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“Palabras a los
intelectuales” es un
nodo muy importante
dentro de la tradición
de la política cultural
de la Revolución. Es un
momento que, tal como ha
sucedido con muchos
otros dentro de la
historia de nuestro
país, es muy referido,
muy comentado y al mismo
tiempo es muy poco
analizado. La lectura y
el conocimiento real de
lo que fueron las
“Palabras a los
intelectuales”, sobre
todo del contexto en que
se produjeron, darían
una visión mucho más
cabal de lo que
realmente fue ese
diálogo con Fidel en la
Biblioteca Nacional,
durante tres viernes
seguidos, en 1961.
Se discutió cuál podría
ser el rol del
intelectual en un
momento de cambios y
hasta dónde resultaban
permisibles las
capacidades de diálogo
entre el nuevo poder
político y el poder
intelectual en Cuba.
Todavía creo que podían
sacarse chispas de lo
que fue en ese momento.
A veces hemos sido muy
pacatos y poco eficaces
a la hora de analizar lo
que allí se produjo. Por
ejemplo, en el pasado
Congreso de la UNEAC,
cuando se les entregó a
los delegados una
grabación con la última
intervención de Fidel en
este encuentro, se
estaba haciendo un acto
de justicia respecto a
la verdad de ese momento
histórico. No sé cuántos
lo habrán escuchado,
pero es un documento que
esclarece mucho, incluso
en términos de emoción y
diálogo. Aún no ha sido
analizado ni entendido
en la dimensión real de
lo que fue en ese
momento y de lo que ha
ido siendo hasta el día
de hoy.
Siempre es vigente la
necesidad de diálogo,
siempre es vigente la
necesidad de que un
determinado poder
dialogue con los
artistas, los escuche y
tenga ese momento
especial en el cual
confrontar nociones tan
importantes como
libertad, independencia,
diálogo, lenguaje,
creación. Y al mismo
tiempo, que se sienta la
tensión mutua, que no
sea solo un diálogo por
mandato o alguna especie
de reglamento. Ojalá
hubiera sucedido ese
diálogo con más
frecuencia en otros
momentos de la
Revolución y de la
Historia de Cuba, pues
habría esclarecido
muchas cosas y nos
hubiera evitado
discusiones que al final
pudieron no haber sido
tan trascendentes.
Mientras más claros
estemos de lo que fue el
pasado y de cómo ese
pasado arroja luces
sobre el presente, mejor
podremos seguir hacia
adelante y estar
convencidos de la
validez de un diálogo en
un momento determinado,
de cómo ese eco puede
seguir llegando hasta
ahora.
Ese “dentro” y “fuera”,
tan discutidos, tiene el
peligro de recibir
lecturas ingenuas. Esa
ha sido una de las
principales
problemáticas respecto a
“Palabras a los
intelectuales”: ha sido
leída ingenuamente para
bien y para mal, sin la
conciencia de ese
contexto particular en
el cual hubo la
necesidad de llegar a un
encuentro como aquel, en
el que los intelectuales
se pusieran delante de
representantes de la
cultura y el poder
político para esclarecer
cosas. Luego ha habido
mucha tergiversación
sobre cómo dentro y
fuera de Cuba, ciertos
patrones asumieron ese
“dentro”, ese “fuera”,
ese “con”, ese “contra”.
Por tanto, muchas
personas siguen teniendo
una imagen un tanto
neblinosa de lo que
dicen las “Palabras a
los intelectuales”.
Se estaban jugando
cartas de cambio, se
estaban poniendo sobre
la mesa nuevas
posibilidades y se
estaban haciendo
demandas mutuas. A
partir de ahí vinieron
otros contextos, en las
cuales pesan mucho las
circunstancias políticas
y culturales tanto
internas, como externas.
Por eso no podemos hacer
lecturas ingenuas. En su
momento, “Palabras…”
definió una manera de
dialogar, de proponer y
de crear. Cómo ha sido
leída esa secuencia y
cómo llega hasta hoy, es
algo que podríamos
preguntarnos y, sobre
todo, reactivar, en el
mejor sentido de la
palabra, para entender
ahora mismo en Cuba qué
palabras y qué
intelectuales estarían
dispuestos a ser
cruzados.
Estas declaraciones son
parte de una entrevista
concedida al programa
Hurón Azul, de la Unión
de Escritores y Artistas
de Cuba (UNEAC). |