La Habana. Año X.
9 al 15 de JULIO de 2011

Correo Canal RSS Canal en Twitter Facebook Flirck You Tube

 

BÚSQUEDA AVANZADA   . . .

ENLACES

SUSCRIPCIÓN
 
 

Los títeres, los niños y el Pinocho nuevo
María Laura Germán • La Habana
Fotos: Ramsés Ruiz

A mí me gustan mucho los títeres. Los niños. El teatro. Y el teatro para niños y de títeres. De verdad. Aunque a veces pienso que no lo parece porque me aburren las obras muy viejas. Pero supongo que eso es normal a mi edad.
 

Si tuviera que escoger entre la escritura para adultos y para niños, me decido por la segunda. De hecho creo que ya lo hice. ¿Por qué? Porque tiene mucho que ver conmigo; y aunque concuerdo con un amigo que una vez me dijo: “a los niños con una media en cada mano y unas cuantas piruetas, ya los entretienes”; también me parece que es un trabajo sumamente admirable y difícil.

Y que conste que esto lo digo desde la visión de quien ha sido partícipe de la incertidumbre ante la funcionalidad de una puesta en escena, que no se  disuelve hasta que termina cada presentación. Y eso es lo maravilloso de los niños.

Al enfrentarte a un proceso de creación para adultos (sobre todo si ya se ha pasado de la adolescencia), los códigos para acercarte al público son más o menos claros; pero en general se tiene una idea bien precisa de cómo funcionarán estos una vez sobre las tablas. Porque somos adultos. Porque los adultos en estos aspectos de la crítica hacia lo que se hace para nosotros, acostumbramos a ser bastante claros. Y porque tenemos una endemoniada atracción hacia lo predecible.

Cuando se trabaja para los niños, tienes que pensar como ellos. O al menos intentarlo, para no caer en el tan obsoleto didactismo explícito del que hemos sido (y somos) víctimas. 

Cuando se trabaja para los niños y con títeres, tienes que pensar como niño y actuar como títere. O viceversa. Pero siempre pensando en lograr una cadena indivisible de imágenes y acciones que lo hagan reflexionar desde un universo que no tiene por qué ser creíble, pero sí orgánico y vivo, que lo mantengan fijo al espaldar de la silla delantera.

Si ya los adultos no van al teatro a que le cuenten una historia, ¿por qué los niños sí? O bien, si hasta a quienes no van al teatro a escuchar un cuento se les puede convencer con un buen argumento y una estructura ingeniosa, ¿por qué conformarnos con ofrecerles a los niños las anécdotas y soluciones más simplonas?

A inicios de este año, Norge Espinosa hace entrega oficial del texto “Pinocho: corazón - madera”, a Teatro de Las Estaciones. Lo que podía haberse quedado en otra mera adaptación del tan citado ya clásico, se transforma ante nuestros ojos en un canto reflexivo sobre la muerte de nuestros más humildes valores; en queja ante la imposibilidad de la diferencia; en huelga de corazones de madera rotos ante la no aceptación de un mundo plástico.
 

La fábula, ajustada a los sucesos clave para el entendimiento esencial de la historia, permite la transmisión clara del mensaje pretendido por el autor:

Geppetto construye un niño de madera que vive sin hilos, y lo nombra Pinocho; lo convence de que tiene que estudiar para poder convertirse en un “niño de verdad”. Camino a la escuela este se encuentra con tres niños completamente “metalizados” que se burlan de él. Pinocho se decepciona de los “niños de verdad”, quienes le han robado su cartilla. Escucha la música de un teatro y cuando decide ir a verlo ni siquiera su Conciencia lo puede detener. Pinocho llega al teatrino de La Comecandela y tras demostrar sus dotes histriónicas, esta intenta persuadirlo de que se quede por solo cinco monedas de oro; pero Pinocho comienza a ambicionar más, quiere quedarse con el teatro, y La Comecandela lo echa a la calle. Lady Milady the Fox y Monsieur Le Chat, que escucharon de las cinco monedas de oro, se las roban convenciéndolo de que los acompañe al Campo de los tesoros, donde su dinero se multiplicaría pudiendo así comprarse el añorado teatro; y luego lo cuelgan de un árbol. Allí lo encuentran Los Asesinos, dos músicos que han venido a ensayar al bosque, lo rescatan y conducen a casa del Hada de los Cabellos Azules. Pinocho intenta justificar su ausencia a la escuela con mentiras, logrando solo que le crezca la nariz, y al escuchar todo lo que el Hada y su padre Geppetto habían hecho por él, se conmueve, el Hada lo perdona y él promete cumplir sin faltas lo acordado. Pero en el camino se tropieza con Pabilo, otro “niño de verdad” que odia la escuela y por eso se va al País de Siempre Juegos; no muy convencido, pero curioso al fin, Pinocho se va con Pabilo, pero solo “a mirar”. Entre juegos, bebidas, comidas y vicios Pinocho y Pabilo se transforman en burros, pero cuando Tragallamas y Chupafuegos, los dueños del negocio, vienen a buscarlos Pinocho logra escapar con la ayuda del Hada. Salta al mar y allí es devorado por el Gran Tiburón Leviatán; en la barriga de este, se encuentra con su padre que había salido a buscarlo, entre los dos hacen un fuego y logran escapar. Al despertar, el Hada le regala como premio a Pinocho la posibilidad de convertirse, a la mañana siguiente, en un niño de verdad: asistirá a un colegio muy costoso y luego se convertirá en un hombre de negocios muy serio. Pero Pinocho quiere ir a un teatro. Antes de dormir lo visita Walt the Movies, el director más famoso de todo el cine mundial y le propone protagonizar una película con sus hazañas, pero Pinocho no sabe qué hacer, pues según todos deberá dejar de ser un niño de madera. Y tiene solo una noche para pensarlo.

