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Saludamos hoy el arribo
a su número diez de la
revista literaria La
Siempreviva, ese
bello proyecto que
Reynaldo González,
ayudado por José Antonio
Baujín y Pepe Menéndez,
nos regala desde hace ya
algunos años gracias a
los buenos auspicios del
Ministerio de Cultura y
el Instituto Cubano del
Libro.
Animan esta entrega muy
especialmente dos
relevantes dosieres a
los que me referiré más
adelante: uno titulado
“Universo Caribe”, en el
que dialogan
pensamiento, poesía y
artes visuales de la
región; y otro que ocupa
la habitual sección
“Pensar la cultura”, en
el que la figura y la
obra reciente de la
historiadora y profesora
María del Carmen Barcia
ocupan un lugar
destacado. El resto del
número está dedicado
precisamente a lo que
dio vida a una revista
como La
Siempreviva,
dar noticias del
universo de las
publicaciones
literarias, indagar en
los procesos creativos
de nuestra literatura
reciente y, sobre todo,
promover los estudios
desde nuevas
perspectivas sobre la
literatura y el libro
cubanos, especialmente a
partir de zonas
desatendidas o poco
visitadas por nuestra
tradición crítica.
En el ámbito de la
creación literaria esta
entrega nos trae poemas
del cuaderno “Rumbas
lentas para consumo
nacional”, de Sigfredo
Ariel, poeta que deja
entrever en estos textos
una voz que ha
encontrado rutas
definitorias, tal y como
lo muestran los versos
de “Muelle de Luz” o
“Raíles de la calle
Misión”, plenos no solo
de sonoridades y
armonías, sino de un
ruido cultural de
complicadas densidades.
Acompañan a sus versos
tres relatos de Alfredo
Muñoz-Unsain (Changó),
presentados por Reynaldo
González, en una breve
pero enjundiosa nota que
trae de vuelta a un
intelectual para el que
Cuba y su cultura
resultaron experiencias
definitorias. Circulan
el cuadrado narrativo un
fragmento de la novela
inédita Las nubes en
el agua, de Alberto
Garrandés, con la que
obtuviera en 2010 el
Premio Italo Calvino; y
tres breves relatos de
la escritora y
musicólogo italiana Meri
Lao, bajo el subtítulo
de “Cuestiones «de
género», digo yo”. Estos
tres narradores ofrecen
un abanico realmente
variado en términos
estilísticos y preparan
un mapa de escritura
diversa que terminan de
completar las
referencias críticas a
los volúmenes Mujer
perjura, de Marilyn
Bobes; Siempre la
muerte su paso breve,
de Reynaldo
González, reeditada en
2009 por Letras Cubanas,
y El viaje termina en
Elsinor, de Arturo
Arango, firmadas,
respectivamente, por
Laidi Fernández de Juan,
Francisco López Sacha y
Astrid Santana Fernández
dé Castro. Como colofón
a esta zona de la
revista se presenta el
volumen de investigación
Escala crítica,
ópera prima que le
mereciera a Modesto
Milanés el Premio Pinos
Nuevos de Ensayo en
2009, y que ahora nos
presenta Rafael Acosta
de Arriba; además de una
curiosidad literaria que
como “Caza de citas” nos
regala La Siempreviva
en el testimonio
autoral de uno de lo más
relevantes novelistas
del siglo
XX,
William Faulkner, quien
nos deja una curiosa
página sobre el proceso
creativo. Por último, se
recoge el texto de Xosé
María Áivarez Cáccamo
que sirviera de prólogo
a la edición bilingüe
gallego-castellana de la
obra poética de Roberto
Fernández Retamar, en el
que se presenta al
público de esa región
autonómica española una
apretada síntesis de la
obra y la vida de
nuestro Premio Nacional
de Literatura. Este
paréntesis poético se
cierra con el emotivo
comentario que sobre la
Poesía nuevamente
reunida de Retamar,
nos ofrece el colombiano
Álvaro Castillo Granada.
