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Un recorrido por la
avenida 23 de la capital
cubana deja una pregunta
al visitante poco
enterado: ¿qué película
pasan los cines de la
ciudad que causa
interminables colas,
atípicos tumultos,
largas conversaciones en
cualquier esquina,
gritos exaltados o
comentarios insistentes
dentro de las salas de
proyección? Mayito y
Carlos son los
protagonistas de esta
inusitada inquietud que
recorre La Habana desde
la exhibición de
Habanastation.
Una realidad es palpable
desde la prèmier
del filme: el público
siente suyas las
aventuras de Mayito y
Carlos, y por si fuera
poco el universo de
peripecias y situaciones
que presenta
Habanastation, cada
quien continúa de
regreso a casa rumiando
la historia,
incorporando de su
cosecha maneras otras de
entender las razones de
cada personaje, formas
diversas de comprender
las reacciones de
Mayito, Carlos, Moraima
o Pepe ante el mundo del
que les toca ser parte.
Luis Alberto García
regresa a la pantalla
cubana esta vez como
músico y padre de Mayito
en el elenco de
Habanastation. Para
el actor los porqués del
entusiasmo alrededor de
la película son claros:
Habanastation,
después de disfrutarla,
hace que la gente
piense… por la
sinceridad con que
retrata la Cuba actual,
La Habana actual.
La conversación con
La Jiribilla se
extiende, traspasa los
objetivos originales
—adentrarnos
en los pormenores de
Habanastation—
para llevarnos a través
de varios cigarros hacia
otros temas, que, aunque
nacen a veces alejados
de las notas previas al
encuentro, Luis Alberto
acoge con paciencia y
naturalidad infinitas,
siempre a la caza de la
palabra precisa
que redondee una imagen…
pero primero lo primero…
¿Qué relación tiene el
personaje de Pepe Arlay
con Luis Alberto García?
Aunque no soy músico,
hay muchos puntos de
contacto entre Pepe
Arlay, el padre de uno
de los niños de la
película, el personaje
que interpreto, y yo…
por lo menos
pertenecemos al mismo
medio, al mismo
Ministerio… me resulta
cercano porque tengo
muchos amigos músicos,
de todas las tendencias
y generaciones. O sea,
que no es que hice de
cosmonauta o de
científico de la NASA,
sino que me tocó
interpretar a cualquiera
de mis amigos… a un
triunfador, a un tipo
que es reconocido a
nivel internacional…
Tampoco es que Pepe sea
igual a mí, es un hombre
que todo lo que tiene,
desde el punto de vista
material, se lo ha
ganado con su talento.
No me costó mucho
trabajo hacerlo, de
hecho me preparé con
Miguel Núñez, director
musical del grupo de
Pablo Milanés, y el tema
que toco en la película
es de su autoría.
Por otro lado, Pepe es
un padre y yo tengo tres
niñas, y dentro de poco
seré padre por cuarta
vez. O sea, que tenía
asideros, tenía donde
afincarme para construir
el personaje.
La frase promocional de
Habanastation
dice que la película
presenta “Una misma
Cuba, dos Habanas
distintas”…
Creo que
Habanastation es una
película necesaria. Y en
los pocos días que lleva
en los cines todo el que
se me acerca, en los más
diversos tonos, me dice
“gracias por mostrarnos
cómo somos”. En los
últimos años, la vida ha
cambiado mucho. Pienso
que a nadie se le ocurra
decir hoy que en Cuba no
hay clases sociales. Ian
decidió, y todos
nosotros, mostrar la
Cuba contemporánea tal
cual, sin afeites, sin
mentiras, sin doble
moral… convencidos de
que una película no va a
cambiar el mundo,
convencidos de que una
película debe realizar
la operación de enseñar
quiénes somos y cómo
vivimos.
Odio profundamente
cuando se hace una
operación a la inversa,
mentirosa, y se quiere
mostrar la vida como
debe ser y no como es en
realidad. Esa operación
de ocultamiento me
parece una trampa y lo
más
contrarrevolucionario
que hay…
revolucionario de verdad
es el arte que dice:
“esto es lo que existe,
que lo cambie quien
tenga que cambiarlo,
pero esto es lo que
existe”.
