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Cuba ha sido, a lo largo
de su historia, un país
donde sus más connotados
intelectuales se han
distinguido por una
marcada vocación
revistera. Recordemos, a
grandes rasgos y solo a
modo de ejemplos, del
siglo
xix, a Félix
Varela con El
Habanero
(1824-1825); Domingo del
Monte y su La Moda o
Recreo Semanal
del Bello Sexo
(1829-1831); la
Revista de La
Habana (1853-1857),
forjada por Rafael María
de Mendive; la
Revista Habanera
(1861-1863), a cargo de
Juan Clemente Zenea, con
la colaboración de
Enrique Piñeiro; José
Martí con La Edad de
Oro (1889) y Manuel
Sanguily con su
unipersonal Hojas
Literarias
(1893-1894), sin contar
otras muchas de singular
importancia, pero de
vida efímera. En el
siglo
xx el fervor se
mantiene: Cuba
Contemporánea
(1913-1927), que nucleó
a figuras como José
Antonio Ramos, Alfonso
Hernández Catá y Carlos
Loveira, miembros de la
llamada Primera
Generación Republicana;
Revista de Avance
(1927-1930), con
Carpentier, Marinello,
Mañach y otros;
Revista Cubana
(1935-1957), fundada por
José María Chacón y
Calvo; Mediodía
(1936-1939), que reunió
a figuras como Nicolás
Guillén y Carlos Rafael
Rodríguez; Gaceta del
Caribe (1944), cuyo
comité editor estuvo
integrado por José
Antonio Portuondo y
Mirta Aguirre, entre
otros, y Orígenes
(1944-1956), en manos de
su fundador y director,
José Lezama Lima, unido
a la eficaz labor de
promoción y financiera
gestada por José
Rodríguez Feo, alguien
que aún requiere de
valoración y estudio.
Tras el triunfo
revolucionario, Casa
de las Américas,
La Gaceta de Cuba,
Signos. En la
expresión de los pueblos,
Revolución y Cultura
y otros muchos títulos
más, buena parte de
ellos surgidos fuera del
área capitalina. A estos
títulos ha venido a
sumarse La
Siempreviva,
dirigida por el Premio
Nacional de Literatura
Reynaldo González, cuyo
título retoma el de la
fundada en 1838 por un
hombre fundacional de la
cultura cubana, Antonio
Bachiller y Morales,
aunque el adoptado por
la que ahora acaba de
reunir sus primeros diez
números —el primero
apareció en el año 2007—
no intenta hacer
resurgir la del
xix. Al aparecer
La Siempreviva
del siglo
xxi
su director
advirtió:
“Nace una revista
literaria”, expresaba
que “aparecía con el
objetivo de participar
en el ya nutrido diálogo
de nuestros escritores y
lectores. Evoca y rinde
homenaje a un título del
siglo
xix, creación del
gran bibliógrafo Antonio
Bachiller y Morales,
pero su vocación no es
decimonónica. Se
adscribe a una línea de
la cultura cubana que si
en aquella centuria
alcanzó su definición
augural, mantuvo una
visión porvenirista.
Estas páginas se ofrecen
a una comprensión
inclusiva y respetuosa
de las diversidades,
para un enriquecimiento
que no enflaquezca el
panorama con caprichos y
conductivismos”.
Repasar esta decena de
números nos permite
acceder a un conjunto de
trabajos y reseñas,
muchos de ellos debidos
a figuras establecidas
de la cultura cubana
—Antón Arrufat, Leonardo
Acosta, Lisandro Otero,
Luisa Campuzano,
Ambrosio Fornet, Nara
Araujo, Graziella
Pogolotti, Miguel Barnet,
Margarita Mateo, Marilyn
Bobes, Francisco López
Sacha, Carlos Espinosa,
Antonio Orlando
Rodríguez—, volver sobre
“colaboradores” ya
ausentes, pero siempre
presentes: José Lezama
Lima, Raúl Martínez o
Calvert Casey— y acceder
a firmas quizá menos
conocidas, la mayoría de
jóvenes profesores
universitarios que en
estos diez números han
tenido un desempeño
ejemplar: Leonardo
Sarría, Ariel Camejo,
Astrid Santana Fernández
de Castro, Haydeé
Arango, llevados a estas
páginas por José Antonio
Baujín, Decano de la
Facultad de Artes y
Letras de la Universidad
de La Habana, y a la vez
su editor. Confió en
ellos para tal
desempeño, y no lo han
defraudado. Debe
subrayarse también la
presencia de autores de
otras latitudes: Meri
Lao, italiana; Xosé
María Álvarez Cáccamo,
gallego; Jaime Mejía
Duque, colombiano;
Armand Mattelart,
francés, los mexicanos
Sergio Pitol y Paco
Ignacio Taibo II, entre
otros muchos que la han
prestigiado.
Mención aparte merece el
diseñador, Pepe
Menéndez, joven también,
pero de gran
experiencia, cuya
pericia artística ha
mostrado a plenitud en
estos números, verdadero
regalo visual aún para
los más exigentes.
Poesías, cuentos,
fragmentos de novelas,
ensayos, entrevistas,
crónicas, reseñas en
amplio abanico, recorren
sus hermosas páginas,
interesadas lo mismo en
abordar un tema de
actualidad dentro del
amplio mundo literario
universal e insular, que
volver a nuestro pasado
mediato.
Una decena de Siemprevivas
para la cultura cubana
es, y seguirá siendo,
para bien de todos, un
gesto inaugural en pleno
siglo
xxi. Constituye
un empeño bien cumplido
de un pequeño grupo de
entusiastas liderados
por quien es un
revistero nato, Reynaldo
González, quien si bien
se mira, y dado el
caudal de su obra, no
necesitaba aumentar su
currículum con
una empresa como esta,
lo sabemos, que nos
proporciona muchas
alegrías, pero a él
quizá un quebradero de
cabeza. Pero ¡que para
bien sea La
Siempreviva! La
presentación de cada uno
de sus números es gozo,
fiesta para quienes la
gestan, y una entrega de
amor a Cuba y a su
cultura. |