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A partir de la tercera
década el cine comienza
a fortalecerse en tanto
industria. La gente que
está detrás de la
pantalla (sobre todo
moviendo el dinero, pues
desde el principio
percibe que se trata de
un negocio caro, mas
negocio al fin) lo va
dejando de ver como el
fenómeno de feria,
atractivo circense que
aparentaba ser en sus
años genésicos. Y
también desde entonces,
comienza a buscar
estrellas.
Hollywood estrenaba un
star system
poderoso, que movilizaba
numeroso público a las
salas. Y faltaba más:
nuestros miméticos
harían otro tanto. Al
menos en sus principales
focos de producción
(léase México, Argentina
y Brasil) el cine
latinoamericano se dio a
la procura de figuras
con las que los
espectadores se
identificaran, actuando
ellas
¾más
allá de la pantalla
literalmente— cual
anzuelos para la
taquilla; principalmente
rostros femeninos, si
bien descubriría muy
pronto que los ídolos
del “sexo fuerte” eran
también una garantía
para que las personas
visitaran las salas de
exhibición, sobre todo
teniendo en cuenta que
el público de mujeres
era no solo inmenso, sino
harto entusiasta.
Incluso, desde la etapa
muda se encuentran
nombres de divas,
siempre imitando modelos
de producción ya
instaurados en Hollywood
y algunos países de
Europa. Aún así, la
medida correspondía a un
proyecto no solo
económico, sino social,
nacionalista; en otras
palabras, se trabajaba
en la creación de un
star system latino
que, al decir del
estudioso mexicano
Eduardo de la Vega
Alfaro aspiraba a
“instaurar una peculiar
forma de estrellato
fílmico que se
correspondiera
plenamente con las ideas
nacionalistas que
comenzaron a impregnar
todos los ámbitos de la
cultura en un país que
venía padeciendo los
estragos de una
prolongada y sangrienta
guerra civil conocida
como Revolución Mexicana
(...) (y que estaban)
asociados a proyectos
que pese a estar
influidos por el cine de
las “divas” italianas
casi siempre aspiraban
sentar las bases de una
sólida industria
cinematográfica
nacional”.
México es justamente uno
de los centros
principales de este
incipiente sistema de
estrellas y no solo
dentro del cine
nacional, pues algunas
de sus figuras
emblemáticas colaboraron
incluso en producciones
foráneas (Hollywood y
Europa) desde los
inicios.
Dolores del Río (en
primerísimo término),
Lupe Vélez, Lupita
Santa Tovar y Carmen
Guerrero, fueron algunas
de ellas, las cuales
respondían a la “salvaje
belleza latina” que
conquistaba a los
galanes en cintas
firmadas por Raoul
Walsh, F. Richard Jones,
Víctor Fleming, W.S. Van
Dyke, Christy Cabanne,
et. al.
De cualquier modo,
resultó un proceso
interactivo, de flujo y
reflujo, pues muchas de
esas actrices, formadas
en el cine
norteamericano durante
el silente, regresaron a
inicios del sonoro para
incorporarse al cine
mexicano y poner en
función de este su
experiencia.
Si bien el star
system en México
resultó, en amplísima
medida, femenino, los
“astros”, como decíamos,
no se quedaron detrás:
Pedro Armendáriz, Arturo
de Córdova, Pedro
Infante, Jorge Negrete,
fueron algunos de los
más brillantes; los dos
últimos cantaban también
(¡y tan bien!),
representando una línea
no poco explotada dentro
de toda América Latina
en su cine, como
herencia del primer
mundo (nada difícil aquí
dada nuestra riqueza en
la solfa): la
interacción entre música
y pantalla, lo cual se
tornaban un eficaz y
especial complemento.
Volviendo a las
actrices, dos nombres
destacados que hicieron
carrera en México,
procedían de Argentina:
Libertad Lamarque y
Marga López, quienes
llegaron a mediados de
la década de los 40 para
quedarse; la primera en
específico, procedente
del teatro, había
triunfado en el cine en
toda Latinoamérica
gracias al tango, del
cual era una notable
intérprete.
Este tipo de música, a
propósito, había
generado en ese país
sureño todo un género
cinematográfico (o por
lo menos, una fuerte
modalidad) aprovechando
su arraigo en amplios
estratos sociales con el
cine sonoro (y no
casualmente la primera
película de tal período
allí se titula ¡Tango!)
llegó a la gran tela
“ese pensamiento triste
que se baila” (y se
canta), según lo
definiera uno de sus
grandes cultores,
Enrique Santos Discépolo.
La contraparte masculina
de Lamarque fue Carlos
Gardel (cuyo caso
analizaremos aparte,
junto al de otras
personalidades
representativas del
star system latino).
Lo cierto es que surge
el llamado “cine de
tango” donde confluían
la comedia y el
melodrama, en este caso
literalmente, pues la
narración incluía
canciones de ese género
interpretadas en vivo
por sus
cantores-actores.
El cine es un tango
El guionista Manuel
Romero, procedente del
teatro, llegó a
convertirse en uno de
los principales
artífices de la
modalidad genérica a
través de títulos como
el archifamoso Los
muchachos de antes no
usaban gomina
(1937), Mujeres que
trabajan (1938),
La vida es un tango
y Muchachos que
estudian (ambas del
39), entre otras muchas,
que versaban sobre
madres abandonadas,
amores frustrados,
amigos divididos por el
amor de una mujer,
padres e hijos que lo
ignoran hasta los
minutos finales, y un
inmenso grupo de (in)variantes
que, con mayor o menor
fortuna, fueron
explotadas hasta la
saciedad.
“Buena cantidad de sus
filmes
¾escribe
el desaparecido
estudioso Claudio
España— fueron
escenificaciones de
letras de tangos,
desarrollados a partir
de personajes de neta
raigambre porteña,
entroncados en la línea
del melodrama y con
acotaciones sociales
¾algunas
esquemáticas pero
pintorescas digresiones
sobre los ricos
holgazanes y los pobres
trabajadores— audaces y
de avanzada.”
Sin embargo, no solo el
cine tanguero dio
posibilidad de
lucimiento a las
estrellas que atraían
considerable público;
todas las tendencias
(que fueron muchas) en
estas dos décadas, aún
cuando el trabajo de los
guionistas y directores
fuera enjundioso (Mario
Soffici, Alberto de
Zavalía, Luis Saslavski,
Luis César Amadori o el
mismo Leopoldo Torre
Ríos) se apoyaban
básicamente en actores
populares, muchos de los
cuales procedían del
mundo del espectáculo
por lo que eran ya
conocidos y aplaudidos.
