La Habana. Año X.
2 al 8 de JULIO de 2011

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La Siempreviva en su décima entrega

Ariel Camejo • La Habana

Saludamos hoy el arribo a su número diez de la revista literaria La Siempreviva, ese bello proyecto que Reynaldo González, ayudado por José Antonio Baujín y Pepe Menéndez, nos regala desde hace ya algunos años gracias a los buenos auspicios del Ministerio de Cultura y el Instituto Cubano del Libro.

Animan esta entrega muy especialmente dos relevantes dosieres a los que me referiré más adelante: uno titulado “Universo Caribe”, en el que dialogan pensamiento, poesía y artes visuales de la región; y otro que ocupa la habitual sección “Pensar la cultura”, en el que la figura y la obra reciente de la historiadora y profesora María del Carmen Barcia ocupan un lugar destacado. El resto del número está dedicado precisamente a lo que dio vida a una revista como La Siempreviva, dar noticias del universo de las publicaciones literarias, indagar en los procesos creativos de nuestra literatura reciente y, sobre todo, promover los estudios desde nuevas perspectivas sobre la literatura y el libro cubanos, especialmente a partir de zonas desatendidas o poco visitadas por nuestra tradición crítica.

En el ámbito de la creación literaria esta entrega nos trae poemas del cuaderno “Rumbas lentas para consumo nacional”, de Sigfredo Ariel, poeta que deja entrever en estos textos una voz que ha encontrado rutas definitorias, tal y como lo muestran los versos de “Muelle de Luz” o “Raíles de la calle Misión”, plenos no solo de sonoridades y armonías, sino de un ruido cultural de complicadas densidades. Acompañan a sus versos tres relatos de Alfredo Muñoz-Unsain (Changó), presentados por Reynaldo González, en una breve pero enjundiosa nota que trae de vuelta a un intelectual para el que Cuba y su cultura resultaron experiencias definitorias. Circulan el cuadrado narrativo un fragmento de la novela inédita Las nubes en el agua, de Alberto Garrandés, con la que obtuviera en 2010 el Premio Italo Calvino; y tres breves relatos de la escritora y musicólogo italiana Meri Lao, bajo el subtítulo de “Cuestiones «de género», digo yo”. Estos tres narradores ofrecen un abanico realmente variado en términos estilísticos y preparan un mapa de escritura diversa que terminan de completar las referencias críticas a los volúmenes Mujer perjura, de Marilyn Bobes; Siempre la muerte su paso breve, de Reynaldo González, reeditada en 2009 por Letras Cubanas, y El viaje termina en Elsinor, de Arturo Arango, firmadas, respectivamente, por Laidi Fernández de Juan, Francisco López Sacha y Astrid Santana Fernández dé Castro. Como colofón a esta zona de la revista se presenta el volumen de investigación Escala crítica, ópera prima que le mereciera a Modesto Milanés el Premio Pinos Nuevos de Ensayo en 2009, y que ahora nos presenta Rafael Acosta de Arriba; además de una curiosidad literaria que como “Caza de citas” nos regala La Siempreviva en el testimonio autoral de uno de lo más relevantes novelistas del siglo XX, William Faulkner, quien nos deja una curiosa página sobre el proceso creativo. Por último, se recoge el texto de Xosé María Áivarez Cáccamo que sirviera de prólogo a la edición bilingüe gallego-castellana de la obra poética de Roberto Fernández Retamar, en el que se presenta al público de esa región autonómica española una apretada síntesis de la obra y la vida de nuestro Premio Nacional de Literatura. Este paréntesis poético se cierra con el emotivo comentario que sobre la Poesía nuevamente reunida de Retamar, nos ofrece el colombiano Álvaro Castillo Granada.

En este magma en el que se presentan escrituras con potencias y bifurcaciones tan diversas, en el que dialogan las aproximaciones críticas en tonos y registros igualmente variables, y se toma nota y pulso de las relaciones entre lo que hacemos y lo que otros hacen, comienza a registrarse la huella que esta revista ha querido conservar de sus ilustres antecesoras decimonónicas, que no se limitan a aquella aventura efímera de Bachiller y Morales, sino que sintonizan con una voluntad que confía plenamente en una intervención humanista de nuestra cultura. En ese sentido La Siempreviva sigue ofreciendo testimonio fiel de que nuestro mapa cultural de hoy será más rico cuanto más heterogénea sea su composición, y la complicada red de senderos que trazan sus actores dibuje la hermosa caligrafía de aquello que Lezama llamaba, permítaseme el oxímoron, lo “innombrable”.

