La Habana. Año X.
30 de JULIO al 5
de AGOSTO de 2011

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Yodo
Abel Fernández-Larrea ( La Habana, 1978)

en verano siempre íbamos a yalta con papá y mamá. él siempre nos decía, a petia y a mí, que el mar era bueno para crecer saludables. así que un día nos montábamos en el automóvil y dejábamos atrás nuestra casa, nuestra pequeña ciudad. papá conducía, mamá hacía de copiloto y el pequeño petia y yo íbamos en los asientos de atrás, mirando el camino a través de los cristales. a veces hacíamos muchas preguntas, importunábamos a nuestro padre, y mamá nos mandaba a callar, diciéndonos que, cuando papá conducía, no se le debía molestar o tendríamos un accidente. entonces petia y yo callábamos, pero solo por un rato, hasta que se nos olvidaba el regaño o surgía una duda que no podíamos aguantar. así fue cada verano, incluso el año en que murió mamá.
yo estaba en el balcón de nuestro apartamento. petia se acercó, se quedó mirando mis ojos enrojecidos.
—extrañas a mamá ¿verdad? yo también la extraño, sobre todo por las mañanas.
sonreí. su cabeza me llegaba al pecho, pero hablando así, tan serio, el pequeño petia parecía mayor. pasaron dos aviones mig.
—mira, petia, —le dije— cuando sea grande seré piloto de combate.
nos quedamos mirando las estelas que dejaban los mig a su paso.
—yo también seré piloto —dijo petia—, iremos juntos, como esos dos.
entonces papá se acercó. parecía haber estado escuchando. su rostro estaba contraído, como si forzara la sonrisa. nos puso las manos sobre los hombros y nos dijo que ese año también iríamos al mar.
así que una mañana nos despertamos antes que saliera el sol y cargamos nuestro equipaje, hecho desde la noche anterior, en el automóvil. hicimos casi todo el viaje sin decirnos una palabra. a veces veía el asiento vacío, pero no podía sostener la vista. miraba a petia, que estaba serio, y sabía que a él le pasaba lo mismo. en un momento no pude soportar más el silencio.
—papá ¿por qué es buena el agua del mar?
papá me miró por el espejo retrovisor. con un gesto brusco se acercó al borde de la carretera y detuvo el automóvil.
—sasha, ya eres grande —dijo sin dejar de mirarme por el espejo—. ya puedes sentarte aquí, delante.
me quedé observando sus ojos. había envejecido. bajé la cabeza.
—¡no, no quiero! ¡aún soy pequeño!
papá carraspeó. abrió la ventanilla y encendió un cigarro. ya no me miraba por el retrovisor. yo con la cabeza gacha y papá fumando, mirando la carretera. fue petia quien rompió el silencio esta vez.
—el mar es bueno porque tiene vitaminas ¡por eso hay tantos peces!
reímos. hasta petia rió sin saber que lo hacíamos por su ocurrencia.
—el agua de mar tiene yodo —dijo papá mientras ponía en marcha el automóvil—, como el que se pone en las heridas para que sanen pronto. pero seguro que petia también tiene razón.
a partir de ese momento el viaje fue mucho más ligero. cantamos un par de canciones y reímos alguna que otra vez, recordando la gracia de petia. llegamos a yalta cuando ya se hacía de noche. la dacha estaba tal como la habíamos dejado el año anterior.
al día siguiente nos levantamos bien temprano, petia y yo. despertamos a papá, y luego del desayuno nos fuimos al mar. en la playa había poca gente. el mar parecía la plancha de vidrio que cubre la mesa de nuestra cocina, y los bañistas migas de pan o moscas. papá se sentó bajo una sombrilla y se quitó la camisa. petia y yo nos fuimos a la orilla. me mojé los pies y sentí cómo el yodo me recorría la piel. me senté en la orilla y petia se introdujo un poco más lejos, hundiéndose por un momento bajo una pequeña ola. lo vi salir triunfante.
—¡es verdad! —gritó— ¡sabe a yodo!
entonces empezaron a llegar.
el primero que los vio fue el pequeño petia. vino gritando y cuando levanté la vista los vi. eran alrededor de 15 o 20, niños y viejos, hombres y mujeres. algunos tenían manchas en la piel y a la mayoría le faltaba el pelo. corrimos a donde papá con la sensación de haber descubierto una invasión de seres de otro planeta. papá se había puesto la camisa sobre la cabeza y roncaba. tuvimos que despertarlo tirándole de brazos y piernas. al preguntarle, nos dijo que años atrás, cuando petia y yo éramos muy pequeños, ocurrió un accidente en el norte. una explosión había contaminado todo: el aire, el agua, la tierra. esta gente vivía por entonces cerca del lugar del accidente, que ahora era un desierto, y todos habían enfermado.
—vienen al mar a curarse.
entendimos, pero ya no volvimos a meternos en el agua. nos pusimos a recoger los objetos que las olas dejaban sobre la arena: trozos de madera, conchas, algas, y hasta un reloj viejo que debió caer de algún barco. todo lo íbamos colocando fuera del alcance de las olas, en un montón que fue creciendo poco a poco. entonces se nos acercó un perrito. parecía abandonado y petia y yo comenzamos a jugar, lanzándole maderitas que el perro recogía. de repente, petia se puso pálido y abrió los ojos como platos. me volteé. junto a nosotros estaba una niña como de diez años, enclenque. tenía la cabeza totalmente calva. sus ojos eran grandes y muy azules. miraba con una lástima que molestaba. petia se escondió detrás de mí. yo me planté firme.
—¿qué quieres? —grité.
—solo jugar con él —dijo, señalaba al perrito.
—¿es tuyo?
—no, pero los vi y me dieron ganas de jugar yo también.
el perro se le acercó y comenzó a lamerle los pies. ella le pasó la mano por el lomo. lo miraba como una madre a un hijo. de golpe, se lo arranqué casi de las manos y se lo di a petia, que corrió a donde papá. la niña me miró con mucha tristeza.
—¡vete de aquí! —recogí un palo del piso— ¡vete con los tuyos!
alcé el palo amenazante. a la niña se le aguaron los ojos. sus ojos grandes, inmensos, azules. me vi en sus ojos, con el palo en la mano levantada. entonces pasó un mig sobre nuestras cabezas. lo escuché romper la barrera del sonido y, al alzar la vista, solo quedaba la estela. volví a mirar a la niña. vi la estela del mig reflejarse en sus ojos.

Fuente: El Cuentero


Abel Fernández-Larrea: Narrador. Licenciado en Estudios Socioculturales. Egresado del X Curso de Técnicas narrativas del Centro de Formación literaria Onelio Jorge Cardoso. Obtuvo el Tercer Premio Mangle Rojo, Mención en el Premio César Galeano y la Beca de creación El caballo de coral por el libro de cuentos Absolut Röntgen.

 
 
 
 
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218—0869. La Habana, Cuba. 2011.