del pueblo
entero armado. A veces
el artista es más
sintético —y más
acertado— que el
científico social, como
cuando Sara González
canta: “¡nuestra primera
victoria, nuestra
primera victoria!”. Para
la clase alta y amplios
sectores de clase media
fue, tenía que ser, el
certificado de su
derrota. Su respuesta
más socorrida fue con
los pies. Entre ellos se
marcharon la mitad de
los médicos y un gran
número de profesionales
y de técnicos. Se vivía
en eterna tensión,
cambiaban las relaciones
y las ideas que se
tenían sobre ellas, y
sucedían extraordinarias
desgarraduras. Desde
1960 eran una realidad
las bandas
contrarrevolucionarias
en el Escambray y otros
lugares del país; en su
mayoría era gente de
pueblo, que peleaba
contra la Revolución que
pudo haber sido su
revolución. Algunos
ponían bombas en La
Habana, provocaban
incendios, asesinaban
milicianos. Es decir, se
desplegaba ante todos el
correlato inevitable del
poder popular: la
virulencia de la lucha
de clases.
|
 |
Como todos saben, el
imperialismo
norteamericano ha sido
el protagonista
principal de la
contrarrevolución, desde
el inicio hasta hoy, con
saña criminal y con
método al mismo tiempo;
lo ha hecho contra la
más elemental decencia,
y a veces también contra
su propia eficiencia.
Pero ha sido y es el
pueblo de Cuba el que ha
vivido y sufrido todo
este proceso. En 1961 y
1962 una cantidad enorme
de jóvenes pasó a
dedicarse a la defensa
del país, se
multiplicaron las
escuelas militares y los
batallones de milicias,
convertidos en unidades
militares, y se crearon
los tres ejércitos. Lo
fundamental para la
Revolución durante la
primera mitad de los
años 60 fue la defensa,
aunque al mismo tiempo
se realizaron las tareas
más asombrosas. La
declaración de que la
Revolución era
socialista y
democrática, de los
humildes, por los
humildes y para los
humildes, se la hizo
Fidel en la calle a una
multitud armada. Todos
cantaron a continuación
el Himno Nacional y se
dio la orden a todos de
regresar a sus unidades
militares. La primera
orden del socialismo
cubano fue: “marchemos a
nuestros respectivos
batallones”.
El proceso
revolucionario era el
centro de la vida
intelectual del país en
1961. En junio, ya la
Revolución controlaba
directamente todo el
sistema escolar y todos
los medios de
comunicación, y se
planteaba la necesidad
de transformar la
Universidad; seis meses
después se promulgó la
ley de reforma
universitaria. La mayor
revolución intelectual
de 1961 fue, con mucho,
la Campaña de
Alfabetización, un
acontecimiento
intelectual incomparable
por su contenido, su
alcance transformador y
su trascendencia. La
gran invasión no fue la
de Girón, fue la de los
alfabetizadores por toda
Cuba. Los héroes
intelectuales del año 61
se llaman Conrado
Benítez y Manuel Ascunce,
y la canción de tema
intelectual más
importante comienza así:
“Somos la Brigada
Conrado Benítez…”.
Este es el país y esta
es la circunstancia en
que se celebraron las
reuniones de los
intelectuales en la
Biblioteca Nacional. Me
extendí tanto porque me
parece necesario. Las
artes tienen una
importancia excepcional
en las sociedades, por
su naturaleza, sus
significados y sus
funciones sociales, pero
es imposible entender
nada de las artes si no
se sitúan en sus
condicionamientos, en
cada caso determinado
históricamente. En aquel
verano en que sucedían
tantas cosas, la
Revolución pretendía
crear y desarrollar sus
instituciones políticas,
estatales y sociales.
Cuba socialista
necesitaba una unión de
escritores y artistas,
un partido político de
la Revolución, un
aparato estatal
apropiado, una
asociación de
agricultores y otras
muchas instituciones.
Por eso, me falta
todavía mencionar un
condicionamiento.
La unidad política
estaba en el centro de
la estrategia de la
dirección, en dos
planos: la unidad del
pueblo y la de los
revolucionarios. La
primera tuvo como base
original la
identificación masiva
con el Ejército Rebelde,
Fidel y el movimiento
revolucionario. Entre
1959 y 1961, esa base se
amplió una y otra vez,
al mismo tiempo que se
definía y cambiaban
aspectos de su contenido
y su composición, según
se iba desplegando la
Revolución socialista de
liberación nacional
iniciada el 1ro. de
Enero. El pueblo del 61
no es igual al pueblo
del 59. La unidad de los
revolucionarios se había
iniciado en los meses
finales de la guerra,
alrededor del polo que
estaba próximo a obtener
la victoria. En el curso
de 1960 fue definida
como unidad entre el
Movimiento 26 de Julio,
el Directorio
Revolucionario 13 de
Marzo y el Partido
Socialista Popular.
