La Habana. Año X.
2 al 8 de JULIO de 2011

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En el aniversario 50 de Palabras a los intelectuales
Perseverar por toda la justicia:
cultura en revolución
Jaime Gómez Triana • La Habana
Fotos: Kaloian (La Jiribilla)

A Roberto Fernández Retamar y Alfredo Guevara
nuevamente, por sus
"Recuerdo a" y "Revolución es lucidez".

Debo confesar que resulta sumamente extraño para mí estar hoy en esta mesa, diríase que es un honor y lo es, aunque no estoy seguro de que pueda satisfacer las expectativas de Luis Morlote, presidente nacional de la Asociación Hermanos Saíz, quien me solicitó estas palabras, y mucho menos las del auditorio aquí reunido. Por eso quiero ante todo pedir perdón si necesariamente repito asuntos consabidos o tratados por otros compañeros y decir, además, y aunque resulte obvio, que hablo desde mí y por mí y que en ningún caso pretendo erigirme en vocero de las más jóvenes generaciones de escritores y artistas cubanos aunque en algún modo las represente esta mañana.
 

Hace 50 años yo aún no había nacido. Mis padres ni siquiera se conocían entonces. En 1961 estaban ambos ocupados con las faenas de la alfabetización. Mi padre en La Habana, a donde había llegado varios años antes en busca de prosperidad y mi madre en un perdido caserío, ubicado entre Vueltas y La Quinta, en Las Villas, donde vivió desde su nacimiento y donde enseñó a leer y a escribir a su propio hermano analfabeto. Bien lejos estaban los dos de los debates que se sucintaban al interior del campo cultural cubano de la época. Comprometidos con sus disímiles tareas apenas tenían tiempo para descansar, aunque, como es lógico, se mantenían al tanto de las noticias y sobre todo de los trascendentales discursos que, en caliente, iban perfilando un proyecto social que, sometido a constantes y tremendas presiones externas —recordemos la invasión de Girón en abril de ese año—, aspiraba a toda la justicia. Nada supieron mis padres, sin embargo, de las reuniones de la Biblioteca Nacional, quizá no le prestaron mayor importancia, era aquel un tema más entre los miles que se debatían a diario en un momento en el que, como ha dicho Ambrosio Fornet, “no se trataba de poner al mundo de cabeza sino de enderezar un mundo que estaba al revés”.1

Empiezo de este modo para recordar rápidamente el contexto de grandes transformaciones y, por tanto, de profundas confrontaciones ideológicas, que sirve de marco a aquellos tres días de junio del 61 en los que quedaron establecidos los principios de la política cultural de la Revolución Cubana.

Obviamente un encuentro de tal magnitud, sin precedentes en la historia de Cuba, no hubiera sido posible sin la Revolución misma y si la Revolución no se hubiera propuesto desde el inicio ser también una transformadora “Revolución cultural” de alcances inéditos en el devenir, no solo de la nación, sino de la América Latina toda; testimonio de lo cual fue sin duda la trascendental Campaña de Alfabetización de la que participó todo el pueblo —también mis padres— y la creación, a pocos meses del triunfo de Enero del 59, del Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC) y de la Casa de las Américas.

Por supuesto, lo más recordado de aquel encuentro son las palabras de Fidel. Su discurso fue el cierre de las tres jornadas y en él dio respuesta a las principales preocupaciones que se habían expresado en aquellas sesiones. Lamentablemente no se han publicado el resto de las intervenciones, solo se conoce la de Alfredo Guevara, que apareció en la compilación de sus textos, publicada por Ediciones ICAIC bajo el título Revolución es lucidez. Años más tarde y a propósito de conmemoraciones como esta: Graziella Pogolotti, Roberto Fernández Retamar y Armando Hart —participantes ellos mismos de aquellas jornadas— han recordado el encuentro e insistido en caracterizar el contexto y en explicar en detalle el suceso desencadenante: la prohibición en los cines del documental PM, peripecia sobre la cual el propio Guevara ha aportado suficientes argumentos que muestran ese hecho desde un punto de vista más general y como parte de la confrontación ideológica de la época. Más allá de los temas puntuales abordados, que las palabras de Fidel resumen y desarrollan con total transparencia, el encuentro entre la vanguardia intelectual cubana y la vanguardia política marcaría un hito en la historia de la Revolución a solo unos meses de la proclamación de su carácter socialista.

