|
A mí me gustan mucho los
títeres. Los niños. El
teatro. Y el teatro para
niños y de títeres. De
verdad. Aunque a veces
pienso que no lo parece
porque me aburren las
obras muy viejas. Pero
supongo que eso es
normal a mi edad.
Si tuviera que escoger
entre la escritura para
adultos y para niños, me
decido por la segunda.
De hecho creo que ya lo
hice. ¿Por qué? Porque
tiene mucho que ver
conmigo; y aunque
concuerdo con un amigo
que una vez me dijo: “a
los niños con una media
en cada mano y unas
cuantas piruetas, ya los
entretienes”; también me
parece que es un trabajo
sumamente admirable y
difícil.
Y que conste que esto lo
digo desde la visión de
quien ha sido partícipe
de la incertidumbre ante
la funcionalidad de una
puesta en escena, que no
se disuelve hasta que
termina cada
presentación. Y eso es
lo maravilloso de los
niños.
Al enfrentarte a un
proceso de creación para
adultos (sobre todo si
ya se ha pasado de la
adolescencia), los
códigos para acercarte
al público son más o
menos claros; pero en
general se tiene una
idea bien precisa de
cómo funcionarán estos
una vez sobre las
tablas. Porque somos
adultos. Porque los
adultos en estos
aspectos de la crítica
hacia lo que se hace
para nosotros,
acostumbramos a ser
bastante claros. Y
porque tenemos una
endemoniada atracción
hacia lo predecible.
Cuando se trabaja para
los niños, tienes que
pensar como ellos. O al
menos intentarlo, para
no caer en el tan
obsoleto didactismo
explícito del que hemos
sido (y somos)
víctimas.
Cuando se trabaja para
los niños y con títeres,
tienes que pensar como
niño y actuar como
títere. O viceversa.
Pero siempre pensando en
lograr una cadena
indivisible de imágenes
y acciones que lo hagan
reflexionar desde un
universo que no tiene
por qué ser creíble,
pero sí orgánico y vivo,
que lo mantengan fijo al
espaldar de la silla
delantera.
Si ya los adultos no van
al teatro a que le
cuenten una historia,
¿por qué los niños sí? O
bien, si hasta a quienes
no van al teatro a
escuchar un cuento se
les puede convencer con
un buen argumento y una
estructura ingeniosa,
¿por qué conformarnos
con ofrecerles a los
niños las anécdotas y
soluciones más
simplonas?
A inicios de este año,
Norge Espinosa hace
entrega oficial del
texto “Pinocho: corazón
- madera”, a Teatro de
Las Estaciones. Lo que
podía haberse quedado en
otra mera adaptación del
tan citado ya clásico,
se transforma ante
nuestros ojos en un
canto reflexivo sobre la
muerte de nuestros más
humildes valores; en
queja ante la
imposibilidad de la
diferencia; en huelga de
corazones de madera
rotos ante la no
aceptación de un mundo
plástico.
La fábula, ajustada a
los sucesos clave para
el entendimiento
esencial de la historia,
permite la transmisión
clara del mensaje
pretendido por el autor:
Geppetto construye un
niño de madera que vive
sin hilos, y lo nombra
Pinocho; lo convence de
que tiene que estudiar
para poder convertirse
en un “niño de verdad”.
Camino a la escuela este
se encuentra con tres
niños completamente
“metalizados” que se
burlan de él. Pinocho se
decepciona de los “niños
de verdad”, quienes le
han robado su cartilla.
Escucha la música de un
teatro y cuando decide
ir a verlo ni siquiera
su Conciencia lo puede
detener. Pinocho llega
al teatrino de La
Comecandela y tras
demostrar sus dotes
histriónicas, esta
intenta persuadirlo de
que se quede por solo
cinco monedas de oro;
pero Pinocho comienza a
ambicionar más, quiere
quedarse con el teatro,
y La Comecandela lo echa
a la calle. Lady Milady
the Fox y Monsieur Le
Chat, que escucharon de
las cinco monedas de
oro, se las roban
convenciéndolo de que
los acompañe al Campo de
los tesoros, donde su
dinero se multiplicaría
pudiendo así comprarse
el añorado teatro; y
luego lo cuelgan de un
árbol. Allí lo
encuentran Los Asesinos,
dos músicos que han
venido a ensayar al
bosque, lo rescatan y
conducen a casa del Hada
de los Cabellos Azules.
Pinocho intenta
justificar su ausencia a
la escuela con mentiras,
logrando solo que le
crezca la nariz, y al
escuchar todo lo que el
Hada y su padre Geppetto
habían hecho por él, se
conmueve, el Hada lo
perdona y él promete
cumplir sin faltas lo
acordado. Pero en el
camino se tropieza con
Pabilo, otro “niño de
verdad” que odia la
escuela y por eso se va
al País de Siempre
Juegos; no muy
convencido, pero curioso
al fin, Pinocho se va
con Pabilo, pero solo “a
mirar”. Entre juegos,
bebidas, comidas y
vicios Pinocho y Pabilo
se transforman en
burros, pero cuando
Tragallamas y
Chupafuegos, los dueños
del negocio, vienen a
buscarlos Pinocho logra
escapar con la ayuda del
Hada. Salta al mar y
allí es devorado por el
Gran Tiburón Leviatán;
en la barriga de este,
se encuentra con su
padre que había salido a
buscarlo, entre los dos
hacen un fuego y logran
escapar. Al despertar,
el Hada le regala como
premio a Pinocho la
posibilidad de
convertirse, a la mañana
siguiente, en un niño de
verdad: asistirá a un
colegio muy costoso y
luego se convertirá en
un hombre de negocios
muy serio. Pero Pinocho
quiere ir a un teatro.