Fidel había completado
su liderazgo y era el
máximo referente
popular, el eje, el
símbolo, el principal
impulsor y el jefe de
ambas instancias de la
unidad. En medio de esta
coyuntura, ganó mucha
fuerza la idea de que
era necesario tener un
partido político de la
Revolución que, además
de expresar la unidad,
tuviera una estructura
muy definida y unas
funciones importantes.
Ese partido debía salir
de las Organizaciones
Revolucionarias
Integradas, que la gente
llamó “la ORI”. Pero
ella no supo expresar la
vocación y los logros de
unidad entre los
revolucionarios, porque
se convirtió en el
instrumento de un grupo
sectario y ambicioso que
pretendió, en pleno
Caribe, expropiar la
revolución popular y
convertir al país en una
“democracia popular”
como las que dirigía la
URSS en Europa. El
desvío del rumbo
revolucionario y los
malestares,
contradicciones y
conflictos que ese hecho
generó eran una realidad
dentro de otra en el
proceso que se vivía.
Las reuniones de
intelectuales celebradas
en esta Biblioteca
Nacional estaban muy
relacionadas con el
objetivo de la
Revolución de crear una
asociación nacional de
los intelectuales y
artistas, pero estaban
condicionadas por todo
lo que he dicho. Por
tanto, expresaban
también esos
condicionamientos y eran
un teatro de ellos,
aunque está claro que lo
principal era la
actividad misma a la que
se dedicaban los
participantes, y las
cuestiones específicas
que ellos estaban
viviendo y dirimiendo.
Todos los participantes
actuaron de acuerdo con
sus conciencias de lo
que hacían y lo que
querían, sus
motivaciones y sus
intereses inmediatos,
sus ideologías, sus
ideales trascendentes y
sus prejuicios y
creencias del día. Eso
es lo que sucede en
todos los eventos que
después se considerarán
históricos. Si
analizamos con cuidado
todo el material de
aquellos meses referido
a este campo, por lo
menos hasta el Congreso
de fundación de la
UNEAC, en agosto,
podremos tratar de
establecer el
significado que tuvieron
entonces los
acontecimientos y las
declaraciones. Casi
siempre existe una
historia de selecciones,
olvidos y utilizaciones
de cada evento
histórico, que configura
ella misma sus
realidades, discernibles
respecto al hecho
original. Ellas tienen
sus sentidos y sus
funciones, pero no hay
que confundirlas con lo
que sucedió
originalmente.
Los intelectuales y
artistas estaban
sometidos a tensiones
extraordinarias en aquel
verano del 61. Desde el
triunfo unos habían
participado, y otros
apoyado o aplaudido, a
una revolución
vertiginosa, hecha de
cambios profundos,
desafíos a Goliat,
alegrías de pueblo y
justicia evidente. Pero
además de su inmensa
rectoría moral, sus
hechos excepcionales y
su inagotable capacidad
movilizadora, ahora la
Revolución parecía haber
comenzado a encargarse
de todo. Prácticamente
todos los medios para
comunicarse estaban en
sus manos, la mayor
parte del trabajo
intelectual y artístico
debería transcurrir
dentro de sus
instituciones o de su
orden, y este ámbito en
su conjunto recibiría
sus orientaciones. Y
todo sucedía mientras la
extrema agudización de
la lucha de clases
llevaba a muchas
personas a decisiones
que afectaban totalmente
a sus vidas, convertía
en hostilidad los
desacuerdos y a los
juicios en definiciones
de amigos o enemigos.
Por si fuera poco, el
socialismo según los
usufructuarios de las
ORI incluye un control
político del contenido
de las artes y unas
valoraciones sobre ellas
que gozaban de una muy
bien ganada mala fama.
En la URSS se habían
cometido represiones
criminales contra
artistas e
intelectuales, y en
aquel momento sus
adeptos tenían todavía
por artículos de fe
dogmas como el del
llamado realismo
socialista. La
Revolución contaba con
varias instituciones
culturales propias que
ya adquirían obra y
prestigio, pero no con
una elaboración
ideológica en ese campo
que pudiera funcionar
como norma. No existía
unidad entre sus
personalidades, ni la
dirección del país les
encargaba —al conjunto o
a algunos de ellos— la
conducción del sector.
