La Habana. Año X.
30 de JULIO al 5
de AGOSTO de 2011

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a propósito de la novela Glauber en La Habana

Sobre Sarusky y los caminos de la letra impresa

Reynaldo González • La Habana

Yo formo parte de las víctimas perfectas de Jaime Sarusky. Es un club muy exclusivo; pero es también tiránico, ¡porque no acaba de trabajar el viejo, sigue, exagera, estira!

Estaba oyendo a Marilyn Bobes cuando hablaba sobre ciertas confluencias en los géneros literarios. Y sucede que Jaime Sarusky ha sido, desde el principio de sus publicaciones, uno de quienes demostraron la aleación y también la contradicción enriquecedora de los géneros en literatura y en periodismo. A propósito, cada vez que oigo decir “escritor y periodista” se me eriza la piel, porque observo una tácita incomprensión. ¿Cómo se puede ser periodista sin ser escritor y cómo se puede ser escritor sin indagar como periodista? Aquellos periodistas que desatienden la calidad literaria, mal pueden persuadir a sus lectores de cuanto les proponen. Olvidan que el periodismo es persuasión y no imposición de esquemas, no suma de eslóganes, o reiteración de cantidades que no hallan puntos de referencia, algo que está pasando con tanta reiteración que ya se toma como “normal” y correcto. Jaime lo entendió muy bien desde el principio de su trabajo periodístico y desde que colocó la primera página en blanco para escribir una novela. Entre nosotros él es un cronista como pocos; el conocimiento que le da la crónica es raíz y razón de algunos de sus libros testimoniales y de sus novelas. Desde ese conocimiento enarbola una pluma diferente y sale a flote con libros como Un hombre providencial, un relato de ficción desde la investigación histórica, donde hallamos pasajes que parecen dictados por la información periodística, es decir, de un periodista contemporáneo de los hechos que narra. Los caminos de la letra impresa se le entretejen y una de esas vías frecuentes es la historia.

Hace dos días estuvimos discutiendo con algunos historiadores sobre ciertas manquedades a la hora de transmitir la historia. Quizá esperan que las manquedades reiteradas se conviertan en “estilo” —milagro inusual—, si pudiéramos llamarle así a la falta de habilidades. El mal trabajo y la rutina solamente multiplican los vicios de expresión que terminan por no comunicar. A solicitud mía el editor Fernando Carr y yo tuvimos una especie de reunión de trabajo con historiadores. Él entró en temas de la edición en términos históricos. Yo fui por otros senderos. Zanetti me tomó la palabra y me puso frente a los lobos. Les comuniqué preocupaciones y criterios que tengo sobre la escritura de la historia entre nosotros, donde hay buenos historiadores pero que en general ha ido a menos repitiendo lugares comunes y conformándose con un rol secundario. En los casos de buenos investigadores, los hay que sí, investigan bien pero escriben mal. Algunos libros son suma de datos, puro ejercicio factográfico. Dejan en el camino lo que realmente podría calificarse de historia, que incluye la profundización, la capacidad de entrar en el tejido de los hechos, de concatenar referencias e informaciones, cuanto no es simple suma de efemérides y propugna en el lector un interés mayor. Se quedan en la nominación de personalidades, fechas y asuntos, mientras el que busca un libro de historia quiere más, conocer complejidades y razones no dichas en la retórica habitual.

Frente al cumplimiento de una información desmañada, el lector busca otras expresiones. A ese ejercicio rutinario de una historiografía de baja intensidad le ha salido un adversario poderoso: la novela histórica. Se trata de una habilidosa mezcla de ficción y referencias ciertas, aunque no con tanta inadvertencia para que los historiadores le resten importancia. Vivimos un verdadero boom de la novela histórica, que no es literalmente historia, pero tampoco un sucedáneo despreciable. A ver si me explico sin perder el rumbo de lo que hoy nos convoca. Preguntémonos por qué en las grandes librerías, entre la producción literaria actual, la novela histórica ocupa muchos más estantes que otros géneros. Revistas especializadas en Historia le dedican espacios y reconocen en ellas algo más que entretenimiento. La gente las busca, no se cansan de ese tipo de ficción, sino de la ficción sin base. Y dentro de ese rango habrá comercialismo y producción espuria, por supuesto, pero necesitan un respaldo de acontecimientos ciertos. El asunto no es nuevo, pero sí su actual desmande y consumo. Desde los tiempos de Tolstoi se trabaja la historia como fondo que implica las peripecias de los personajes. Libros que manejan asuntos históricos junto con personajes y tramas cruzadas. Es algo muy viejo, muy trabajado en la literatura... y entroncamos con don Jaime Sarusky.

