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A Roberto Fernández
Retamar y Alfredo
Guevara
nuevamente, por sus
"Recuerdo a"
y "Revolución es lucidez".
Debo confesar
que resulta sumamente
extraño para mí estar
hoy en esta mesa,
diríase que es un honor
y lo es, aunque no estoy
seguro de que pueda
satisfacer las
expectativas de Luis
Morlote, presidente
nacional de la
Asociación Hermanos Saíz,
quien me solicitó estas
palabras, y mucho menos
las del auditorio aquí
reunido. Por eso quiero
ante todo pedir perdón
si necesariamente repito
asuntos consabidos o
tratados por otros
compañeros y decir,
además, y aunque resulte
obvio, que hablo desde
mí y por mí y que en
ningún caso pretendo
erigirme en vocero de
las más jóvenes
generaciones de
escritores y artistas
cubanos aunque en algún
modo las represente esta
mañana.
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Hace 50 años yo
aún no había nacido. Mis
padres ni siquiera se
conocían entonces. En
1961 estaban ambos
ocupados con las faenas
de la alfabetización. Mi
padre en La Habana, a
donde había llegado
varios años antes en
busca de prosperidad y
mi madre en un perdido
caserío, ubicado entre
Vueltas y La Quinta, en
Las Villas, donde vivió
desde su nacimiento y
donde enseñó a leer y a
escribir a su propio
hermano analfabeto. Bien
lejos estaban los dos de
los debates que se
sucintaban al interior
del campo cultural
cubano de la época.
Comprometidos con sus
disímiles tareas apenas
tenían tiempo para
descansar, aunque, como
es lógico, se mantenían
al tanto de las noticias
y sobre todo de los
trascendentales
discursos que, en
caliente, iban
perfilando un proyecto
social que, sometido a
constantes y tremendas
presiones externas
—recordemos la invasión
de Girón en abril de ese
año—, aspiraba a toda la
justicia. Nada supieron
mis padres, sin embargo,
de las reuniones de la
Biblioteca Nacional,
quizá no le prestaron
mayor importancia, era
aquel un tema más entre
los miles que se
debatían a diario en un
momento en el que, como
ha dicho Ambrosio
Fornet, “no se trataba
de poner al mundo de
cabeza sino de enderezar
un mundo que estaba al
revés”.1
Empiezo de este
modo para recordar
rápidamente el contexto
de grandes
transformaciones y, por
tanto, de profundas
confrontaciones
ideológicas, que sirve
de marco a aquellos tres
días de junio del 61 en
los que quedaron
establecidos los
principios de la
política cultural de la
Revolución Cubana.
Obviamente un
encuentro de tal
magnitud, sin
precedentes en la
historia de Cuba, no
hubiera sido posible sin
la Revolución misma y si
la Revolución no se
hubiera propuesto desde
el inicio ser también
una transformadora
“Revolución cultural” de
alcances inéditos en el
devenir, no solo de la
nación, sino de la
América Latina toda;
testimonio de lo cual
fue sin duda la
trascendental Campaña de
Alfabetización de la que
participó todo el pueblo
—también mis padres— y
la creación, a pocos
meses del triunfo de
Enero del 59, del
Instituto Cubano del
Arte e Industria
Cinematográficos (ICAIC)
y de la Casa de las
Américas.
Por supuesto, lo
más recordado de aquel
encuentro son las
palabras de Fidel. Su
discurso fue el cierre
de las tres jornadas y
en él dio respuesta a
las principales
preocupaciones que se
habían expresado en
aquellas sesiones.
Lamentablemente no se
han publicado el resto
de las intervenciones,
solo se conoce la de
Alfredo Guevara, que
apareció en la
compilación de sus
textos, publicada por
Ediciones ICAIC bajo el
título Revolución es
lucidez. Años más
tarde y a propósito de
conmemoraciones como
esta: Graziella
Pogolotti, Roberto
Fernández Retamar y
Armando Hart
—participantes ellos
mismos de aquellas
jornadas— han recordado
el encuentro e insistido
en caracterizar el
contexto y en explicar
en detalle el suceso
desencadenante: la
prohibición en los cines
del documental PM,
peripecia sobre la cual
el propio Guevara ha
aportado suficientes
argumentos que muestran
ese hecho desde un punto
de vista más general y
como parte de la
confrontación ideológica
de la época. Más allá de
los temas puntuales
abordados, que las
palabras de Fidel
resumen y desarrollan
con total transparencia,
el encuentro entre la
vanguardia intelectual
cubana y la vanguardia
política marcaría un
hito en la historia de
la Revolución a solo
unos meses de la
proclamación de su
carácter socialista.