En el umbral de los núcleos reflexivos de este número se sitúan dos valiosos textos en los que los investigadores Cira Romero y Leonardo Sarría nos proponen acercamientos singulares a la vida y obra de dos autores de primera línea: Antonio Bachiller y Morales y José Lezama Lima. El texto de Cira Romero nos permite corroborar algunos de los sentidos que apuntaba anteriormente, y que ligan a la personalidad de Bachiller con la sensibilidad de un momento definitorio de nuestra cultura nacional, sobre todo en el lapso que ocupan los últimos cincuenta años del siglo XIX, un espíritu que llegará casi sin variaciones, como veremos más adelante, hasta los grandes intelectuales del XX. Una profunda vocación y formación humanística, una preocupación perenne en el orden de la cultura cubana, un trabajo de proporciones enciclopédicas en lo que se refiere a la promoción de las ideas, la educación, la circulación y desarrollo de la creación artística. Son índices constitutivos que invariablemente acompañan a varias generaciones de intelectuales cubanos para los que la obra de Bachiller y Morales se sitúa como uno de los referentes más encomiables, a pesar de sus detractores, como lo muestra la nota en la que Manuel de la Cruz la emprende contra sus vicios de escritor y bibliógrafo. El texto de Cira Romero ofrece la ocasión para dedicarle a Bachiller la “Página del ayer”, con la que esta revista nos viene deleitando desde hace varios números.

Por su parte Leonardo Sarría nos acerca con abundancia de referencias poéticas y vitales a la dimensión sacra de la poesía de Lezama, en un complicado ejercicio de exégesis que abre una nueva entrada a la poesía del poeta de Trocadero 162. Es este texto, podríamos decir, una de las esporas que emanan del acercamiento investigativo de Sarría a la poesía de tema religioso en Cuba, a partir del cual se publicara una antología en tres tomos que traza esa ruta a lo largo de nuestro continuo poético. Entre los méritos que habría que señalar a un texto como este estaría el de contribuir a desmitificar muchos de los prejuicios a los que todavía hoy se somete el “desciframiento” de la poesía de Lezama, muchas veces sin tan siquiera detenerse a pensar en la hondura con que el poeta de Orígenes contemplaba la vida, el lenguaje, la creación poética. Leonardo Sarría nos acerca desde su escritura a esa visión del poema lezamiano en la que se entrecruzan y solapan las múltiples dimensiones de lo humano y lo divino, reinos entre los que la poesía suele moverse muy azarosamente.

Como mencionaba al inicio, este número pone uno de sus acentos en el dossier “Universo Caribe”, el cual agrupa tres importantes textos que desde diversos ámbitos articulan una reflexión muy provechosa en torno a ese territorio cultural y geográfico al que por innúmeras razones estamos ligados. Abre el dossier un enjundioso texto de Luisa Campuzano que, sin temor a equivocarme, estoy seguro de que se situará como una referencia obligada para aquellos que se inician en el conocimiento de la cultura y la historia de la región. Partiendo de su sólida formación en las literaturas y lenguas de la tradición greco latina, Campuzano nos remite a las conexiones entre las condiciones y fenómenos que caracterizaron a la cultura del Mediterráneo, y las que posteriormente vivencian la evolución y desarrollo del espacio de las Antillas así como de aquellas zonas del continente ligadas a las dinámicas de la trata y la plantación, del mestizaje y la transculturación. Desde los orígenes del nombramiento (Antillas y Caribe), pasando por las estructuras sobre las que se organizó no solo el sistema sino lo que hoy se conoce como las arquitecturas de la colonialidad del saber, hasta llegar a los procesos de balcanización del Caribe insular y la estratificación cultural y lingüística, la diferenciación de los procesos de mestizaje y asimilación de la otredad, o los nexos divergentes en términos de identidad. La autora nos presenta una amplia cartografía de temas y autores que organizan un relato socio-histórico de nuestras islas: José Martí, Aníbal Quijano, Alejo Carpentier, Enrique Dussel, Moreno Fraginals, Arcadia Díaz Quiñones, Juan Bosch, Eric Williams, Antonio Benítez Rojo, entre otros tantos que permiten dialogar críticamente con una narrativa de lo nacional-identitario que comienza a organizarse discursivamente desde el propio momento de la ocupación de las islas, esa tercera orilla que el ciudadano europeo concibe como una extensión

Por su parte Haydée Arango nos propone un recorrido de resonancias antillanas por la prosa dé Nicolás Guillen. La autora, que ha trabajado con detenimiento ese tejido en la obra poética del bardo camagüeyano, sobre todo a partir de las conexiones con autores como Claude McKay o Langston Hughes, decide ahora explorar ese movimiento ascendente que sin dudas produce en Guillén y en su visión del mundo el contacto con la realidad de algunas islas del Caribe, muy particularmente a partir de su estancia en países como Haití. En este sentido las preocupaciones de Guillén se concentran en dos zonas fundamentales y profundamente ligadas, por una parte el problema del debate racial y su relevancia para el concepto de cultura nacional, por otra la necesidad de una integración, si no política, al menos social de los territorios del arco de las Antillas. El recorrido por la obra periodística de Guillén, sobre todo a partir de 1929, permite corroborar esos intereses y registrar una evolución en su pensamiento que en mucho ayuda a comprender ciertos giros y zonas de su poesía,

Cierra el dossier un texto en el que Yolanda Wood, presenta y realiza un balance crítico de la obra de uno de los creadores más importantes de las artes visuales de Puerto Rico y el Caribe todo, Antonio “Toño” Martorell. A partir de la valoración de dos de sus obras, La piel de la memoria, de 1991 y El libro dibujado, el dibujo librado, de 1995, la autora desarrolla una singular lectura de este creador en quien se reúnen de manera totalmente renovadora y desmitificadora el universo de la imagen y el de la escritura, en un ir y venir de la tinta a la página, del artificio a la naturaleza, movimientos sobre los que Martorell va tejiendo una poética personal que se entiende como huella “jocoseria” de su propia experiencia, pero también la de esa isla difícil que es Borinquén. Yolanda Wood, amparada por la cercanía de años a la obra y la amistad de Martorell, nos deja un detallado estudio de su obra, pero también de ese complejo proceso creativo que entiende el arte como una experiencia indisoluble de la vida y como tribuna desde la que se convoca a una nueva posibilidad de relacionarse con el mundo.