Paulina Singerman, Juan
Porta, Azucena Maizani,
Amelia Bence, José Gola,
Niní Marshall, Juan José
Padilla, Elsa O’Connor,
Alberto Vila, Hugo del
Carril (otra variante
del tango), Pepe Arias,
Alberto Gómez, oscilaban
en sus quilates
histriónicos, pero eran
rostros atractivos,
personalidades de gran
fuerza, con tal
magnetismo que las
películas eran realmente
más suyas que de los
directores, generalmente
contratados por los
productores en función
de las estrellas. Lo
cierto es que en esta
nación el star system
fue notorio; no
casualmente fueron
creados dos estudios:
Argentina Sono Films y
Lumiton, y se realizaron
ingentes inversiones
que, por supuesto, no
solo eran recuperadas
sino que ingresaban
multiplicadas ganancias.
También aquí los
resultados fueron
internacionales: más
allá del país sureño, en
toda América Latina,
esos y otros ídolos
fueron muy venerados.
En Brasil, el triunfo de
la chanchada
(comedias frívolas
inspiradas en las modas
del carnaval) se apoyó
fundamentalmente en
estrellas de la época,
como la vedette Carmen
Santos (quien llegó a
tener su propia
compañía, la Brasil Vita
Filmes y a dirigir el
filme Inconfidencia
Mineira, de 1948),
Aurora Miranda, y sobre
todo su hermana, otra
figura que alcanzó
dimensión universal:
Carmen Miranda (véase
capitulillo aparte).
Si bien en el otro
gigante sureño (con por
lo menos tres compañías
bien fructíferas)
también floreció por
esta época un sólido
sistema de estrellas
apoyado en luminarias
del carnaval (Lamartine
Gabo, Mario Reis,
Moreira da Silva,
Francisco Alves...) o
del espectáculo (Mesquitinha,
Jardel Jercolis o la
pareja de cómicos que
hizo época, Grande Otelo
y Oscarito
este no conoció la
internacionalización de
sus colegas México y
Argentina, limitado por
la barrera del idioma.
En los 40, con la
guerra, se hace difícil
conseguir película
virgen, la Cinedia se
mantiene pero
modestamente, y surge
una nueva compañía, la
Atlántida, que
centraliza prácticamente
la producción brasileña
de esos años en que el
público, al margen de
los géneros, los
estudios y los
cineastas, siguió
adorando los rostros
sagrados con que
identificaba el cine.
Pese a más de un tic o
vicio, crearon una
verdadera escuela, que
afirmó también, a su
modo, el sentimiento
identitario,
nacionalista, y más allá
(no olvidemos que muchos
de esos filmes
recorrieron toda la
región ganando miles de
adeptos)
latinoamericanista.
Los espectadores iban
sintiendo cada vez más
suyos aquellos galanes y
damas antes que los
procedentes de la otra
América, en su intento
de sempiterno
desplazamiento.
Hollywood latino
A propósito de EE.UU.,
paralelamente a ese
star system en la
propia América Latina,
surge allí desde
mediados de los años 20
hasta fines de la década
siguiente, todo un
andamiaje destinado al
público de habla
hispana, cuyos
resultados fueron los
conocidos como
“Hollywood Spanish
Language Films”, o
simplemente, el cine
hispano en EE.UU.
Robert G. Dickson, un
especialista en el tema,
quien junto con Juan B.
Heinink consagró al
mismo el libro Cita
en Hollywood,
refiere en un artículo:
“Las compañías
empezaban, sin duda, a
preocuparse por la
pérdida de mercados
internacionales a los
que hasta entonces
venían abasteciendo
regularmente con la
sencilla operación de retitular películas
mudas.”
Desde Una noche en
Hollywood, corto
musical para lucimiento
del cantante y bailarín
mexicano José Bohr, en
1929, hasta La
inmaculada,
adaptación de la novela
de Catalina D’Erzell
ubicada en el D.F, en
1939 (considerada la
última), tuvo lugar una
sistemática, y en cierto
modo, fructífera
colaboración entre
talento artístico y
técnico de América
Latina y EE.UU.
No eran bien recibidos
por la mayor parte del
público los doblajes
(como tampoco ahora, en
una práctica
lamentablemente
extendida), de modo que
comenzaron los filmes
hablados en castellano,
y el primer impulsor fue
un joven cubano (que
después se estableciera
e hiciera carrera en
México), René Cardona,
productor y actor del
primer filme
hispanohablado,
Sombras habaneras,
que corrió una pésima
suerte con la crítica y
los espectadores por sus
muchos problemas de todo
tipo; afortunadamente,
al segundo intento (Sombras
de gloria), sin
llegar a esa cúspide que
presupuso el título, le
fue mejor.
En todo ese lapso de
surgimiento y desarrollo
del “cine hispano” hubo
muchos músicos que
participaron, pues no
solo se realizaron
largos sino filmes
breves, combinación de
scketchs y números
musicales (entre ellos,
muy destacado, Xavier
Cugat, quien se desdobló
así mismo en productor)
que salían bajo el
título de Revista
hispanoamericana.
Debe aclararse que este
sistema no solo incluía
rostros latinos (también
españoles) sino el
doblaje de actores
estadounidenses (como el
Gordo y el Flaco,
quienes filmaron
versiones españolas de
diez comedias suyas). No
pocos fueron los hombres
y mujeres que lograron
auténtico suceso en
Hollywood dentro de su
especial parcela latina:
Don Alvarado, Carmen
Guerrero, Fernando
Soler, Tito Guízar,
Rosita Moreno, el tenor
José Mojica, Pedro
Armendáriz, Delia
Magaña, Mona Rico, o “la
novia de México”, Lupita
Tovar (de Dolores del
Río y María Félix
hablaremos
detenidamente); el
chileno Tito Davison
(quien después
triunfaría como director
en México); los
argentinos Carlos Gardel
(quien también ocupará
unos párrafos
independientes),
Libertad Lamarque,
Benjamín Ingénito
Paralupi (quien firmaba
indistintamente como
Paul Ellis y Manuel
Granado), y muchos más.
