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Bastaría observar por
dos horas el llamado
Desfile de la Serpiente,
que desciende desde lo
alto de la calle
Aguilera hasta el Parque
Céspedes, en el centro
de Santiago de Cuba,
para advertir cómo la
tesis que dio lugar a la
realización de los
Festivales del Caribe en
esa ciudad del extremo
oriental de la Isla
sigue siendo una razón
poderosa para su
sustentación.
Tambores, danzas y voces
de la más diversa
procedencia,
imprecaciones y
alabanzas, expresiones
rituales y profanas, no
solo animaron la fiesta
callejera ante miles de
espectadores
santiagueros, sino
también evidenciaron el
recio carácter de las
culturas populares de la
región.
Fue, precisamente, el
punto de partida de los
Festivales, enunciado
tempranamente por su
fundador, el
desaparecido pero bien
recordado escritor e
investigador Joel James
Figarola, quien al
concebir la Casa del
Caribe, institución
matriz de un evento que
acaba de realizar su
edición número 31,
estableció un vínculo
indisoluble entre
culturas populares,
identidades nacionales y
regionales y una ética
de la resistencia y de
lucha por la
emancipación.
El país al que se dedicó
esta última versión de
la también denominada
Fiesta del Fuego.
Trinidad y Tobago llevó
a Santiago
manifestaciones de esa
cualidad intrínseca del
ser y el sentir
caribeños.
La Valley Steel Band,
una de las formaciones
más populares de los
últimos tiempos en ese
estado insular, dejó la
huella de su
originalidad y
virtuosismo en la
interpretación de
músicas autóctonas a
partir de un formato
instrumental basado en
la conversión de bidones
petroleros en claves
xilofónicas.
A cada uno de esos
elementos se les llama
steel pan, y es
probable que sea el
único instrumento
acústico surgido en
Occidente durante el
último siglo.
Nacieron de la necesidad
y la imaginación de los
obreros empleados en la
extracción y trasiego
de hidrocarburos en los
pozos y los espigones
portuarios de Trinidad,
en su mayoría
afrodescendientes, casi
al mismo tiempo en que
fraguaba el calypso y la
soca como géneros
musicales identitarios
tanto del país, como de
otras islas de las
Antillas anglófonas.
Pero la delegación
trinitobaguense se hizo
sentir también mediante
los intérpretes de
chutney y los bailarines
de origen indio, otra
cara de la diversidad
multicultural de esa
nación.
Winston Peters, ministro
de Arte y
Multiculturalismo,
abordó precisamente ante
la prensa acreditada al
Festival la convivencia
y el intercambio de
culturas en el seno de
su país: “Ninguna de las
comunidades constituye
un espacio cerrado. En
más de un siglo se han
creado nexos
indestructibles y se han
efectuado préstamos
culturales, necesarios
para consolidar acciones
de afirmación de una
nueva realidad que
responde a nuestra
condición y no a la que
el colonialismo nos
impuso”.
No se puede obviar en el
Festival del Caribe otra
fiesta, la del
pensamiento. El medio
centenar de
intervenciones en
paneles, conferencias y
talleres que formaron
parte del coloquio “El
Caribe que nos une”,
efectuado en el teatro
Heredia, y en el que
intervinieron ponentes
de más de diez países,
apuntaron hacia la
necesaria consolidación
de un pensamiento
original, resumido en
una definición aportada
por su coordinadora
Kenia Dorta: “Hemos
pasado de ser objeto de
investigación de otros a
sujetos que nos pensamos
a nosotros mismos”.
En esa línea capitalizó
la atención de los
participantes la
reflexión aportada por
el economista jamaicano
Norman Girvan,
exsecretario general de
la Asociación de Estados
del Caribe, al
reivindicar la
actualidad de las ideas
de un ilustre
trinitario, CLR James,
autor del ensayo
fundacional “Los
jacobinos negros”.
No es casual que en
1963, al publicar una
nueva versión del libro,
James haya añadido un
apéndice bajo el
elocuente título: “De
Toussaint Louverture a
Fidel Castro”.
De algún modo, el
Festival ha devenido
ámbito propicio para el
encuentro, validación y
promoción de los
portadores de las
tradiciones culturales
cubanas que se nutren
mayoritariamente del
legado africano y
antillano.
El actual director de la
Casa del Caribe y
presidente del Comité
Organizador de la Fiesta
del Fuego, Orlando
Vergés, defendió la
posibilidad de tal
espacio: “Ese
entrelazamiento orgánico
con los representantes
tradicional nos
diferencia de otras
instituciones que se
dedican a estos temas.
Hay cultores y grupos a
lo largo y ancho del
país que nos dicen
sentirse representados
por la Casa del Caribe.
En realidad, quieren
pertenecer a algo que
los represente. Ellos,
de hecho, no pertenecen
a nadie, son entidades
para sí, tienen
fortalezas naturales que
son propias, pero
quieren estar junto a
nosotros para
reconocerse. No
desmayaremos en la
propuesta de que el
evento ponga su atención
en esa prioridad y no
como cuestión de una
semana, sino del trabajo
sistemático de atención
a las necesidades de
proyección social de
esos portadores. Ellos
representan el alma de
la participación cubana
en la Fiesta del Fuego y
contribuyen con sus
historias y realidades,
con la capacidad de
transición generacional
de sus saberes
ancestrales, a que se
conforme nuestra
pertenencia al Caribe”. |