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En la noche del 24 de
julio, exactamente,
cuando el tradicional
cañonazo evocaba el
cierre de
las murallas
de la
ciudad, un grupo
de inquietos gatos
Jelicales se adueñaba
del proscenio del
Anfiteatro de La Habana.
Pudiera parecer un
empeño quimérico la
decisión de representar
el famoso musical
Cats en un espacio
abierto y en un
escenario que poco
contribuye al empleo de
los sofisticados efectos
escenográficos que un
espectáculo de este
género reclama.
Estrenado
el 11 de mayo de 1981 en
el New London Theatre
de Londres y el 7 de
octubre de 1982, en
Broadway, Cats
—cuya
génesis está en el libro
de poemas infantiles del
escritor inglés T. S.
Eliot—
se ha convertido en el
musical más representado
de la historia con más
de ocho mil
presentaciones en
Londres y más
de siete mil en
Nueva York.
Importantes
compañías lo han llevado
a las tablas, tal es el
caso de la versión
alemana estrenada el 24
de septiembre de 1983 en
el teatro An Der Wien,
en Viena, y la que en
1991, con la
coparticipación de
Televisa, se estrenara
en versión en español,
en el Teatro Silvia
Pinal, de la Ciudad de
México.
Traducida a más de 20
idiomas, e
independientemente del
criterio de la crítica
especializada
—que
la ha considerado una
obra carente de una
trama verdadera—
Cats, en su
tercera década de
existencia, puede
considerarse, como un
musical que ha gozado de
plena aceptación en los
más exigentes
auditorios.
Bastarían estas
referencias para tener
percepción del riesgo
que entrañaría la
decisión de llevar a la
escena una obra vista
por más de 50 millones
de espectadores.
La versión que Alfonso
Menéndez
—dirección
general—
entrega al público
cubano, da respuesta a
la pregunta que al
respecto él mismo
formula en las notas al
programa, y se destaca,
como principal rasgo por
el dinamismo que el
cuerpo de baile del
Anfiteatro de La Habana
despliega en escena
durante una hora y 20
minutos.
Ese elenco que dirige
Menéndez, de menos de 20
bailarines
—asombrosamente,
casi todos debutantes—,
mantiene la expectación
del auditorio desde el
mismo comienzo hasta el
cierre del espectáculo.
Significativa, en todo
momento, es la paridad y
plena sincronía
coreográfica en cada
cuadro. Integración,
además, que permite
suplir, sin lugar a la
duda, la ausencia de los
rutilantes elementos
escénicos y tecnológicos
habitualmente
incorporados a las
versiones teatrales y
cinematográficas que se
han realizado tras el
estreno original de la
obra.
El diseño escenográfico
—del
propio Menéndez al igual
que el de luces—
resuelto con ingenio,
descansa exclusivamente
en cuatro pasarelas
metálicas a la vista en
todo momento y que
remedan el vertedero
donde cada gato
demuestra sus atributos
seductores, sus
pasiones y habilidades.
Contribuye al empaste
armónico el diseño de
luces y la banda sonora
que el cuerpo de baile
ha aprehendido e
incorporado
convincentemente a su
desempeño corporal, en
un franco derroche de
gestualidad
—sin
excesos—
que deviene factor clave
y que logra la
credibilidad de cada uno
de los gatos-personajes.
No sería suficiente un
buen montaje
coreográfico sin este
dominio escénico y
organicidad que en todo
momento el elenco
evidencia.
El vestuario de José
Luis González Fuentes
resulta sobrio,
elegante y funcional.
Debe destacarse también
el maquillaje de
Rody Pérez y Jorge
Aldama.
No deja de sorprender al
público la solución para
el cierre del
espectáculo
—resuelta
y adecuada al espacio de
representación que el
anfiteatro permite—
cuando Grizabella y
Gatusalén deben elevarse
a la luna llena, en
medio de la noche que ya
se despide y de la tribu
Jelical que los despide.
Ese factor sorpresa, sin
duda, contribuye al
efecto emocional de
expectación, favorecido
en todo momento por el
atinado complemento de
la banda sonora.
Si bien, como se ha
dicho, el cuerpo de
baile en pleno logra
integración, se destacan
en todo momento Yoelis
Martínez (Protectormiau),
Renato Galamba (Gigolotte),
Ana León Moreno (Agriculfélina),
Lázaro Yossiel Llaser
Mora (Nefástulo) y
Osniel González Díaz
(Misifustófeles).
Cats
estará en la cartelera
del Anfiteatro de La
Habana hasta el mes de
diciembre en una entrega
que como otro de los
proyectos de la Oficina
del Historiador de la
Ciudad de La Habana
señala una ruta cultural
que vale la pena
desandar, la ruta de los
clásicos de un género
que tradicionalmente ha
gozado de gran
aceptación en el público
nacional: el teatro
musical. |