La gran sede del “cine
hispano” en EE.UU. fue
el teatro California, en
Los Ángeles, que se
mantuvo en esa condición
hasta fines de 1948 con
estrenos sistemáticos,
aunque esas películas
circularon por todo el
país, al menos en
aquellos estados con
significativa población hispanoparlante y, por
supuesto, en toda Centro
y Sudamérica, incluyendo
Brasil, más España.
Resulta importante la
existencia de esta
facción latinoamericana
(latina, en general)
sobre todo en la etapa
que revisamos: decenas
de actores, músicos y
cineastas de todo tipo
lograron trabajo bien
remunerado, fueron dados
a conocer no solo entre
nuestras propias
naciones, sino en
importantes plazas de
Europa y Norteamérica.
Sin embargo,
esencialmente, no
constituye un paso de
avance en el proceso de
consolidación
identitaria, de “nuestramericanidad”,
primeramente porque la
imagen que se daba de
nuestros hombres y
mujeres estaba bastante
distorsionada y era
lamentable.
Por ejemplo, en El
hombre malo, de la
Warner Bros (una de las
compañías que se
ocupaban del cine
hispano) el protagonista
es Pancho, un famoso
bandido mexicano, que
roba, mata, asalta un
banco y cuánta
truhanería pueda
imaginarse. Como en este
filme, muchos de ellos
eran solo versiones de
asuntos y temas
procedentes del cine
hollywoodense, lo cual
resultaba forzado a la
hora de hacer las
versiones, digamos, en
La fuerza del querer
(1930), remake
latino de The Big
Fight, de James
Cruze Productions,
protagonizada por el
púgil uruguayo Carlos
Barbé, que a la larga
era un gran ajiaco de
gangsterismo y rounds de
boxeo, pese a que el
título de melo ramplón
con que salió al mercado
hispano hacía esperar
otra cosa.
Por demás, muchos de
nuestros actores no
representaban
precisamente papeles
latinos (vg: de cinco
filmes que hizo Tito
Guízar en español, solo
en uno, Cuando canta
la ley, hacía de
mexicano) sino que eran
figuras de ellos las que
incorporaban personajes
nuestros (vg: el caso de
Paul Muni encarnando a
Juárez en la cinta
homónima de 1939)
incluso, cuando muchas
de esas películas
contaban entre sus
guionistas a
prestigiosos escritores
hispanos (José López
Rubio, Gregorio
Martínez, Enrique
Jardiel Poncela...) y
algunas fueran
realizadas por
productores
independientes.
En fin que, de
aproximadamente 150
largos y la mitad de
cortos que fueron
realizados en Los
Ángeles, New York y
Joinville relacionados
con América Latina, el
Caribe y España, con
aquel acento indefinido
y raro[6],
poco fue lo que este
fenómeno aportó a la
cultura esencialmente
latinoamericana, si bien
le permitió demostrar su
potencial, su abundante
talento, su fuerza, algo
que ha prevalecido hasta
hoy.
Dolores del Río
El sistema de estrellas
latino encierra en su
nada ilustre historia
(al menos dentro del
proceso de consolidación
latinoamericana) un
nombre emblemático:
Dolores del Río.
Bastaría su “expediente”
para ilustrar hasta qué
punto resultó aquel
distorsionador y falso.
“Lolita” del Río se
llamaba realmente
Dolores Asúnsolo López
Negrete y había nacido
el 3 de agosto de 1905
en Durango, su
aristócrata familia se
estableció en la capital
cinco años después
huyendo de la
Revolución; casada en
primeras nupcias con un
abogado varios años
mayor que ella, la joven
es convencida por un
cineasta norteamericano
de visita en México para
que la pareja fuera a
Hollywood, y Lolita,
deslumbrada por las
luminarias de la
pantalla (aún sin soñar
remotamente ser una de
ellas) partió con su
marido a la Meca.
Ese “buscador de
estrellas”, Edwin Carewe,
terminó siendo su nuevo
esposo y a la vez
apoderado, y le
consiguió papeles en los
estudios de la First
National, la Fox, la
Metro, la Universal y la
United Artists, en
algunos de los cuales él
mismo la dirigió; eran
los finales de la década
de los 20, y la aún novata
estrella ya había
entrado al mundo de los
rodajes. En esa etapa
(muda) del séptimo arte, Carewe, según la prensa
de entonces, fue al
parecer quien mejor la
condujo en la pantalla,
mas a la vez ya un
cronista reseñaba:
“...lo más sorprendente
del rápido ascenso a la
fama de Dolores del Río
es que su triunfo no fue
a causa de una actuación
impecable ante la
cámara... se convirtió en
una figura destacada sin
demostrar méritos
propios”.
Gracias a Carewe y a sus
campañas publicitarias,
el mundo conoció su
nombre mucho antes que
sus películas. Este
personaje, Carewe, no
solo reviste una gran
importancia en la
“fabricación” del mito
Dolores del Río, sino en
las incipientes
relaciones
cinematográficas
México-EE.UU.: el
gobierno azteca le había
amenazado con prohibir
varias de sus películas
dada la imagen agravante
que trasmitían de los
mexicanos, y un modesto
productor independiente
como él no podía darse
el lujo de perder un
mercado como aquel; ya
la censura en México
estaba vetando todo
filme que cayera en ese
error, lo cual estaba
siendo imitado por otros
países del área.
Hollywood, astuto como
siempre, reaccionó
hipócritamente, y
mediante la First
National (primera de las
productoras cuyas cintas
habían sido vetadas por
esa política) dio a
conocer un comunicado
mediante el cual,
aparentemente, reconocía
el derecho de los
mexicanos a esa actitud.
Sin embargo, en vez de
“dignificar” a ese
pueblo, el remedio fue
peor que la enfermedad:
comenzaron a difundir un
país exótico y a
“hispanizar” California,
sin alusiones directas a
lo mexicano, lo latino,
lo hispánico. Dolores
del Río fue, sin más,
una de las figuras que
encajó a la perfección
dentro de (y ayudó a
proyectar) esa
entelequia en que EE.UU.
mediante el cine
convirtió a México y
América Latina, por
extensión: “tierra de
nadie”, país y subcontinente
desdibujados, sin sus
perfiles reales.
Una revisión de su
filmografía “hispana”
revela hasta qué punto
“Lolita” desmintió en la
práctica aquello que
declarara al llegar a
EE.UU.: “lo que (este)
necesita es una mujer
mexicana de la alta
sociedad, expuesta a
culturas y hábitos
extranjeros gracias a
sus viajes, pero que aún
conserve las costumbres
que nos son propias y
las señas de nuestra
tierra mexicana... Este
es mi cometido en
Hollywood: todos mis
esfuerzos están
encaminados a llenar
dicho vacío en el cine”.