La película hace pensar.
Y esa es la operación
que me interesa: que de
alguna manera, cuando la
gente ponga la cabeza en
la almohada, piense: ¿a
mis hijos yo los estaré
educando así?, ¿les
estaré enseñando cuál es
su país real?
Ian quiere mover
Habanastation hacia
sitios donde la
discusión siga después
de proyectado el filme,
porque nos parece
interesante todo lo que
la película provoca. Uno
se plantea unos
objetivos a priori,
pero otros que ni
siquiera imaginaste
están allí. Nos gustaría
de cierta manera hacer
sociología, preguntarnos
qué pasa que la gente no
puede parar de hablar…
parece que hay algo que
les remueve muchas cosas
con la cinta, y las
discuten, airean sus
diferencias, dicen lo
que sienten…
¿Cómo fue el trabajo con
Ernesto Escalona
(Mayito) y Andy Fornaris
(Carlos)?
Ian Padrón es
extremadamente
puntilloso y
quisquilloso, prefiere
ser perfeccionista y,
por lo tanto, trató de
tener todos los cabos
atados antes de salir a
rodar un solo plano. Por
eso antes del primer día
de filmación existía una
empatía perfecta con los
niños, en este caso con
el que iba a ser mi
hijo, con Ernestico, y
con Blanca Rosa
(Blanco), por supuesto.
Hicimos muchos ensayos y
trabajo de mesa juntos,
filmamos incluso
improvisaciones que no
aparecen en la película,
y lo que buscábamos era
que la química fluyera
entre nosotros.
Además, los dos niños
están muy bien
preparados, han
trabajado muchísimo como
parte de La Colmenita, y
La Colmenita, habrá que
decirlo, es uno de los
lugares que más actores
está aportando al
audiovisual en Cuba. Tin
está haciendo un trabajo
hacia la actuación y por
la actuación en Cuba que
hay que reconocer.
A Ernesto y Andy
puedes hablarles como a
cualquier otro
profesional del ramo
porque saben lo que
tienen que hacer, cuál
es la cadena de acciones
lógicas, por qué su
personaje se comporta de
una manera, por qué
habla de una forma… así
que son actores con
muchísima experiencia
pero de corta edad, algo
rarísimo, pero
maravilloso.
Y en cuanto a la labor
con Ian Padrón…
Ian es un tipo que tiene
muchísimo talento y un
artista con una
sensibilidad extrema.
Este es su primer
largometraje, ya había
hecho cortos como
Motos, por ejemplo,
y en el terreno del
documental cosas
importantísimas, la más
importante Fuera de
liga, un clásico.
La idea de
Habanastation Ian la
estaba manejando desde
hacía unos años… y me
llamó cuando tuvo listo
el guion… sin habérmelo
leído le dije que sí,
que iba a participar,
por muchas cosas: por la
empatía que tenemos, por
la amistad que nos une,
porque confío en su
talento y capacidad… y
me alegra no haberme
equivocado.
Cuando leí el guion me
pareció una historia
rotunda, universal, que
es algo que a veces les
falta a nuestro cine y a
nuestro audiovisual en
general. Desde el
principio me pareció que
funcionaría en cualquier
lugar del mundo. Esta
cuestión de presentar a
dos niños viviendo en
polos opuestos, en las
antípodas de una
sociedad
—por
un lado uno que lleva
una vida en la que todo
está resuelto, y por
otro un medio con
carencias de toda clase—,
era una historia que
sabía iba a funcionar.
El guion me pareció muy
bien escrito, con mucha
sensibilidad, sin teque,
sin politiquería, sin
oportunismo… un guion
decidido a mostrar la
vida tal cual, que más
que dar respuestas hacía
preguntas, y eso me
llamó poderosamente la
atención.
Pero bueno, yo había
decidido trabajar en la
película sin leérmela,
solamente confiando en
Ian… más bien fue un
acto de fe.
¿Cómo funcionó el
proceso de filmación?
