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Cuando a finales de los
años 70 entré en la
revista Somos Jóvenes,
que radicaba donde hoy
está la Editorial UNIÓN,
de la UNEAC, casi todas
las mañanas me daba un
“banquete” visual. Con
su impecable guayabera,
generalmente azul claro,
Nicolás Guillén
echaba alpiste a las
palomas, en la bella
casona de enfrente,
donde entraban y salían
los escritores,
pintores, bailarines,
cineastas que poco
tiempo atrás en mi
Holguín natal soñaba
conocer. En esa suerte
de casa encantada, ahora
llena de jardines y
árboles, radicó desde el
primer día la
organización que agrupa
a los intelectuales
cubanos. Y Nicolás era
una atracción mañanera
no solo por su vínculo
con decenas de palomas
sino porque, a pesar de
sus años, socarronamente
miraba a las mujeres que
transitaban por la acera
halagadas por la
atención del autor de
Digo que yo no soy un
hombre puro.
Entonces, yo no tenía ni
interés ni mérito alguno
para engrosar las filas
de esa organización.
Tampoco intenté entrar
cuando dirigí la revista
El Caimán Barbudo,
publiqué mi segundo
libro y algún que otro
miembro de la
institución se ofreció
para avalar mi ingreso.
Lo hice en los años 90,
al principio, cuando
Lissette Vila tan
efusiva como amable me
dio la bienvenida en la
Asociación de Cine,
Radio y Televisión de la
UNEAC en la sección de
crítica, presidida
entonces por Pablo
Ramos. El responsable
máximo de la
organización era Abel
Prieto, quien ya había
logrado un poder de
convocatoria importante
y abarcaba tanto a los
músicos, como a
cineastas, teleastas,
escritores, actores y
actrices.
Desde entonces hasta
este año que corre me he
visto involucrada de una
forma u otra en la
organización del
Caracol, suerte de
festival-taller que
tiene una parte de
competencia y otra de
debate. Los primeros
encuentros de este tipo
hicieron época, aun yo
no era miembro de la
organización, pero
asistía y soy testigo.
Las discusiones que se
generaban que podían
tener por sede el Hotel
Habana Libre, el Hotel
Nacional o el cine Yara,
eran tan sonadas que
nadie involucrado en
este sector quería
perdérselas. Y también
los premios —los
Caracoles— comenzaron a
ser apetecibles, porque
jurados respetables eran
los encargados de
entregarlos en distintas
especialidades de cine,
radio y televisión.
De los memorables
diálogos de los
Caracoles a finales de
los 90 y principios de
los años 2000, nacieron
los Consejos consultivos
que lograron poner en la
mesa de deliberación a
los ejecutivos del ICRT
y los creadores. De esos
encuentros emergieron
algunos de los cambios
positivos que tuvo la
televisión.
En época de Lissette, la
asociación desarrollaba
múltiples encuentros,
agasajos, fiestas
infantiles, y la sala
Caracol cumplió
realmente con su
slogan, era la
primera en estrenar con
tremendas colas. Es
cierto que en
oportunidades no se
proyectaron las mejores
películas, pero tal
hecho no quita el mérito
de poner a circular una
buena cantidad de
excelentes filmes.
Lissette fue la madre
del programa televisivo
Hurón azul, que aún se
transmite, promoviendo
lo mejor del arte y la
literatura, ahora con
debates incluidos.
Pero si en mi asociación
se han realizado
importantes acciones,
todas relacionadas con
los medios de difusión,
en la de música no se
pueden obviar los
concursos o jornadas
que potencian lo mejor
del hacer en el
pentagrama en los
diferentes géneros.
Desde hace una buena
cantidad de años en uno
de los corredores de la
casa, espacio conocido
como el Hurón azul, hay
descargas de distintas
tendencias musicales y
los Sábados del bolero,
noche en la que los
mejores exponentes del
género interpretan
composiciones
antológicas.
Unos cuantos lustros
atrás nacieron Unión
y La Gaceta,
revistas muy respetadas
no solo en el sector
intelectual.
