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Yo formo parte de las
víctimas perfectas de
Jaime Sarusky. Es un
club muy exclusivo; pero
es también tiránico,
¡porque no acaba de
trabajar el viejo,
sigue, exagera, estira!
Estaba oyendo a Marilyn
Bobes cuando hablaba
sobre ciertas
confluencias en los
géneros literarios. Y
sucede que Jaime Sarusky
ha sido, desde el
principio de sus
publicaciones, uno de
quienes demostraron la
aleación y también la
contradicción
enriquecedora de los
géneros en literatura y
en periodismo. A
propósito, cada vez que
oigo decir “escritor y
periodista” se me eriza
la piel, porque observo
una tácita
incomprensión. ¿Cómo se
puede ser periodista sin
ser escritor y cómo se
puede ser escritor sin
indagar como periodista?
Aquellos periodistas que
desatienden la calidad
literaria, mal pueden
persuadir a sus lectores
de cuanto les proponen.
Olvidan que el
periodismo es persuasión
y no imposición de
esquemas, no suma de
eslóganes, o reiteración
de cantidades que no
hallan puntos de
referencia, algo que
está pasando con tanta
reiteración que ya se
toma como “normal” y
correcto. Jaime lo
entendió muy bien desde
el principio de su
trabajo periodístico y
desde que colocó la
primera página en blanco
para escribir una
novela. Entre nosotros
él es un cronista como
pocos; el conocimiento
que le da la crónica es
raíz y razón de algunos
de sus libros
testimoniales y de sus
novelas. Desde ese
conocimiento enarbola
una pluma diferente y
sale a flote con libros
como Un hombre
providencial, un
relato de ficción desde
la investigación
histórica, donde
hallamos pasajes que
parecen dictados por la
información
periodística, es decir,
de un periodista
contemporáneo de los
hechos que narra. Los
caminos de la letra
impresa se le entretejen
y una de esas vías
frecuentes es la
historia.
Hace dos días estuvimos
discutiendo con algunos
historiadores sobre
ciertas manquedades a la
hora de transmitir la
historia. Quizá esperan
que las manquedades
reiteradas se conviertan
en “estilo” —milagro
inusual—, si pudiéramos
llamarle así a la falta
de habilidades. El mal
trabajo y la rutina
solamente multiplican
los vicios de expresión
que terminan por no
comunicar. A solicitud
mía el editor Fernando
Carr y yo tuvimos una
especie de reunión de
trabajo con
historiadores. Él entró
en temas de la edición
en términos históricos.
Yo fui por otros
senderos. Zanetti me
tomó la palabra y me
puso frente a los lobos.
Les comuniqué
preocupaciones y
criterios que tengo
sobre la escritura de la
historia entre nosotros,
donde hay buenos
historiadores pero que
en general ha ido a
menos repitiendo lugares
comunes y conformándose
con un rol secundario.
En los casos de buenos
investigadores, los hay
que sí, investigan bien
pero escriben mal.
Algunos libros son suma
de datos, puro ejercicio
factográfico. Dejan en
el camino lo que
realmente podría
calificarse de historia,
que incluye la
profundización, la
capacidad de entrar en
el tejido de los hechos,
de concatenar
referencias e
informaciones, cuanto no
es simple suma de
efemérides y propugna en
el lector un interés
mayor. Se quedan en la
nominación de
personalidades, fechas y
asuntos, mientras el que
busca un libro de
historia quiere más,
conocer complejidades y
razones no dichas en la
retórica habitual.
Frente al cumplimiento
de una información
desmañada, el lector
busca otras expresiones.
A ese ejercicio
rutinario de una
historiografía de baja
intensidad le ha salido
un adversario poderoso:
la novela histórica. Se
trata de una habilidosa
mezcla de ficción y
referencias ciertas,
aunque no con tanta
inadvertencia para que
los historiadores le
resten importancia.
Vivimos un verdadero
boom de la novela
histórica, que no es
literalmente historia,
pero tampoco un
sucedáneo despreciable.
A ver si me explico sin
perder el rumbo de lo
que hoy nos convoca.
Preguntémonos por qué en
las grandes librerías,
entre la producción
literaria actual, la
novela histórica ocupa
muchos más estantes que
otros géneros. Revistas
especializadas en
Historia le dedican
espacios y reconocen en
ellas algo más que
entretenimiento. La
gente las busca, no se
cansan de ese tipo de
ficción, sino de la
ficción sin base. Y
dentro de ese rango
habrá comercialismo y
producción espuria, por
supuesto, pero necesitan
un respaldo de
acontecimientos ciertos.
El asunto no es nuevo,
pero sí su actual
desmande y consumo.
