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Distante de corrientes y
modas, ha desarrollado
una obra con una fuerte
marca identitaria
Ariadna Gallardo Valdés,
santiaguera de
nacimiento y santiaguina
(chilena) de residencia,
sin lugar a duda, una
presencia muy particular
en el arte cubano
contemporáneo.
Nos referimos a una
creadora egresada de la
escuela de Artes
Plásticas José Joaquín
Tejada, de Santiago de
Cuba, y luego del
Instituto Superior de
Arte en La Habana. Por
línea materna tiene dos
valiosos antecedentes
artísticos: su abuelo,
René Valdés, fue una de
las figuras
fundamentales del arte
escultórico en la región
oriental en el siglo XX,
y su madre, Julia
Valdés, se inscribe como
una de las artistas que
con mayor relieve ha
cultivado la abstracción
en las últimas décadas.
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Sin título |
La imaginería de la
artista tiene mucho que
ver con la realidad de
los sueños, adentrándose
en una zona fronteriza
entre la vigilia y el
delirio. Una especie de
naturaleza extrema
aflora en la superficie
de sus cuadros.
Pareciera que en el plan
de la creación de
Ariadna surge el dato de
una construcción
lacaniana: la revelación
de un cisma entre la
realidad y el deseo.
Pero cuando nos
aproximamos
desprejuiciadamente a sus
composiciones, es
posible advertir la
dialéctica del juego,
una expresión lúdicra
que desacraliza el temor
a los abismos.
Es evidente en sus obras
una deuda con el oficio
de la ilustración, solo
que esa huella se
instala desde una
perspectiva mucho más
cercana al trato con el
pop y las culturas
urbanas que a la
tradición descriptiva
convencional, producto
en buena medida de su
formación académica
rigurosa que se aprecia
en su aval curricular.
Esto, obviamente,
guarda una estrecha
relación con el eje
temático central de su
obra, en el cual se
privilegian las
figuraciones simbólicas
o, mejor dicho, las
transfiguraciones
oníricas. A varias de
sus obras, en tal
sentido, le calzarían
con justeza estas
palabras dichas por el
teórico alemán Hans
Joachin Wortaimer al
pasar balance de la
experiencia surrealista:
“El símbolo se transmuta
en realidad visible
cuanto más se oculta al
entendimiento de la
pupila, puesto que lo
que no se quiere es una
simple decodificación.
De ahí que el símbolo
pierda, sin que nos
demos cuenta, su
abstracción para
reconvertirse en una
noción apreciativa al
alcance del
entendimiento humano”.
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"El Beso" |
Si nos atenemos a esa
definición, en los
trabajos de Ariadna
pueden darse diversos
niveles de
interpretación, no
necesariamente taxativos
ni unívocos. Es, a fin
de cuentas, una poética
abierta y sugerente que
se inscribe con fuerza
en una línea que si bien
en Cuba no se ha hecho
tan notable, en América
Latina, específicamente
en México, presenta dos
valiosos antecedentes:
Frida Kahlo y Leonora
Carrington. Sin embargo,
esto no más debe tomarse
como referencia al hacer
un recorrido a través de
su obra, la joven
creadora se afirma en
una parcela de
particular resonancia
personal, que para nada
tiene que ver con los
traumas de las
predecesoras. Los
caminos de nuestra
artista responden a
otros desafíos y
tribulaciones.
Nadie, estoy segura,
permanecerá impasible
ante la incisiva pintura
de Ariadna Gallardo
Valdés, porque cuando se
vuelva la vista,
permanecerá en la retina
la huella del registro
pictórico de una
personalidad artística
que ha sabido labrarse
un mundo propio. |