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Siempre esperé la salida
de los libros de Freddy
Artiles, fueran de
dramaturgia o teoría
titiritera. Desde los
años 70, su afán
investigativo y creador
le labraron el respeto y
la atención de todos,
pues se adentró como
nadie en un terreno
sensible de nuestra
escena: el teatro para
niños y de títeres.
Sensible por
desconocido, alterable
por preterido, afectivo
por sus destinatarios
finales, los pequeños
espectadores. Tanto
El conejito descontento,
como El pavo cantor,
ambos premiados en 1973
y 1979, en el concurso
La Edad de Oro, del
género teatro, marcaron
el estilo de sus piezas
dramáticas para los
infantes, un extenso
sendero con fábulas de
personajes zoomorfos y
antropomorfos que parece
detenerse en 2004 con
Pinocho y el tiburón
morado. Su versión
sobre el conocido cuento
del italiano Carlo
Collodi se suma, con
toda su elegancia
literaria, a las
diversas
interpretaciones que de
las aventuras del muñeco
florentino se han
escrito en Cuba. La de
Pepe Carril, en los años
60, la de Armando
Morales en los años 80 y
ya en el siglo XXI, las
de Liubar García para el
Guiñol de Cienfuegos y
recientemente Pinocho
corazón-madera, de
Norge Espinosa, para
Teatro de Las
Estaciones.
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Además de su trayectoria
dramatúrgica en el
teatro para adultos con
actores, contentiva de
piezas escrutadoras de
la realidad social de la
Isla, hay un segmento
atrevido en sus obras
para figuras. Lo
hallamos en sus
planteamientos para la
obra El mundo al
revés, de 1987, o en
La explosión, de
1994, una pieza muy
especial en el contexto
de la escritura
titiritera cubana, pues
incluye al reino
celestial en diálogo con
los hombres de la
Tierra. Este texto le
valió una Mención en el
III Concurso
Iberoamericano de
Dramaturgia Infantil, de
Bilbao, España.
Cine-Títeres,
deliciosa comedia para
figuras, de 2001, es
otro de los textos
importantes de Freddy
que no han hallado
todavía su puesta en
retablo dentro del
panorama escénico
nacional. Otra pieza que
hay que destacar es
El Quijote anda o
Don Quijote del Humaya,
escrita casi
en la frontera de
despedida del siglo XX
para el grupo Guiñoleros
UAS, de Sinaloa, México,
y luego llevada a escena
por Armando Morales para
su Teatro Nacional de
Guiñol. El Quijote…
muestra la cuidadosa
labor de traslación de
la literatura al
retablo, que con tanta
minuciosidad trabajaba
Freddy. Obras como El
Ruiseñor, versión de
Christian Medina sobre
el cuento de Andersen, o
Los zapaticos de rosa,
versión escénica mía
sobre el poema homónimo
de José Martí, son
resultado de sus
talleres dramatúrgicos,
de su escuela
permanente, de su fe en
un teatro para niños
cada vez superior.
Fui su alumno y amigo
personal, supe de su
apego a la vida y de la
disciplina con que
afrontaba los procesos
médicos; pero eso nunca
le hizo desmayar el amor
por su máquina de
escribir y
posteriormente por su
ordenador de textos. El
año 2009 fue aciago para
varios maestros del arte
de los títeres (Ulises
García y Bebo Ruiz),
también para Freddy, lo
encontró lleno de
actividad. No quise
creerle cuando colaboré
con él en su libro
Niños, títeres y actores
en el siglo XX,
publicado por Ediciones
Matanzas, y me dijo que
era su canto de cisne.
Aquello me hirió como
una daga. Ese mismo año
también vio la luz la
reedición de su
importante texto
Teatro y dramaturgia
para niños en la
Revolución,
definitorio en la
historia de esta
disciplina en la nación.