De más está
decir que he leído el
texto decenas de veces e
incluso he escuchado su
grabación2,
pieza invaluable que nos
permite no solo calibrar
el sentido exacto de las
palabras a partir del
tono y los énfasis del
orador, sino también
escuchar los aplausos,
el momento en el que
estos se producen, su
intensidad, la huella de
cada frase en el
auditorio,
extraordinariamente
diverso, que fue
protagonista de aquel
intercambio. Confieso
que cuando escuché por
vez primera la
intervención de Fidel,
seducido ante la novedad
de documento que ponía
vida, emoción y acción
concreta —la de la
palabra centellante que
reflexiona y exhorta—
sobre la letra impresa,
me sorprendió su
capacidad de diálogo, su
sentido del riesgo, su
originalidad y sobre
todo su extraordinario
liderazgo que, más allá
de su peculiarísimo
carisma, ha sido y es,
en su caso, habilidad
para poner a participar
a todos, para procurar y
sostener la unidad. De
ahí que uno de los
aspectos que considero
más trascendentales en
relación con “Palabras a
los intelectuales” sea
justamente el hecho de
que la intervención de
Fidel resulta de lo que
Graziella Pogolotti ha
denominado un “diálogo
profundo, intenso, rico
que se sustentó en la
tradición de nuestra
historia y de nuestra
cultura”3.
Nacía así de la
discusión y el
intercambio, una
propuesta de
participación en la vida
del país y en las tareas
de la Revolución que
conllevó a la
realización del Primer
Congreso de Escritores y
Artistas de Cuba. Como
se sabe en ese Congreso
se creó la Unión de
Escritores y Artistas
(UNEAC), que en unos
días cumplirá también 50
años, como garante para
el ejercicio de esa
participación que es hoy
el centro mismo de lo
que denominamos la
Política Cultural de la
Revolución Cubana.
La necesidad de
“desarrollar el arte y
la cultura, precisamente
para que el arte y la
cultura lleguen a ser un
real patrimonio del
pueblo”, de alcanzar
“una vida mejor también
en los órdenes
espirituales” es tema
central en la
intervención de Fidel
quien, ajeno a todo
dogmatismo, plantea con
total claridad: “tenemos
que luchar en todos los
sentidos para que el
creador produzca para el
pueblo y el pueblo, a su
vez, eleve su nivel
cultural, a fin de
acercarse también a los
creadores”4.
Ese principio, de
profunda raíz martiana,
resumía quizá de mejor
manera el sentido último
de aquellas palabras y
al tiempo trazaba las
principales líneas de
acción para nuestras
instituciones
culturales, líneas que
considero totalmente
vigentes aún hoy.
La Revolución,
suma de libertades,
debía ser también suma
de oportunidades en
todos los órdenes. Como
se ha recordado muchas
veces, unos meses antes
de los encuentros en la
Biblioteca Nacional, el
propio Fidel había
pronunciado aquella
frase tremenda: “No le
decimos al pueblo cree,
le decimos lee”. Ahora
sentaba las bases de una
profunda democratización
de la cultura que
necesariamente debía
pasar por la ampliación
de las posibilidades del
pueblo para percibir la
obra de arte, para
vivenciar la
espiritualidad.
Las inquietudes
de entonces en torno a
la “libertad para la
creación artística”
fueron abordadas por
Fidel frontalmente,
recordemos aquí sus
palabras, las menos
citadas por cierto y
quizá las más rotundas:
“la Revolución defiende
la libertad, (…) la
Revolución ha traído al
país una gran suma de
libertades; (…) la
Revolución no puede ser
por esencia enemiga de
las libertades”.