De más está decir que he leído el texto decenas de veces e incluso he escuchado su grabación2, pieza invaluable que nos permite no solo calibrar el sentido exacto de las palabras a partir del tono y los énfasis del orador, sino también escuchar los aplausos, el momento en el que estos se producen, su intensidad, la huella de cada frase en el auditorio, extraordinariamente diverso, que fue protagonista de aquel intercambio. Confieso que cuando escuché por vez primera la intervención de Fidel, seducido ante la novedad de documento que ponía vida, emoción y acción concreta —la de la palabra centellante que reflexiona y exhorta— sobre la letra impresa, me sorprendió su capacidad de diálogo, su sentido del riesgo, su originalidad y sobre todo su extraordinario liderazgo que, más allá de su peculiarísimo carisma, ha sido y es, en su caso, habilidad para poner a participar a todos, para procurar y sostener la unidad. De ahí que uno de los aspectos que considero más trascendentales en relación con “Palabras a los intelectuales” sea justamente el hecho de que la intervención de Fidel resulta de lo que Graziella Pogolotti ha denominado un “diálogo profundo, intenso, rico que se sustentó en la tradición de nuestra historia y de nuestra cultura”3. Nacía así de la discusión y el intercambio, una propuesta de participación en la vida del país y en las tareas de la Revolución que conllevó a la realización del Primer Congreso de Escritores y Artistas de Cuba. Como se sabe en ese Congreso se creó la Unión de Escritores y Artistas (UNEAC), que en unos días cumplirá también 50 años, como garante para el ejercicio de esa participación que es hoy el centro mismo de lo que denominamos la Política Cultural de la Revolución Cubana.

La necesidad de “desarrollar el arte y la cultura, precisamente para que el arte y la cultura lleguen a ser un real patrimonio del pueblo”, de alcanzar “una vida mejor también en los órdenes espirituales” es tema central en la intervención de Fidel quien, ajeno a todo dogmatismo, plantea con total claridad: “tenemos que luchar en todos los sentidos para que el creador produzca para el pueblo y el pueblo, a su vez, eleve su nivel cultural, a fin de acercarse también a los creadores”4. Ese principio, de profunda raíz martiana, resumía quizá de mejor manera el sentido último de aquellas palabras y al tiempo trazaba las principales líneas de acción para nuestras instituciones culturales, líneas que considero totalmente vigentes aún hoy.

La Revolución, suma de libertades, debía ser también suma de oportunidades en todos los órdenes. Como se ha recordado muchas veces, unos meses antes de los encuentros en la Biblioteca Nacional, el propio Fidel había pronunciado aquella frase tremenda: “No le decimos al pueblo cree, le decimos lee”. Ahora sentaba las bases de una profunda democratización de la cultura que necesariamente debía pasar por la ampliación de las posibilidades del pueblo para percibir la obra de arte, para vivenciar la espiritualidad.

Las inquietudes de entonces en torno a la “libertad para la creación artística” fueron abordadas por Fidel frontalmente, recordemos aquí sus palabras, las menos citadas por cierto y quizá las más rotundas: “la Revolución defiende la libertad, (…) la Revolución ha traído al país una gran suma de libertades; (…) la Revolución no puede ser por esencia enemiga de las libertades”. Sin embargo, es más conocida y citada otra expresión suya, según Aurelio Alonso en un texto reciente, “cimentada en un principio —tal vez sin precedente en la tradición socialista— que previniera, al mismo tiempo, los riesgos de dos dogmas extremos: de un lado, el de aplastar las libertades y, del otro, el de tolerarlas en detrimento, incluso, del proyecto revolucionario”.5 El planteo “dentro de la Revolución: todo; contra la Revolución ningún derecho” —que al decir del propio Alonso lograba “articular el compromiso revolucionario con un escenario de libertad creativa en una fórmula inédita en los esquemas del socialismo certificado hasta entonces”6 —, defendía por sobre todo el derecho a existir de la propia Revolución, “en tanto obra de la necesidad y de la voluntad de un pueblo”.
 