Desde los tiempos de
Tolstoi se trabaja la
historia como fondo que
implica las peripecias
de los personajes.
Libros que manejan
asuntos históricos junto
con personajes y tramas
cruzadas. Es algo muy
viejo, muy trabajado en
la literatura... y
entroncamos con don
Jaime Sarusky.
Jaime ha entendido bien
la lección que da ese
gran consumo de novelas
históricas: que “lo
histórico” no solamente
debe ser cierto, también
ameno. Lamentablemente
para quienes sobre estos
asuntos escriben mal,
por descuido o por falta
de habilidades —o
confiados al interés que
puede acaparar “el tema”
escogido—, tropiezan con
un adversario poderoso,
género o subgénero
literario de gran
impacto, colocado hoy en
la preferencia de
quienes no solo buscan
relatos y emociones sino
historia. Parte de la
amenidad conseguida está
en la justeza de las
referencias históricas.
Ya nadie está esperando
que le descubran la
historia, porque
aprecian otras
dimensiones de los
mismos asuntos. La
historia ha sido
demasiado trajinada e
instrumentalizada, de
manera que la supuesta
información exacta, “la
verdad” propuesta como
unívoca, despierta
naturales sospechas. Y
si la sirven mal,
fatiga, desinteresa, a
quien escucha llover
sobre mojado, lo
impermeabiliza. No es un
hallazgo la aseveración
de que una verdad mal
dicha puede ser una
horrenda mentira y una
mentira bien aderezada
puede ganar
confiabilidad. Muchos de
los textos históricos
que circulan en letra
impresa —o que repiten
la radio y la
televisión, el cine, los
dibujos animados, los
comics—, fracasan. El
mal manejo de la
historia conduce a ese
fracaso, la ampulosidad
y la adjetivación
altisonante organizan un
intento fallido, se les
nota demasiado el
interés político o
ideológico. Será la
lectura políticamente
correcta, aceptada o
impuesta, sin matices ni
quiebras, pero provoca
dudas. Y se pierde la
ocasión de persuadir al
destinatario. Recordemos
que todo texto, tenga la
venia que se quiera, es
un “producto” que se
propone, busca un
consumo y una
aceptación. Para que
tenga éxito debe estar
bien condimentado,
satisfacer no solamente
la necesidad de
información, si existe,
o provocarla y conducir
al convencimiento al
“consumidor” —sí, no le
temamos a este vocablo—.
Cuando colman el mensaje
de frases hechas y de
condicionantes
ideológicas, ahí queda,
se vuelve fiambre, no
comunica.
En cuanto a la
actualidad de la novela
histórica, advierto, no
merece desconocimiento
ni desprecio. Sus
autores saben que los
elementos de apoyo del
relato deben responder
al período histórico
seleccionado, debe tener
un “gancho” capaz de
arrastrar a los lectores
pero también informarles
aspectos
contextualizadores. El
conjunto será
confrontado con el
conocimiento del lector,
quien también sabe de
historia. Es interesante
que a través de un
argumento de ficción el
lector fije mejor los
contextos históricos, y
eso ocurre. A ese punto
no llegan supuestas
“composiciones”
historicistas
descuidadas y
repetidoras de recetas.
Es un reto que se
plantea a los
historiadores tanto como
a los periodistas
dedicados a estos
asuntos. Y es algo
aprendido por mi viejo
socio Jaime Sarusky.
Tuve la suerte de no ser
solamente lector, sino
presentador de Un
hombre providencial,
y acompañar a Jaime en
un extenso recorrido
llevando en alto esa
novela. A veces creo que
no se ha entendido la
suerte de tener un
escritor como Jaime, con
los pies bien plantados
en la tierra. En el caso
de William Walker, en
Un hombre providencial,
y ahora, con Glauber
Rocha en Glauber en
La Habana, se
enfrentó a los
obstáculos previsibles
en este tipo de trabajo.
El cineasta y el
personaje temperamental
Glauber Rocha fue un
caso de hombre
relámpago. Jaime tuvo
cerca su grandeza y su
decadencia, tránsito de
increíble celebridad.
Glauber vivió
intensamente, alcanzó el
éxito y el
reconocimiento con
rapidez y murió joven.
En poco tiempo se
convirtió en cineasta de
culto y pasó a ser
incomprendido, con una
pérdida de eficacia en
la narración al
privilegiar aspectos que
la volvían nebulosa, y
una sobredosis de lo que
entendía como poesía en
el cine, que lo acompañó
con éxito en una etapa y
devino adversa en otra,
cuando ya no ganaba
similar respuesta a los
tiempos de Dios y el
diablo en la tierra del
sol y Antonio das
Mortes. Al nivel de
Guimaraes Rosa en
literatura, su cine
expresó el convulso,
seductor y poético mundo
brasilero. Creyó
encontrar una similitud
en La Habana. En breve
palpó y marcó las
diferencias. Halló y
experimentó lo que nos
une y cuanto nos separa.