Esta fue una cinta
peculiar: fue como
filmar en familia, y esa
atmósfera,
lastimosamente, no
siempre se consigue en
un rodaje. Aquí fue como
si una familia o un
grupo de amigos
decidiera hacer algo
divertido, hermoso y que
valiera la pena…
Y filmar en Zamora fue
una experiencia
inolvidable. Dos meses y
medio estuvimos rodando
y allí no se perdió
nada: ni un móvil, ni
una de las tantas
computadoras que tenía
el equipo. Y lo único
que recibimos de la
gente fue cariño y
solidaridad, solidaridad
y cariño.
¿A qué elementos o
métodos echa mano para
construir un personaje?
Lo primero que trato de
hacer es entender cómo
es esa persona que me
han dado a interpretar.
El cómo lo voy a hacer
no me preocupa tanto,
sino el cómo es, de
dónde viene, qué hace. Y
creo que en la medida en
que aprehenda todo lo
concerniente a ese rol,
a ese carácter, pues ya
lo demás irá saliendo.
Siempre he confiado en
eso y, aunque no me sale
en un ciento por ciento
de los casos, a veces
atino.
Lo que nunca busco son
cosas externas: ni
agradarle al público, ni
poner en un personaje
gags donde no deben ir
para llamar la atención.
Eso no me interesa.
Trato de ser lo más
consecuente posible con
la historia que el
guionista y el director
tienen en su cabeza y
quieren mostrar, y
adecuarme a eso. En
algunos casos son
personajes más cercanos
a mí, en otros no tanto;
pero trato de que
siempre tengan carne,
entraña, misterio. Pero
no tengo una fórmula.
¿Y cómo entra la música
en la modelación de un
personaje?
La más universal de las
artes es la música y me
aporta una densidad
dramática que no
encuentro en ninguna
otra de las artes. La
música te asalta
dondequiera, desde los
más disímiles formatos y
a veces sin
proponértelo.
Claro, los actores
trabajan con sus
sentimientos, y si algo
tiene que ver con eso es
la música. En el caso de
esta película yo escucho
mucho jazz cubano y
latino, y entiendo el
mundo del personaje que
interpreté, Pepe Arlay.
A veces la música me
sirve para aislarme del
proceso de producción de
una película, que es
realmente atormentador.
Un rodaje es lo más
difícil que hay: todo el
mundo está haciendo su
trabajo, es como una
colmena, y hay ruidos o
conversaciones que te
sacan de lo que debes
estar haciendo, que es
preparando tu personaje.
La música me aísla de
ese entorno.
En determinados
personajes que tienen
una carga dramática muy
fuerte, conseguir la
concentración es muy
difícil, y lo logro
escuchando música, a
través de la cual me voy
a otro sitio, de manera
que, cuando me llaman a
rodar, tengo que
regresar de aquel lugar
donde estaba. Y hago
entonces lo que me toca.
Es algo que he ido
descubriendo sobre la
marcha.
Decía que trata de ser
consecuente con la
historia que el
guionista y el director
quieren mostrar, pero
¿qué pasa cuando un
guion o una historia son
malos?
Cuando un guion es malo,
hay que hacer de tripas
corazón: tratar por
todos los medios de
enmendarlo
colectivamente, tratar
de convencer al
director, proponer cosas
nuevas, hacer un trabajo
de mesa exhaustivo,
viendo lo que funciona y
lo que no. A veces no me
queda otro remedio que
decir: “esta película no
soy yo quien la dirige,
lo que me queda es
tratar de estar lo mejor
posible dentro de una
historia que no me gusta
mucho, y mirar al
techo”.
La vida no es perfecta,
ojalá yo pudiera hacer
las películas que tengo
deseos de hacer y punto.
Pero en este trabajo, el
actor no decide, es una
manifestación artística
colectiva: tengo que
esperar a que alguien
escriba un guion, a
alguien que quiera
dirigirlo, luego a que
se consiga el dinero
para rodar, y por
último, a tener la
suerte de que me
escojan, porque hay
muchos actores con gran
talento. Así que esa
utopía que me enseñaron
en la escuela que decía:
“acepta nada más
aquellos roles o
personajes que te
aporten o atraigan
realmente”, es eso: una
utopía y no hay quien lo
siga.
