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Entre las llamadas
ciencias sociales, la
comunicación continúa
intentando encontrar su
sustrato teórico
fundamentalmente a
partir de préstamos
conceptuales y
metodológicos de otras
esferas del
conocimiento. Para
algunos investigadores,
esta suerte de
“sistematización” es
percibida como debilidad
más que como fortaleza.
Es el caso del argentino
Víctor Ego Ducrot, cuyo
trabajo en los medios de
comunicación y la
academia, y su
particular manera de
aportar a la teoría
desde la praxis
periodística, le han
valido gran prestigio en
su país y en
Latinoamérica.
Su postura, severamente
crítica con la
apropiación
latinoamericana de los
estudios culturales y
los estudios
semiológicos, así como
con los esfuerzos
teóricos desarrollados
en el continente, ha
sido y puede continuar
siendo ampliamente
cuestionada. Sin
embargo, los proyectos
más recientes de Ducrot
alrededor del análisis
de medios han hecho que
sus criterios y
experiencias sean
solicitados desde varios
espacios investigativos
del área. Por tal
motivo, el periodista
argentino —de cuyo
vínculo con Cuba puede
anotarse, entre otras,
su larga colaboración
con la agencia Prensa
Latina— estuvo en
nuestro país ofreciendo
un taller sobre
observatorios de prensa
en el Instituto
Internacional de
Periodismo.
Por segunda vez, La
Jiribilla tuvo
oportunidad de
intercambiar con el
también profesor de la
Universidad de La Plata,
en un encuentro que tuvo
como motivación
principal la indagación
sobre el modelo
teórico-metodológico que
constituye el
observatorio y la
práctica periodística en
medio de lo que él mismo
llama “vértigo de las
nuevas tecnologías”.
¿Cómo
concibió el diseño del
Observatorio de Medios y
en qué contexto surgió?
El Observatorio de
Medios es un instrumento
nacido desde la academia
a partir de un recorrido
articulado que reconoce
como antecedente la
práctica profesional. No
es habitual que en las
escuelas de Comunicación
y Periodismo en
Argentina confluyan en
los sujetos un recorrido
profesional importante
con uno académico. La
idea del Observatorio,
en sus orígenes, fue el
de tener un modelo
propio, en confrontación
con los modelos teóricos
vigentes en el poder
académico en Argentina y
el mundo.
El Observatorio está
pensado desde la
universidad pública como
herramienta de
intervención política.
Desde el inicio mismo de
la idea, nos propusimos
que no fuese un
ejercicio académico en
sí mismo, es decir, un
ejercicio que se agotase
como una liturgia
retórica en términos de
la academia, y que se
asumiese como producción
discursiva en el campo
de la confrontación
simbólica.
En los años 80 —debido a
una necesidad de proveer
de mano de obra
especializada a las
grandes corporaciones en
América Latina— habían
emergido las carreras de
Comunicación. Por este
precedente, en todo el
continente,
independientemente de
sus liturgias, sus
biografías y programas,
todas estas carreras se
basan en un paradigma
neoliberal. Están
pensadas en términos de
una construcción teórica
muy atravesada por la
Escuela de Frankfurt,
los Estudios Culturales,
la Teoría Crítica y los
Estudios semiológicos,
que ha sido la batería
sustancialmente puesta
en ejecución por los
grandes centros
universitarios
hegemónicos del mundo.
El primer obstáculo para
analizar las carreras de
Periodismo y
Comunicación —a partir
de los observatorios,
como se había pensado en
el Foro de Porto Alegre—
residía en una falacia
sustancial: nuestras
carreras, especialmente
las vinculadas al campo
del Periodismo, carecían
de un modelo teórico
propio. Había
presupuestos,
instituciones
formadoras, voluntades
políticas de los estados
de financiar carreras de
Comunicación y
Periodismo desde los
espacios públicos; y
había matrículas, grados
y posgrados de una
disciplina que no tiene
teoría particular. Fue
un hallazgo sintomático
y preocupante y, a la
vez, un choque frontal
con el poder académico.
Muchas veces ese poder
académico oculta una
gran puja económica,
pues hay mucho dinero
detrás de la academia en
carreras, en papers
o en la industria del
posgrado.