El punto final del dossier lo constituye la reseña de Ibrahim Hernández, quien se acerca a los principales núcleos temáticos y discursivos de El discurso antillano, del martiniqueño Édouard Glissant, esa magna obra de pensamiento caribeño en el siglo XX y que Casa de las Américas publicara unos pocos meses antes de la muerte de quien fuera, sin duda alguna, uno de los autores más relevantes de la intelligentsia Caribe en los últimos 50 años. Estoy seguro de que la publicación en Cuba de este libro contribuirá en medida no despreciable a complejizar los análisis que sobre asuntos como el mestizaje, la diáspora, la relación con la lengua y con el paisaje, se realizan en nuestro panorama literario y artístico, sobre todo en un momento en el que los debates por el reconocimiento de las que Marc Auge llama “reivindicaciones de singularidad” ocupa un lugar prominente en el discurso social.

En esta dirección se mueve la sección “Pensar la cultura”, que dedica una buena parte al comentario y el diálogo con otro libro destinado a convertirse en referencia básica de la biblioteca de lo cubano, Los ilustres apellidos. Negros en La Habana colonial, de María del Carmen Barcia. Leonor Amaro y Lázara Menéndez reflexionan abundantemente no solo sobre las virtudes de este volumen, que como sabemos se debe a una de las plumas más relevantes de la historiografía nacional de las últimas décadas, sino en torno a lo que una investigación de este tipo implica para los estudios históricos, antropológicos, etnográficos y culturales, o para la propia concepción de la historiografía, a la luz de los conflictos y debates de la sociabilidad cubana de hoy. Como ambas autoras reconocen, y como lo hace también Aisnara Pereira en su comentario del libro que le valiera a Barcia el Premio Casa de las Américas: La otra familia. Parientes, redes y descendencia de los esclavos en Cuba, los textos de la historiadora no solo visibilizan un referente básico e insoslayable para la construcción de cualquier relato de la sociedad cubana, con abundancia de fuentes y serenidad de valoraciones, sino que desde su propia arquitectura discursiva establece una relación crítica con ciertos modos de la historiografía cubana. Con ello La Siempreviva abre sus puertas al que quizá sea uno de los debates más álgidos de las Ciencias Sociales en Cuba en los últimos años y al cual ya La Gaceta de Cuba dedicara un espacio durante sus entregas de todo un año, polémica en la que participaron voces de varias generaciones de historiadores en el empeño por construir un relato mucho más coherente de la Historia de Cuba, el cual pasa necesariamente por abrir un espacio para sujetos y procesos como los que han ocupado la atención de María del Carmen Barcia en sus últimas publicaciones.

Cierra esta sección precisamente un estudio de la autora en el que explora una zona poco conocida de la obra de Fernando Ortiz, la que está relacionada básicamente con su labor al frente de la Institución Hispano Cubana de Cultura. Desde esa tribuna, tal y como se demuestra a través de valiosas referencias y documentos, Ortiz desarrolla un trabajo de promoción cultural de dimensiones colosales, el cual adquiere un valor añadido cuando se establece el balance frente a su no menos abundante obra de investigación. Ortiz es, desde esa óptica, un continuador de aquel espíritu que en el siglo XIX, animó las empresas de hombres como el ya mencionado Bachiller y Morales, tradición que ilustra una relación de nombres ilustres que va de Martí a Mañach. Más allá de la información abundante y sustancial que ofrece este texto de María del Carmen Barcia, nos propone una lectura absolutamente válida a partir del examen de esa vocación de perenne divulgador y agitador cultural en Ortiz: se trata de la necesidad de recuperar ese espíritu que, incluso en condiciones adversas, persistía en la necesidad de crear redes institucionales e intelectuales que permitieran movilizar al ciudadano, al estudiante, en función de los más nobles propósitos; de situarlo, en fin, en el camino de ese decimonónico humanismo enaltecedor del que Ortiz se sentía depositario.

Es más que evidente que nos encontramos ante un número de resonancias diversas, en calidades y cualidades. Sus timbres son en ocasiones más o menos graves, pero su armonía marca el tempo polirrítmico de un nacimiento enaltecedor, de ese gesto inaugural en que el desprendimiento y la asimilación cubren con su velo la tez de nuestros rostros imposibles. La Siempreviva nos sigue mirando desde esa paradoja bautismal en la que se fundan nuestras fidelidades. Sea pues bienvenida.

 
 
 
 
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