El sectarismo y el
dogmatismo trataron
entonces de imponerse,
en nombre de la unidad y
de lo que supuestamente
era el legítimo
socialismo.
Muchos intelectuales
sentían zozobra ante
aspectos de la situación
y de lo que podía
depararles el futuro
cercano. Tenían razones
para sentirla, porque en
el campo cultural hubo
funcionarios
autoritarios, maniobras
sectarias y dogmáticas,
abusos e injusticias:
esos hechos formaron
parte del problema. Me
imagino que cuando
Virgilio Piñera dijo que
él debía hablar primero,
por ser el que más miedo
tenía, Fidel quizá debe
haberse sonreído para sí
y pensado: “y yo soy el
que más dolores de
cabeza tengo”. Piñera
expresaba el lícito
temor de un intelectual
acostumbrado a trabajar
solo y defender su
dignidad en un mundo
hostil, pero me niego a
creer que era un
intelectual que vivía
sobre una nube,
ciudadano únicamente de
la república de las
letras. Invito a releer
su carta a Jorge Mañach
de 1942, en la que el
joven Virgilio le expone
lo que piensa sobre los
deberes sociales del
intelectual, la cultura
cubana en aquel tiempo
posrevolucionario y el
sentido cívico que tiene
su revista Poeta.
Le enrostra a Mañach el
significado de su
actuación pública —“no
hay cosa más difícil
para una nueva
generación que toparse
con que la precedente ha
capitulado”, le dice— y
le devuelve el dinero
que ha pretendido
aportar al novel editor.1
O podemos volver a ver
cómo presenta Piñera a
la sociedad burguesa
neocolonial en su pieza
Aire frío, un
hito trascendente en el
teatro cubano del siglo
XX.
Los intelectuales
reunidos en la
Biblioteca Nacional no
constituían un areópago
de tontos cultísimos a
los cuales Fidel
ofreció, en dos frases
rotundas y brillantes,
la orientación de la
política cultural, desde
la no historia, de una
vez y para siempre, que
es lo mismo que decir de
una vez y para nunca.
Fidel ha sido
extraordinariamente
grande, entre otras
causas, porque sus
interlocutores no eran
tontos, y porque él supo
cabalgar sobre sus
circunstancias
históricas, obligarlas a
andar en una dirección
determinada y darle
trascendencia a lo que
pudo haber quedado en
unos nobles intentos y
un conjunto de anécdotas
para ser contadas. Opino
que el sentido de sus
palabras en la
Biblioteca era mantener
abierto el diálogo
revolucionario con los
intelectuales y
artistas, defender
abiertamente la libertad
de creación, respaldar a
todo el que echara su
suerte con la Revolución
y evitar que el
sectarismo-dogmatismo
consumara un desastre en
ese campo. Al mismo
tiempo, se proponía
sostener la primacía de
la Revolución frente a
cualquier problema
específico y, por tanto,
su derecho a controlar
la actividad intelectual
y la libertad de
expresión en todo lo que
resultara necesario,
reclamar a los
intelectuales tener fe o
confianza en la
Revolución, respaldar al
Consejo Nacional de
Cultura sin dejar a su
pleno arbitrio el campo
cultural y fortalecer la
política de
institucionalización
estatal y de
organizaciones sociales,
que llevaba hacia la
constitución de una
Unión de Escritores y
Artistas.
Fidel habla aquí como el
máximo dirigente
revolucionario, y logra
mantener una relación
íntima entre los
principios, la
estrategia y la táctica,
en medio de una
situación política e
ideológica muy compleja.
Su largo discurso es
siempre en tono
persuasivo, maneja
argumentos y trata de
influir y convencer. No
ordena ni comunica
decretos, no condena al
documental PM y
es muy cuidadoso en
cuanto a no pretender
que unos u otros tengan
la razón, reconoce que
se han expresado
pasiones, grupos,
corrientes, querellas,
ataques, incluso
víctimas de injusticias.
