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…General
de las Cañas, con su
sable
hecho de un gran
relámpago bruñido…
“Elegía a Jesús
Menéndez”
Nicolás Guillén
Aquel hombre conservó
para siempre la imagen
de un grupo de
macheteros que hacía un
alto para saludarlo. La
visión fue fugaz. Sus
ropas de trabajo, sus
baquetas, sus porrones,
su sudor y, sobre todo,
sus mochas en alto
batiendo el aire. “Era
un gesto muy rápido pues
el vagón no detuvo su
marcha ni aminoró su
velocidad. Era un saludo
extraño. No había
sonrisas. Solo repite la
sirena, hasta que se
pierde de vista. Uno de
los de la línea grita:
‘¡Viva Jesús
Menéndez!’”.
Aquel hombre me aseguró
que el líder de los
trabajadores azucareros,
—a quien intentaron
sobornar con un millón
de pesos—, no le temía a
la muerte, y ante las
repetidas amenazas del
enemigo, proclamó: “No
ceder un ápice en el
cobro del diferencial.
Tiene que ser pagado
hasta el último centavo.
Ese diferencial habrá
que ponérnoslo en la
punta de la mocha”. Lo
suyo era demasiada
osadía.
Por entre cañaverales y
poblados avanza el vagón
con su féretro. A su
paso el pueblo acude
para expresar su coraje.
Hay un grito que se
escucha en los puños
levantados de las
multitudes y en el
doliente silbar de la
locomotora: han
asesinado a Jesús
Menénez.
Horas antes la radio
trasmitió la noticia: el
combativo dirigente de
los trabajadores
azucareros y
representante a la
Cámara por el Partido
Socialista Popular, ha
caído muerto de tres
disparos por la espalda
en la estación de
ferrocarril de
Manzanillo a manos de un
capitán de la guardia
rural. Era el 22 de
enero de 1948.
El crimen fue repudiado
por el pueblo que a lo
largo y ancho de la
Isla, en franco desafío
al régimen, se movilizó
en demanda del castigo a
los culpables, mientras
el tren comenzaba su
viaje desde Manzanillo
hasta La Habana para
trasladar los restos del
querido dirigente que
–como dijera Nicolás
Guillén- “anda por su
isla, (…) recorre las
cañas míseras, se
inclina sobre su dulce
angustia, habla con el
cortador desollado, lo
anima y lo sostiene”.
Uno de los hombres que
formó parte de ese
histórico recorrido fue
Raúl Rodríguez, por ese
entonces dirigente del
Partido en Jatibonico, y
a quien entrevisté para
Juventud Rebelde
hace más de dos décadas:
“Supe de su muerte por
la radioemisora Mil
Diez, que repetía ‘Jesús
Menéndez ha sido
asesinado por el capitán
Joaquín Casillas Lumpuy
(1), en la estación de
Manzanillo’.
“Diez o doce días antes
del crimen yo había
visto al insobornable
dirigente durante una
asamblea efectuada en
Ciego de Ávila en la que
llamaba a los
trabajadores azucareros
a no dejarse arrebatar
sus legítimos derechos.
“Con sabiduría de pueblo
hablaba. Jesús andaba
por esos días de central
en central, de colonia
en colonia, para
preparar a los
trabajadores. Con los
Comités de Huelga, iba a
parar la zafra”.
Nacido el 14 de octubre
de 1911, en un hogar
humilde de Encrucijada,
en la actual provincia
de Villa Clara, Jesús
Menéndez solo pudo
estudiar hasta el cuarto
grado, lo que no le
impidió convertirse en
el gran líder sindical
que ganó encarnizadas
batallas contra los
hacendados y ricos
colonos, incluso en el
propio territorio de los
EE.UU. Gracias a su
acción enérgica, los
obreros azucareros
obtuvieron su Caja de
retiro, el pago de horas
extras, incrementos
salariales y otras
concesiones importantes.
Su asesino fue el
instrumento de los
magnates azucareros,
—cubanos y foráneos—,
para perpetrar la
infamia; mas lo que no
pudieron evitar sus
enemigos fue la
extraordinaria
manifestación de repudio
expresada por los
cubanos hasta el momento
en que fue sepultado su
cadáver.
“A mí y a otro compañero
de Jatibonico —recuerda
Raúl Rodríguez— nos
seleccionaron para ir en
el vagon fúnebre
acompañando sus restos,
desde Ciego hasta Santa
Clara.
“Todos sentíamos dolor,
tristeza, ira. Lo que
más me impresionó fue el
inmenso número de
trabajadores cañeros,
gente humilde, que se
acercaban a la línea a
manifestar su
indignación con las
mochas en alto.El vagón
tenía que ir despacio
entre tanta gente.
Cantábamos el Himno
Nacional. Aquel viaje
fue inolvidable…
“El tren mortorio paró
en cada una de las
estaciones de
ferrocarril. La
concentración era
compacta, a pesar de que
todo estaba tomado por
la guardia. En cada
estación habló un
dirigente del Partido,
sus palabras paralizaban
a los soldados. Siempre
terminaban diciendo: ‘Lo
asesinaron por la
espalda’.
“Más de cien mil
personas acompañaron sus
restos mortales desde el
Capitolio Nacional,
donde fue velado por sus
familiares y compañeros
de lucha, hasta el
cementerio de Colón.
Allí, con verbo firme y
sentido, se despidió al
General de las Cañas. Su
crimen, lejos de
destruir la rebeldía del
movimiento obrero, fue
acicate para continuar
el combate.”
Nota:
1-
En los primeros
días de 1959, Casillas Lumpuy trató de escapar
de la justicia
revolucionaria, pero
pereció en el intento. |