Despojada habitualmente de su contexto, adulterada incluso, esta frase necesita ser comprendida a la luz de otros dos momentos de la intervención que, como se ha dicho en más de una ocasión fue improvisada y como tal constituye un ejercicio de pensamiento y diálogo. El primer momento es aquel en el que se dice que “la Revolución solo debe renunciar a aquellos que sean incorregiblemente reaccionarios, que sean incorregiblemente contrarrevolucionarios”8; el segundo, en el que se insiste: “No le prohibimos a nadie que escriba sobre el tema que prefiera. Al contrario. Y que cada cual se exprese en la forma que estime pertinente y que exprese libremente la idea que desea expresar”8. Sin duda, hay en la articulación de estos puntos la declaración de una extraordinaria amplitud en el pensamiento, la evidencia de una mirada antidogmática, distante de todo esquematismo. Una amplitud que incorpora, abre espacios, procura relaciones, despliega la posibilidad del debate desde la Revolución. Una amplitud que debemos preservar a toda costa en tanto representa hacia el futuro la única posibilidad de seguir defendiendo esa gran suma de libertades que ofreció al pueblo la Revolución.

Hoy, cuando los cauces de la creación artística se dilatan y ensanchan, cuando un emergente núcleo de creadores de las más diversas manifestaciones se expresan con absoluta independencia, cuando, a partir de las tecnologías de la información y las comunicaciones, se ha democratizado el acceso a las obras de arte, que ahora se distribuyen abiertamente a partir de circuitos alternativos, constituye un gran desafío trabajar por establecer jerarquías, por defender la calidad, por propiciar ese vínculo permanente entre un público cada vez más amplio y las más importantes creaciones cubanas e internacionales de todas las épocas. Al mismo tiempo hay que trabajar por incorporar los valores emergentes que, fruto de la experimentación y de la investigación y con la marca profunda de una sensibilidad actual, producen las nuevas generaciones de escritores y artistas.

A 50 años de pronunciadas, aquellas palabras de Fidel —como se sabe lamentablemente no exentas de interpretaciones e instrumentaciones erróneas, de distorsiones tremendas— siguen siendo una brújula que nos permite mirar el devenir dialécticamente y pensar arte y cultura desde la responsabilidad ética y desde el compromiso. Responsabilidad y compromiso sustentados, lo digo siempre, en la posibilidad inmensa de participación que la Revolución abrió para los escritores y artistas, participación que no solo implica poder decir en el lugar y momento adecuados lo que se piensa, sino además el lograr desarrollar la propia obra y que esta encuentre un cauce para su diálogo con el público. Como es lógico no me puedo desprender aquí de la organización de la que formo parte. Surgida hace ya casi 25 años de la confluencia de la Brigada Hermanos Saíz —brazo juvenil de la UNEAC—, de la Brigada Raúl Gómez García y del Movimiento de la Nueva Trova, la Asociación Hermanos Saíz (AHS) ha tenido la misión de ser una interface entre la creación más joven y las instituciones culturales. En un cuarto de siglo muchas han sido las conquistas, las que como es lógico, tratándose de una organización que es necesario abandonar para que siga siendo lo que es, incluso se han naturalizado para dar paso a renovadas aspiraciones y nuevos desafíos. 

