Visión
Hay una mujer
dormida en la jaula
de los pájaros
Una pesadilla la
cabalga toda hasta
dejarla caliente y
húmeda,
rosada
Se ha llevado su
desnudez a un rincón
más amplio donde
poder lavarla con
aceite y sangre,
miel y sudores de
cuerpos selectos
Nada sabe de la olla
destapada en la
cocina que hierve
lenguas negras,
bestiales, suaves,
pálidas, tersas, de
vaca o perro
Desconoce los olores
fuertes que crecen
dentro
de sus grietas
rosadas
Ella yaciente y
arqueada sobre la
meseta de la cocina
pasan cuadros
blancos y rojos
se deslizan con
flores y el vapor
emana de las grietas
besando su espalda
en Venecia un arco
Sabe a muerte la
lluvia o a tarde la
muerte no sé
allí en su piel
mientras penetra a
la nalga la frialdad
de la loza y cerca
humea la carne a
la parrilla
Ella dormida la ha
visto un ciego y han
caído por fin
sus ojos.
Anticristo
Como amparado en la
ferocidad de un
tragaluz
yo te recorro a
destiempo,
insoslayables ambos
porque los cuerpos
sí existen
—las eternidades son
segundos dilatados
con tu calor único,
que las hojas
ignoran y trocean,
hilachas de tu carne
descomunal, magra,
feraz hasta el
tuétano
calidoscópico
de alguna sustancia
fósil—
y son más que líneas
entrecortadas al
barniz de la vela.
En cualquier
historia,
discursión,
retórica,
nigromancia, cábala,
pontificado,
hay siempre una vela
que desafíe
la vacía hambruna de
una porción de
infinito: yazga aquí
en el sumidero
ventricular de los
cuerpos, benedicite.
Quien quiera
alumbrarnos será
bienvenido.
NO QUEREMOS MAGOS.
Tampoco la panacea
que embote
cada una de mis
sensaciones, las
vulgarice.
Ya no habrá mal
eterno, ni serás un
salvador a sorbos
cortos,
penetrando su aroma,
su amargura.
Se acoge también un
poco de dolor, casi
agradecidamente.
Las palabras me
profanan a su gusto,
desátanme tiránicas
para un breve
respiro:
exorcísame o poséeme
por los siglos de
los siglos
que tú, infame
Santísimo, bendita o
antes maldecida,
sin queja acaso, me
has entregado.
Nosotros cuajamos el
tiempo, la luz,
los infra-ultramundos,
lo inmaterial
con un simple beso a
todo lo visible.
Caridad del ciego
profesante de
ciertos enigmas
solo lógicos en una
partida de dados.
Jugar a las cartas,
ases en tránsito,
las Suertes.
El azar
El prófugo
La obscena beatitud
Las bestias
piafantes escapadas
del paraíso.
Pero no un beso de
reptil petrificado
a causa de la
inverosimilitud, el
escepticismo,
el miedo a
adivinarse.
La bola de cristal
cuarteada cae ante
tus pies de vestal.
Recoges muñones, un
ápice
para que el leproso
contemple
espejismos,
se extasíe la vida
entera, te bendiga.
Porque Tú
intercediste por él,
echaste en tu piel
la nata legañosa de
su enfermedad
—malditos caminamos
hacia la cañada.
Yo sé que ese beso
los redimirá a
ambos, a Pandora,
y a los vástagos
culpables-ignorados-estúpidos-fascinerosos
de las calles.
Sosiega mis
quebrantos, mis
espumarajos de bilis
corrompida
que solo mi madre y
las moscas se
atreven a sorber.
Acompaña estos
retardados estadios
de la conciencia,
conjunción de todos
los cataclismos,
letargos improvistos
y frenéticas
dentelladas —acaso
sea la rabia—
con algo más que
gárgolas agujereando
sus penas
en mis pies,
como perros.
Acoso de las
gárgolas: ellas
tañen vengativas las
campanas.
Me oculto dentro, en
la cloaca de los
caños
por los que a veces
metí el dedo, o
empiné una lágrima.
¡Pobres creyentes
que han comprado ya
sus cuartos
en el reino!
Así pago Yo tu fe
y no avivo el pabilo
de los cirios ni
coloco ofrendas
en los sempiternos
nichos ocupados.
Ellos también
desafían los anales,
el parsimonioso afán
de las ampolletas en
su recambio de
fluidos
que verterán —oigo
los clarines— a mi
garganta.
Así habré roto el
tiempo,
hipnotizado quizá a
la sacerdotisa del
reloj.
Ahora, despojado de
aquellos
Ilustrísimos
demonios,
me apresto a hincar
la frente y al fin
santificarme:
—Perdóname, Padre,
porque he pecado
—Bienaventurados los
herejes y los
destronados;
temed los unos a los
otros, y confiad en
la oveja negra
que os salvará si
Dios ha caído en el
Sueño.
Ya nada tiene
lógica,
motivo,
fin.
He mentido sobre ti.
Regreso, pues, y
declaro
—ante los
areopagitas
inquisidores de las
sagradas
cavernas—
que no he descifrado
una palabra.
Ebrio, desnudo,
corrompido yazgo.
Me amilana luego la
confesión:
Escribimos por
gusto. Después la
vida será callar.
Circo de espejos
II
He quedado sola,
espejismo que nunca
llegó a ser
comprendido.
Sostuve un rosario
en la mano y recé a
los difuntos,
a los que van a
morir porque tienen
que morir.
Es así,
yo lo anuncié
públicamente:
no hay lecho para
los muertos.
Pero la arena,
espectro del sudor,
está allí fresca.
III
Yo también pruebo a
reírme de mí misma
ante la galería de
espejos.
Susana Haug
Morales. Poeta y
narradora. Se
desempeña como
profesora de la
Facultad de Artes y
Letras de la
Universidad de La
Habana. Ha obtenido
menciones en el
género de cuento en
los concursos La
Buena Pipa, 1996, y
Ernest Hemingway,
1997. Finalista de
los concursos
Fundación de la
Ciudad de Santa
Clara, 1997, y
David, 1997, en
Literatura Infantil.
Ha recibido, además,
el Premio Farraluque
de cuentos eróticos
(2000); Premio
Ismaelillo de
Literatura para
niños (2000) y el
Calendario de cuento
(2000). Ha publicado
los libros
Cuentos sin pies ni
cabeza (2000);
Claroscuro
(2002); Secretos
de un caserón con
espejuelos
(2002); Estadios
del ser (2002) y
Contes sans queue
ni tête (2002).
Textos suyos han
sido incluidos en
varias publicaciones
de Cuba y España. Es
miembro de la
Asociación Hermanos
Saíz.