En este magma en el que
se presentan escrituras
con potencias y
bifurcaciones tan
diversas, en el que
dialogan las
aproximaciones críticas
en tonos y registros
igualmente variables, y
se toma nota y pulso de
las relaciones entre lo
que hacemos y lo que
otros hacen, comienza a
registrarse la huella
que esta revista ha
querido conservar de sus
ilustres antecesoras
decimonónicas, que no se
limitan a aquella
aventura efímera de
Bachiller y Morales,
sino que sintonizan con
una voluntad que confía
plenamente en una
intervención humanista
de nuestra cultura. En
ese sentido La
Siempreviva sigue
ofreciendo testimonio
fiel de que nuestro mapa
cultural de hoy será más
rico cuanto más
heterogénea sea su
composición, y la
complicada red de
senderos que trazan sus
actores dibuje la
hermosa caligrafía de
aquello que Lezama
llamaba, permítaseme el
oxímoron, lo
“innombrable”.
En el umbral de los
núcleos reflexivos de
este número se sitúan
dos valiosos textos en
los que los
investigadores Cira
Romero y Leonardo Sarría
nos proponen
acercamientos singulares
a la vida y obra de dos
autores de primera
línea: Antonio Bachiller
y Morales y José Lezama
Lima. El texto de Cira
Romero nos permite
corroborar algunos de
los sentidos que
apuntaba anteriormente,
y que ligan a la
personalidad de
Bachiller con la
sensibilidad de un
momento definitorio de
nuestra cultura
nacional, sobre todo en
el lapso que ocupan los
últimos cincuenta años
del siglo
XIX,
un espíritu que llegará
casi sin variaciones,
como veremos más
adelante, hasta los
grandes intelectuales
del
XX.
Una profunda vocación y
formación humanística,
una preocupación perenne
en el orden de la
cultura cubana, un
trabajo de proporciones
enciclopédicas en lo que
se refiere a la
promoción de las ideas,
la educación, la
circulación y desarrollo
de la creación
artística. Son índices
constitutivos que
invariablemente
acompañan a varias
generaciones de
intelectuales cubanos
para los que la obra de
Bachiller y Morales se
sitúa como uno de los
referentes más
encomiables, a pesar de
sus detractores, como lo
muestra la nota en la
que Manuel de la Cruz la
emprende contra sus
vicios de escritor y
bibliógrafo. El texto de
Cira Romero ofrece la
ocasión para dedicarle a
Bachiller la “Página del
ayer”, con la que esta
revista nos viene
deleitando desde hace
varios números.
Por su parte Leonardo
Sarría nos acerca con
abundancia de
referencias poéticas y
vitales a la dimensión
sacra de la poesía de
Lezama, en un complicado
ejercicio de exégesis
que abre una nueva
entrada a la poesía del
poeta de Trocadero 162.
Es este texto, podríamos
decir, una de las
esporas que emanan del
acercamiento
investigativo de Sarría
a la poesía de tema
religioso en Cuba, a
partir del cual se
publicara una antología
en tres tomos que traza
esa ruta a lo largo de
nuestro continuo
poético. Entre los
méritos que habría que
señalar a un texto como
este estaría el de
contribuir a
desmitificar muchos de
los prejuicios a los que
todavía hoy se somete el
“desciframiento” de la
poesía de Lezama, muchas
veces sin tan siquiera
detenerse a pensar en la
hondura con que el poeta
de Orígenes
contemplaba la vida, el
lenguaje, la creación
poética. Leonardo Sarría
nos acerca desde su
escritura a esa visión
del poema lezamiano en
la que se entrecruzan y
solapan las múltiples
dimensiones de lo humano
y lo divino, reinos
entre los que la poesía
suele moverse muy
azarosamente.
