|
Harold
Gramatges
Cuando se inicia la
Unión de Escritores y
Artistas de Cuba
(UNEAC), esta nace a
imagen y semejanza de
Nuestro Tiempo para
propiciar precisamente
esa unidad dentro de la
divergencia, por lo que
al constituirnos como
una institución con sus
bases y su reglamento,
creamos las distintas
secciones: música,
literatura, artes
plásticas, artes
escénicas y cine, radio
y televisión que eran
casi las mismas
secciones que tenía el
movimiento pero ahora
con el nombre de
asociaciones. Es decir,
que hay un vínculo
histórico entre la UNEAC
y la Sociedad Cultural
Nuestro Tiempo.
Todos aquellos jóvenes
que formábamos parte de
la sociedad, no se puede
decir que nos integramos
a la Revolución, sino
que éramos la
Revolución, éramos el
intelectual
revolucionario.
Lisandro Otero
En nuestra Unión de
Escritores y Artistas
quedó nítidamente
señalado que desde los
intelectuales que
fundaron nuestra
nacionalidad hasta
quienes empuñaron las
armas para defender
nuestra Revolución
socialista existía una
continuidad. Un mismo
latido, una misma razón,
un mismo ímpetu es el
que ha definido a
nuestros creadores en su
búsqueda de una
transformación de la
vida. Hubo escritores y
artistas en Yara y en el
Moncada, los hubo en
Baire y en Girón, los
hubo en la milicia y en
la zafra, los hubo en
las líneas antifascistas
de España, en el
Escambray, en las brozas
de África, los hubo en
todos los
enfrentamientos, en
todas las trincheras, en
todas las lidias
ideológicas. Y con ese
mismo espíritu combativo
y resuelto, la UNEAC
continúa.
Roberto Fernández
Retamar
No puedo en tan poco
espacio intentar meter
la historia inicial de
la UNEAC: siglas que,
entre paréntesis, no
corresponden a “Unión
Nacional, etc.”. La ene
está allí para hacer
pronunciable las
iniciales, que de lo
contrario parecerían una
arcada. Recuerdo que
auspicié su uso,
mientras Luis Martínez
Pedro diseñó su sello.
Ya existían a la sazón
el ICAIC y el ICAP, y
luego nacería una fauna
letrosa de la que iba a
burlarse Titón en
Muerte de un burócrata.
Voy a limitarme a evocar
dos momentos: Uno, la
conferencia que en 1962
ofreció en los locales
de la UNEAC un tal Roger
Garaudy, quien, a una
pregunta mía sobre por
qué era tan mala la
pintura soviética del
realismo socialista,
respondió
desfachatadamente que en
la Rusia de principios
de la Revolución de
Octubre no había una
rica tradición plástica.
Cuando le mencioné
nombres como los de
Chagall, los futuristas,
los constructivistas y
muchos más, replicó
airado que así hablaban
en su país los
contrarrevolucionarios,
a lo que yo correspondí
diciéndole que así
hablaban en el mío los
ignorantes. La noche se
puso tensa. El otro
momento fue la Crisis de
Octubre de ese 1962. Con
motivo de la situación
tan amenazante que
vivíamos, propuse a
Nicolás crear un Taller
para producir los
escritores y artistas
obras emergentes.
Nicolás acogió con
entusiasmo la propuesta
y encabezó dicho Taller,
el cual, entre no pocas
cosas, contó con un
pequeño periódico así
llamado, dirigido, creo,
por Félix Pita
Rodríguez. Nicolás,
Pablo Armando, Luis
Marré y yo estuvimos
entre los muchos que
escribimos entonces
poemas de ocasión, el
más bello de los cuales
fue uno breve hecho por
Marré. |