Jaime ha entendido bien la lección que da ese gran consumo de novelas históricas: que “lo histórico” no solamente debe ser cierto, también ameno. Lamentablemente para quienes sobre estos asuntos escriben mal, por descuido o por falta de habilidades —o confiados al interés que puede acaparar “el tema” escogido—, tropiezan con un adversario poderoso, género o subgénero literario de gran impacto, colocado hoy en la preferencia de quienes no solo buscan relatos y emociones sino historia. Parte de la amenidad conseguida está en la justeza de las referencias históricas. Ya nadie está esperando que le descubran la historia, porque aprecian otras dimensiones de los mismos asuntos. La historia ha sido demasiado trajinada e instrumentalizada, de manera que la supuesta información exacta, “la verdad” propuesta como unívoca, despierta naturales sospechas. Y si la sirven mal, fatiga, desinteresa, a quien escucha llover sobre mojado, lo  impermeabiliza. No es un hallazgo la aseveración de que una verdad mal dicha puede ser una horrenda mentira y una mentira bien aderezada puede ganar confiabilidad. Muchos de los textos históricos que circulan en letra impresa —o que repiten la radio y la televisión, el cine, los dibujos animados, los comics—, fracasan. El mal manejo de la historia conduce a ese fracaso, la ampulosidad y la adjetivación altisonante organizan un intento fallido, se les nota demasiado el interés político o ideológico. Será la lectura políticamente correcta, aceptada o impuesta, sin matices ni quiebras, pero  provoca dudas. Y se pierde la ocasión de persuadir al destinatario. Recordemos que todo texto, tenga la venia que se quiera, es un “producto” que se propone, busca un consumo y una aceptación. Para que tenga éxito debe estar bien condimentado, satisfacer no solamente la necesidad de información, si existe, o provocarla y conducir al convencimiento al “consumidor” —sí, no le temamos a este vocablo—. Cuando colman el mensaje de frases hechas y de condicionantes ideológicas, ahí queda, se vuelve fiambre, no comunica.

En cuanto a la actualidad de la novela histórica, advierto, no merece desconocimiento ni desprecio. Sus autores saben que los elementos de apoyo del relato deben responder al período histórico seleccionado, debe tener un “gancho” capaz de arrastrar a los lectores pero también informarles aspectos contextualizadores. El conjunto será confrontado con el conocimiento del lector, quien también sabe de historia. Es interesante que a través de un argumento de ficción el lector fije mejor los contextos históricos, y eso ocurre. A ese punto no llegan supuestas “composiciones” historicistas descuidadas y repetidoras de recetas. Es un reto que se plantea a los historiadores tanto como a los periodistas dedicados a estos asuntos. Y es algo aprendido por mi viejo socio Jaime Sarusky.

Tuve la suerte de no ser solamente lector, sino presentador de Un hombre providencial, y acompañar a Jaime en un extenso recorrido llevando en alto esa novela. A veces creo que no se ha entendido la suerte de tener un escritor como Jaime, con los pies bien plantados en la tierra. En el caso de William Walker, en Un hombre providencial, y ahora, con Glauber Rocha en Glauber en La Habana, se enfrentó a los obstáculos previsibles en este tipo de trabajo. El cineasta y el personaje temperamental Glauber Rocha fue un caso de hombre relámpago. Jaime tuvo cerca su grandeza y su decadencia, tránsito de increíble celebridad. Glauber vivió intensamente, alcanzó el éxito y el reconocimiento con rapidez y murió joven. En poco tiempo se convirtió en cineasta de culto y pasó a ser incomprendido, con una pérdida de eficacia en la narración al privilegiar aspectos que la volvían nebulosa, y una sobredosis de lo que entendía como poesía en el cine, que lo acompañó con éxito en una etapa y devino adversa en otra, cuando ya no ganaba similar respuesta a los tiempos de Dios y el diablo en la tierra del sol y Antonio das Mortes. Al nivel de Guimaraes Rosa en literatura, su cine expresó el convulso, seductor y poético mundo brasilero. Creyó encontrar una similitud en La Habana. En breve palpó y marcó las diferencias. Halló y experimentó lo que nos une y cuanto nos separa. Jaime Sarusky se propuso narrarnos y hacernos sentir ese aprendizaje doloroso. En este curioso libro nos lo pone ante los ojos. Insisto en llamarlo novela, en el entendimiento de que los géneros se suman, yuxtaponen y contradicen en una aleación dialéctica, es decir, con ojos puestos en su fusión y desarrollo.

