La Habana. Año X.
30 de JULIO al 5
de AGOSTO de 2011

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Luis Alberto García
Habanastation: Un acto de fe
Celia Medina • La Habana
Fotos: Carlos Otero

Un recorrido por la avenida 23 de la capital cubana deja una pregunta al visitante poco enterado: ¿qué película pasan los cines de la ciudad que causa interminables colas, atípicos tumultos, largas conversaciones en cualquier esquina, gritos exaltados o comentarios insistentes dentro de las salas de proyección? Mayito y Carlos son los protagonistas de esta inusitada inquietud que recorre La Habana desde la exhibición de Habanastation.

Una realidad es palpable desde la prèmier del filme: el público siente suyas las aventuras de Mayito y Carlos, y por si fuera poco el universo de peripecias y situaciones que presenta Habanastation, cada quien continúa de regreso a casa rumiando la historia, incorporando de su cosecha maneras otras de entender las razones de cada personaje, formas diversas de comprender las reacciones de Mayito, Carlos, Moraima o Pepe ante el mundo del que les toca ser parte.

Luis Alberto García regresa a la pantalla cubana esta vez como músico y padre de Mayito en el elenco de Habanastation. Para el actor los porqués del entusiasmo alrededor de la película son claros: Habanastation, después de disfrutarla, hace que la gente piense… por la sinceridad con que retrata la Cuba actual, La Habana actual.

La conversación con La Jiribilla se extiende, traspasa los objetivos originales adentrarnos en los pormenores de Habanastation para llevarnos a través de varios cigarros hacia otros temas, que, aunque nacen a veces alejados de las notas previas al encuentro, Luis Alberto acoge con paciencia y naturalidad infinitas, siempre a la caza de la palabra precisa que redondee una imagen… pero primero lo primero…

¿Qué relación tiene el personaje de Pepe Arlay con Luis Alberto García?

Aunque no soy músico, hay muchos puntos de contacto entre Pepe Arlay, el padre de uno de los niños de la película, el personaje que interpreto, y yo… por lo menos pertenecemos al mismo medio, al mismo Ministerio… me resulta cercano porque tengo muchos amigos músicos, de todas las tendencias y generaciones. O sea, que no es que hice de cosmonauta o de científico de la NASA, sino que me tocó interpretar a cualquiera de mis amigos… a un triunfador, a un tipo que es reconocido a nivel internacional… Tampoco es que Pepe sea igual a mí, es un hombre que todo lo que tiene, desde el punto de vista material, se lo ha ganado con su talento.

No me costó mucho trabajo hacerlo, de hecho me preparé con Miguel Núñez, director musical del grupo de Pablo Milanés, y el tema que toco en la película es de su autoría.

Por otro lado, Pepe es un padre y yo tengo tres niñas, y dentro de poco seré padre por cuarta vez. O sea, que tenía asideros, tenía donde afincarme para construir el personaje.

La frase promocional de Habanastation dice que la película presenta “Una misma Cuba, dos Habanas distintas”…

Creo que Habanastation es una película necesaria. Y en los pocos días que lleva en los cines todo el que se me acerca, en los más diversos tonos, me dice “gracias por mostrarnos cómo somos”. En los últimos años, la vida ha cambiado mucho. Pienso que a nadie se le ocurra decir hoy que en Cuba no hay clases sociales. Ian decidió, y todos nosotros, mostrar la Cuba contemporánea tal cual, sin afeites, sin mentiras, sin doble moral… convencidos de que una película no va a cambiar el mundo, convencidos de que una película debe realizar la operación de enseñar quiénes somos y cómo vivimos.

Odio profundamente cuando se hace una operación a la inversa, mentirosa, y se quiere mostrar la vida como debe ser y no como es en realidad. Esa operación de ocultamiento me parece una trampa y lo más contrarrevolucionario que hay… revolucionario de verdad es el arte que dice: “esto es lo que existe, que lo cambie quien tenga que cambiarlo, pero esto es lo que existe”.

La película hace pensar. Y esa es la operación que me interesa: que de alguna manera, cuando la gente ponga la cabeza en la almohada, piense: ¿a mis hijos yo los estaré educando así?, ¿les estaré enseñando cuál es su país real?

Ian quiere mover Habanastation hacia sitios donde la discusión siga después de proyectado el filme, porque nos parece interesante todo lo que la película provoca. Uno se plantea unos objetivos a priori, pero otros que ni siquiera imaginaste están allí. Nos gustaría de cierta manera hacer sociología, preguntarnos qué pasa que la gente no puede parar de hablar… parece que hay algo que les remueve muchas cosas con la cinta, y las discuten, airean sus diferencias, dicen lo que sienten…

¿Cómo fue el trabajo con Ernesto Escalona (Mayito) y Andy Fornaris (Carlos)?

