La Habana. Año X.
30 de JULIO al 5
de AGOSTO de 2011

Correo Canal RSS Canal en Twitter Facebook Flirck You Tube

 

BÚSQUEDA AVANZADA   . . .

ENLACES

SUSCRIPCIÓN
 
 

Freddy Artiles, el afán de vivir
Rubén Darío Salazar • Matanzas

Siempre esperé la salida de los libros de Freddy Artiles, fueran de dramaturgia o teoría titiritera. Desde  los años 70, su afán investigativo y creador le labraron el respeto y la atención de todos, pues se adentró como nadie en un terreno sensible de nuestra escena: el teatro para niños y de títeres. Sensible por desconocido, alterable por preterido, afectivo por sus destinatarios finales, los pequeños espectadores. Tanto El conejito descontento, como El pavo cantor, ambos premiados en 1973 y 1979, en el concurso La Edad de Oro, del género teatro, marcaron el estilo de sus piezas dramáticas para los infantes, un extenso sendero con fábulas de personajes zoomorfos y antropomorfos que parece detenerse en 2004 con Pinocho y el tiburón morado. Su versión sobre el conocido cuento del italiano Carlo Collodi se suma, con toda su elegancia literaria, a las diversas interpretaciones que de las aventuras del muñeco florentino se han escrito en Cuba. La de Pepe Carril, en los años 60, la de Armando Morales en los años 80 y ya en el siglo XXI,  las de Liubar García para el Guiñol de Cienfuegos y recientemente Pinocho corazón-madera, de Norge Espinosa, para Teatro de Las Estaciones.

Además de su trayectoria dramatúrgica en el teatro para adultos con actores, contentiva de piezas escrutadoras de la realidad social de la Isla, hay un segmento atrevido en sus obras para figuras. Lo hallamos en sus planteamientos para la obra El mundo al revés, de 1987, o en La explosión, de 1994, una pieza muy especial en el contexto de la escritura titiritera cubana, pues incluye al reino celestial en diálogo con los hombres de la Tierra. Este texto le valió una Mención en el III Concurso Iberoamericano de Dramaturgia Infantil, de Bilbao, España. Cine-Títeres, deliciosa comedia para figuras, de 2001, es otro de los textos importantes de Freddy que no han hallado todavía su puesta en retablo dentro del panorama escénico  nacional. Otra pieza que hay que destacar es El Quijote anda o Don Quijote del Humaya, escrita casi en la frontera de despedida del siglo XX para el grupo Guiñoleros UAS, de Sinaloa, México, y luego llevada a escena por Armando Morales para su Teatro Nacional de Guiñol. El Quijote… muestra la cuidadosa labor de traslación de la literatura al retablo, que con tanta minuciosidad trabajaba Freddy. Obras como El Ruiseñor, versión de Christian Medina sobre el cuento de Andersen, o Los zapaticos de rosa, versión escénica mía sobre el poema homónimo de José Martí, son resultado de sus talleres dramatúrgicos, de su escuela permanente, de su fe en un teatro para niños cada vez superior.

Fui su alumno y amigo personal, supe de su apego a la vida y de la disciplina con que afrontaba los procesos médicos; pero eso nunca le hizo desmayar el amor por su máquina de escribir y posteriormente por su ordenador de textos. El año 2009 fue aciago para varios maestros del arte de los títeres (Ulises García y Bebo Ruiz), también para Freddy, lo  encontró lleno de actividad. No quise creerle cuando colaboré con él en su libro  Niños, títeres y actores en el siglo XX, publicado por Ediciones Matanzas, y me dijo que era su canto de cisne. Aquello me hirió como una daga. Ese mismo año también vio la luz la reedición de su importante texto Teatro y dramaturgia para niños en la Revolución, definitorio en la historia de esta disciplina en la nación. Se terminó el trabajo editorial de La calle de los fantasmas y otras obras de títeres, antología sobre las obras de Javier Villafañe, publicado finalmente en 2010 por Casa de las Américas, que cuenta con un hermoso y exhaustivo prólogo de Artiles, quien además colaboró junto con Jaime Gómez Triana en la selección de las piezas impresas. 