Sin embargo, es más
conocida y citada otra
expresión suya, según
Aurelio Alonso en un
texto reciente,
“cimentada en un
principio —tal vez sin
precedente en la
tradición socialista—
que previniera, al mismo
tiempo, los riesgos de
dos dogmas extremos: de
un lado, el de aplastar
las libertades y, del
otro, el de tolerarlas
en detrimento, incluso,
del proyecto
revolucionario”.5
El planteo “dentro de la
Revolución: todo; contra
la Revolución ningún
derecho” —que al decir
del propio Alonso
lograba “articular el
compromiso
revolucionario con un
escenario de libertad
creativa en una fórmula
inédita en los esquemas
del socialismo
certificado hasta
entonces”6
—, defendía por sobre
todo el derecho a
existir de la propia
Revolución, “en tanto
obra de la necesidad y
de la voluntad de un
pueblo”.
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Despojada
habitualmente de su
contexto, adulterada
incluso, esta frase
necesita ser comprendida
a la luz de otros dos
momentos de la
intervención que, como
se ha dicho en más de
una ocasión fue
improvisada y como tal
constituye un ejercicio
de pensamiento y
diálogo. El primer
momento es aquel en el
que se dice que “la
Revolución solo debe
renunciar a aquellos que
sean incorregiblemente
reaccionarios, que sean
incorregiblemente
contrarrevolucionarios”8;
el segundo, en el que se
insiste: “No le
prohibimos a nadie que
escriba sobre el tema
que prefiera. Al
contrario. Y que cada
cual se exprese en la
forma que estime
pertinente y que exprese
libremente la idea que
desea expresar”8.
Sin duda, hay en la
articulación de estos
puntos la declaración de
una extraordinaria
amplitud en el
pensamiento, la
evidencia de una mirada
antidogmática, distante
de todo esquematismo.
Una amplitud que
incorpora, abre
espacios, procura
relaciones, despliega la
posibilidad del debate
desde la Revolución. Una
amplitud que debemos
preservar a toda costa
en tanto representa
hacia el futuro la única
posibilidad de seguir
defendiendo esa gran
suma de libertades que
ofreció al pueblo la
Revolución.
Hoy, cuando los
cauces de la creación
artística se dilatan y
ensanchan, cuando un
emergente núcleo de
creadores de las más
diversas manifestaciones
se expresan con absoluta
independencia, cuando, a
partir de las
tecnologías de la
información y las
comunicaciones, se ha
democratizado el acceso
a las obras de arte, que
ahora se distribuyen
abiertamente a partir de
circuitos alternativos,
constituye un gran
desafío trabajar por
establecer jerarquías,
por defender la calidad,
por propiciar ese
vínculo permanente entre
un público cada vez más
amplio y las más
importantes creaciones
cubanas e
internacionales de todas
las épocas. Al mismo
tiempo hay que trabajar
por incorporar los
valores emergentes que,
fruto de la
experimentación y de la
investigación y con la
marca profunda de una
sensibilidad actual,
producen las nuevas
generaciones de
escritores y artistas.
A 50 años de
pronunciadas, aquellas
palabras de Fidel —como
se sabe lamentablemente
no exentas de
interpretaciones e
instrumentaciones
erróneas, de
distorsiones tremendas—
siguen siendo una
brújula que nos permite
mirar el devenir
dialécticamente y pensar
arte y cultura desde la
responsabilidad ética y
desde el compromiso.
Responsabilidad y
compromiso sustentados,
lo digo siempre, en la
posibilidad inmensa de
participación que la
Revolución abrió para
los escritores y
artistas, participación
que no solo implica
poder decir en el lugar
y momento adecuados lo
que se piensa, sino
además el lograr
desarrollar la propia
obra y que esta
encuentre un cauce para
su diálogo con el
público. Como es lógico
no me puedo desprender
aquí de la organización
de la que formo parte.
