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en verano siempre íbamos a yalta con
papá y mamá. él siempre
nos decía, a petia y a
mí, que el mar era bueno
para crecer saludables.
así que un día nos
montábamos en el
automóvil y dejábamos
atrás nuestra casa,
nuestra pequeña ciudad.
papá conducía, mamá
hacía de copiloto y el
pequeño petia y yo
íbamos en los asientos
de atrás, mirando el
camino a través de los
cristales. a veces
hacíamos muchas
preguntas,
importunábamos a nuestro
padre, y mamá nos
mandaba a callar,
diciéndonos que, cuando
papá conducía, no se le
debía molestar o
tendríamos un accidente.
entonces petia y yo
callábamos, pero solo
por un rato, hasta que
se nos olvidaba el
regaño o surgía una duda
que no podíamos
aguantar. así fue cada
verano, incluso el año
en que murió mamá.
yo estaba en el balcón
de nuestro apartamento.
petia se acercó, se
quedó mirando mis ojos
enrojecidos.
—extrañas a mamá
¿verdad? yo también la
extraño, sobre todo por
las mañanas.
sonreí. su cabeza me
llegaba al pecho, pero
hablando así, tan serio,
el pequeño petia parecía
mayor. pasaron dos
aviones mig.
—mira, petia, —le dije—
cuando sea grande seré
piloto de combate.
nos quedamos mirando las
estelas que dejaban los
mig a su paso.
—yo también seré piloto
—dijo petia—, iremos
juntos, como esos dos.
entonces papá se acercó.
parecía haber estado
escuchando. su rostro
estaba contraído, como
si forzara la sonrisa.
nos puso las manos sobre
los hombros y nos dijo
que ese año también
iríamos al mar.
así que una mañana nos
despertamos antes que
saliera el sol y
cargamos nuestro
equipaje, hecho desde la
noche anterior, en el
automóvil. hicimos casi
todo el viaje sin
decirnos una palabra. a
veces veía el asiento
vacío, pero no podía
sostener la vista.
miraba a petia, que
estaba serio, y sabía
que a él le pasaba lo
mismo. en un momento no
pude soportar más el
silencio.
—papá ¿por qué es buena
el agua del mar?
papá me miró por el
espejo retrovisor. con
un gesto brusco se
acercó al borde de la
carretera y detuvo el
automóvil.
—sasha, ya eres grande
—dijo sin dejar de
mirarme por el espejo—.
ya puedes sentarte aquí,
delante.
me quedé observando sus
ojos. había envejecido.
bajé la cabeza.
—¡no, no quiero! ¡aún
soy pequeño!
papá carraspeó. abrió la
ventanilla y encendió un
cigarro. ya no me miraba
por el retrovisor. yo
con la cabeza gacha y
papá fumando, mirando la
carretera. fue petia
quien rompió el silencio
esta vez.
—el mar es bueno porque
tiene vitaminas ¡por eso
hay tantos peces!
reímos. hasta petia rió
sin saber que lo
hacíamos por su
ocurrencia.
—el agua de mar tiene
yodo —dijo papá mientras
ponía en marcha el
automóvil—, como el que
se pone en las heridas
para que sanen pronto.
pero seguro que petia
también tiene razón.
a partir de ese momento
el viaje fue mucho más
ligero. cantamos un par
de canciones y reímos
alguna que otra vez,
recordando la gracia de
petia. llegamos a yalta
cuando ya se hacía de
noche. la dacha estaba
tal como la habíamos
dejado el año anterior.
al día siguiente nos
levantamos bien
temprano, petia y yo.
despertamos a papá, y
luego del desayuno nos
fuimos al mar. en la
playa había poca gente.
el mar parecía la
plancha de vidrio que
cubre la mesa de nuestra
cocina, y los bañistas
migas de pan o moscas.
papá se sentó bajo una
sombrilla y se quitó la
camisa. petia y yo nos
fuimos a la orilla. me
mojé los pies y sentí
cómo el yodo me recorría
la piel. me senté en la
orilla y petia se
introdujo un poco más
lejos, hundiéndose por
un momento bajo una
pequeña ola. lo vi salir
triunfante.
—¡es verdad! —gritó—
¡sabe a yodo!
entonces empezaron a
llegar.
el primero que los vio
fue el pequeño petia.
vino gritando y cuando
levanté la vista los vi.
eran alrededor de 15 o
20, niños y viejos,
hombres y mujeres.
algunos tenían manchas
en la piel y a la
mayoría le faltaba el
pelo. corrimos a donde
papá con la sensación de
haber descubierto una
invasión de seres de
otro planeta. papá se
había puesto la camisa
sobre la cabeza y
roncaba. tuvimos que
despertarlo tirándole de
brazos y piernas. al
preguntarle, nos dijo
que años atrás, cuando
petia y yo éramos muy
pequeños, ocurrió un
accidente en el norte.
una explosión había
contaminado todo: el
aire, el agua, la
tierra. esta gente vivía
por entonces cerca del
lugar del accidente, que
ahora era un desierto, y
todos habían enfermado.
—vienen al mar a
curarse.
entendimos, pero ya no
volvimos a meternos en
el agua. nos pusimos a
recoger los objetos que
las olas dejaban sobre
la arena: trozos de
madera, conchas, algas,
y hasta un reloj viejo
que debió caer de algún
barco. todo lo íbamos
colocando fuera del
alcance de las olas, en
un montón que fue
creciendo poco a poco.
entonces se nos acercó
un perrito. parecía
abandonado y petia y yo
comenzamos a jugar,
lanzándole maderitas que
el perro recogía. de
repente, petia se puso
pálido y abrió los ojos
como platos. me volteé.
junto a nosotros estaba
una niña como de diez
años, enclenque. tenía
la cabeza totalmente
calva. sus ojos eran
grandes y muy azules.
miraba con una lástima
que molestaba. petia se
escondió detrás de mí.
yo me planté firme.
—¿qué quieres? —grité.
—solo jugar con él
—dijo, señalaba al
perrito.
—¿es tuyo?
—no, pero los vi y me
dieron ganas de jugar yo
también.
el perro se le acercó y
comenzó a lamerle los
pies. ella le pasó la
mano por el lomo. lo
miraba como una madre a
un hijo. de golpe, se lo
arranqué casi de las
manos y se lo di a petia,
que corrió a donde papá.
la niña me miró con
mucha tristeza.
—¡vete de aquí! —recogí
un palo del piso— ¡vete
con los tuyos!
alcé el palo amenazante.
a la niña se le aguaron
los ojos. sus ojos
grandes, inmensos,
azules. me vi en sus
ojos, con el palo en la
mano levantada. entonces
pasó un mig sobre
nuestras cabezas. lo
escuché romper la
barrera del sonido y, al
alzar la vista, solo
quedaba la estela. volví
a mirar a la niña. vi la
estela del mig
reflejarse en sus ojos.
Fuente:
El Cuentero
Abel
Fernández-Larrea:
Narrador.
Licenciado en Estudios
Socioculturales.
Egresado del X Curso de
Técnicas narrativas del
Centro de Formación
literaria Onelio Jorge
Cardoso. Obtuvo el
Tercer Premio Mangle
Rojo, Mención en el
Premio César Galeano y
la Beca de creación El
caballo de coral por el
libro de cuentos
Absolut Röntgen. |