En agosto de 2009 concluye A la espera, su última obra, que sucede en una estación de trenes, igual que su pieza de juventud En la estación, de 1977, solo que esta vez los personajes esperan la muerte. Es una pieza que cierra su ciclo creativo con una amarga reflexión sobre la existencia humana; pero… como los magos, un artista verdadero siempre sorprende, sacándose de debajo de la oscura manga una obra más. En 2010, bajo discreta  o casi inexistente promoción, la Editorial Gente Nueva presenta en su colección Escolar, el libro de memorias Lo que se fue, esmeradamente editado por Josefa Quintana y con ilustraciones de Maritza Miary. Tengo que confesar que este texto ¿para niños solamente? no solo me sorprendió, sino que me empujó con mis recuerdos personales a esa zona otra, la de la infancia, que cuando uno crece va quedándose como una pintura difuminada, casi fantasmal y distante. Toda la dureza de su pieza en un acto A la espera, cierre de su teatro para adultos, halla en Lo que se fue un tinte nostálgico y tierno. Recordé que me había hablado de este libro, comenzado a escribir en 1991, con apenas 45 años. Entendí de golpe que para él, no era demasiado temprano para la aflicción por lo que se va, sino añoranza de quien se resiste a perder su niño interior. Para eso está hecho su regalo sin final, para los más pequeños y para todos. Es un recorrido literario de la mano de la fantasía, la inocencia, el juego y la alegría constante, como escribe él mismo “…una agradable transición hacia esa etapa de la vida en que ni siquiera nos pasa por la mente la idea de que algún día habremos de morir”.  Freddy rescata del tiempo la celebración del primer año, la llegada a La Habana de una familia del centro de la Isla, las relaciones con los tíos y primos, el pavor a las largas conversaciones —llevaba muy mal los diálogos interminables entre Mayra, su compañera de vida y yo—, el descubrimiento de la máquina de escribir, objeto premonitorio del futuro oficio, el sentimiento de injusticia con respecto al racismo, el reírse de sí mismo, el encuentro con la ilusión de los reyes magos, el sentido de la solidaridad, el circo y el teatro. “Siempre he preferido la verdad”, dice en uno de los capítulos del libro, y esto expresa claramente su forma de ser, su entereza de carácter, su manera directa y contundente de tratar las cosas, lo que le ganó no pocas animadversiones. 

No estuvieron los títeres entre sus recuerdos idos y salvados en este especial libro, pero sí el circo. Escribe Freddy: “Cuando sea grande quisiera ser trapecista del vuelo del pájaro”. Hermosa metáfora de su propia vida. Él mismo fue un trapecista cotidiano, en lucha contra enfermedades, batallando en pro del teatro para niños y de títeres, construyendo un núcleo familiar que lo cuidó y lo quiso siempre, soñando con imposibles que hizo posibles. El otro recuerdo infantil de arte es el teatro “…un lugar muy fino. Como una iglesia”. Y como figura principal de esos recuerdos Rita Montaner.  Aquel “cuadrado de colores con gente viva adentro”, significó la apertura de futuras puertas hacia el teatro de títeres. Ni siquiera el cine y la televisión, ni el circo le gustó tanto como el teatro “El teatro era único. Es único”. Recomiendo a niños y mayores Lo que se fue, un viaje a la infancia que muchos agradecerán, también un viaje hacia lo mejor de Freddy Artiles, un hombre que siempre supo que vale la pena vivir.

 
 
 
 
   
Lineamientos del VI Congreso del PCC
(.pdf, 736 Kb)
Información sobre el resultado del Debate
(.pdf, 394 Kb)
.
© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2011.