La Habana. Año X.
2 al 8 de JULIO de 2011

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Para nosotros, todo, para el enemigo, nada
Ambrosio Fornet • La Habana

Tengo la impresión de que la importancia fundamental estuvo en la lucidez y en la precisión con que se planteó el problema de la función de los intelectuales y los artistas en la Revolución. Veníamos de un debate sobre la exhibición o no de un documental que despertó polémica sobre si era realista o no, sobre si respondía a la realidad o no. Ese no fue el problema que Fidel planteó. Fidel se concentró en decir: estamos en una Revolución, en un proceso de transformaciones sociales. Y así como la sociedad se transforma, la cultura se transforma también. O, al menos, las relaciones culturales y las funciones de la cultura se van transformando. Ustedes son los llamados a encabezar ese movimiento de transformaciones.

Fidel no preguntó si la película era abstracta o concreta; lo que dijo fue que todos pertenecemos a un solo movimiento que llamamos Revolución Cubana, un movimiento de transformaciones. Y la pregunta que nos hizo a los intelectuales y artistas, fue: ¿cómo van a participar en este proceso? ¿Qué tienen ustedes que aportar a este proceso? Dejó una respuesta para cada uno y, al mismo tiempo, una para la actividad práctica, para la función real; no atendiendo a las preferencias, sino al modo de insertar el debate cultural en función de un proceso de transformaciones. Ya estaba todo dicho. Cuando él dice que dentro de la Revolución, todo, y contra la Revolución, nada, se nos hizo evidente que ese “todo” era para quienes estábamos del lado de aquel proceso de transformación. El hecho de haber planteado las cosas con tanta lucidez y tanta precisión evitó una cantidad enorme de equívocos e ideas torcidas que aún estaban influyendo en una parte de los intelectuales de la época.

Mientras la tarea siga estando inconclusa, pese a todo lo que se ha adelantado, sigue siendo un texto absolutamente vigente. La esencia del planteamiento es cómo se participa dentro de la cultura en el proceso de transformaciones de la sociedad. Si a través de una película o de un cuadro, a través de una novela realista o propia del absurdo quedan al intelectual o al artista; pero la pregunta es cómo contribuyen esas expresiones a las transformaciones que estamos buscando. Esas transformaciones implicaban la formación de un público: un proceso que empezó con la Campaña de Alfabetización y que no se ha cerrado ni se cerrará nunca, porque la creación de ese público es parte del proceso de transformación permanente. En ese proceso, insisto, es donde formamos parte nosotros los intelectuales cubanos revolucionarios, como lo serán también los del futuro.

A partir del momento en que tenemos claro el hecho de que se trata de una tarea colectiva, que se define en la práctica, ya empezamos a tener el campo despejado para cualquier debate futuro. Lo que ocurrió con el quinquenio gris fue que los dogmáticos tomaron el poder, culturalmente. Y los dogmáticos tienen la convicción ―dogmáticos al fin― de que con la verdad se puede llegar a cualquier parte. Esa verdad, por supuesto, es la de cada uno de ellos, no la de todos. Y en el terreno de las ideas, del arte, de la literatura, no hay una única verdad. La única verdad está en el seno del fondo de la iglesia y se ha estado perdiendo en el proceso de los siglos, pues ya no es tan única, sino múltiple. El dogmático empieza a definir, por consiguiente, lo que es arte revolucionario y lo que no lo es: si es abstracto, no es realista; si no es realista, no es revolucionario… Puntos de vista que hoy parecen tonterías, cosas de niños, pero fueron muy costosas. Chocar con un dogmático es como chocar con un tren. Si ese dogmático tiene poder, sucede lo que sucedió en aquellos años 70.

Tengo la impresión de que ya, con la experiencia de medio siglo, es muy difícil que alguien se me plante delante a decirme que tiene la verdad porque tiene un carné del Partido o porque es Ministro de Cultura; de ninguna manera, tu verdad se demuestra en la práctica, como la mía, y en la medida en que tu práctica no sea renovadora, estará equivocada. Hoy, no estamos en condiciones de aceptar orientaciones sin debate. Seguramente, esa es la posición que tomaría la intelectualidad cubana ―incluso los muchachos que tienen 20 años― frente a un panorama similar; por consiguiente, no tengo la menor duda de que el quinquenio gris no se volverá a repetir en este país. 

Si lo que venimos diciendo puede ser reinterpretado 50 años más tarde, de una manera positiva, dinámica, dialéctica, tengo la impresión de que les puede servir de mucho a los jóvenes. Una vez más, se trata de plantearse la actividad revolucionaria como una actividad. Esa palabra se ha ido descreditando con el tiempo; pero la actividad implica una práctica constante. Respecto a “Palabras…”, la medida en que se herede la idea de que se trata de participar en procesos de transformación y la medida en que se interprete el término “con la Revolución todo, contra la Revolución nada” ―lo que implica que yo, como revolucionario, me quedo con el todo; lamento que otros tengan que quedarse con el nada―, es una dimensión que no comprende solo a los intelectuales, sino a la historia toda de este país.

Cuba es un país que siempre ha estado colocado en una posición muy dura, donde estar contra determinadas cosas significa estar a favor de otras. He dicho algunas veces que en las trincheras no se practica la democracia. En la medida en que la situación histórica nos coloque en una trinchera, nos quedamos con la idea de que para nosotros, todo, para el enemigo, nada. Ojalá ocurra un proceso de solución de las contradicciones ―no creo que existan exclusivamente por nosotros― y que se dé el contexto de trabajar juntos, con ideas distintas aunque por un proyecto fundamental: ¿qué es Cuba, qué va a ser Cuba? La idea del protectorado quedó atrás y es absolutamente inaceptable ya en cualquier tiempo.
 

Estas declaraciones son parte de una entrevista concedida al programa Hurón Azul, de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC).

 
 
 
 
   
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2011.