Ian Padrón es extremadamente puntilloso y quisquilloso, prefiere ser perfeccionista y, por lo tanto, trató de tener todos los cabos atados antes de salir a rodar un solo plano. Por eso antes del primer día de filmación existía una empatía perfecta con los niños, en este caso con el que iba a ser mi hijo, con Ernestico, y con Blanca Rosa (Blanco), por supuesto. Hicimos muchos ensayos y trabajo de mesa juntos, filmamos incluso improvisaciones que no aparecen en la película, y lo que buscábamos era que la química fluyera entre nosotros.

Además, los dos niños están muy bien preparados, han trabajado muchísimo como parte de La Colmenita, y La Colmenita, habrá que decirlo, es uno de los lugares que más actores está aportando al audiovisual en Cuba. Tin está haciendo un trabajo hacia la actuación y por la actuación en Cuba que hay que reconocer.

A Ernesto y Andy puedes hablarles como a cualquier otro profesional del ramo porque saben lo que tienen que hacer, cuál es la cadena de acciones lógicas, por qué su personaje se comporta de una manera, por qué habla de una forma… así que son actores con muchísima experiencia pero de corta edad, algo rarísimo, pero maravilloso.

Y en cuanto a la labor con Ian Padrón…

Ian es un tipo que tiene muchísimo talento y un artista con una sensibilidad extrema. Este es su primer largometraje, ya había hecho cortos como Motos, por ejemplo, y en el terreno del documental cosas importantísimas, la más importante Fuera de liga, un clásico.

La idea de Habanastation Ian la estaba manejando desde hacía unos años… y me llamó cuando tuvo listo el guion… sin habérmelo leído le dije que sí, que iba a participar, por muchas cosas: por la empatía que tenemos, por la amistad que nos une, porque confío en su talento y capacidad… y me alegra no haberme equivocado.

Cuando leí el guion me pareció una historia rotunda, universal, que es algo que a veces les falta a nuestro cine y a nuestro audiovisual en general. Desde el principio me pareció que funcionaría en cualquier lugar del mundo. Esta cuestión de presentar a dos niños viviendo en polos opuestos, en las antípodas de una sociedad por un lado uno que lleva una vida en la que todo está resuelto, y por otro un medio con carencias de toda clase, era una historia que sabía iba a funcionar.

El guion me pareció muy bien escrito, con mucha sensibilidad, sin teque, sin politiquería, sin oportunismo… un guion decidido a mostrar la vida tal cual, que más que dar respuestas hacía preguntas, y eso me llamó poderosamente la atención.

Pero bueno, yo había decidido trabajar en la película sin leérmela, solamente confiando en Ian… más bien fue un acto de fe.

¿Cómo funcionó el proceso de filmación?

Esta fue una cinta peculiar: fue como filmar en familia, y esa atmósfera, lastimosamente, no siempre se consigue en un rodaje. Aquí fue como si una familia o un grupo de amigos decidiera hacer algo divertido, hermoso y que valiera la pena…

Y filmar en Zamora fue una experiencia inolvidable. Dos meses y medio estuvimos rodando y allí no se perdió nada: ni un móvil, ni una de las tantas computadoras que tenía el equipo. Y lo único que recibimos de la gente fue cariño y solidaridad, solidaridad y cariño.

¿A qué elementos o métodos echa mano para construir un personaje?

Lo primero que trato de hacer es entender cómo es esa persona que me han dado a interpretar. El cómo lo voy a hacer no me preocupa tanto, sino el cómo es, de dónde viene, qué hace. Y creo que en la medida en que aprehenda todo lo concerniente a ese rol, a ese carácter, pues ya lo demás irá saliendo. Siempre he confiado en eso y, aunque no me sale en un ciento por ciento de los casos, a veces atino.

Lo que nunca busco son cosas externas: ni agradarle al público, ni poner en un personaje gags donde no deben ir para llamar la atención. Eso no me interesa. Trato de ser lo más consecuente posible con la historia que el guionista y el director tienen en su cabeza y quieren mostrar, y adecuarme a eso. En algunos casos son personajes más cercanos a mí, en otros no tanto; pero trato de que siempre tengan carne, entraña, misterio. Pero no tengo una fórmula.

¿Y cómo entra la música en la modelación de un personaje?