Por ese lado es más
feliz el músico, el
pintor, el escritor
porque hacen la obra que
realmente quieren. Esa
es la vida del actor: no
siempre haces las
películas que quieres.
Así es la vida, ¿o no?
¿Tú siempre haces las
entrevistas y los
trabajos que te
interesan?
Buena pregunta… ¿Cuál
sería el quid de la
actuación para Luis
Alberto García?
Eso lo decidí desde hace
mucho tiempo, ser actor.
Viendo el rigor y la
preparación con que
enfrentaban su trabajo
mi padre y sus amigos y
amigas, esa generación,
pues entendí muy
temprano que la
actuación era un arte, y
un arte muy difícil.
Por eso siempre digo que
no llegué al oficio para
firmar autógrafos, ya se
hubiera pasado mi tiempo
porque ya voy a cumplir
49 años y las muchachas
quieren autógrafos de
los protagonistas de 19.
Se me hubiera pasado
rápido la emoción
aquella.
Esa es la pregunta más
difícil que me hacen
siempre en la vida: “¿y
por qué te gusta ser
actor?” Imagínate tú. No
sabría decirlo. Es como
tomar un vaso de agua o
como respirar. Nunca me
he detenido a organizar
en mi mente todos los
porqués que me llevaron
a ser actor. El talento
es algo inasible, uno
nunca sabe por dónde
llegó.
Me gusta mi trabajo. A
veces me parece una
locura que exista porque
eso de tratar de ser un
mentiroso total… y al
fin y al cabo eso es ser
actor: tienes que
elaborar una mentira con
un grado de fineza y
sofisticación como para
que parezca una verdad,
porque yo no soy ese
tipo que estás viendo en
una determinada
película... Ahora, esa
es una mentira que hay
que construir desde la
verdad más absoluta, y
¿con qué haces ese
trabajo? Pues contigo
mismo, con tu cuerpo.
¿Cómo puedes lograr
emocionar a las
personas, si antes no te
emocionas tú y crees a
pies juntillas lo que te
está pasando por la
cabeza en ese momento?
Hay que meter a la gente
en esa convención, y eso
vale lo mismo cuando
estás haciendo un
personaje bueno, que uno
malo. ¿Por qué la gente
le cree a Perugorría el
Diego de Fresa y
Chocolate? Porque
está diseñado con toda
la sutileza del mundo y
no ves ni una costura. Y
de eso se trata: de
construir una mentira
sin que las costuras se
vean: eso es mágico.
En la mayoría de las
artes se trabaja con
elementos externos, aquí
no: soy mi propia
herramienta, y hay que
entrenar esa herramienta
de forma tal que los
demás crean la mentira
que inventaste para
ellos. Estamos hablando
de un trabajo de locos,
realmente. De un trabajo
que tiene un componente
psiquiátrico muy raro.
Usted tiene una
formación sobre todo
teatral y, de hecho,
participó en algunas
piezas como Santa
Camila de La Habana
Vieja, ¿cómo es que
llegó al cine y la
televisión y no ha
regresado al teatro?
Me gradué del Instituto
Superior de Arte y me
fui a Teatro Estudio,
pudiendo ir a Teatro
Político
—que
era donde estaba mi
padre—,
preferí empezar en
Teatro Estudio, no
quería ser el hijo de…
durante dos años estuve
ahí, pero pronto
empezaron a llegar otros
trabajos que eran
incompatibles con el
ritmo y la disciplina de
un grupo de teatro: no
podía estar en una obra
y filmar Clandestinos
al mismo tiempo. Tuve
que decidirme y me fui
de Teatro Estudio,
porque de otra manera no
iba a poder hacer las
cosas que hice en cine o
televisión. Pero tengo
un respeto y una
adoración absolutos por
los actores y grupos que
se mantienen haciendo
teatro. Son los héroes
del gremio: son los peor
pagados, los que menos
reconocimiento social
tienen; y, sin embargo,
consideran al teatro
como algo sagrado.
Cuando voy a una
representación teatral y
veo algo que me
impresiona
favorablemente, siento
una envidia sana porque
ver un teatro completo
de pie aplaudiendo a
alguien que ha hecho una
maravilla arriba del
escenario es una especie
de pago otro, diferente,
que te llevas a la
tumba… con ese no se
puede ir a la tienda,
pero te hace sentir
extremadamente bien.