Mujeres de todas las
etnias y nacionalidades,
generalmente humildes
(camareras, bailarinas,
gitanas...) proyectan
una imagen muy semejante
durante esos inicios
silentes. Como ha
escrito Ana María López,
en tanto objeto sensual
“diferente” (fascinación
sensual, trasgresión,
temor y capitulación) su
imagen en la pantalla no
denotaba ningún origen
étnico o nacional
específico, simplemente
un aura de extranjerismo
que acomodaba el
potencial perturbador de
su sexualidad explícita.
Ese grado de “alteridad”
o “diferencia” se
situaba y definía dentro
de un registro sexual
identificado más con lo
exótico/extranjero que
con lo étnico.
A partir de The Bad
One, su primera
película sonora en 1930,
Lolita comienza a
encarnar papeles
latinos, sin embargo,
estos no cambiaban la
proyección de mujeres
frívolas, encendidas y
conquistadoras de solo
enarcar los ojos
(digamos, en Girl of
The Río, del 31,
estrenada en América
Latina como La paloma,
y que levantó una ola de
quejas y protestas que
llegaron incluso al
Presidente de la
República), Wonder
Bar, de Lloyd Bacon,
1934, o la censurada
In caliente (del
mismo director un año
después).
Por ese tiempo, los
cambios en la línea de
Hollywood hacia nuestros
países a tono con el
papel de “Buen Vecino”
que aquel representara
(pretendiendo una imagen
un tanto más digna de lo
latino) reforzó la
presencia de filmes
musicales, por cuanto
eran “políticamente
correctos” o, al menos,
inofensivos, por tanto
la imagen de hembra
seductora y lasciva de
Dolores no era nada
potable.
Por eso, en
Bird of Paradise,
(1932, Thorton Freeland)
o en Flying Down to
Rio (ídem, 33), su
look es
aristocrático y
elegante, aunque un
análisis a fondo revela
que el carácter de
mujeres sureñas,
temperamentales y
finalmente irresistibles
(capaces de vencer en
ese aspecto a sus
congéneres norteñas)
sigue igual: solamente
ha cambiado el collarín
del can. Justamente esa
mudanza de la sexualidad
explícita por la
sensualidad refinada,
alusiva (pero no menos
exótica y artificial)
encontrará en la carioca
Carmen Miranda su
estereotipo fundamental,
como veremos en el
acápite correspondiente.
Lo cierto es que Lolita
fue descendiendo a
personajes cada vez más
secundarios y de ínfimo
peso dramático, aún
cuando su popularidad
(dentro y fuera de
Hollywood) no decaía: en
Journey into Fear
(que comenzara
dirigiendo Orson Welles,
con quien viviera un
intenso romance, y
finalizara Norman Foster),
es solo “la chica que no
significó nada para mí”,
según comentario
reiterado del
protagonista masculino,
Joseph Cotten.
El regreso a México de
Dolores del Río en los
años 40, significó su
reinstalación en el
estrellato
cinematográfico,
cuando aún no era
precisamente una
favorita del público;
este supo darle el
espaldarazo cuando la
otrora “belleza salvaje”
se disfraza de indias
aztecas.
Bajo la égida de su
mentor mexicano, Emilio
“el Indio” Fernández, el
fotógrafo Gabriel
Figueroa y su más
sistemático
partenaire (el actor
Pedro Armendáriz), ella
protagonizó dos de las
películas más
importantes del
considerado “gran año”
(1943) dentro de la
“época dorada” del cine
mexicano: Flor
Silvestre y María
Candelaria.
Asesorada por el
muralista Diego Rivera,
y a tono con el proyecto
nacionalista de El
Indio, Del Río dio un
cambio de 180 grados a
su imagen exótica
fabricada por Hollywood,
para aparecer desde
entonces como una típica
mujer sometida a los
hombres y al destino,
sufrida y hasta trágica,
todo lo cual, en las
facciones indudablemente
hermosas de esta mujer,
creaba otro tipo de
sensualidad distante,
soterrada pero
inescamoteable, y sin
dudas, no menos
atractiva.
El propio George Sadoul
llegó a escribir de la
“nueva” Lolita:
“Creíamos conocerla...
pero no habíamos visto
de ella sino 'la máscara
de Hollywood' (...)
Desembarazada de fardos
y artificios, su rostro
puro enmarcado por
largas trenzas, vestida
con la simple ropa de
las campesinas
mexicanas, Dolores del
Río apareció
completamente nueva y
hablando su idioma
natal. Como su rostro,
su actuación estaba
despojada de artificios.
No teníamos frente a
nosotros una actriz,
sino una mujer."
¿Fue esto, realmente
así? Quizá. Lo cierto es
que esa imagen, aun
estereotipada y un tanto
maniquea, resultaba
mucho más cercana a lo
mexicano y
latinoamericano que la
otra, impuesta,
impostada.
Dolores del Río, con
serias limitaciones
histriónicas (resaltadas
cuando no interpretara
papeles indígenas,
rurales o históricos
como La otra
(1945, Roberto Gavaldón)
o Doña Perfecta
(Alejandro Galindo,
1950) fue capaz de
reivindicar aquel ideal
del que Hollywood
(apoyado en su
complicidad, claro) solo
estampó una caricatura.
Tanto fue así que a su
“regreso”
norteamericano, a fines
de la década de los 40, la
estrella mantuvo, con
variantes, su nueva y
definitiva imagen: aún
con todos los
aditamentos imaginables
“made in Hollywood”,
Dolores será la
eterna indígena sufrida
y auténtica, comenzando
por The Fugitive
(John Ford, 1947),
donde ella y Armendáriz
alternan nada menos que
con Henry Fonda, y
continuando con otros
títulos en las décadas
siguientes (Cheyenne
Autumn, 1965, John
Ford, o Flaming Star,
un año antes, donde
encarna... la “madre
india” de Elvis Presley.
María Félix
Cuando Dolores del Río
estaba, también
literalmente “de
vuelta”, otro mito se
insinuaba en el
imaginario mexicano para
conquistar muy pronto el
de toda América Latina e
incluso más allá: María
Félix (1922 -2002).