Una de las características de este pequeño e importante libro es que a partir de la experiencia que ya tiene Sarusky, puede crear personajes, caracterizarlos y entretejerlos al tiempo que se entrega el trasfondo cultural y social. Por largos períodos asoma la mirada del consumidor de cine para dibujar la trayectoria de quien llegó a La Habana con un discurso exaltado, gozó la alegría y la relación espontánea de la gente común y, en la confrontación con otras realidades —en estratos diversos de la realidad— y sus propias contradicciones, fue convirtiéndose en un ser raro, ensimismado, triste. Le ocurrió al mismo tiempo que su obra perdía la espontaneidad creadora, el élan poetique que marcó sus inicios.

En breves páginas capta Sarusky esa complejidad. No pretende convertir en icono la personalidad estudiada. Como muchos de nosotros, también está cansado de los superbuenos, que nacen buenos, siguen buenos y mueren buenísimos, una ejemplaridad aburrida, cuestionada precisamente por lo que soslaya. El narrador nos diseña un hombre con tantos defectos como virtudes, un artista pleno, real, que al final, con la adicción al alcohol y las drogas, va forjándose gratificaciones pero también ingratitudes. Dibuja una vida real, no concebida para que resulte aleccionadora. Hay un momento realmente dramático, cuando Glauber cumple 33 años y se compara con el Cristo crucificado a esa edad. En un brindis, el primer gran estudioso francés comunica que está escribiendo una tesis donde le confirma que ha llegado al tope. A partir de ahí sobreviene la disfunción entre el talento y la cada vez más mermada capacidad creadora, el reconocimiento de un ser atribulado y atormentado. ¿Esto niega significación al extraordinario cine que nos regaló y la excepcional persona que fue? No. Seguimos  viendo aquel cine como la efervescencia del talento que como ningún otro representó a su país. Él era Brasil, y vino a La Habana a encontrar una respuesta que encontró, sí, pero unida a nuevas interrogantes, junto a un amor oculto —no el amor que todo el mundo conoció, sino uno que nadie conoce y que Sarusky no pasa por alto—. De ese amor, y de otros, y del hastío, y de levantarse para volver a caer en las lagunas de una ingrata conciencia de sí mismo, en las buenas y en las malas, es decir, de un Glauber Rocha persona habla este libro.

Es interesante lo que hace Sarusky con este personaje, al que cuenta en su grandeza y lo sigue en su decadencia, aunque ya no esté en La Habana, y hasta su muerte. Uno piensa cómo es posible esa capacidad de síntesis en tan pocas páginas. Haber afrontado un personaje tan contradictorio desde el punto de vista del cine —aunque los productores fueron su verdadera pesadilla— y el desde la mirada de un colega artista, muestra aspectos de la sensibilidad atormentada, casi enloquecida frente a un desgaste raudo. Hacerlo así es contar un drama sin excederse en dramatismo. El resultado sigue intrigando sobre si es novela, o no, si es testimonio —no los manidos recursos de la modalidad literaria elevada a “género” por la avidez de editoriales y concursos—, o si olvidando todos esos remilgos acertamos a ver una mezcla sabia, necesaria e irreverente bajo el impacto de la comunicación a que llegan los géneros. Es una fusión de elementos literarios que burla preceptivas. Es el disfrutable embrollo que también hace que estas palabras sean algo aproximativo, sin afán definitorio.
 

Traslación acotada y enriquecida de la presentación de la novela  Glauber en La Habana, de Jaime Sarusky, Sábado del Libro, 18 de junio de 2011.

 
 
 
 
   
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