La más universal de las artes es la música y me aporta una densidad dramática que no encuentro en ninguna otra de las artes. La música te asalta dondequiera, desde los más disímiles formatos y a veces sin proponértelo.

Claro, los actores trabajan con sus sentimientos, y si algo tiene que ver con eso es la música. En el caso de esta película yo escucho mucho jazz cubano y latino, y entiendo el mundo del personaje que interpreté, Pepe Arlay.

A veces la música me sirve para aislarme del proceso de producción de una película, que es realmente atormentador. Un rodaje es lo más difícil que hay: todo el mundo está haciendo su trabajo, es como una colmena, y hay ruidos o conversaciones que te sacan de lo que debes estar haciendo, que es preparando tu personaje. La música me aísla de ese entorno.

En determinados personajes que tienen una carga dramática muy fuerte, conseguir la concentración es muy difícil, y lo logro escuchando música, a través de la cual me voy a otro sitio, de manera que, cuando me llaman a rodar, tengo que regresar de aquel lugar donde estaba. Y hago entonces lo que me toca. Es algo que he ido descubriendo sobre la marcha.

Decía que trata de ser consecuente con la historia que el guionista y el director quieren mostrar, pero ¿qué pasa cuando un guion o una historia son malos?

Cuando un guion es malo, hay que hacer de tripas corazón: tratar por todos los medios de enmendarlo colectivamente, tratar de convencer al director, proponer cosas nuevas, hacer un trabajo de mesa exhaustivo, viendo lo que funciona y lo que no. A veces no me queda otro remedio que decir: “esta película no soy yo quien la dirige, lo que me queda es tratar de estar lo mejor posible dentro de una historia que no me gusta mucho, y mirar al techo”.

La vida no es perfecta, ojalá yo pudiera hacer las películas que tengo deseos de hacer y punto. Pero en este trabajo, el actor no decide, es una manifestación artística colectiva: tengo que esperar a que alguien escriba un guion, a alguien que quiera dirigirlo, luego a que se consiga el dinero para rodar, y por último, a tener la suerte de que me escojan, porque hay muchos actores con gran talento. Así que esa utopía que me enseñaron en la escuela que decía: “acepta nada más aquellos roles o personajes que te aporten o atraigan realmente”, es eso: una utopía y no hay quien lo siga.

Por ese lado es más feliz el músico, el pintor, el escritor porque hacen la obra que realmente quieren. Esa es la vida del actor: no siempre haces las películas que quieres. Así es la vida, ¿o no? ¿Tú siempre haces las entrevistas y los trabajos que te interesan?

Buena pregunta… ¿Cuál sería el quid de la actuación para Luis Alberto García?

Eso lo decidí desde hace mucho tiempo, ser actor. Viendo el rigor y la preparación con que enfrentaban su trabajo mi padre y sus amigos y amigas, esa generación, pues entendí muy temprano que la actuación era un arte, y un arte muy difícil.

Por eso siempre digo que no llegué al oficio para firmar autógrafos, ya se hubiera pasado mi tiempo porque ya voy a cumplir 49 años y las muchachas quieren autógrafos de los protagonistas de 19. Se me hubiera pasado rápido la emoción aquella.

Esa es la pregunta más difícil que me hacen siempre en la vida: “¿y por qué te gusta ser actor?” Imagínate tú. No sabría decirlo. Es como tomar un vaso de agua o como respirar. Nunca me he detenido a organizar en mi mente todos los porqués que me llevaron a ser actor. El talento es algo inasible, uno nunca sabe por dónde llegó.

Me gusta mi trabajo. A veces me parece una locura que exista porque eso de tratar de ser un mentiroso total… y al fin y al cabo eso es ser actor: tienes que elaborar una mentira con un grado de fineza y sofisticación como para que parezca una verdad, porque yo no soy ese tipo que estás viendo en una determinada película... Ahora, esa es una mentira que hay que construir desde la verdad más absoluta, y ¿con qué haces ese trabajo? Pues contigo mismo, con tu cuerpo.

¿Cómo puedes lograr emocionar a las personas, si antes no te emocionas tú y crees a pies juntillas lo que te está pasando por la cabeza en ese momento? Hay que meter a la gente en esa convención, y eso vale lo mismo cuando estás haciendo un personaje bueno, que uno malo. ¿Por qué la gente le cree a Perugorría el Diego de Fresa y Chocolate? Porque está diseñado con toda la sutileza del mundo y no ves ni una costura. Y de eso se trata: de construir una mentira sin que las costuras se vean: eso es mágico.