Esta carencia de modelo
teórico propio mostraba
que los presuntos
esquemas eran tomados de
otros campos. El primero
y más vulgar de todos
era dar identidad
teórica a lo que
llamamos manual de prácticas
periodísticas, que no es
más que la clasificación
de rutinas. En un
segundo plano, se
encontraban los llamados
Estudios Culturales, con
una fuerte impregnación
de Frankfurt y
Birmingham. Y un tercer
elemento que describía
ese contexto era el
amplio dominio de los
apasionantes estudios
semiológicos en nuestras
carreras, que aun cuando
ofrecía algunas
herramientas válidas
para el análisis, no
permitía un diseño
propio del periodismo.
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Nos planteamos entonces
trabajar en dos planos:
la disputa ideológica al
interior de la academia
y el insumo
teórico-metodológico
para la aprehensión de
herramientas de
intervención política,
en el seno de la
sociedad y el estado.
Pensamos dos
aplicaciones del modelo:
la producción y el
análisis de contenidos
periodísticos.
Finalmente, la
herramienta surgida de
allí para analizar los
contenidos de textos
periodísticos, es el
Observatorio de Medios.
Como siempre sucede en
la historia, los
momentos de insolución
(valga el neologismo) en
campos específicos de la
práctica intelectual,
son resueltos desde la
práctica política en el
conjunto de la sociedad.
Por ello, decimos que el
Observatorio de Medios
fuera un insumo para la
adopción de decisiones
políticas. No concibo la
academia sin una
militancia política
efectiva. Entendimos que
ese era el espacio
político desde el cual
podíamos aspirar a que
el enfrentamiento con la
corporación
oligárquico-mediática en
el país propiciara una
confrontación que
saliese de las fronteras
de la academia y la
micromilitancia. Es
decir, que la
confrontación mediática
se incorporase a la
agenda política de la
sociedad argentina.
Como toda decisión
política, uno asume
riesgos y pone en juego
sus certezas. No
obstante, hoy en
Argentina es el estado
el actor más dinámico en
esta confrontación con
las corporaciones
mediáticas oligárquicas.
La Ley de Servicios
Audiovisuales de la República,
aprobada en 2009, marca
un antes y un después en
el ordenamiento
jurídico, político,
social y cultural de las
comunicaciones en
Argentina y América
Latina. Es la primera
experiencia en que un
estado se obliga, por
ley, a reconocerle el
derecho y el usufructo
del derecho a la
comunicación, en un
tercio y en forma
equivalente al resto de
los actores, a las
organizaciones libres
del pueblo.
Hoy, los límites de
concentración monopólica
en términos de
producción de bienes
comunicacionales han
remplazado a la familia,
a la iglesia y al estado
como creadores de
sentidos. El
Observatorio, además de
analizar cuáles son los
principios de verdad de
una publicación y cómo
se construyen, se
propone intervenir en
política, para reconocer
cuáles son las armas del
enemigo y demostrar que
el siglo XXI comienza,
en la dura geografía de
América Latina, con una
fuerte tendencia hacia
la posibilidad de
cambiar un paradigma
histórico.
En el nuevo escenario
político de América
Latina, uno de los
aspectos que quizá más
enjuiciamientos ha
merecido, es el de las
relaciones entre poder y
comunicación. Los medios
no han podido ser un
reflejo de los cambios
políticos del
continente.
¿En
qué medida esto puede
tener efectos negativos?
Los medios de
comunicación son sujetos
y actores protagónicos,
centrales de un campo de
la puja por el poder,
que se expresa en su
propia economía
política. Gran parte de
los dueños de la
estructura
agroexportadora
argentina hegemónica
coincide con las masas
societarias propietarias
de los medios de
comunicación, como es el
caso de Clarín,
por ejemplo. Para
nosotros, las teorías de
las mediaciones son
obsoletas. Los medios no
median nada, los medios
actúan sobre la realidad
en definición de una
posición en la puja por
el poder.
¿Por
eso no menciona —cuando
hablamos de los modelos
con que funcionan las
academias de
comunicación en América
Latina— a los estudios
latinoamericanos de
recepción o sobre las
mediaciones?
Nosotros somos
refractarios con
respecto a los
denominados estudios
latinoamericanos.
América Latina está
viviendo un fenómeno
cultural que no pueden
explicar las
herramientas de la
escuela de Frankfurt. Lo
explica más el barroco
de Lezama que tales
teorías; más Sor Juana
Inés de la Cruz que
Walter Benjamin. Acá se
disputan un paradigma y
una cosmogonía.
Creemos que los
periodistas y los medios
de comunicación no nos
dedicamos a informar, la
información es una
herramienta y la
utilizamos como un
escalpelo para la
producción de sentidos
comunes. Nos
diferenciamos de las
luces del positivismo.