Se terminó el trabajo
editorial de La calle
de los fantasmas y otras
obras de títeres,
antología sobre las
obras de Javier
Villafañe, publicado
finalmente en 2010 por
Casa de las Américas,
que cuenta con un
hermoso y exhaustivo
prólogo de Artiles,
quien además colaboró
junto con Jaime Gómez
Triana en la selección
de las piezas impresas.
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En agosto de 2009
concluye A la espera,
su última obra,
que sucede en una
estación de trenes,
igual que su pieza de
juventud En la
estación, de 1977,
solo que esta vez los
personajes esperan la
muerte. Es una pieza que
cierra su ciclo creativo
con una amarga reflexión
sobre la existencia
humana; pero… como los
magos, un artista
verdadero siempre
sorprende, sacándose de
debajo de la oscura
manga una obra más. En
2010, bajo discreta o
casi inexistente
promoción, la Editorial
Gente Nueva presenta en
su colección Escolar, el
libro de memorias Lo
que se fue,
esmeradamente
editado por Josefa
Quintana y con
ilustraciones de Maritza
Miary. Tengo que
confesar que este texto
¿para niños solamente?
no solo me sorprendió,
sino que me empujó con
mis recuerdos personales
a esa zona otra, la de
la infancia, que cuando
uno crece va quedándose
como una pintura
difuminada, casi
fantasmal y distante.
Toda la dureza de su
pieza en un acto A la
espera, cierre de su
teatro para adultos,
halla en Lo que se
fue un tinte
nostálgico y tierno.
Recordé que me había
hablado de este libro,
comenzado a escribir en
1991, con apenas 45
años. Entendí de golpe
que para él, no era
demasiado temprano para
la aflicción por lo que
se va, sino añoranza de
quien se resiste a
perder su niño interior.
Para eso está hecho su
regalo sin final, para
los más pequeños y para
todos. Es un recorrido
literario de la mano de
la fantasía, la
inocencia, el juego y la
alegría constante, como
escribe él mismo “…una
agradable transición
hacia esa etapa de la
vida en que ni siquiera
nos pasa por la mente la
idea de que algún día
habremos de morir”.
Freddy rescata del
tiempo la celebración
del primer año, la
llegada a La Habana de
una familia del centro
de la Isla, las
relaciones con los tíos
y primos, el pavor a las
largas conversaciones
—llevaba muy mal los
diálogos interminables
entre Mayra, su
compañera de vida y yo—,
el descubrimiento de la
máquina de escribir,
objeto premonitorio del
futuro oficio, el
sentimiento de
injusticia con respecto
al racismo, el reírse de
sí mismo, el encuentro
con la ilusión de los
reyes magos, el sentido
de la solidaridad, el
circo y el teatro.
“Siempre he preferido la
verdad”, dice en uno de
los capítulos del libro,
y esto expresa
claramente su forma de
ser, su entereza de
carácter, su manera
directa y contundente de
tratar las cosas, lo que
le ganó no pocas
animadversiones.
No estuvieron los
títeres entre sus
recuerdos idos y
salvados en este
especial libro, pero sí
el circo. Escribe
Freddy: “Cuando sea
grande quisiera ser
trapecista del vuelo del
pájaro”. Hermosa
metáfora de su propia
vida. Él mismo fue un
trapecista cotidiano, en
lucha contra
enfermedades, batallando
en pro del teatro para
niños y de títeres,
construyendo un núcleo
familiar que lo cuidó y
lo quiso siempre,
soñando con imposibles
que hizo posibles. El
otro recuerdo infantil
de arte es el teatro
“…un lugar muy fino.
Como una iglesia”. Y
como figura principal de
esos recuerdos Rita
Montaner. Aquel
“cuadrado de colores con
gente viva adentro”,
significó la
apertura de futuras
puertas hacia el teatro
de títeres. Ni siquiera
el cine y la televisión,
ni el circo le gustó
tanto como el teatro
“El teatro era
único. Es único”.
Recomiendo a niños y
mayores Lo que se
fue, un viaje a la
infancia que muchos
agradecerán, también un
viaje hacia lo mejor de
Freddy Artiles, un
hombre que siempre supo
que vale la pena vivir. |