Quienes me conocen saben que al referirme a las posibilidades que brinda a un creador formar parte de la Asociación Hermanos Saíz siempre distingo dos que me parecen las más importantes. La primera, el poder conocer y frecuentar a los creadores de las más diversas manifestaciones de tu misma generación. De ese intercambio cotidiano nace una permanente interrogación en torno al arte, a la cultura y a lo social en su conjunto que, soy sincero, no he encontrado en otro contexto. La segunda posibilidad es que esa permanente interrogación en Cuba encuentra un cauce, encuentra interlocutores dispuestos a hacer de las preguntas de los más jóvenes también sus preguntas, que participan junto con nosotros en la búsqueda de las respuestas. En 2001, en ocasión del Primer Congreso de la AHS, uno de esos interlocutores —privilegio— fue el propio Fidel. Gran intelectual él mismo, Fidel no ha detenido jamás su diálogo con otros intelectuales cubanos y del mundo, tampoco ha dejado de escuchar a los más jóvenes, a los pintores, a los trovadores, con los que ha compartido la idea de que un mundo mejor es posible. 

Y no era distinta la razón fundamental que articulaba “Palabras a los intelectuales”, una Cuba mejor era posible y para ello la vanguardia revolucionaria debía incorporar a todos. No es, por supuesto, casual que este año, en el que hemos conmemorado el aniversario 50 de la Victoria de Girón y de la Declaración del Carácter Socialista de la Revolución Cubana, haya sido también el año del sexto Congreso del Partido, culminación de un proceso de participación popular sin precedentes en el que se ha puesto a debate el futuro de Cuba. Las conclusiones de ese proceso, que aún no termina y que tendrá continuación en la Conferencia de enero próximo, insisten en perseverar por toda la justicia, por supuesto que tarea tan colosal no es “un paseo de Riviera”. Nada lo ha sido para la Cuba asediada y bloqueada desde 1959. Y por ello, y ante las obras pendientes y nuevas, el arte y la cultura han de seguir ocupando un lugar fundamental. Hoy, cuando Raúl habla de explotar la diversidad de ideas y puntos de vista, de quebrar falsas unanimidades, de resguardar la unidad, habría que decir que esa ha sido justamente una de las principales tareas del arte y la cultura en la Revolución. Quizá a ello se refería Fidel cuando decía en los 90, en medio de la crisis más cruenta, “la cultura es lo primero que hay que salvar”, “la cultura es espada y escudo de la nación”.

A 50 años de “Palabras a los intelectuales”, ¿qué corresponde a las nuevas generaciones de creadores? No creo que nuestra tarea sea distinta de la de todo el pueblo, debemos perseverar por toda la justicia, nos toca, además, preservar una cultura en revolución.

Muchas gracias.

La Habana, 30 de junio de 2011.

P
alabras leídas en el acto por los 50 años de “Palabras a los intelectuales”, realizado en la Biblioteca Nacional el 30 de junio de 2011.
 

Notas:

1- Fornet, Ambrosio: “La década prodigiosa”, en Narrar la nación, Letras Cubanas, La Habana, 2009.

2- Palabras de Fidel Castro a nuestros intelectuales, Biblioteca Nacional, junio de 1961, CD de Audio, Centro del Desarrollo del Documental Hurón Azul de la UNEAC, 2007.

3- Pogolotti, Graziella: Intervención realizada en el acto por el aniversario 30 de "Palabras a los intelectuales", en "Palabras a los intelectuales", Editora Abril, La Habana, 2004.

4- Castro, Fidel: “Palabras a los intelectuales”, Editora Abril, La Habana, 2004.

5- Alonso, Aurelio: “Las ‘Palabras a los intelectuales’ a la vuelta de medio siglo”, Versión in extenso del artículo del mismo título publicado en El Tintero, boletín cultural del diario Juventud Rebelde, el 19 de junio de 2011, con motivo del cincuentenario de las “Palabras a los intelectuales”, de Fidel Castro. Inédito.

6- Ibídem.

7- Castro, Fidel: “Palabras a los intelectuales”, Editora Abril, La Habana, 2004.

8- Ibídem.

 
 
 
 
   
Lineamientos del VI Congreso del PCC
(.pdf, 736 Kb)
Información sobre el resultado del Debate
(.pdf, 394 Kb)
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