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Cuando este 8 de julio
los medios de izquierda
referían en sus portadas
la muerte del autor de
La filosofía de la
praxis como un
suceso de dolorosa
significación para el
pensamiento progresista
latinoamericano, otro
diario, más hacia el
“centro”, optaba apenas
por preguntar: ¿Quién
era Adolfo Sánchez
Vázquez? Y salía del
paso: escritor, filósofo
y profesor emérito de la
Facultad de Filosofía y
Letras de la Universidad
Autónoma de México,
adoptó una versión
abierta, renovadora y
crítica del marxismo.
Pocas acotaciones de ese
calibre pueden dar
cuenta, no obstante, de
la fortuna mayor que
este hombre de 95 años
legara a varias
generaciones de
pensadores críticos:
junto con la
autenticidad de su
producción filosófica,
trasciende el valor
ético, político y
humanista de su
producción teórica y
vital. Por esta última,
quizá menos
referenciada, le
conferimos los cubanos
el título de Doctor
Honoris Causa
de la Universidad de La
Habana.
El poeta y ensayista
mexicano, presidente de
la Asociación Filosófica
de México, miembro del
Consejo Consultivo de
Ciencias de la
Presidencia de la
República y Premio
Nacional de Filosofía,
Historia y Ciencias
Sociales de su país,
estuvo siempre vinculado
a los ámbitos culturales
de Cuba. Tanto Casa de
las Américas como el
Centro Wifredo Lam le
tuvieron entre sus
colaboradores. Sus
textos aparecieron en la
revista Casa y
fue uno de los ponentes
en el Coloquio
Internacional dedicado a
la obra de Lam, en la
primera Bienal de La
Habana (1984): aquella
que contaba con los
artistas del Sur y sus
obras, ajenas hasta
entonces de los
circuitos hegemónicos de
circulación de la
producción artística (y
de ideas) a nivel
mundial.
Para muchos
intelectuales y artistas
de la Isla, su libro
sobre las ideas
estéticas de Marx,
publicado aquí
tempranamente,
constituyó una de las
fuentes preliminares de
su formación en el
pensamiento sociológico
marxista dedicado al
campo de lo artístico y
literario. El pintor
Manuel López Oliva, ante
la noticia de su muerte,
compartió con La
Jiribilla su
admiración por “ese
saber crítico tan
abarcador, por su
capacidad de ser preciso
y por un amable tono
personal de dialogar con
profundidad, permitir el
encuentro en lid de las
ideas, no querer imponer
lo que debía explicar, y
mantenerse cauto y
sensible en cada paso de
la filosofía, la cultura
y la vida”.
Sus criterios sobre la
prevalencia en nuestro
tiempo de la dicotomía
“izquierda-derecha”,
tanto en el árido
terreno de la política
como en el no menos
complejo de la moral; la
necesidad de la
autocrítica; la relación
entre teoría y práctica;
sus contribuciones al
desarrollo de una
estética a partir del
marxismo, se unen a su
poco difundida
producción literaria y a
su ejercicio pleno del
magisterio,
especialmente en la
Universidad Autónoma de
México —como refirió su
hijo al pronunciar las
palabras de despedida
ante la capilla de
cremación, “su alma
mater y plataforma
de desarrollo
intelectual”—, donde
habrán de ser esparcidas
parte de sus cenizas.
Entre una cifra
incalculable de libros,
artículos, ensayos y
entrevistas concedidas a
lo largo de su casi
centenaria existencia,
destacan El pulso
ardiendo, Las
ideas estéticas de Marx,
La filosofía de la
Praxis, Estética
y marxismo,
Recuerdos y reflexiones
del exilio,
Poesía y De la
estética de la recepción
a una estética de la
participación. En
Cuba, la Editorial de
Ciencias Sociales
publicó recientemente el
volumen A tiempo y (des)tiempo,
un conjunto de ensayos
que abarcan desde la
tradición filosófica
occidental hasta la
reflexión más aguda
sobre problemas
contemporáneos. El
texto, junto con sus
acercamientos al sistema
de medios de
comunicación en nuestros
días, constituye para
los universitarios
cubanos una lectura
imprescindible.
En abril de 2010 se
presentó su último
libro, publicado por la
UNAM: Incursiones
literarias, el cual
ofrece una idea más
clara de la diversidad
de intereses creativos
del filósofo y poeta. En
él, Sánchez Vázquez se
cuestiona la decadencia
del héroe, la novela
picaresca y la utopía de
don Quijote, hasta las
ideas de escritores como
Octavio Paz, José
Revueltas, Garcilaso,
Sor Juana, Federico
García Lorca, Miguel
Hernández, Pablo Neruda,
León Felipe y Dámaso
Alonso, además de Marx,
Engels y Lenin.
¿Quién era, por tanto,
Adolfo Sánchez Vázquez y
por qué su fallecimiento
causa una profunda
herida entre las filas
del pensamiento de
izquierda? Ha muerto el
filósofo que —aun en la
introspección de sus
últimos días— acertó en
proyectar lo mejor de la
tradición hacia lo mejor
de su presente. El
catedrático que supo
advertir, a tiempo, que
“la vida de una
universidad tiene que
ser sustancialmente
ejercicio del
pensamiento; pero de un
pensamiento que no se
conciba a sí mismo como
un fin en sí sino como
pensamiento para la
comunidad en sus
diversos niveles
(estatal, nacional y
universal)”. Quien
convenció a un grupo de
estudiantes vestidos con
camisetas de Bob Marley,
aretes y peinados rastas,
que el marxismo, “lejos
de haber caducado, es
válido” y necesario
“como alternativa ante
la barbarie”.
Alguna vez terminó un
ensayo con estas
palabras: “lo importante
no es estar aquí o allá,
sino cómo se está, ser
congruente con los
valores y los ideales
por los que un día fui
arrojado de mi patria al
exilio”. Permanece ahora
entre sus alumnos de la
UNAM y, en su otra
parte, junto a su esposa
también fallecida. Así
le despidió un alumno y
quizá no haya mejor
respuesta a la pregunta
que, a medias tintas,
cree haber contestado
El Universal: “Gran
pensador del siglo XX,
en ti no pasará el
tiempo”. |