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Tengo la impresión de
que la importancia
fundamental estuvo en la
lucidez y en la
precisión con que se
planteó el problema de
la función de los
intelectuales y los
artistas en la
Revolución. Veníamos de
un debate sobre la
exhibición o no de un
documental que despertó
polémica sobre si era
realista o no, sobre si
respondía a la realidad
o no. Ese no fue el
problema que Fidel
planteó. Fidel se
concentró en decir:
estamos en una
Revolución, en un
proceso de
transformaciones
sociales. Y así como la
sociedad se transforma,
la cultura se transforma
también. O, al menos,
las relaciones
culturales y las
funciones de la cultura
se van transformando.
Ustedes son los llamados
a encabezar ese
movimiento de
transformaciones.
Fidel no preguntó si la
película era abstracta o
concreta; lo que dijo
fue que todos
pertenecemos a un solo
movimiento que llamamos
Revolución Cubana, un
movimiento de
transformaciones. Y la
pregunta que nos hizo a
los intelectuales y
artistas, fue: ¿cómo van
a participar en este
proceso? ¿Qué tienen
ustedes que aportar a
este proceso? Dejó una
respuesta para cada uno
y, al mismo tiempo, una
para la actividad
práctica, para la
función real; no
atendiendo a las
preferencias, sino al
modo de insertar el
debate cultural en
función de un proceso de
transformaciones. Ya
estaba todo dicho.
Cuando él dice que
dentro de la Revolución,
todo, y contra la
Revolución, nada, se nos
hizo evidente que ese
“todo” era para quienes
estábamos del lado de
aquel proceso de
transformación. El hecho
de haber planteado las
cosas con tanta lucidez
y tanta precisión evitó
una cantidad enorme de
equívocos e ideas
torcidas que aún estaban
influyendo en una parte
de los intelectuales de
la época.
Mientras la tarea siga
estando inconclusa, pese
a todo lo que se ha
adelantado, sigue siendo
un texto absolutamente
vigente. La esencia del
planteamiento es cómo se
participa dentro de la
cultura en el proceso de
transformaciones de la
sociedad. Si a través de
una película o de un
cuadro, a través de una
novela realista o propia
del absurdo quedan al
intelectual o al
artista; pero la
pregunta es cómo
contribuyen esas
expresiones a las
transformaciones que
estamos buscando. Esas
transformaciones
implicaban la formación
de un público: un
proceso que empezó con
la Campaña de
Alfabetización y que no
se ha cerrado ni se
cerrará nunca, porque la
creación de ese público
es parte del proceso de
transformación
permanente. En ese
proceso, insisto, es
donde formamos parte
nosotros los
intelectuales cubanos
revolucionarios, como lo
serán también los del
futuro.
A partir del momento en
que tenemos claro el
hecho de que se trata de
una tarea colectiva, que
se define en la
práctica, ya empezamos a
tener el campo despejado
para cualquier debate
futuro. Lo que ocurrió
con el quinquenio gris
fue que los dogmáticos
tomaron el poder,
culturalmente. Y los
dogmáticos tienen la
convicción ―dogmáticos
al fin― de que con la
verdad se puede llegar a
cualquier parte. Esa
verdad, por supuesto, es
la de cada uno de ellos,
no la de todos. Y en el
terreno de las ideas,
del arte, de la
literatura, no hay una
única verdad. La única
verdad está en el seno
del fondo de la iglesia
y se ha estado perdiendo
en el proceso de los
siglos, pues ya no es
tan única, sino
múltiple. El dogmático
empieza a definir, por
consiguiente, lo que es
arte revolucionario y lo
que no lo es: si es
abstracto, no es
realista; si no es
realista, no es
revolucionario… Puntos
de vista que hoy parecen
tonterías, cosas de
niños, pero fueron muy
costosas. Chocar con un
dogmático es como chocar
con un tren. Si ese
dogmático tiene poder,
sucede lo que sucedió en
aquellos años 70.
Tengo la impresión de
que ya, con la
experiencia de medio
siglo, es muy difícil
que alguien se me plante
delante a decirme que
tiene la verdad porque
tiene un carné del
Partido o porque es
Ministro de Cultura; de
ninguna manera, tu
verdad se demuestra en
la práctica, como la
mía, y en la medida en
que tu práctica no sea
renovadora, estará
equivocada. Hoy, no
estamos en condiciones
de aceptar orientaciones
sin debate. Seguramente,
esa es la posición que
tomaría la
intelectualidad cubana
―incluso los muchachos
que tienen 20 años―
frente a un panorama
similar; por
consiguiente, no tengo
la menor duda de que el
quinquenio gris no se
volverá a repetir en
este país.
Si lo que venimos
diciendo puede ser
reinterpretado 50 años
más tarde, de una manera
positiva, dinámica,
dialéctica, tengo la
impresión de que les
puede servir de mucho a
los jóvenes. Una vez
más, se trata de
plantearse la actividad
revolucionaria como una
actividad. Esa palabra
se ha ido descreditando
con el tiempo; pero la
actividad implica una
práctica constante.
Respecto a “Palabras…”,
la medida en que se
herede la idea de que se
trata de participar en
procesos de
transformación y la
medida en que se
interprete el término
“con la Revolución todo,
contra la Revolución
nada” ―lo que implica
que yo, como
revolucionario, me quedo
con el todo; lamento que
otros tengan que
quedarse con el nada―,
es una dimensión que no
comprende solo a los
intelectuales, sino a la
historia toda de este
país.
Cuba es un país que
siempre ha estado
colocado en una posición
muy dura, donde estar
contra determinadas
cosas significa estar a
favor de otras. He dicho
algunas veces que en las
trincheras no se
practica la democracia.
En la medida en que la
situación histórica nos
coloque en una
trinchera, nos quedamos
con la idea de que para
nosotros, todo, para el
enemigo, nada. Ojalá
ocurra un proceso de
solución de las
contradicciones ―no creo
que existan
exclusivamente por
nosotros― y que se dé el
contexto de trabajar
juntos, con ideas
distintas aunque por un
proyecto fundamental:
¿qué es Cuba, qué va a
ser Cuba? La idea del
protectorado quedó atrás
y es absolutamente
inaceptable ya en
cualquier tiempo.
Estas declaraciones son
parte de una entrevista
concedida al programa
Hurón Azul, de la Unión
de Escritores y Artistas
de Cuba (UNEAC). |