Especialmente la última,
en la década precedente,
ha divulgado trabajos
sobre temas importantes
y polémicos de la
cultura nacional y ha
dado fuerza al premio de
cuento homónimo que ya
acumula una buena
cantidad de interesantes
narraciones. Mientras,
la Editorial UNIÓN se
precia de varias
colecciones que incluyen
textos de una variada
oferta: novela, cuento,
poesías, ensayos…
Precisamente, la
Asociación de escritores
entrega cada año los
premios UNEAC, en
novela, poesía, ensayo,
cuentos; los David, para
los más jóvenes que
nutren la producción
editorial y el Premio La
Rosa Blanca, dirigido a
autores dedicados a
escribir para niños.
Los artistas plásticos
tienen dos galerías
permanentes, Villa
Manuela y la sala de
múltiples usos Rubén
Martínez Villena, a las
que acceden autores
signados siempre por la
calidad. Concursos y
debates no faltan entre
pintores,
caricaturistas,
arquitectos y otros
creadores vinculados a
buscar formas singulares
con los pinceles, la
piedra u otros
materiales.
Actores y actrices que
se hayan destacado en
una o varias obras son
reconocidos con los
premios Caricato, que
otorga la Asociación de
Artistas Escénicos que
sostiene encuentros
durante todo el año con
personalidades
importantes de Cuba o
del extranjero.
Por la UNEAC han pasado
durante 50 años figuras
descollantes del arte en
el mundo, tanto
escritores, como
músicos, pintores,
cineastas, actrices,
actores y han
intercambiado con sus
colegas de la mayor de
las Antillas, algunos
reconocidos
internacionalmente.
Octavio Cortázar, ese
caballero del séptimo
arte, fundó la
productora Hurón azul
para impulsar la
creación de
documentales,
especialmente sobre arte
y literatura con lo que
se garantizaba la
memoria fílmica.
Lo anterior bastaría
para que un creador o
crítico quiera ser
miembro de la UNEAC. Yo,
sin embargo, quise
entrar en mi
organización por su
voluntad de diálogo
tanto con los creadores
como con altos
ejecutivos partidistas o
gubernamentales.
Jamás podré olvidar
aquellas encendidas
discusiones que
incursionaban en todos
los problemas sociales y
dieron pie al Sexto
Congreso. Tanto en la
sala Villena, como en el
Palacio de las
Convenciones,
especialmente con Fidel,
los asuntos que se
debatieron fueron de
trascendencia histórica
e implicaban a todos los
habitantes de la Isla.
Desde actitudes racistas
aún reinantes en una
parte de la sociedad, la
calidad de la enseñanza
general y artística, lo
que difundían los medios
de difusión y la falta
que hacía más producción
nacional, especialmente
de buenos dramatizados
que reflejaran al cubano
de hoy, eran temas
sometidos al ojo crítico
de la vanguardia
artística reunida, no
para contemplar al mundo
desde una torre sino
para transformarlo.
Muchas de las acciones
que luego se
emprendieron y Fidel
denominó como Batalla de
Ideas tuvieron su
génesis en ese congreso.
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El
séptimo fue continuación
del sexto con una
sentida ausencia, la de
nuestro Comandante en
Jefe, que ya estaba
enfermo. Este último
gran encuentro a tenor
con los tiempos de
cambio que corren,
activó comisiones
permanentes de trabajo
como la de Economía de
la cultura que lucha,
por ejemplo, por
garantizar la aceptación
del trabajo
independiente en áreas
del audiovisual o en la
comisión de enseñanza
artística donde se
sugieren
transformaciones
imprescindibles para que
existan graduados con
una sólida formación.
Quedan muchos hechos por
apuntar, pero esa
posibilidad de debatir,
reinante en cualquier
reunión, es una muestra
de la democracia que se
ha impuesto en mi
organización, razón
principal por la que ha
crecido un amor duradero
entre la UNEAC y yo. |