En la mayoría de las artes se trabaja con elementos externos, aquí no: soy mi propia herramienta, y hay que entrenar esa herramienta de forma tal que los demás crean la mentira que inventaste para ellos. Estamos hablando de un trabajo de locos, realmente. De un trabajo que tiene un componente psiquiátrico muy raro.

Usted tiene una formación sobre todo teatral y, de hecho, participó en algunas piezas como Santa Camila de La Habana Vieja, ¿cómo es que llegó al cine y la televisión y no ha regresado al teatro?

Me gradué del Instituto Superior de Arte y me fui a Teatro Estudio, pudiendo ir a Teatro Político que  era donde estaba mi padre—, preferí empezar en Teatro Estudio, no quería ser el hijo de… durante dos años estuve ahí, pero pronto empezaron a llegar otros trabajos que eran incompatibles con el ritmo y la disciplina de un grupo de teatro: no podía estar en una obra y filmar Clandestinos al mismo tiempo. Tuve que decidirme y me fui de Teatro Estudio, porque de otra manera no iba a poder hacer las cosas que hice en cine o televisión. Pero tengo un respeto y una adoración absolutos por los actores y grupos que se mantienen haciendo teatro. Son los héroes del gremio: son los peor pagados, los que menos reconocimiento social tienen; y, sin embargo, consideran al teatro como algo sagrado.

Cuando voy a una representación teatral y veo algo que me impresiona favorablemente, siento una envidia sana porque ver un teatro completo de pie aplaudiendo a alguien que ha hecho una maravilla arriba del escenario es una especie de pago otro, diferente, que te llevas a la tumba… con ese no se puede ir a la tienda, pero te hace sentir extremadamente bien.

Pero el teatro lleva mucho tiempo y, aunque lo respeto y estoy convencido de que en algún momento más adelante volveré a hacerlo otra vez, encuentro que funciono mejor delante de las cámaras.

En una entrevista con Edmundo García usted dijo que es un prejuicio común restar a los actores capacidad intelectual, que en ocasiones se ve al actor simplemente como un instrumento para que otra persona diga algo…

A lo mejor me acusen de defender demasiado mi gremio, pero la ley con la que se fundó el Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos dice entre sus primeros apartados: “el cine es un arte”, ojalá que la mayoría de las personas que tienen que ver con nuestro trabajo entendieran de la misma manera que la actuación es un arte.

En los sitios más encumbrados y en las mentes más elevadas de nuestra intelectualidad, abunda el criterio prejuicio al fin y al cabo de que los actores son marionetas, que se mueven con hilitos y que siempre dicen lo que el director quiere y lo que otra persona escribió.

Me molesta que traten de presentarnos como unos descerebrados, muchas veces incultos, que no tienen idea de lo que están diciendo; me molesta porque, repito, la actuación es un arte, siempre y cuando la enfrentes con toda la seriedad del mundo.

Los críticos a veces no tienen idea de cuántos aportes de un actor o grupo de actores hay en una película. Si se leyeran los guiones y compararan lo que está escrito con lo que está en pantalla, empezarían a averiguar cómo una escena que empezó siendo de una manera evolucionó hacia otra historia, y se darían cuenta de por qué el cine es un arte colectivo: porque es la suma de talentos.

Es cierto que el guionista escribe la historia, que el director te guía; pero también es cierto que muchas veces el talento y la sensibilidad de determinado actor o actriz le aportan a la visión del director cosas que no estaban en ningún sitio. Y eso no se entiende.

Creo que nos ha hecho muchísimo daño aquella antigua comparación con el sistema de estrellas capitalista. Cuando surgió el arte revolucionario se habló y se sigue hablando de manera despectiva de ese sistema de estrellas. A todo lo que huela a eso se le tiene mucha fobia. El sistema capitalista tiene muchas cosas malas y muchas buenas. Si bien es cierto que le otorga al actor o actriz el estrellato total tanto que la gente va al cine para verlos y las revistas hacen hincapié en venderlos el respeto hacia el trabajo de esa gente existe.

A veces se comenta que hay una brecha entre la generación de actores a la que perteneces y los más jóvenes que se dedican a la actuación… hablamos sobre todo de la calidad de las interpretaciones en espacios dramáticos televisivos…

Hay muy buenas escuelas de actores en Cuba, eso es cierto. Están saliendo muchos actores y actrices de esos centros que darán muchísimo de qué hablar en este país. Sin ir más lejos, Ernesto Escalona y Andy Fornaris son casi niños, Chijona tuvo magníficos actores y actrices en Boleto al paraíso… sí hay, lo que hace falta son buenos guiones.

