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Muchas risas y lágrimas
estremecen hoy las salas
oscuras de los
principales cines
cubanos, durante la hora
y media de proyección
del estreno
Habanastation, cinta
que resulta corta —como
sucede con las grandes
obras— para un público
necesitado de verse
protagonista de su
cinematografía nacional.
Tales emociones no son
provocadas por mensajes
subliminales o posibles
metáforas complicadas,
solo al alcance de
“entendidos” o de
algunos
“traductores-intérpretes”
de última hora, que en
ocasiones asisten a cada
nueva presentación del
cine cubano en busca de
dobles lecturas y malas
intenciones.
Sin lugar a duda, más
allá de sus
indiscutibles valores
artísticos, la cinta de
Ian Padrón destaca por
“llevar a la pantalla la
vida de los cubanos”,
compromiso en el que el
director ha insistido
durante su carrera, en
cada encuentro con el
público o con la prensa.
Y aunque esta vez desde
el lenguaje de la
ficción, esta, su
primera película, me
resulta muy cercana al
documental —como retrato
de la realidad—, género
que el joven artista ha
demostrado manejar muy
bien desde sus
anteriores incursiones
cinematográficas.
En Habanastation
todo está claro. Y el
drama vivido por los
niños Mayito y Carlos,
debe haber provocado
escozor en más de un
espectador adulto. La
obra se sumerge en la
Cuba profunda, mira
hacia dentro y mete la
mano para enseñar lo
bueno y lo malo de esas
dos Habanas que conviven
en la actualidad.
La cinta muestra las
grandes diferencias
sociales entre dos niños
que van a la misma
escuela, conflicto que
no es ajeno a la Cuba de
hoy. “No ver las
diferencias sociales que
se nos avecinan sería
tapar el sol con un
dedo”, manifestó el
director recientemente a
La Jiribilla.
Niños que además son
afectados por el
contexto familiar:
Mayito, que lo tiene
todo desde el punto de
vista material, ajeno a
las dificultades; pero
se siente solo a pesar
de vivir con sus padres
en un mundo que parece
ser perfecto. Carlos,
que no tiene nada, vive
al límite, perdió a su
madre y el padre está
preso; pero cuenta con
la solidaridad y la
amistad de sus vecinos y
amigos.
Hay mucha tela por donde
cortar en la película, a
la que hay que aplaudir
además su guion, escrito
por Felipe Espinet con
la colaboración del
propio Ian Padrón, el
cual es llevado con
mucha ingeniosidad y
humor, ofreciendo un
producto final bien
criollo, ameno y muy
convincente, cargado de
espontaneidad y gracia,
a pesar de la dura
realidad que refleja.
Los dilemas en la trama
de la película
trascienden al supuesto
barrio La Tinta, adonde
fue a parar Mayito
cuando se pierde en el
desfile del 1ro. de
Mayo, en la Plaza de la
Revolución. También van
más allá de la humildad
y la marginalidad
—realidades del lugar—
contrapuestos a la
sencillez y la
solidaridad entre los
vecinos del barrio; por
cierto, valores
enaltecidos por
realizadores y
protagonistas cuando se
refieren al apoyo
brindado en la
producción por los
vecinos de la barriada
habanera de Zamora, en
el municipio de Marianao,
donde se filmó la cinta.
Ahí está el legendario
papalote, gallardo,
volando frente al
sofisticado
Play-Station3, que no
por casualidad Carlos
desconoce su existencia
e, incluso, no sabe cómo
pronunciar bien su
nombre en inglés. O las
figuras de las Grandes
Ligas, de las que Mayito
habla con normal
desenvoltura, mientras
Carlos defiende a su
natural Industriales.
Mayito no tiene la
culpa. Es infeliz y no
lo sabe, protegido en su
bella burbuja de
posibles “contagios” por
Moraima, la madre. “Mi
mamá no deja que lleve
extraños a la casa”, le
dice en una confesión al
nuevo amigo. Y lo
reitera Moraima, cuando
discute con Mario, el
padre, por la pérdida
del niño que no sabe y
no tiene a donde ir:
Porque “Mayito no tiene
amigos”, dijo, para
luego recordarle al
padre, con desprecio, su
origen humilde y la
imposibilidad de que
Mayito conociera a
alguien en La Tinta.
Lamentablemente,
Moraimas hay muchas y
anidan en cualquier
rincón de la geografía
insular, creyéndose
superior y sintiéndose
lejana de la
cotidianidad de esta
pequeña gran Isla.
Y fiel a su “compromiso
con la realidad”, en la
nueva cinta de Padrón lo
mismo resulta aplastante
la imagen de una
camioneta último modelo,
invadiendo lentamente
las destrozadas calles
de La Tinta, como la
precaria vivienda de
Carlos, una pelea de
perros o las escenas de
violencia, que refieren
la cotidianidad de la
otra vida que se sufre
en estos lugares.
El filme desnuda el alma
del cubano. Y desde una
amplia variedad de
personajes: la maestra
Claudia (sencilla y
verdaderamente
preocupada por sus
alumnos), Concha (la
abuela sabia de Carlos),
Jesús (el que todo lo
arregla), Munguillo (que
lo mismo les presta la
bicicleta que les guarda
los zapatos), Arcadio
(vendedor de puré de
tomate), Shakira de la
Caridad (el amor a
primera vista de Mayito)
y, en especial, la
“pandilla” de nuevos
amigos… hace desfilar
valores humanos
universales como la
humildad, la amistad, la
solidaridad y, sobre
todo, confianza en la
posibilidad del
mejoramiento humano, que
va creciendo desde un
Mayito que esconde su
merienda para no
compartirla a otro que
deja su objeto más
preciado, el Play
Station, al nuevo amigo.
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Son “los cubanos los que
deben resolver sus
problemas y cambiar lo
que hay que cambiar” —ha
dicho Padrón a la
publicación mexicana
Milenio—, al margen de
las miradas siempre
inquisidoras con que
desde el exterior muchas
veces, dice, “se sigue a
la Isla”. Y coincido en
que material humano hay
suficiente para
lograrlo.
Creo que por esa cuerda
camina la joven
Habanastation, otro
llamado de atención
indispensable, de esos
que llegan a buena hora
de la mano de un amigo,
o de cualquier cubano
preocupado por su hogar
—que también es su
Patria—, por su gente;
bien podría ser el
Pepito Grillo del cine
cubano, por estos días
alborotando cerebros y
conciencias de todos
nosotros, en medio del
silencio cómplice y la
magia de la sala oscura. |