Surgida hace ya casi 25
años de la confluencia
de la Brigada Hermanos
Saíz —brazo juvenil de
la UNEAC—, de la Brigada
Raúl Gómez García y del
Movimiento de la Nueva
Trova, la Asociación
Hermanos Saíz (AHS) ha
tenido la misión de ser
una interface entre la
creación más joven y las
instituciones
culturales. En un cuarto
de siglo muchas han sido
las conquistas, las que
como es lógico,
tratándose de una
organización que es
necesario abandonar para
que siga siendo lo que
es, incluso se han
naturalizado para dar
paso a renovadas
aspiraciones y nuevos
desafíos.
Quienes me
conocen saben que al
referirme a las
posibilidades que brinda
a un creador formar
parte de la Asociación
Hermanos Saíz siempre
distingo dos que me
parecen las más
importantes. La primera,
el poder conocer y
frecuentar a los
creadores de las más
diversas manifestaciones
de tu misma generación.
De ese intercambio
cotidiano nace una
permanente interrogación
en torno al arte, a la
cultura y a lo social en
su conjunto que, soy
sincero, no he
encontrado en otro
contexto. La segunda
posibilidad es que esa
permanente interrogación
en Cuba encuentra un
cauce, encuentra
interlocutores
dispuestos a hacer de
las preguntas de los más
jóvenes también sus
preguntas, que
participan junto con
nosotros en la búsqueda
de las respuestas. En
2001, en ocasión del
Primer Congreso de la
AHS, uno de esos
interlocutores
—privilegio— fue el
propio Fidel. Gran
intelectual él mismo,
Fidel no ha detenido
jamás su diálogo con
otros intelectuales
cubanos y del mundo,
tampoco ha dejado de
escuchar a los más
jóvenes, a los pintores,
a los trovadores, con
los que ha compartido la
idea de que un mundo
mejor es posible.
Y no era
distinta la razón
fundamental que
articulaba “Palabras a
los intelectuales”, una
Cuba mejor era posible y
para ello la vanguardia
revolucionaria debía
incorporar a todos. No
es, por supuesto, casual
que este año, en el que
hemos conmemorado el
aniversario 50 de la
Victoria de Girón y de
la Declaración del
Carácter Socialista de
la Revolución Cubana,
haya sido también el año
del sexto Congreso del
Partido, culminación de
un proceso de
participación popular
sin precedentes en el
que se ha puesto a
debate el futuro de
Cuba. Las conclusiones
de ese proceso, que aún
no termina y que tendrá
continuación en la
Conferencia de enero
próximo, insisten en
perseverar por toda la
justicia, por supuesto
que tarea tan colosal no
es “un paseo de
Riviera”. Nada lo ha
sido para la Cuba
asediada y bloqueada
desde 1959. Y por ello,
y ante las obras
pendientes y nuevas, el
arte y la cultura han de
seguir ocupando un lugar
fundamental. Hoy, cuando
Raúl habla de explotar
la diversidad de ideas y
puntos de vista, de
quebrar falsas
unanimidades, de
resguardar la unidad,
habría que decir que esa
ha sido justamente una
de las principales
tareas del arte y la
cultura en la
Revolución. Quizá a ello
se refería Fidel cuando
decía en los 90, en
medio de la crisis más
cruenta, “la cultura es
lo primero que hay que
salvar”, “la cultura es
espada y escudo de la
nación”.
A 50 años de
“Palabras a los
intelectuales”, ¿qué
corresponde a las nuevas
generaciones de
creadores? No creo que
nuestra tarea sea
distinta de la de todo
el pueblo, debemos
perseverar por toda la
justicia, nos toca,
además, preservar una
cultura en revolución.
Muchas gracias.
La
Habana, 30 de junio de
2011.
Palabras
leídas en el acto por
los 50 años de “Palabras
a los intelectuales”,
realizado en la
Biblioteca Nacional el
30 de junio de 2011.
-
Alonso, Aurelio: “Las
‘Palabras a los
intelectuales’ a la
vuelta de medio siglo”,
Versión in extenso del
artículo del mismo
título publicado en
El Tintero, boletín
cultural del diario
Juventud Rebelde, el
19 de junio de 2011, con
motivo del
cincuentenario de las
“Palabras a los
intelectuales”, de Fidel
Castro. Inédito.
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