Este, sin embargo, fue
un caso totalmente
distinto: si bien las
veleidades de su éxito
tanto en su país, como en
Europa fueron un hecho,
aquí la imagen (única)
se impuso desde el
principio. “María Félix
¾escribió
Octavio Paz— se inventó
a sí misma”.
Aunque debutó, como bien
se sabe, en 1943 con
El peñón de las ánimas
(Miguel Zacarías) no
fue hasta la tercera de
sus películas ese año,
Doña Bárbara
(Fernando de Fuentes),
basada en la novela
homónima de Rómulo
Gallegos, que la hermosa
trigueña se impuso, al
punto de ser su
personaje, La Doña
(aquella mujer andrófoba,
autoritaria y bruja)
como a partir de
entonces es identificada
por su público.
Con ligeras variaciones,
el “tema” de la Félix
fue siempre ese: una
mujer fuerte, altiva,
que sostiene
generalmente una guerra
contra el “macho”, como
se sabe, el sujeto
tradicionalmente
dominador; los
guionistas y directores,
entonces, concebían los
personajes para ella y
no viceversa, o, para
decirlo con palabras de
uno de sus mejores
conocedores, el escritor
Carlos Monsiváis, sus
personajes “vigorizan al
personaje central: la
estrella”.
Se trataba entonces, de
la confirmación de un
tipo, una personalidad
trasladada a la pantalla
que ejercía de este modo
su influjo y su poder en
el público que,
respondiendo a ello(a),
se deja seducir y
“dominar”. Baste repasar
simplemente los títulos
de su filmografía para
encontrar dicho papel
repetido, multiplicado,
resucitado: La mujer
sin alma (Fernando
de Fuentes, 1943), La
devoradora (Ídem,
1946), La mujer de
todos (Julio Bracho,
1946), La diosa
arrodillada (Roberto
Gavaldón, 1947), Doña
Diabla (Tito Davison,
1948) y así por el
estilo, en cintas
rodadas también en
varios países europeos
durante esa y las
siguientes décadas.
Aún cuando trabajara con
los mencionados
directores de su país y
otros colegas y paisanos
no menos prestigiosos
(Ismael Rodríguez, El
Indio Fernández, Luis
Alcoriza, incluso el
“aplatanado” Luis Buñuel),
de Argentina (Luis
Saslavski), España
(Bardem, Rafael Gil) y
Francia (Renoir, Ciampi,
Pottier), María siempre
se impuso por sí misma
con sus ojos inmensos y
expresivos, su pelo
abundoso y negro y un
aire desafiante y
misterioso que definía
su andar por la(s)
pantalla(s). Claro que
el contexto ayudó,
parecía que el cine
mexicano,
latinoamericano todo, la
estuviera esperando.
La producción
cinematográfica en
México del momento
distaba mucho del modelo
hollywoodense, ni aún
durante los esplendores
industriales coincidió
la tríada
exhibición-distribución-producción
en una compañía: el
productor y el dueño del
estudio no eran la misma
persona, por lo que
aquellos precisaban de
créditos bancarios, y
aunque pudieran adoptar
el sistema de estudios,
serializar la producción
y alimentar un star
system (como ya
vimos de facto ocurrió),
carecían de los medios
para su conformación.
Por otra parte, la
prensa cinematográfica
no tenía el poder sobre
el público que le
conocemos hoy, los
productores carecían del
control sobre la radio
(mucho más masiva) y la
publicidad miraba
todavía con recelo el
negocio fílmico; además,
en la época, si bien
proliferaban los galanes
(Fernando Soler, Jorge
Negrete, Arturo de
Córdova, et. al)
no ocurría igual con las
damas.
Por tanto, María Félix,
a inicios de los años
40, fue un ave fénix:
surgió de sí misma, sin
otra ayuda que voluntad
a toda prueba e
indudable carisma. Una
vez instalada en el
imaginario, la estela de
la estrella resultó
indetenible,
aunque, como dijéramos
tanto los filmes
realizados en su país,
como en Europa conocían
diferentes niveles de
recepción, algunos
incluso bien modestos.
Mas una personalidad que
una actriz (carecía de
amplia tesitura
expresiva, sus gamas
gestuales y eufónicas
eran limitadas)
representó a la largo de
su carrera una
suficiencia y una
autoridad que
trascendían el
“hembrismo” al que
tantas veces se le ha
reducido; lejos del
erotismo exótico o la
sumisión indefensa de su
coterránea y colega
Dolores del Río (solo
trabajaron juntas, a
propósito, en La
cucaracha, de Ismael
Rodríguez, en 1958),
María proyectó una
sensualidad que
pudiéramos considerar
asexuada. Pienso que,
más allá de su belleza
salvaje o su indomable
magnetismo, lo que le
permitió convertirse en
icono latino fue ese
carácter rebelde,
indomable que mostró
siempre, mediante el
cual logró encarnar en
buena medida, virtudes e
ideales de su pueblo y
de todos los pueblos de
esta parte del mundo.
Carmen Miranda
Si Dolores del Río
proyectó dentro del
“cine hispano” lo no-hollywoodense,
lo foráneo-abstracto
desde los parámetros
norteños, la carioca
Carmen Miranda
(1909-1955) no pudo
menos que representar a
su país, mas desde una
imagen igualmente
distorsionada y falsa,
no menos exótica y
pintoresca.
Antes de su definitiva
etapa en EE.UU. (donde
murió infartada a los 46
años), María do Garno
Miranda da Cunha, como
realmente se llamaba,
contaba con una
discografía que superaba
los 300 títulos, y era
considerada la más
grande intérprete de la
música popular
brasileña; a partir de
1932, Carmen Miranda
entra por la puerta
inmensa del cine,
prestando su voz primero
al corto documental A
Voz do Carnaval, de
la Cinedia, que después
produce, contando ya con
su presencia, derroche
de gracia y simpatía,
los Aló Aló (Brasil,
Estudantes, Carnaval),
los dos primeros
dirigidos por el
norteamericano Wallace
Downey y el tercero, a
la vez más popular, por
un famoso en estas
lides: Adhemar Gonzaga,
y que a su vez calzaban
los éxitos radiales y
discográficos de la
“showgirl” y donde era
acompañada por su
hermana Aurora, de mucho
menor pegada.
En 1938, Carmen realiza
su último filme en
Brasil, Banana da
Terra, producido por
Sonofilmes y dirigido
por Downey, donde ya
muestra la bailarina-clisé
que estamparía durante
su carrera en Broadway y
Hollywood: turbante,
pulseras, pendientes,
collares, tacones altos,
gestualidad sensual,
amplia sonrisa: de
cualquier manera, era
una imagen que transmitía
caracteres de la idiosincracia y la
cultura brasileñas.