Jaime Sarusky se propuso
narrarnos y hacernos
sentir ese aprendizaje
doloroso. En este
curioso libro nos lo
pone ante los ojos.
Insisto en llamarlo
novela, en el
entendimiento de que los
géneros se suman,
yuxtaponen y contradicen
en una aleación
dialéctica, es decir,
con ojos puestos en su
fusión y desarrollo.
Una de las
características de este
pequeño e importante
libro es que a partir de
la experiencia que ya
tiene Sarusky, puede
crear personajes,
caracterizarlos y
entretejerlos al tiempo
que se entrega el
trasfondo cultural y
social. Por largos
períodos asoma la mirada
del consumidor de cine
para dibujar la
trayectoria de quien
llegó a La Habana con un
discurso exaltado, gozó
la alegría y la relación
espontánea de la gente
común y, en la
confrontación con otras
realidades —en estratos
diversos de la realidad—
y sus propias
contradicciones, fue
convirtiéndose en un ser
raro, ensimismado,
triste. Le ocurrió al
mismo tiempo que su obra
perdía la espontaneidad
creadora, el élan
poetique que marcó
sus inicios.
En breves páginas capta
Sarusky esa complejidad.
No pretende convertir en
icono la personalidad
estudiada. Como muchos
de nosotros, también
está cansado de los
superbuenos, que nacen
buenos, siguen buenos y
mueren buenísimos, una
ejemplaridad aburrida,
cuestionada precisamente
por lo que soslaya. El
narrador nos diseña un
hombre con tantos
defectos como virtudes,
un artista pleno, real,
que al final, con la
adicción al alcohol y
las drogas, va
forjándose
gratificaciones pero
también ingratitudes.
Dibuja una vida real, no
concebida para que
resulte aleccionadora.
Hay un momento realmente
dramático, cuando
Glauber cumple 33 años y
se compara con el Cristo
crucificado a esa edad.
En un brindis, el primer
gran estudioso francés
comunica que está
escribiendo una tesis
donde le confirma que ha
llegado al tope. A
partir de ahí sobreviene
la disfunción entre el
talento y la cada vez
más mermada capacidad
creadora, el
reconocimiento de un ser
atribulado y
atormentado. ¿Esto niega
significación al
extraordinario cine que
nos regaló y la
excepcional persona que
fue? No. Seguimos
viendo aquel cine como
la efervescencia del
talento que como ningún
otro representó a su
país. Él era Brasil, y
vino a La Habana a
encontrar una respuesta
que encontró, sí, pero
unida a nuevas
interrogantes, junto a
un amor oculto —no el
amor que todo el mundo
conoció, sino uno que
nadie conoce y que
Sarusky no pasa por
alto—. De ese amor, y de
otros, y del hastío, y
de levantarse para
volver a caer en las
lagunas de una ingrata
conciencia de sí mismo,
en las buenas y en las
malas, es decir, de un
Glauber Rocha persona
habla este libro.
Es interesante lo que
hace Sarusky con este
personaje, al que cuenta
en su grandeza y lo
sigue en su decadencia,
aunque ya no esté en La
Habana, y hasta su
muerte. Uno piensa cómo
es posible esa capacidad
de síntesis en tan pocas
páginas. Haber afrontado
un personaje tan
contradictorio desde el
punto de vista del cine
—aunque los productores
fueron su verdadera
pesadilla— y el desde la
mirada de un colega
artista, muestra
aspectos de la
sensibilidad
atormentada, casi
enloquecida frente a un
desgaste raudo. Hacerlo
así es contar un drama
sin excederse en
dramatismo. El resultado
sigue intrigando sobre
si es novela, o no, si
es testimonio —no los
manidos recursos de la
modalidad literaria
elevada a “género” por
la avidez de editoriales
y concursos—, o si
olvidando todos esos
remilgos acertamos a ver
una mezcla sabia,
necesaria e irreverente
bajo el impacto de la
comunicación a que
llegan los géneros. Es
una fusión de elementos
literarios que burla
preceptivas. Es el
disfrutable embrollo que
también hace que estas
palabras sean algo
aproximativo, sin afán
definitorio.
Traslación acotada y
enriquecida
de la presentación de
la novela Glauber en
La Habana, de Jaime
Sarusky, Sábado del
Libro, 18 de junio de
2011. |