Antes de dormir lo
visita Walt the Movies,
el director más famoso
de todo el cine mundial
y le propone
protagonizar una
película con sus
hazañas, pero Pinocho no
sabe qué hacer, pues
según todos deberá dejar
de ser un niño de
madera. Y tiene solo una
noche para pensarlo.
Nada de simplezas. Norge
presenta una obra llena
de peripecias entre las
que transita un niño de
madera que no entiende
por qué debería cambiar:
…
GEPETTO.
¡Bravo! Quién sabe si,
portándote como un niño
bueno, acabes siendo de
verdad.
PINOCHO.
¿Un niño… de verdad? ¿Es
que no te gusto así como
soy, papá?
Se escuchan doce
campanadas. Gepetto mira
a Pinocho, le pone su
sombrerito y le da una
cartilla. Es hora de
dormir. Pinocho se
aduerme en sus brazos.
La luz se apaga
lentamente.
…
Entre niños y títeres,
un Pinocho nuevo sacude
a la familia de sus
asientos pasivos
alertándonos de una
realidad evidente. La
incomunicación por la
comunicación
digitalizada en demasía
(los tres niños con
celulares); la no
aceptación ante la
diferencia (Geppetto, El
Hada Azul), que conduce
muchas veces a una falsa
y errada búsqueda de la
originalidad que puede
terminar en un verdadero
desastre (Pabilo termina
convertido en burro:
metáfora de todos los
desenlaces que pueden
tener historias reales
como estas, relacionados
con la droga, el alcohol
y las presuntas
seudocorrientes
filosóficas que
conducen, cuando menos,
al abandono de los
estudios).
Los personajes: casi los
mismos, pero asumidos
desde el cinismo y la
superficialidad de estos
tiempos. Geppetto y El
Hada Azul (a quien
también le crece la
nariz cuando niega que
extraña ser una niña de
madera) insisten en que
Pinocho sea un “niño de
verdad”. ¿Pero quiénes
son estos “niños de
verdad”? Norge propone a
Los Tres Niños muy
arrogantes y poco
simpatizantes,
dependientes de sus
celulares; y a Pabilo,
un Emo de medio rostro
oculto al que no le
gusta la escuela y se
siente incomprendido,
por eso se va al País de
Siempre Juegos.
|
 |
Este Pinocho otro
aterriza de maravillas
en nuestro contexto,
pero no solo en él. La
voz del autor se expande
por los referentes más
modernos conquistando
plenamente la
universalidad; implica
al público desde una
referencia evidente,
pero no por eso
simplista: a través de
la meta teatralidad y
del distanciamiento,
los intertextos, y el
rejuego de diferentes
épocas históricas (los
niños con los celulares,
Jhon Lennon y Walt
Disney conviviendo en un
mismo espacio orgánico)
La obra comienza por el
momento clímax en que El
Gran Tiburón Leviatán
devora a Pinocho y este
se encuentra dentro con
su padre. Desde ahí la
retrospectiva es una
estructura por escenas
bien definidas, en las
que cada una presenta
una peripecia diferente.
No hay descanso para
Pinocho, como no lo hay
en la vida real para los
que se aceptan
diferentes.
Más allá de la moraleja
con dos puntos; de las
canciones aclaratorias
para los niños que
quedaron atrás
distraídos con la
chupeta; de la típica
escena de “este es el
bueno y vestirá de rojo,
¿entienden? (Coro de
niños: ¡Sí!) y este es
el malo y vestirá de
negro, ¿entienden? (Coro
de niños:¡Sí!)”;
Norge propone (otra vez)
un diálogo con el
público en el que este
tendrá que definir por
sí mismo en qué bando
quedarse; si Pinocho
merece, o quiere
convertirse en un “niño
de verdad”, e incluso
reflexionar sobre qué es
un “niño de verdad”.
Ahora cada personaje
está muy claro de lo que
es, Pinocho se sabe un
muñeco de fina madera
italiana, y quiere que
lo respeten por eso.
Y no se conforma: quiere
tener un teatro. Todo
podría resumirse en
Las travesías de Pinocho
para comprarse un
teatro, si esta obra
no fuera lo bastante
interesante como para
centrarse en un solo
tema. A partir de este
leit motive,
Norge remueve otra de
las problemáticas
actuales en el ámbito de
las artes escénicas.
¿Para qué sirve el
teatro? ¿No ha sido
superado ya por los
medios de comunicación
audiovisual? Pinocho es
también la paradoja de
una obra reflexionando
sobre sí misma.
Estos no son tiempos de
explicar a los niños por
qué verán un gato que
habla con un perro. O
que este actor será un
ratón y que las
cucarachitas no son
plantilla del grupo. Ni
de llevar a los
personajes un discurso
de panfletico político
para que digieran
también los nenés. No
son tiempos de responder
con el teatro si no a
nosotros mismos.
Sinceramente.
Eso es lo que admiro de
nuestros tiempos; quizá
si hubiese vivido en
otros los admiraría
también, porque cada
cual es fruto de una
tradición que al final
siempre se refleja por
algún resquicio de uno
mismo.
Me gusta haber nacido
entre los nombres que me
rodean. Y entre los que
nunca recuerdo, pero que
cuando leo me hacen
exclamar.
Me encanta exclamar
cuando leo algo que me
gusta.
Como cuando veo a Rubén
dirigir. Como cuando lo
veo transformar lo que
Norge le entregó ya
transformado. Me
encantan los títeres. Me
encantan el teatro y los
niños.
Me encanta sentirme
titiritera y feliz. |