“América” la recibe en
1939, y el año
siguiente, tras notables
presentaciones en
teatros y nightclubs de
New York, realiza su
primera película,
Down Argentina Way,
con la 20 Century Fox y
dirigida por Irving
Cummings. Carmen Miranda
se torna el instrumento
más afilado y preciso
del “New Deal” o
Política del Buen
Vecino, llevada a cabo
por el presidente
Roosevelt en 1939
respecto a la “otra”
América, Latina:
aparentemente se
eliminaba la perenne
sujeción de nuestras
tierras al Imperio, pero
mediante esa política
(de atención y
“supervisión”) se
procuraba una suerte de
defensa hemisférica ante
la inminente Segunda
Guerra Mundial,
pretendiendo neutralizar
a los países del Eje;
era, indudablemente,
otra variante del
panamericanismo, suerte
de “unión americana”
contra el enemigo, mas
of course, con el
liderazgo y protagonismo
ya saben de quién.
La estrella brasileña
será uno de los
elementos claves en ese
estrechar de lazos entre
“nuestras repúblicas” y
el “buen” Vecino;
siguiendo las huellas de
sus colegas mexicanas
Lupe Vélez y Dolores del
Río, o del músico Xavier
Cugat junto a su
orquesta, Carmen
portaría la “sagrada
misión” de representar
los intereses norteños
respecto a los países
centro y sudamericanos,
embajadora artística del
show business con
tintes panamericanos.
Como ha escrito Joao
Luiz Vieira, “en su
carrera internacional,
las expectativas
brasileñas de
representación de la
identidad nacional
tenían que tener en
cuenta todo el
imaginario, no
precisamente sobre
Brasil, sino para toda
América Latina, y le
cabía a Carmen Miranda
representar el
continente”.
Porque, además de la
hegemonía continental,
al presidente de EE.UU.
le preocupaba las
simpatías de su homólogo
brasileño Getulio Vargas
respecto a Alemania, con
la cual la amenaza de
guerra era inminente;
por ello, la bailarina
siempre sonriente y
cantarina, jugaría el
papel de un sedante, un
puente amable entre los
americanos todos.
Ello, sin embargo, se
lograría no mediante una
proyección esencial de
nuestras ricas
costumbres e
idiosincrasia, una
presencia cultural
sólida como la existente
en la región, sino, una
vez más, a través de la
estereotipia, la
estilización y el
exotismo. Echemos, si
no, una ojeada a la
filmografía
hollywoodense de Miranda
para comprobarlo:
Down Argentine Way llegó
a ser prohibida en ese
país por la imagen
negativa que daba del
mismo; en The Gang’s
All Here, de 1943,
emblematiza los
desiguales y leoninos
intercambios entre
EE.UU. y los países
latinoamericanos en
tanto exportación de
estos últimos a cambio
de productos
manufacturados
en That Night in Rio
(Cummings, 1941)
interpreta por vez
primera en inglés su
inseparable “Chica Chica
Boom Chic” con acento
exagerado y cómico.
Todo tendía al lugar
común, al estereotipo:
el subrayado artificial
del vestuario lleno de
colorido, el turbante
saturado de frutas
tropicales, los
movimientos sensuales,
el indudable talento
coreográfico y musical,
el gracejo inagotable de su(s) personaje(s), que
nunca, a propósito,
pasaron de secundarios,
pese al indudable éxito
de la impostada estrella
“de importación”.
Imitada, parodiada por
los propios
estadounidenses,
convertida en figura de
culto incluso hoy dentro
y fuera del Brasil, la
leyenda de Carmen
Miranda no puede ocultar
el hecho de la
manipulación y la
caricatura.
Como declaró Rita Moreno
en el documental
Bananas is My Business,
de Helena Solberg-David
Meyer, “ella refuerza la
figura de la mujer
extranjera, de la música
étnica, de la bailarina
sensual, mientras
permanece como el
personaje asexuado, la
charlatana graciosa, la
mujer que, a fin de
cuentas
—enamorada,
novia o secretaria—
flirtea con el galán
pero no se queda con él”.
Ni más ni menos que el
destino del latino en el
cine hollywoodense, ayer
y hoy, más allá de los
“buenos vecinos” o
cualquier política del
Imperio hacia nuestras
repúblicas.
Mario Moreno (Cantinflas)
Es importante resaltar
el papel de los cómicos
en el cine
latinoamericano pues, a
pesar de nuestras
desgracias, somos un
continente que ríe,
muchas veces de nosotros
mismos, o de esos mismos
males que nos aquejan,
en una suerte de
autoterapia, de
catarsis.
Algunas de estas figuras
devinieron tipos,
estamparon un modo que
llevaba adelante
singularidades
nacionales o regionales,
y más allá. Ahí están
Roberto Garrido y Rita
Montaner en Cuba, Luis
Sandrini o Los Cinco
Grandes del Humor
(Argentina), los
cariocas Grande Otelo y
Oscarito, y los
mexicanos Germán Valdés
(Tin Tan) y Mario Moreno
(Cantinflas).
En el caso de este
último, dos imágenes
confluyen en una
personalidad única: la
visual (el “peladito” de
la carpa circense) y la
sonora-semántica (su
jerga), las cuales han
ejercido poderosa
influencia fuera incluso
de México, de la época
(se habla de una
considerable repercusión
en los trabajos
iniciales del Teatro
Campesino norteamericano
de los años 60 y en los
del célebre San
Francisco Mime Troup).
Cantinflas es otro de
esos imprescindibles
rostros de las décadas
que estudiamos, y uno de
esos actores que, en
este caso por la vía de
la comicidad, han
contribuido con mayor
fuerza a anexar los hilos
del proceso
“nuestramericano”.
Procedente del teatro
revisteril, Mario Moreno
comenzó siendo pareja
del actor de origen
lituano Schilinski,
desde entonces ensayando
aquel lenguaje
verborreico y
aparentemente (después
veremos por qué) “sin
sentido” que emergía de
su personaje, aún no
bautizado con el
personaje que lo
inmortalizaría. Arcady
Boytler, director ruso
afincado en México desde
comienzos de los 30
después de pasar por
Alemania, Chile y EE.UU.,
lo dirige en sus
primeros filmes: Así
es mi tierra y
Águila o sol (ambas
de 1937).
