La Habana. Año X.
2 al 8 de JULIO de 2011

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Jesús Menéndez
Recuerdos de un viaje inolvidable
Josefina Ortega • La Habana

             General de las Cañas, con su sable 
hecho de un gran relámpago bruñido…

 “Elegía a Jesús Menéndez”
 Nicolás Guillén

Aquel hombre conservó para siempre la imagen de un grupo de macheteros que hacía un alto para saludarlo. La visión fue fugaz. Sus ropas de trabajo, sus baquetas, sus porrones, su sudor y, sobre todo, sus mochas en alto batiendo el aire. “Era un gesto muy rápido pues el vagón no detuvo su marcha ni aminoró su velocidad. Era un saludo extraño. No había sonrisas. Solo repite la sirena, hasta que se pierde de vista. Uno de los de la línea grita: ‘¡Viva Jesús Menéndez!’”.

Aquel hombre me aseguró que el líder de los trabajadores azucareros, —a quien intentaron sobornar con un millón de pesos—, no le temía a la muerte, y ante las repetidas amenazas del enemigo, proclamó: “No ceder un ápice en el cobro del diferencial. Tiene que ser pagado hasta el último centavo. Ese diferencial habrá que ponérnoslo en la punta de la mocha”. Lo suyo era demasiada osadía.

Por entre cañaverales y poblados avanza el vagón con su féretro. A su paso el pueblo acude para expresar su coraje. Hay un grito que se escucha en los puños levantados de las multitudes y en el doliente silbar de la locomotora: han asesinado a Jesús Menénez.

Horas antes la radio trasmitió la noticia: el combativo dirigente de los trabajadores azucareros y representante a la Cámara por el Partido Socialista Popular, ha caído muerto de tres disparos por la espalda en la estación de ferrocarril de Manzanillo a manos de un capitán de la guardia rural. Era el 22 de enero de 1948.

El crimen fue repudiado por el pueblo que a lo largo y ancho de la Isla, en franco desafío al régimen, se movilizó en demanda del castigo a los culpables, mientras el tren comenzaba su viaje desde Manzanillo hasta La Habana para trasladar los restos del querido dirigente que –como dijera Nicolás Guillén- “anda por su isla, (…) recorre las cañas míseras, se inclina sobre su dulce angustia, habla con el cortador desollado, lo anima y lo sostiene”.
 

Uno de los hombres que formó parte de ese histórico recorrido fue Raúl Rodríguez, por ese entonces dirigente del Partido en Jatibonico, y a quien entrevisté para Juventud Rebelde hace más de dos décadas: “Supe de su muerte por la radioemisora Mil Diez, que repetía ‘Jesús Menéndez ha sido asesinado por el capitán Joaquín Casillas Lumpuy (1), en la estación de Manzanillo’.

“Diez o doce días antes del crimen yo había visto al insobornable dirigente durante una asamblea efectuada en Ciego de Ávila en la que llamaba a los trabajadores azucareros a no dejarse arrebatar sus legítimos derechos.

“Con sabiduría de pueblo hablaba. Jesús andaba por esos días de central en central, de colonia en colonia, para preparar a los trabajadores. Con los Comités de Huelga, iba a parar la zafra”.

Nacido el 14 de octubre de 1911, en un hogar humilde de Encrucijada, en la actual provincia de Villa Clara, Jesús Menéndez solo pudo estudiar hasta el cuarto grado, lo que no le impidió convertirse en el gran líder sindical que ganó encarnizadas batallas contra los hacendados y ricos colonos, incluso en el propio territorio de los EE.UU. Gracias a su acción enérgica, los obreros azucareros obtuvieron su Caja de retiro, el pago de horas extras, incrementos salariales y otras concesiones importantes.

Su asesino fue el instrumento de los magnates azucareros, —cubanos y foráneos—, para perpetrar la infamia;  mas lo que no pudieron evitar sus enemigos fue la extraordinaria manifestación de repudio expresada por los cubanos hasta el momento en que fue sepultado su cadáver.

“A mí y a otro compañero de Jatibonico —recuerda Raúl Rodríguez— nos seleccionaron para ir en el vagon fúnebre acompañando sus restos, desde Ciego hasta Santa Clara.

“Todos sentíamos dolor, tristeza, ira. Lo que más me impresionó fue el inmenso número de trabajadores cañeros, gente humilde, que se acercaban a la línea a manifestar su indignación con las mochas en alto.El vagón tenía que ir despacio entre tanta gente. Cantábamos el Himno Nacional. Aquel viaje fue inolvidable…

“El tren mortorio paró en cada una de las estaciones de ferrocarril. La concentración era compacta, a pesar de que todo estaba tomado por la guardia. En cada estación habló un dirigente del Partido, sus palabras paralizaban a los soldados. Siempre terminaban diciendo: ‘Lo asesinaron por la espalda’.
 

“Más de cien mil personas acompañaron sus restos mortales desde el Capitolio Nacional, donde fue velado por sus familiares y compañeros de lucha, hasta el cementerio de Colón. Allí, con verbo firme y sentido, se despidió al General de las Cañas. Su crimen, lejos de destruir la rebeldía del movimiento obrero, fue acicate para continuar el combate.”
 

Nota:

1- En los primeros días de 1959, Casillas Lumpuy trató de escapar de la justicia revolucionaria, pero pereció en el intento.

 
 
 
 
   
Lineamientos del VI Congreso del PCC
(.pdf, 736 Kb)
Información sobre el resultado del Debate
(.pdf, 394 Kb)
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2011.