No utiliza nunca
expresiones como las de
“problemas ideológicos”
o “servir consciente o
inconscientemente al
enemigo”, que han sido
tan funestas para la
cultura en la
revolución. Al
contrario, su discurso
contiene gran cantidad
de giros como estos: “la
Revolución no puede ser,
por esencia, enemiga de
las libertades”; “la
Revolución no le debe
dar armas a unos contra
otros”: “cabemos todos:
tanto los barbudos como
los lampiños…”; “tenemos
que seguir discutiendo
estos problemas (…) en
asambleas amplias, todas
las cuestiones”. Lo que
reivindica es el derecho
del Gobierno
Revolucionario a
fiscalizar lo que se
divulga por el cine y la
televisión en medio de
una lucha
revolucionaria, por la
influencia que puede
tener en el pueblo. Pero
también matiza esa
exigencia: “lo puede
hacer equivocadamente
—dice—, no pretendemos
que el Gobierno sea
infalible”. Y sabe
inscribir las
discusiones de la
Biblioteca en el marco
de los hechos
portentosos que está
viviendo el país en el
campo cultural.
Todos recordamos las
frases famosas: “…dentro
de la Revolución, todo;
contra la Revolución,
nada (…) ¿Cuáles son los
derechos de los
escritores y de los
artistas,
revolucionarios o no
revolucionarios? Dentro
de la revolución: todo;
contra la revolución,
ningún derecho.” Las
frases que son repetidas
hasta el cansancio y sin
atender a su
significado, como si
fueran rezos, pierden su
valor, cualquiera sea su
autor. Si recuperamos
las que pronunció Fidel
aquí hace 50 años,
contienen, a mi juicio,
la defensa de la
posición revolucionaria
cubana, de un poder muy
reciente e inexperto en
medio de una lucha
tremenda, frente a la
política elitista y la
pretendida “pureza
ideológica” predominante
en las ORI. La idea del
intelectual honesto,
valioso en sí mismo, que
no milita en la
revolución, le permite a
Fidel hacer
planteamientos
fundamentales respecto a
los problemas reales que
confronta la transición
socialista. “La
Revolución debe tener la
aspiración de que no
solo marchen junto a
ella todos los
revolucionarios (…) la
Revolución debe aspirar
a que todo el que tenga
dudas se convierta en
revolucionario (…) la
Revolución nunca debe
renunciar a contar con
la mayoría del pueblo.”
Yo veo la trascendencia
de
Palabras a los
intelectuales en el
conjunto de la
intervención de Fidel y
en los objetivos que
tuvo, más que en la
frase famosa. A mi
juicio, esa frase
atendía a lo esencial de
aquella coyuntura, y no
al propósito imposible
de enunciar un principio
general permanente de
política cultural. Opino
que resultó trascendente
porque supo relacionar
muy bien las actividades
intelectuales y
artísticas con la gran
revolución que estaba
sucediendo en Cuba, y
porque estableció una
forma honesta y clara
—revolucionaria— de
relación entre el poder
y los intelectuales, que
ha sido transgredida
innumerables veces, pero
sigue ahí, enhiesta, con
su prestigio y su
alcance, como una meta
por conquistar.
|
 |
Aquellos que al inicio
de los años 60 éramos
apenas unos jóvenes
revolucionarios
estudiosos, utilizamos
con entusiasmo a nuestro
favor la frase famosa de
“Palabras...”. En
nuestra interpretación,
“dentro de la revolución
todo”, quería decir:
“todos los que somos
revolucionarios activos
tenemos derecho a
pensar, a expresar
libremente nuestros
criterios y a leer lo
que nos dé la gana”.
En la etapa reciente se
ha venido multiplicando
la información pública
acerca del proceso de la
cultura en los primeros
años del poder
revolucionario, a través
de documentos
personales, testimonios,
reediciones de trabajos
polémicos de entonces y
algunos textos de
análisis. Ese hecho tan
positivo nos puede
ayudar mucho a la
imprescindible tarea de
recuperar la memoria, y
sobre todo a que los
jóvenes se apoderen del
proceso histórico de la
cultura en este medio
siglo y de la totalidad
del proceso histórico de
la Revolución. Es
imprescindible, y es
vital para saber bien
quiénes somos, de dónde
venimos, a qué herencia
no debemos renunciar,
qué enemigos y qué
combates han tenido y
tienen una y otra vez
ante sí los que
pretendan ejercer sus
cualidades y realizarse
como individuos en el
mismo proceso en que
crean un medio social
que fomente el
crecimiento y el
desarrollo de la
libertad y la justicia
social, una sociedad que
conquiste liberaciones
en la que sea factible
gozar y repartir entre
todos los bienes, la
belleza y la
imaginación. Para poner
en marcha esa aventura
maravillosa, “Palabras a
los intelectuales” puede
ser convocada también, y
constituir un
instrumento sumamente
valioso.
|