Mezcla de payaso y hobo,
Charlot del cine
hablado, heredero del
Lazarillo de Tormes y un
poco del Quijote,
descuidado en el vestir
y el andar, Cantinflas
es todo eso y más
adaptado a la
idiosincrasia mexicana,
“peladito” que, al decir
de Carlos Monsiváis, es
“un prófugo del arrabal,
cuyos defectos son sus
características de
clase: tranza,
mantenido, tonto,
cobarde” y que, con
Charlot son “idénticos
al desafío social, la
poesía, la arrebatada
pasión romántica de los
desposeídos
.
En el cine, Cantinflas
evoluciona de personajes
que prolongan su trabajo
de carpero en las cintas
iniciales (desde siempre
le acompañaba otro
cómico, fuere Schilinski
o Medel) a un solitario
que se enfrenta a la
vida y las injusticias
sociales; ello, a partir
de 1939 con ciertos
cortos publicitarios de
la compañía POSA Films.
También, por supuesto,
cambia el maquillaje
payasesco, que se torna
mucho más claro,
mientras se oscurecen
las cejas.
A la vez, se va
perfeccionando ese
aspecto que define como
ninguno la trayectoria
del comediante en la
pantalla, el tipo que
creó y los aportes que
legó: la jerga, sin
lugar a duda, uno de los
tópicos más polémicos en
torno a su leyenda, al
punto de que la Academia
de la lengua aceptó en
sus diccionarios los
términos “cantinflesco”o
“cantinflar” como hablar
sin lógica ni sentido,
desordenadamente.
Para unos “dislogia y
disdalia” (Salvador
Novo), para otros,
“incoherencia verbal” (Monsiváis)
o “epilepsia verbal” (P.
A. Paranaguá) pero,
aunque “disparatero,
enredado como él solo...
está escuchando lo que
se le dice, y lo que
dice no es verborrea
pura”.
Ciertamente, Cantinflas
se burla a través de ese
lenguaje (o no-lenguaje)
tan peculiar, como en
toda la trayectoria
diegética de sus filmes,
de las clases
adineradas, siendo un
representante del pobre,
del inculto (mas
inteligente, agudo y
despierto); en sus
constantes juegos de
palabras y galimatías,
lanza eficaces
zancadillas a sus
antagonistas
(generalmente de grupos
sociales opuestos), les
pone en ridículo, y a la
vez, usa tales cabriolas
lingüísticas como armas
para salir de las
situaciones difíciles
que constantemente le
pone el camino: son las
armas del pícaro, el
payaso de la vida (más
que de la carpa), el
mosquetero cotidiano.
Maneja así verdades a
medias o francas
mentiras para defender
sus verdades, para
emerger del constante
peligro y para, sobre
todo, lograr un medio de
expresión propio,
auténtico, por muy
disparatado y carente de
sentido que parezca o de
hecho sea.
“Ahí está el detalle”
era su muletilla básica
(la cual da título
incluso a un filme donde
lo dirigiera Juan
Bustillo Oro en 1940) y
ese detalle está en que
Cantinflas, emblema de
la clase baja,
desposeída, no lo está
de un lenguaje propio,
de un medio de expresión
que le permita colocarse
en una sociedad
literalmente exclusiva y
excluyente; por ello ese
lenguaje alternativo,
que tiene en la ironía,
la fingida locura y el
disparate (en ello sí se
diferencia del
“Ingenioso Hidalgo”) su
esencia, en contra de la
canonización y la
rigidez del léxico
oficial instituido por
los dominadores.
Ese lenguaje es táctica
y estrategia de un grupo
social que lucha por un
(su) lugar en el mundo,
el mismo que
constantemente se le
escamotea. De ahí la
importancia de
Cantinflas en el
imaginario no ya
mexicano, sino
latinoamericano todo.
Su indudable carisma, la
gracia que emergía de
gestos y movimientos y
(con ellos,
indudablemente) el
perfeccionamiento que
fue logrando de su
personaje-tipo, le
permitieron alcanzar una
identificación y una
unidad que nuestro cine
tiene que agradecerle
infinitamente.
Fue uno de los que logró
trascender el marco
nacional para instalarse
en el “cine hispano” de
Hollywood, pero los
cauces simplistas y
manipuladores de esa
poderosa corriente, no
pudieron menguar la
autenticidad y
autoctonía de Mario
Moreno, Cantinflas, uno
de los rostros (y las
voces) afirmadores,
afinadores, de lo
“nuestramericano”.
Carlos Gardel
Caso curioso, raro y
único el de Carlos
Gardel en el cine; el
símbolo porteño apenas
filmó unos cortos en su
país, mientras
desarrolló toda su
carrera fílmica en
Francia y EE.UU.
No obstante, los inicios
sonoros del cine
argentino también están
ligados al ídolo, que ya
lo era gracias a la
radio y el teatro; el
sistema Vitaphone
encontraba en la
práctica no pocos
inconvenientes, sobre
todo en cuanto a la
sincronización de la
imagen y el sonido, lo
cual fue resuelto cuando
llegó, patentado en
Alemania y probado ya en
EE.UU., el nombrado Movietone, que inscribía
la banda sonora sobre la
propia película.
Pues bien: Gardel y el
músico Francisco Canaro,
asociados al productor
Federico Valle y al
actor-director Eduardo
Morera., realizaron diez
cortos sobre sendas
canciones de “El
Morocho” acompañados por
la orquesta de Canaro o
los guitarristas
Barbieri, Riverol y
Aguilar.
Desde ya, “Carlitos”
demuestra que, sin ser
un actor ni mucho menos,
la simpatía desbordante
(unida a su voz de olán
fino) con la cual
arrastraba multitudes,
también podía funcionar
en la pantalla, algo que
vieron los cineasta
foráneos que le
contrataron; sobre todo
si esa gran tela llevaba
música de tango y muchos
de los temas y
argumentos que
conformaban el popular
género (el Zorzal había
incursionado sin pena ni
gloria en el período
mudo).
Así, en un instante
elevado de su carrera,
cuando París, Francia
entera, se doblaba a sus
pies, el cine le abrió
las puertas: Luces de
Buenos Aires (Adelqui
Millar, 1931), primera
cinta realizada en
Joinville, convocó
además a varios
coterráneos suyos a la
mítica ciudad-luz, entre
ellos quien sería el
gran artífice del “cine
de tango”, Manuel
Romero, el músico Julio
de Caro y el actor
ambulante Vicente Padula.