Como mencionaba al
inicio, este número pone
uno de sus acentos en el
dossier “Universo
Caribe”, el cual agrupa
tres importantes textos
que desde diversos
ámbitos articulan una
reflexión muy provechosa
en torno a ese
territorio cultural y
geográfico al que por
innúmeras razones
estamos ligados. Abre el
dossier un enjundioso
texto de Luisa Campuzano
que, sin temor a
equivocarme, estoy
seguro de que se situará
como una referencia
obligada para aquellos
que se inician en el
conocimiento de la
cultura y la historia de
la región. Partiendo de
su sólida formación en
las literaturas y
lenguas de la tradición
greco latina, Campuzano
nos remite a las
conexiones entre las
condiciones y fenómenos
que caracterizaron a la
cultura del
Mediterráneo, y las que
posteriormente vivencian
la evolución y
desarrollo del espacio
de las Antillas así como
de aquellas zonas del
continente ligadas a las
dinámicas de la trata y
la plantación, del
mestizaje y la
transculturación. Desde
los orígenes del
nombramiento (Antillas y
Caribe), pasando por las
estructuras sobre las
que se organizó no solo
el sistema sino lo que
hoy se conoce como las
arquitecturas de la
colonialidad del saber,
hasta llegar a los
procesos de
balcanización del Caribe
insular y la
estratificación cultural
y lingüística, la
diferenciación de los
procesos de mestizaje y
asimilación de la
otredad, o los nexos
divergentes en términos
de identidad. La autora
nos presenta una amplia
cartografía de temas y
autores que organizan un
relato socio-histórico
de nuestras islas: José
Martí, Aníbal Quijano,
Alejo Carpentier,
Enrique Dussel, Moreno
Fraginals, Arcadia Díaz
Quiñones, Juan Bosch,
Eric Williams, Antonio
Benítez Rojo, entre
otros tantos que
permiten dialogar
críticamente con una
narrativa de lo
nacional-identitario que
comienza a organizarse
discursivamente desde el
propio momento de la
ocupación de las islas,
esa tercera orilla que
el ciudadano europeo
concibe como una
extensión
Por su parte Haydée
Arango nos propone un
recorrido de resonancias
antillanas por la prosa
dé Nicolás Guillen. La
autora, que ha trabajado
con detenimiento ese
tejido en la obra
poética del bardo
camagüeyano, sobre todo
a partir de las
conexiones con autores
como Claude McKay o
Langston Hughes, decide
ahora explorar ese
movimiento ascendente
que sin dudas produce en
Guillén y en su visión
del mundo el contacto
con la realidad de
algunas islas del
Caribe, muy
particularmente a partir
de su estancia en países
como Haití. En este
sentido las
preocupaciones de
Guillén se concentran en
dos zonas fundamentales
y profundamente ligadas,
por una parte el
problema del debate
racial y su relevancia
para el concepto de
cultura nacional, por
otra la necesidad de una
integración, si no
política, al menos
social de los
territorios del arco de
las Antillas. El
recorrido por la obra
periodística de Guillén,
sobre todo a partir de
1929, permite corroborar
esos intereses y
registrar una evolución
en su pensamiento que en
mucho ayuda a comprender
ciertos giros y zonas de
su poesía,
Cierra el dossier un
texto en el que Yolanda
Wood, presenta y realiza
un balance crítico de la
obra de uno de los
creadores más
importantes de las artes
visuales de Puerto Rico
y el Caribe todo,
Antonio “Toño”
Martorell. A partir de
la valoración de dos de
sus obras, La
piel de la memoria,
de 1991 y El libro
dibujado, el dibujo
librado, de 1995, la
autora desarrolla una
singular lectura de este
creador en quien se
reúnen de manera
totalmente renovadora y
desmitificadora el
universo de la imagen y
el de la escritura, en
un ir y venir de la
tinta a la página, del
artificio a la
naturaleza, movimientos
sobre los que Martorell
va tejiendo una poética
personal que se entiende
como huella “jocoseria”
de su propia
experiencia, pero
también la de esa isla
difícil que es Borinquén.
Yolanda Wood, amparada
por la cercanía de años
a la obra y la amistad
de Martorell, nos deja
un detallado estudio de
su obra, pero también de
ese complejo proceso
creativo que entiende el
arte como una
experiencia indisoluble
de la vida y como
tribuna desde la que se
convoca a una nueva
posibilidad de
relacionarse con el
mundo.
El punto final del
dossier lo constituye la
reseña de Ibrahim
Hernández, quien se
acerca a los principales
núcleos temáticos y
discursivos de El
discurso antillano,
del martiniqueño Édouard
Glissant, esa magna obra
de pensamiento caribeño
en el siglo
XX
y que Casa de las
Américas publicara
unos pocos meses antes
de la muerte de quien
fuera, sin duda alguna,
uno de los autores más
relevantes de la
intelligentsia
Caribe en los últimos 50
años. Estoy seguro de
que la publicación en
Cuba de este libro
contribuirá en medida no
despreciable a
complejizar los análisis
que sobre asuntos como
el mestizaje, la
diáspora, la relación
con la lengua y con el
paisaje, se realizan en
nuestro panorama
literario y artístico,
sobre todo en un momento
en el que los debates
por el reconocimiento de
las que Marc Auge llama
“reivindicaciones de
singularidad” ocupa un
lugar prominente en el
discurso social.