Los medios de
comunicación son
instrumentos desde los
cuales hay que
cuestionarse esa
artefactología cultural.
No creemos en el destino
luminoso de la
humanidad, creemos en el
destino luminoso de las
acciones de los humanos,
y los medios de la
comunicación se deben a
ello.
La producción simbólica
capitalista sufrió el
mismo proceso de
concentración de la
economía: entre finales
del siglo XX y
principios del XXI, se
han concentrado en los
diarios y los medios
globales. Y el rol de
estos medios
concentrados es generar
sentidos en orden de un
sistema de valores que
convalide esa
concentración económica.
Los principios de verdad
son sentidos de clase,
producciones culturales
que atraviesan toda
producción periodística.
La prensa cubana está
también inmersa en este
proceso, y no tiene por
qué no serlo: no hay
otra práctica
periodística en el
planeta Tierra que no
sea producción de
sentidos. El punto de
objetividad como
establecimiento de
verdades es el principio
de eficacia, así
funcionan todas las
profesiones. Los medios
del espacio
contrahegemónico —dentro
de los cuales se incluye
el Observatorio— estamos
aplicando la experiencia
de las primeras
prácticas periodísticas
no profesionales en el
establecimiento de
principios de verdad.
Estamos recuperando un
escenario del siglo XIX:
el enunciado. Apostamos
por deconstruir
principios de verdad;
pero queremos
sustituirlos por otros
principios de verdad.
El trabajo contra los
monopolios y contra el
poder hegemónico
asfixiante se hace desde
la palabra, con el
objetivo de recuperar la
condición humana. Los
medios de comunicación
reproducen más que
palabras, y, en la
medida en que un grupo
de monopolios sean los
responsables de más del
70% de la producción
simbólica a nivel
mundial, se estará
atentando contra la
condición humana.
El Observatorio, como
metodología, ha sido
importante “para
desmontar las gramáticas
de los grandes medios”. Como parte
del trabajo,
¿han
usado también esa
herramienta a la
inversa, es decir, para
analizar las narrativas
de los medios
contrahegemónicos?
Muchas veces.
¿Cómo
ha sido la experiencia?
Uno de los
grandes problemas de las
construcciones contrahegemónicas suele
ser la impericia
comunicacional. Se
tiende a trastrocar el
adjetivo: lo que para
ellos es malo, para
nosotros es bueno. Acá
lo que se debate no es
el episteme profundo de
la Comunicación porque
no se le conoce, lo
importante es saber si
hay una independencia
formal entre un proyecto
teleológico en busca de
fines y su discurso. ¿Es
posible construir una
sociedad sin
discriminados por su
propio peso? Quien
responda esa pregunta,
hallará la clave de por
qué la producción
simbólica del campo
autodenominado
contrahegemónico es tan
poco eficaz.
El Observatorio se
entiende como ente de
práctica pensante, pero
¿cómo
se conjugan desde la
Universidad los saberes
prácticos y teóricos, si
no se han zanjado
todavía las diferencias
entre la visión que se
tiene del profesional
desde los medios y la
idea del profesional que
se forja en la academia?
Ustedes lo tienen
escrito por Lezama Lima.
Tienen esa frontera
donde solamente el
barroco latinoamericano
puede trazar una línea
sutil entre la ficción y
el ensayo; tienen a
El reino de este mundo,
que no sabemos si es una
novela o un gran ensayo…
La academia hegemónica
nos obliga a
discriminar. Hablando
menos metafóricamente,
me inscribo entre
quienes consideran que
los institutos
superiores de Periodismo
tienen que desagregarse
de los institutos de
estudio de la
Comunicación. Es una
necesidad, al menos
hasta que encuentren su
objeto de estudio.
¿Por ello,
el principio de
funcionamiento del
Observatorio parte
básicamente del estudio
de la praxis
periodística?
De alguna manera, sí. El
Periodismo es una
condición de la
Modernidad. Llevamos más
de 200 años en la
práctica y tenemos
legitimidad como para
pensarnos a nosotros
mismos. Especialmente,
porque nuestra esencia
es la producción de
sentidos y eso hace del
Periodismo un ejercicio
altamente atravesado por
una fuerte densidad
intelectual. Si los
alquimistas no se
hubiesen pensado a ellos
mismos desde la
alquimia, no tendríamos
antibióticos.
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