Pero el teatro lleva
mucho tiempo y, aunque
lo respeto y estoy
convencido de que en
algún momento
—más
adelante—
volveré a hacerlo otra
vez, encuentro que
funciono mejor delante
de las cámaras.
En una entrevista con
Edmundo García usted
dijo que es un prejuicio
común restar a los
actores capacidad
intelectual, que en
ocasiones se ve
al actor simplemente
como un instrumento para
que otra persona diga
algo…
A lo mejor me acusen de
defender demasiado mi
gremio, pero la ley con
la que se fundó el
Instituto Cubano del
Arte e Industria
Cinematográficos dice
entre sus primeros
apartados: “el cine es
un arte”, ojalá que la
mayoría de las personas
que tienen que ver con
nuestro trabajo
entendieran de la misma
manera que la actuación
es un arte.
En los sitios más
encumbrados y en las
mentes más elevadas de
nuestra intelectualidad,
abunda el criterio
—prejuicio
al fin y al cabo—
de que los actores son
marionetas, que se
mueven con hilitos y que
siempre dicen lo que el
director quiere y lo que
otra persona escribió.
Me molesta que traten de
presentarnos como unos
descerebrados, muchas
veces incultos, que no
tienen idea de lo que
están diciendo; me
molesta porque, repito,
la actuación es un arte,
siempre y cuando la
enfrentes con toda la
seriedad del mundo.
Los críticos a veces no
tienen idea de cuántos
aportes de un actor o
grupo de actores hay en
una película. Si se
leyeran los guiones y
compararan lo que está
escrito con lo que está
en pantalla, empezarían
a averiguar cómo una
escena que empezó siendo
de una manera evolucionó
hacia otra historia, y
se darían cuenta de por
qué el cine es un arte
colectivo: porque es la
suma de talentos.
Es cierto que el
guionista escribe la
historia, que el
director te guía; pero
también es cierto que
muchas veces el talento
y la sensibilidad de
determinado actor o
actriz le aportan a la
visión del director
cosas que no estaban en
ningún sitio. Y eso no
se entiende.
Creo que nos ha hecho
muchísimo daño aquella
antigua comparación con
el sistema de estrellas
capitalista. Cuando
surgió el arte
revolucionario se habló
—y
se sigue hablando—
de manera despectiva de
ese sistema de
estrellas. A todo lo que
huela a eso se le tiene
mucha fobia. El sistema
capitalista tiene muchas
cosas malas y muchas
buenas. Si bien es
cierto que le otorga al
actor o actriz el
estrellato total
—tanto
que la gente va al cine
para verlos y las
revistas hacen hincapié
en venderlos—
el respeto hacia el
trabajo de esa gente
existe.
A veces se comenta que
hay una brecha entre la
generación de actores a
la que perteneces y los
más jóvenes que se
dedican a la actuación…
hablamos sobre todo de
la calidad de las
interpretaciones en
espacios dramáticos
televisivos…
Hay muy buenas escuelas
de actores en Cuba, eso
es cierto. Están
saliendo muchos actores
y actrices de esos
centros que darán
muchísimo de qué hablar
en este país. Sin ir más
lejos, Ernesto Escalona
y Andy Fornaris son casi
niños, Chijona tuvo
magníficos actores y
actrices en Boleto al
paraíso… sí hay, lo
que hace falta son
buenos guiones.
Según mi opinión,
nuestra televisión tiene
una misión de
propaganda, la
programación dramática
es secundaria.
Gradualmente ha ido
bajando el nivel de los
audiovisuales, en este
caso de la televisión,
por muchas razones: han
fallecido mucha gente,
otras se han ido, y cada
vez nuestra televisión
es más pacata, más
cobarde… casi nunca lo
que muestra se parece a
cómo operan las cosas en
la calle, con el
ciudadano común, de a
pie. Aunque en los
últimos tiempos se han
tocado temas que eran
tabú, aún no se mete el
dedo en la llaga.