A ese título seguirían
Espérame (Louis
Gassnier), La casa es
seria (Jaquelux) y
Melodías de arrabal
(Gassnier), todas de
1932, esta última con
Imperio Argentina;
habían sido producidas
en Francia por la
Paramount, sumada a la
política del “cine
hispano” y fueron un
pasaporte a los EE.UU.,
específicamente a los
estudios newyorquinos de
Long Island.
Vinieron entonces,
Cuesta abajo (Gassnier,
1934), El tango en
Broadway (ídem),
El día que me
quieras y Tango
Bar (John Reinhardt,
1935) y una versión
castellana de la norteña
Cazadores de
estrellas (Norman
Taurog, 1935), todas,
por supuesto, con
canciones incluidas (sin
dudas lo mejor) en
función de argumentos
baladíes. Fue la fiebre,
que ya cundía en otros
escenarios, inundando
también los predios
fílmicos.
Ninguna de esas cintas
trasciende, en el mejor
de los casos, la
medianía, aún en la
época; sirvieron, eso
sí, de divulgación,
desde fuera, de una de
las cancionísticas
definitorias del alma no
solo argentina, sino
latinoamericana, y
prefiguraron todo un
género fílmico que, por
esa misma época y mucho
después, protagonizaría
la sala oscura en el
país sureño y fuera de
él.
“No es poco mérito el de
Gardel compositor y
Alfredo Le Pera letrista
¾escribe
el especialista en tango
Jorge Miguel Cousuelo—
haber mantenido una
línea argentinista sin
excesivas cargazones
localistas, frente a las
exigencias de una
producción para un
público internacional e
indiscriminado”
mientras su colega, Di
Núbila, estampa que, aún
filmados en el
extranjero, con
directores y personal de
allí, la mayoría de esas
películas “fue
coloridamente argentina
a través del carácter,
el lenguaje y las
canciones de su
protagonista”,
a quien Octavio Ramírez,
a propósito, califica en
el cine de “vistoso,
rutilante, una imagen de
éxito, una ostentación
de felicidad, un perfil
de simpatía, una sonrisa
de vida”.
Lamentablemente, el
accidente de Medellín
que truncó vida y obra
en sus mejores momentos,
impidió que Carlos
Gardel desarrollara su
talento en el cine
argentino, pero su
historia, su imagen, sus
canciones y sobre todo,
su leyenda, han animado
y siguen haciéndolo
mucho.
Del cine que vino
después
tornando realidad ese
popular dicho argentino:
“cada día canta
mejor”.
2.
Claudio España:
“El cine sonoro
y su expresión”.
En: Varios:
Historia del
cine argentino,
Centro Editor de
América Latina,
1984/92, p.
66.
5.
Larga e ilustre
fue (y es) la
colaboración del
talento
latinoamericano
con los
“vecinos” ricos:
el Indio
Fernández dio
sus primeros
pasos en
estudios
californianos:
antes de ser
Rita Hayworth,
la bella Gilda
se apellidaba
Cansino; el
cineasta cubano
Ramón Peón tras
rodar en su
tierra natal
La virgen de la
Caridad (con
el que
despedimos el
período silente)
marchó a
Hollywood para
incorporarse a
esta “furia”
latina; Ernesto
Caparrós, quien
dirigiera La
serpiente roja
(1937), el
primer largo
sonoro en la
historia del
cine cubano,
fotografió mucho
después The
Miracle Worker,
de Arthur Penn,
que lo acercaría
al Oscar. Y...
la historia
sigue. Aunque el
“cine hispano”
como
institución, o
al menos como
fenómeno llegó a
su crepúsculo en
1939, los
latinos han
seguido
imponiéndose en
el cine norteño:
el
puertorriqueño
Raúl Juliá, los
cubanos Ernesto
Lecuona (cuya
música sigue
sonando en sus
filmes), Andy
García, María
Conchita Alonso,
la brasileña
Sonia Braga, el
panameño Rubén
Blades, la
argentina Norma
Aleandro, la
boricua Rita
Moreno, las
mexicanas Salma
Hayeck y
Jennifer
López... Claro
que no ha
mejorado mucho
el status de
nuestros
hermanos en el
cine de
Hollywood: rara
vez los papeles
que interpretan
no son
secundarios y
con frecuencia
bastante
insignificantes,
en el mejor de
los casos. Cf:
Cap X
6.
Otro problema de
este cine fue lo
que se conoció
como “la guerra
de los acentos”.
Como se reunían
procedentes de
México (en su
mayoría), Cuba,
Argentina,
Chile, Puerto
Rico, Filipinas
y España (en
toda su
vastedad) había
una gran mezcla
de dicciones y
pronunciaciones
aún cuando las
historias se
situaran en un
lugar
específico; los
puristas eran
exigentes y de
cualquier
manera, había
gran disparidad
en la recepción
sobre ese
particular (unos
elogiaban alguna
película por su
corrección en el
abordaje del
lenguaje y
otros... lo
detestaban
precisamente por
lo contrario).
Cf: Robert G.
Dickson, ob.cit.,
p. 52
7.
Citado por Ana
María López en:
“Hollywood-México;
Dolores del Río,
una estrella
trasnacional”
En:
Archivos de la
Filmoteca.
(Revista de
estudios
históricos sobre
la imagen) No.
31, feb. 99,
2da época, p.
13-15.
8.
Recogido por
Aurelio de los
Reyes en:
“Nacimiento de
un mito: Dolores
del Río” En:
Historias,
leyendas y mitos
de México:
su expresión
en el arte.
C. De México,
Universidad
Autónoma, 1988,
p. 320.
13.
Octavio Paz.
Prólogo al libro
María Félix,
RTC, México,
1992.
14.
Carlos Monsiváis:
Escenas de
pudor y
liviandad,
México, Grijalbo,
1988, 6ª.ed, p.
167.
15.
Aún después de
muerta, La Doña
prolongaba el
aura de su
leyenda por
medio de
familiares
allegados, en
particular un
hermano, que
exigió la
autopsia ante la
sospecha de
asesinato,
versión
desmentida con
el inmediato
comunicado del
forense quien
confirmó el
deceso por
infarto.
16.
Joao Luiz
Vieira: “Carmen
Miranda: The
Brazilian
Bombshell” En:
Archivos de la
Filmoteca.
No.
31, feb.
99,
p. 42.
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