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“Blanca como una rosa
blanca”, rumiaba el
custodio del cine los
posibles juegos con su
nombre. Siempre actriz;
su imagen atrapada como
en un descuido de mujer
hermosa recuerda esa
habilidad camaleónica de
convertirse en muchas
mujeres, distintas,
frente a una cámara. Y
luego volver a la madre,
a la persona lúcida y
amable.
Luego de presentar
nuevamente en el Charles
Chaplin Habanastation,
su más reciente trabajo
con Ian Padrón (ella
frente a más de 400
espectadores, niños en
su mayoría, con la
ansiedad inherente a
aquellos que trabajan
para “el público”), se
acomodó el vestido y
cruzó las piernas en una
esquina del sofá. Con
las manos tranquilas en
su regazo, fijó sus ojos
oscuros y resaltados por
el maquillaje en un par
de rostros pendientes
del grabador o la
libreta de notas, a la
espera de un buen y
protocolar inicio.
“Esta película es para
mi hijo, se la regalo.
Lo supe desde que leí el
guion. Por todo el
tiempo que uno no le
dedica exactamente como
quiere y que hay que
compensar. Si tengo que
decir qué me dejó este
trabajo, es que es la
película que le dedico a
mi hijo. Y creo que
cumplió su objetivo.
“Una de mis tareas es
trazarme la trayectoria
del personaje, es parte
de lo que tengo que
hacer. Aquí estamos
hablando de una Moraima
que viene de una cuna
cómoda, (¡sabe Dios
cuántas personas no
están en esa
situación!), en la que
no se percibe que más
allá hay un mundo
diferente. Lo único que
podemos tener en común
ella y yo es la
maternidad, el sentido
de protección. Pero
protejo a mi hijo de
otras cosas. Creo que
hay personas a las que
hay que perdonar porque
han sido víctimas
justamente de su
desarrollo familiar.
“¡Y no hay nada malo en
ello!… claro, hasta
tanto no se afecte a los
demás. Menos si se trata
de la generación que
viene, que son los
hijos. A la vez que tú
empiezas a ser
responsable de una
generación nueva tienes
que retomar valores que
pueden estar muy por
encima y alejados de los
tuyos particulares.”
No pasea por la
habitación. En un
alborotado gesticular de
las manos discretamente
arregladas complementa
lo que sus palabras
narran:
“Moraima también fue
músico, renunció de
alguna manera a su
carrera para ponerse en
función de su familia.
Por lo tanto, también
tiene frustraciones, que
pueden canalizarse de
diferentes maneras. En
este caso ella trata de
ordenarle la vida a todo
el mundo, no solamente a
su hijo, sino también a
su esposo, para lograr
el estado de perfección
que cree correcto. No es
un personaje que desee
cosas, sus cosas ya
están. Ella simplemente
es parte de ese fenómeno
que estamos viviendo.
Puede que su mundo sí
sea una burbuja; pero
muchas veces también es
consecuencia de lo que a
nosotros se nos ha ido
de las manos en muchos
momentos. No creo que
sea otra cosa que el
producto de una
generación anterior, de
cosas que no hemos hecho
muy bien en algún
momento.
“Los personajes que han
salido al aire en los
últimos meses los hice
en temporadas
diferentes. La película
la comencé hace dos años
y la novela la
terminamos en enero o
febrero de este año, que
son tres temporadas. Por
ejemplo, la de la novela
es una mujer egoísta,
que tal vez lo único
bueno que tiene es que
sí, quiere recuperar a
su hijo, pero no tiene
herramientas para
resolverlo porque
intenta defenderlo sin
saber cómo. También
influye su mala
aceptación en la
sociedad. No halla cómo
integrarse por lo que
sabe todo el mundo: los
estafadores no se curan.
Pero sigue siendo una
madre espectacular.
“Estamos viviendo un
momento universal en el
que las diferencias son
abismales; nosotros no
estamos alejados de eso.
Tampoco creo que seamos
estrictos todo lo que
podemos querer ser en
ese sentido. Pero
también creo que el
desarrollo en
determinadas cosas
indica que las personas
puedan tener mejores
condiciones de vida. Se
trata de recuperar
algunos valores, y ese
es mi aporte tal vez
como artista cuando hago
la película y pienso en
ello. Por eso creo que
hay que encontrar un
equilibrio entre las
cosas, para que haya una
armonía y las
diferencias no sean tan
abismales.”
Al comenzar la filmación
de Habanastation
sabía que se enfrentaba
a una experiencia nueva,
que podía ser
complicado. “Era el
primer largo de Ian,
aunque uno siempre
confía en la persona en
la que pone todas sus
emociones y
sentimientos”.