En esta dirección se
mueve la sección “Pensar
la cultura”, que dedica
una buena parte al
comentario y el diálogo
con otro libro destinado
a convertirse en
referencia básica de la
biblioteca de lo cubano,
Los ilustres
apellidos. Negros en La
Habana colonial,
de María del Carmen
Barcia. Leonor Amaro y
Lázara Menéndez
reflexionan
abundantemente no solo
sobre las virtudes de
este volumen, que como
sabemos se debe a una de
las plumas más
relevantes de la
historiografía nacional
de las últimas décadas,
sino en torno a lo que
una investigación de
este tipo implica para
los estudios históricos,
antropológicos,
etnográficos y
culturales, o para la
propia concepción de la
historiografía, a la luz
de los conflictos y
debates de la
sociabilidad cubana de
hoy. Como ambas autoras
reconocen, y como lo
hace también Aisnara
Pereira en su comentario
del libro que le valiera
a Barcia el
Premio Casa de las
Américas: La otra
familia. Parientes,
redes y descendencia de
los esclavos en Cuba,
los textos de la
historiadora no solo
visibilizan un referente
básico e insoslayable
para la construcción de
cualquier relato de la
sociedad cubana, con
abundancia de fuentes y
serenidad de
valoraciones, sino que
desde su propia
arquitectura discursiva
establece una relación
crítica con ciertos
modos de la
historiografía cubana.
Con ello La
Siempreviva abre sus
puertas al que quizá sea
uno de los debates más
álgidos de las Ciencias
Sociales en Cuba en los
últimos años y al cual
ya La Gaceta
de Cuba dedicara un
espacio durante sus
entregas de todo un año,
polémica en la que
participaron voces de
varias generaciones de
historiadores en el
empeño por construir un
relato mucho más
coherente de la Historia
de Cuba, el cual pasa
necesariamente por abrir
un espacio para sujetos
y procesos como los que
han ocupado la atención
de María del Carmen
Barcia en sus últimas
publicaciones.
Cierra esta sección
precisamente un estudio
de la autora en el que
explora una zona poco
conocida de la obra de
Fernando Ortiz, la que
está relacionada
básicamente con su labor
al frente de la
Institución Hispano
Cubana de Cultura. Desde
esa tribuna, tal y como
se demuestra a través de
valiosas referencias y
documentos, Ortiz
desarrolla un trabajo de
promoción cultural de
dimensiones colosales,
el cual adquiere un
valor añadido cuando se
establece el balance
frente a su no menos
abundante obra de
investigación. Ortiz es,
desde esa óptica, un
continuador de aquel
espíritu que en el siglo
XIX,
animó las empresas de
hombres como el ya
mencionado Bachiller y
Morales, tradición que
ilustra una relación de
nombres ilustres que va
de Martí a Mañach. Más
allá de la información
abundante y sustancial
que ofrece este texto de
María del Carmen Barcia,
nos propone una lectura
absolutamente válida a
partir del examen de esa
vocación de perenne
divulgador y agitador
cultural en Ortiz: se
trata de la necesidad de
recuperar ese espíritu
que, incluso en
condiciones adversas,
persistía en la
necesidad de crear redes
institucionales e
intelectuales que
permitieran movilizar al
ciudadano, al
estudiante, en función
de los más nobles
propósitos; de situarlo,
en fin, en el camino de
ese decimonónico
humanismo enaltecedor
del que Ortiz se sentía
depositario.
Es más que evidente que
nos encontramos ante un
número de resonancias
diversas, en calidades y
cualidades. Sus timbres
son en ocasiones más o
menos graves, pero su
armonía marca el tempo
polirrítmico de un
nacimiento enaltecedor,
de ese gesto inaugural
en que el
desprendimiento y la
asimilación cubren con
su velo la tez de
nuestros rostros
imposibles. La
Siempreviva nos
sigue mirando desde esa
paradoja bautismal en la
que se fundan nuestras
fidelidades. Sea pues
bienvenida. |