Entonces el gran
público, que no es un
conocedor
—ni
tendría por qué serlo—,
no habla de dramaturgia
o literatura,
simplemente dice que las
telenovelas que le
gustan son las
brasileñas, porque
tienen personajes de
carne y hueso, hay
conflictos reales y
muestran la sociedad
brasileña con sus luces
y sombras. Eso no pasa
con nuestras
telenovelas. Ese espacio
se ha dejado más al cine
y al teatro. Lo que se
muestra es una vitrina,
nuestros personajes son
apolíticos. Esto provoca
una operación
intelectual muy
compleja, y el público
termina diciendo: “no
compadre, yo no veo
eso”. Y se va a la
esquina a comprar un VCD
con cualquier programa.
Nuestra realidad es
riquísima en conflicto,
partiendo de que somos
un país que no se parece
a casi ninguno en el
mundo. De las
contradicciones en todos
los niveles saldrían
maravillosas series y
teleplays. Solo falta
tener vocación política
para decir: “vamos a
quitarnos el antifaz y
mostrarnos tal como
somos”.
Decir cómo somos ya no
es darle armas al
enemigo, todo lo
contrario: hay que
oxigenar, como dice
Silvio, hay que quitar
la R de Revolución, se
trata de evolucionar.
Vamos a acabar de coger
el toro por los cuernos
y decirle al pan, pan, y
al vino, vino.
De ahí la reacción con
Habanastation:
cuando le dices a la
gente “esto somos”, y la
gente se reconoce, entra
en la película.
Por último, cuénteme del
espacio La máquina de la
melancolía que mantiene
cada domingo en El
Sauce…
Frank Delgado y yo en
las fiestas de amigos
siempre poníamos música,
él es músico, yo un
melómano. Por diversas
razones nos convertimos
desde muy temprana edad
en coleccionistas de
música… ¿ves que la
música siempre me
persigue?
Bueno, empezamos a poner
música cuando nos
encontrábamos en algún
sitio: él ponía y yo
ponía, él pinchaba
música y yo también. Era
una especie de
competencia fraterna. Y
la gente se sorprendía
por los temas que
poníamos… parece que no,
pero esto de coleccionar
música lleva mucho
tiempo, no tienes idea
de a los lugares que he
ido buscando una
canción.
Esto que hacíamos como
divertimento a Frank se
le ocurrió llevarlo a El
Sauce, y me dijo:
“¿Luis, por qué no
hacemos los domingos eso
que tú y yo hacíamos
antes?” Pensamos que
podría funcionar, pues
no a todo el mundo le
gusta el reguetón y en
la mayoría de los
lugares es lo único que
puedes escuchar. Y este
es un espacio
alternativo
—mira
tú, ahora lo alternativo
es la otra música y no
el reguetón—
donde se escucha otro
tipo de música.
Dentro de poco
cumpliremos dos años
haciéndolo y nunca me
imaginé que un día a la
semana yo iba a trabajar
por contrato para
ponerle música a un
grupo de gente durante
cinco horas. La paso
requetebién, y la gente
se divierte muchísimo. Y
si antes te había dicho
que la música es mi otra
manera de vivir,
conseguir que la gente
se divierta y baile con
música que durante años
he ido coleccionando,
pues eso me da mucha
alegría.
Las cinco horas de El
Sauce las vivimos en
democracia: se pone
música de todas las
épocas y para todos los
gustos. Rapidísimo la
gente entendió eso: que
se pone toda la música y
que no se pone reguetón.
Los primeros domingos me
daba un poco de
vergüenza que la gente
dijera: “pero este no
era actor, ¿qué hace
poniendo música?” Pero
eso pasó rápido porque
lo asumimos como una
broma, broma que se
mantiene en pie. Y la
gente que viene acá es
muy feliz: por lo menos
en esas cinco horas de
domingo borran todo lo
malo que les haya podido
pasar en la semana y
vuelven en el tiempo,
porque con la música uno
puede regresar a la beca
donde estudió, a la
primera novia que tuvo y
al primer grupo de
amigos… y recuerdan… uno
no sabe la cantidad de
música que tiene en el
disco duro del cerebro.
Y esa es la operación
que hacemos, de eso se
trata”. |