“No es que lo haya sido
ciento por ciento,
siempre que te enfrentas
a un proceso desconocido
con una persona que no
sabes cómo va a
reaccionar en un set,
sientes eso. Por suerte,
se estableció una buena
estrategia de trabajo, y
nos integramos todos a
la vez. Él tenía muy
claro lo que quería en
aquel momento. Tal vez
nosotros como actores a
veces nos ponemos a
pensar en cómo repetimos
las escenas, porque no
siempre se tienen los
recursos para repetir;
se puede ir la luz o no
queda igual, entre otras
muchas condiciones.
“Pero en este caso él
tuvo mucha suerte; pudo
repetir todo lo que
quiso”, dice sonriente.
Blanca Rosa es también
una mujer de
corazonadas. Se la puede
imaginar durante la
filmación de la
secuencia de la pelea
con Luis Alberto García,
luego de varias
madrugadas de trabajo
seguidas, en medio del
calor que provocan las
luces y agotada de tanto
repetir: “Hicimos un
promedio de 15 o 17
tomas, y aquello no
salía”.
“Desde un principio le
dijimos a Ian: “te vas a
tener que quedar con la
primera toma”; siempre
tuvimos la sensación de
confianza en lo que
había pasado en ese
momento… ¡y así mismo
fue! —ahora sí cierra el
puño y sonríe triunfal.
Cuando vimos la
película, nos dio
tremendo placer ver lo
que había quedado.
Porque uno,
disciplinadamente, se
deja llevar, se desgasta
mucho y trata muchas
veces de no ir a la
contraria. Pero pienso
que como nosotros
aprendemos con él, él
también aprende con
nosotros, y con todos
con los que trabajamos.
“Con eso de saber si va
a funcionar o no… Hummm,
¡uno siempre tiene
miedo! Eso no se quita
hasta que no se ve en
pantalla. De muy buenos
guiones y muy buenas
historias han salido muy
malas películas; eso es
una cajita de sorpresas.
No depende solo de uno:
ahí está la música, la
fotografía, la edición,
los otros actores con
los que se trabaja. Es
decir, de pronto alguien
te puede acabar una
película, tranquilamente
y, sin embargo, cuando
lo leíste era una
magnífica historia.
“La verdad es que no me
cuestiono en qué se va a
convertir; disfruto el
proceso y después no veo
nada hasta que no sale
en pantalla, tanto en el
cine como en la
televisión. No me acerco
al monitor para ver qué
hice; me dejo llevar y
siempre trato de tener
un buen trabajo de mesa
con el director, de
ponernos de acuerdo y de
no entrar en
contradicciones, a no
ser que sea algo en lo
que haya que recapitular
y buscar una
alternativa. De otra
forma, creo que no
hubiera llevado 20 años
trabajando.”
Cada director tiene su
librito. No estamos
frente a una actriz que
se queda con el último
que llega. “Eso no es
así”. Para Blanca
trabajar con Manuel
Pérez, un director que
hizo una película como
El hombre de
Maisinicú, fue todo
un suceso. “Aprendí… y
me dejó la parada muy
alta, porque uno se
pregunta entonces qué es
lo que viene después”.
Luego llegó Cremata, con
El premio flaco,
con una manera de ver el
cine y de ver esa
película en específico
muy diferente. Y ahí
está justamente la valía
del actor, “en la manera
en que se integra al
lenguaje de un director,
de lo contrario sería un
actor y creador
limitado. Hay que
dejarse llevar ante esa
circunstancia o de lo
contrario no trabajes y
eliges sentarte a
esperar a que Manolito
Pérez haga otra
película, que me
encantaría, por
supuesto. Aunque solo
quisiera que yo pasara
por delante de la cámara
unos segundos”. Así
trabajó con Daniel Díaz
Torres, que había hecho
Kleines Tropicana
y tiene una película
como Jíbaro; con
Jorge Luis Sánchez,
director de El Beny
y con el que acaba de
rodar
Irremediablemente juntos;
con Gerardo Chijona, en
su filme Boleto al
paraíso, y ahora con
Ian Padrón.
“Qué sucede, te parece
que Ian es un niño con
el que vas a jugar, y de
pronto te das cuenta de
que estás jugando en
serio; pero tienes que
ganar, no quieres
perder. La espontaneidad
te da la posibilidad de
entrar en una especie de
creación libre y de
ponernos de acuerdo; nos
escuchamos mucho los
unos a los otros. Pienso
que eso se nota, que es
lo que nos queda; pienso
que somos amigos, que
nos queremos mucho y que
les va a costar mucho
desprenderse de mí. Le
agradezco mucho que me
haya permitido
regalarles esta película
a mi hijo y a otros
pequeños que quizá
cuando crezcan me
recuerden de esa
película que vieron
cuando niños.
