La Habana. Año X.
9 al 15 de JULIO de 2011

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Fiesta del Fuego Santiago 2011

Sentir y pensar el Caribe

Pedro de la Hoz • Santiago de Cuba

Bastaría observar por dos horas el llamado Desfile de la Serpiente, que desciende desde lo alto de la calle Aguilera hasta el Parque Céspedes, en el centro de Santiago de Cuba, para advertir cómo la tesis que dio lugar a la realización de los Festivales del Caribe en esa ciudad del extremo oriental de la Isla sigue siendo una razón poderosa para su sustentación.

Tambores, danzas y voces de la más diversa procedencia, imprecaciones y alabanzas, expresiones rituales y profanas, no solo animaron la fiesta callejera ante miles de espectadores santiagueros, sino también evidenciaron el recio carácter de las culturas populares de la región.

Fue, precisamente, el punto de partida de los Festivales, enunciado tempranamente por su fundador, el desaparecido pero bien recordado escritor e investigador Joel James Figarola, quien al concebir la Casa del Caribe, institución matriz de un evento que acaba de realizar su edición número 31, estableció un vínculo indisoluble entre culturas populares, identidades nacionales y regionales y una ética de la resistencia y de lucha por la emancipación.

El país al que se dedicó esta última versión de la también denominada Fiesta del Fuego. Trinidad y Tobago llevó a Santiago manifestaciones de esa cualidad intrínseca del ser y el sentir caribeños.

La Valley Steel Band, una de las formaciones más populares de los últimos tiempos en ese estado insular, dejó la huella de su originalidad y virtuosismo en la interpretación de músicas autóctonas a partir de un formato instrumental basado en la conversión de bidones petroleros en claves xilofónicas.

A cada uno de esos elementos se les llama steel pan, y es probable que sea el único instrumento acústico surgido en Occidente durante el último siglo.

Nacieron de la necesidad y la imaginación de los obreros empleados en la extracción  y trasiego de hidrocarburos en los pozos y los espigones portuarios de Trinidad, en su mayoría afrodescendientes, casi al mismo tiempo en que fraguaba el calypso y la soca como géneros musicales identitarios tanto del país, como de otras islas de las Antillas anglófonas.

Pero la delegación trinitobaguense se hizo sentir también mediante los intérpretes de chutney y los bailarines de origen indio, otra cara de la diversidad multicultural de esa nación.

Winston Peters, ministro de Arte y Multiculturalismo, abordó precisamente ante la prensa acreditada al Festival la convivencia y el intercambio de culturas en el seno de su país: “Ninguna de las comunidades constituye un espacio cerrado. En más de un siglo se han creado nexos indestructibles y se han efectuado préstamos culturales, necesarios para consolidar acciones de afirmación de una nueva realidad que responde a nuestra condición y no a la que el colonialismo nos impuso”.

No se puede obviar en el Festival del Caribe otra fiesta, la del pensamiento. El medio centenar de intervenciones en paneles, conferencias y talleres que formaron parte del coloquio “El Caribe que nos une”, efectuado en el teatro Heredia, y en el que intervinieron ponentes de más de diez países, apuntaron hacia la necesaria consolidación de un pensamiento original, resumido en una definición aportada por su coordinadora Kenia Dorta: “Hemos pasado de ser objeto de investigación de otros a sujetos que nos pensamos a nosotros mismos”.

En esa línea capitalizó la atención de los participantes la reflexión aportada por el economista jamaicano Norman Girvan, exsecretario general de la Asociación de Estados del Caribe, al reivindicar la actualidad de las ideas de un ilustre trinitario, CLR James, autor del ensayo fundacional “Los jacobinos negros”.

No es casual que en 1963, al publicar una nueva versión del libro, James haya añadido un apéndice bajo el elocuente título: “De Toussaint Louverture a Fidel Castro”.

De algún modo, el Festival ha devenido ámbito propicio para el encuentro, validación y promoción de los portadores de las tradiciones culturales cubanas que se nutren mayoritariamente del legado africano y antillano.   

El actual director de la Casa del Caribe y presidente del Comité Organizador de la Fiesta del Fuego, Orlando Vergés, defendió la posibilidad de tal espacio: “Ese entrelazamiento orgánico con los representantes tradicional nos diferencia de otras instituciones que se dedican a estos temas. Hay cultores y grupos a lo largo y ancho del país que nos dicen sentirse representados por la Casa del Caribe. En realidad, quieren pertenecer a algo que los represente. Ellos, de hecho, no pertenecen a nadie, son entidades para sí, tienen fortalezas naturales que son propias, pero quieren estar junto a nosotros para reconocerse. No desmayaremos en la propuesta de que el evento ponga su atención en esa prioridad y no como cuestión de una semana, sino del trabajo sistemático de atención a las necesidades de proyección social de esos portadores. Ellos representan el alma de la participación cubana en la Fiesta del Fuego y contribuyen con sus historias y realidades, con la capacidad de transición generacional de sus saberes ancestrales, a que se conforme nuestra pertenencia al Caribe”.
 
 
 
 
   
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2011.