Según mi opinión, nuestra televisión tiene una misión de propaganda, la programación dramática es secundaria. Gradualmente ha ido bajando el nivel de los audiovisuales, en este caso de la televisión, por muchas razones: han fallecido mucha gente, otras se han ido, y cada vez nuestra televisión es más pacata, más cobarde… casi nunca lo que muestra se parece a cómo operan las cosas en la calle, con el ciudadano común, de a pie. Aunque en los últimos tiempos se han tocado temas que eran tabú, aún no se mete el dedo en la llaga.

Entonces el gran público, que no es un conocedor ni tendría por qué serlo, no habla de dramaturgia o literatura, simplemente dice que las telenovelas que le gustan son las brasileñas, porque tienen personajes de carne y hueso, hay conflictos reales y muestran la sociedad brasileña con sus luces y sombras. Eso no pasa con nuestras telenovelas. Ese espacio se ha dejado más al cine y al teatro. Lo que se muestra es una vitrina, nuestros personajes son apolíticos. Esto provoca una operación intelectual muy compleja, y el público termina diciendo: “no compadre, yo no veo eso”. Y se va a la esquina a comprar un VCD con cualquier programa.

Nuestra realidad es riquísima en conflicto, partiendo de que somos un país que no se parece a casi ninguno en el mundo. De las contradicciones en todos los niveles saldrían maravillosas series y teleplays. Solo falta tener vocación política para decir: “vamos a quitarnos el antifaz y mostrarnos tal como somos”.

Decir cómo somos ya no es darle armas al enemigo, todo lo contrario: hay que oxigenar, como dice Silvio, hay que quitar la R de Revolución, se trata de evolucionar. Vamos a acabar de coger el toro por los cuernos y decirle al pan, pan, y al vino, vino.

De ahí la reacción con Habanastation: cuando le dices a la gente “esto somos”, y la gente se reconoce, entra en la película.

Por último, cuénteme del espacio La máquina de la melancolía que mantiene cada domingo en El Sauce…

Frank Delgado y yo en las fiestas de amigos siempre poníamos música, él es músico, yo un melómano. Por diversas razones nos convertimos desde muy temprana edad en coleccionistas de música… ¿ves que la música siempre me persigue?

Bueno, empezamos a poner música cuando nos encontrábamos en algún sitio: él ponía y yo ponía, él pinchaba música y yo también. Era una especie de competencia fraterna. Y la gente se sorprendía por los temas que poníamos… parece que no, pero esto de coleccionar música lleva mucho tiempo, no tienes idea de a los lugares que he ido buscando una canción.

Esto que hacíamos como divertimento a Frank se le ocurrió llevarlo a El Sauce, y me dijo: “¿Luis, por qué no hacemos los domingos eso que tú y yo hacíamos antes?” Pensamos que podría funcionar, pues no a todo el mundo le gusta el reguetón y en la mayoría de los lugares es lo único que puedes escuchar. Y este es un espacio alternativo mira tú, ahora lo alternativo es la otra música y no el reguetón donde se escucha otro tipo de música.

Dentro de poco cumpliremos dos años haciéndolo y nunca me imaginé que un día a la semana yo iba a trabajar por contrato para ponerle música a un grupo de gente durante cinco horas. La paso requetebién, y la gente se divierte muchísimo. Y si antes te había dicho que la música es mi otra manera de vivir, conseguir que la gente se divierta y baile con música que durante años he ido coleccionando, pues eso me da mucha alegría.

Las cinco horas de El Sauce las vivimos en democracia: se pone música de todas las épocas y para todos los gustos. Rapidísimo la gente entendió eso: que se pone toda la música y que no se pone reguetón.

Los primeros domingos me daba un poco de vergüenza que la gente dijera: “pero este no era actor, ¿qué hace poniendo música?” Pero eso pasó rápido porque lo asumimos como una broma, broma que se mantiene en pie. Y la gente que viene acá es muy feliz: por lo menos en esas cinco horas de domingo borran todo lo malo que les haya podido pasar en la semana y vuelven en el tiempo, porque con la música uno puede regresar a la beca donde estudió, a la primera novia que tuvo y al primer grupo de amigos… y recuerdan… uno no sabe la cantidad de música que tiene en el disco duro del cerebro. Y esa es la operación que hacemos, de eso se trata”.

 
 
 
 


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Película cubana Habanastation 


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Del set de rodaje
a Michigan

 

LA JIRIBILLA Nro. 220
Una película de
Juan Carlos Cremata

 

 

LA JIRIBILLA Nro. 438
Mensajes de amor
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