Con el niño (Ernesto
Escalona en el personaje
de Mayito) era como si
nos conociéramos de toda
la vida, como si hubiera
estado siempre cerca de
mí: cualquier cosa que
tú le proponías, él lo
asumía y lo probábamos,
y si no funcionaba
hacíamos otra cosa, pero
había una empatía muy
agradable. Ya te digo,
era como un juego. Y
estoy hablando del
equipo en general, de lo
divertido que es
trabajar con Alejandro
Pérez, de la frescura
que los muchachos
traían, que nos
contaminaba en todo
momento. No había tiempo
para pensar en lo que
dejaste en la casa, en
los problemas que no
resolviste, o en la
escena que va al otro
día… todo iba saliendo
muy placenteramente, y
eso se agradece porque
te sientes bien con tu
equipo de trabajo.
Claro, que el relevo que
significan estos niños
está garantizado en
dependencia del futuro,
no de los niños… y, ¡el
futuro es tan incierto!
Cuando se hizo la
proyección en Zamora, el
barrio en que se filmó
esta película, hubo un
promedio de cinco mil
personas
aproximadamente. Es
gente que está
convencida de que son
los protagonistas de una
historia, donde los que
mejor parados salen, son
ellos; y me parece muy
bien; pero también a
ellos les hace falta
este tipo de cosas para
que sean mejores, porque
son personas con su
propio discurso en la
vida; la vida misma los
puso ahí y tienen todo
el derecho de sentirse
mejores y reconocidos ya
que no solo son parte de
esta sociedad, sino que
son mayoría”.
Ha creado su atmósfera,
luego de tantos nombres
invocados. Le resulta
emocionante hablar del
trabajo, porque actuar
es lo que más disfruta
en la vida y porque es
su oficio, lo que hace
para vivir. No necesita
más. “Dicen que están
todas las localidades
vendidas para la próxima
presentación de
Habanastation en el
Festival de Michael
Moore. Eso me tiene muy
ansiosa; va a ser un
susto que te podré
contar cuando regrese”.
A finales de este año se
estrenará la comedia de
terror de Alejandro
Bruguera, en la cual
tiene una actuación
especial. También en
noviembre empezará a
filmar con Daniel Díaz
Torres un nuevo
proyecto, La película
de Ana. Pero sueña y
sueña, y sueña: con
conocer Francia, con
volver a trabajar con
Fernando Trueba. Y se
reta: a no encasillarse,
a no detenerse.
“No he tenido una
particular afinidad; sí
le he tenido que decir
que no a algunas cosas
que no me han tentado o
que no me han aportado
en ese momento lo que he
querido como actriz. Hay
que aprender a decir un
poco que no.
“También están las
corazonadas, las
intuiciones que te
dicen: ‘Esto no es lo
que viene ahora’ o ‘esto
no es todo lo que
quieres en este
instante’. Y en ese
sistema de prioridades
he intentado hacer
precisamente eso: buscar
una variedad de
personajes para no
encasillarme, como
sucede muchas veces.
Aunque no se puede
olvidar que este es mi
trabajo. Ojalá no
tuviera que hacer
muchísimas cosas todo el
tiempo y pudiera vivir
de hacer una película al
año, pero eso es
prácticamente imposible;
ojalá pudiera incluso
elegir más, pero con el
tiempo los personajes
van siendo más
limitados, porque uno ya
va entrando en una edad
en que se sabe cuáles
son los personajes que
te tocan y cuáles no.
“Dentro de esa
objetividad pienso que
el trabajo siempre es
digno, que a pesar de
que a lo mejor se puede
pensar que la gente se
satura, voy a intentar
que eso no suceda. Las
políticas de
programación no son
ideales. Ahora, por
ejemplo, ha salido todo
al aire. Pero entonces
qué bueno y qué suerte
que cuando eso pasa los
personajes son
diferentes. Yo también
soy público y veo cosas
que digo: ‘Bueno, esto
es un poco más de lo
mismo’. Por eso trato de
cuidarme en ese sentido
y de estudiar mucho para
que la gente no se
sobresature de mi
trabajo, porque también
entiendo que se pueden
aburrir, es lo normal.
“El cine es la
trascendencia de tu
trabajo; es lo que queda
y lo que se
comercializa, lo que
hace que tu esfuerzo se
internacionalice y lo
que te hace estar en
contacto con el mundo en
todos los sentidos. El
cine me ha dado todo eso
hasta hoy y no creo que
se termine tan rápido…
yo quisiera estar ahí
siempre, la verdad.
“La televisión es
masiva, te da la
posibilidad de estar al
alcance de la gente, de
la popularidad, de estar
en el rango de lo que la
gran mayoría de las
personas quieren ver.
Por eso tiene un gran
valor, por ser inmenso e
intenso. Y el teatro es
efímero. Tiene toda esa
adrenalina de saber que
nadie va a gritar:
‘¡Corten!!!’ Es de
arriba abajo sin parar,
y cada vez es diferente.
Cada uno de estos medios
tiene un encanto
particular. Lo único que
puedo decir con certeza
es que es un vicio,
empiezas y no sabes
cuándo vas a parar… yo
ya no puedo parar. Ya no
sé hacer otra cosa que
no sea trabajar.” |