Nada de simplezas. Norge presenta una obra llena de peripecias entre las que transita un niño de madera que no entiende por qué debería cambiar:


 

GEPETTO. ¡Bravo! Quién sabe si, portándote como un niño bueno, acabes siendo de verdad.

PINOCHO. ¿Un niño… de verdad? ¿Es que no te gusto así como soy, papá?

 

Se escuchan doce campanadas. Gepetto mira a Pinocho, le pone su sombrerito y le da una cartilla. Es hora de dormir. Pinocho se aduerme en sus brazos.  La luz se apaga lentamente.

 

Entre niños y títeres, un Pinocho nuevo sacude a la familia de sus asientos pasivos alertándonos de una realidad evidente. La incomunicación por la comunicación digitalizada en demasía (los tres niños con celulares); la no aceptación ante la diferencia (Geppetto, El Hada Azul), que conduce muchas veces a una falsa y errada búsqueda de la originalidad que puede terminar en un verdadero desastre (Pabilo termina convertido en burro: metáfora de todos los desenlaces que pueden tener historias reales como estas, relacionados con la droga, el alcohol y las presuntas seudocorrientes filosóficas que conducen, cuando menos, al abandono de los estudios).

Los personajes: casi los mismos, pero asumidos desde el cinismo y la superficialidad de estos tiempos. Geppetto y El Hada Azul (a quien también le crece la nariz cuando niega que extraña ser una niña de madera) insisten en que Pinocho sea un “niño de verdad”. ¿Pero quiénes son estos “niños de verdad”? Norge propone a Los Tres Niños muy arrogantes y poco simpatizantes, dependientes de sus celulares; y a Pabilo, un Emo de medio rostro oculto al que no le gusta la escuela y se siente incomprendido, por eso se va al País de Siempre Juegos.
 

Este Pinocho otro aterriza de maravillas en nuestro contexto, pero no solo en él. La voz del autor se expande por los referentes más modernos conquistando plenamente la universalidad; implica al público desde una referencia evidente, pero no por eso simplista: a través de la meta teatralidad y del distanciamiento,  los intertextos, y el rejuego de diferentes épocas históricas (los niños con los celulares, Jhon Lennon y Walt Disney conviviendo en un mismo espacio orgánico)

La obra comienza por el momento clímax en que El Gran Tiburón Leviatán devora a Pinocho y este se encuentra dentro con su padre. Desde ahí la retrospectiva es una estructura por escenas bien definidas, en las que cada una presenta una peripecia diferente. No hay descanso para Pinocho, como no lo hay en la vida real para los que se aceptan diferentes.

Más allá de la moraleja con dos puntos; de las canciones aclaratorias para los niños que quedaron atrás distraídos con la chupeta; de la típica escena de “este es el bueno y vestirá de rojo, ¿entienden? (Coro de niños: ¡Sí!) y este es el malo y vestirá de negro, ¿entienden? (Coro de niños:¡Sí!)”; Norge propone (otra vez) un diálogo con el público en el que este tendrá que definir por sí mismo en qué bando quedarse; si Pinocho merece, o quiere convertirse en un “niño de verdad”, e incluso reflexionar sobre qué es un “niño de verdad”. Ahora cada personaje está muy claro de lo que es, Pinocho se sabe un muñeco de fina madera italiana, y quiere que lo respeten por eso.

Y no se conforma: quiere tener un teatro. Todo podría resumirse en Las travesías de Pinocho para comprarse un teatro, si esta obra no fuera lo bastante interesante como para centrarse en un solo tema. A partir de este leit motive, Norge remueve otra de las problemáticas actuales en el ámbito de las artes escénicas. ¿Para qué sirve el teatro? ¿No ha sido superado ya por los medios de comunicación audiovisual? Pinocho es también la paradoja de una obra reflexionando sobre sí misma.

Estos no son tiempos de explicar a los niños por qué verán un gato que habla con un perro. O que este actor será un ratón y que las cucarachitas no son plantilla del grupo. Ni de llevar a los personajes un discurso de panfletico político para que digieran también los nenés. No son tiempos de responder con el teatro si no a nosotros mismos.

Sinceramente.  

Eso es lo que admiro de nuestros tiempos; quizá si hubiese vivido en otros los admiraría también, porque cada cual es fruto de una tradición que al final siempre se refleja por algún resquicio de uno mismo.

Me gusta haber nacido entre los nombres que me rodean. Y entre los que nunca recuerdo, pero que cuando leo me hacen exclamar.

Me encanta exclamar cuando leo algo que me gusta.

Como cuando veo a Rubén dirigir. Como cuando lo veo transformar lo que Norge le entregó ya transformado. Me encantan los títeres. Me encantan el teatro y los niños.

Me encanta sentirme titiritera y feliz.

 
 
 
   
Lineamientos del VI Congreso del PCC
(.pdf, 736 Kb)
Información sobre el resultado del Debate
(.pdf, 394 Kb)
.
© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2011.