Este número, como se
anuncia en su portada,
corresponde al trimestre
julio/septiembre de
2010. Sin embargo, ese
exacto año por medio,
lejos de distanciarlo,
al menos para mí, traza
una línea en paralelo,
invisible, que
filosamente va dejando
en ese corte sentidos
útiles para diseccionar
una zona de la escena
cubana de ahora mismo,
de este verano y no de
aquel.
Por esa razón, no es
gratuito que al leerlo
para esta presentación,
la liga estalle entre
sus contenidos y lo que
retengo de Cubalandia,
de El Ciervo Encantado,
un espectáculo que, sin
duda, completaría el
trazado del número,
aunque su actriz,
Mariela Brito, aparezca,
en una lúcida y fluida
conversación entre
maestra y discípula —me abstengo de
calificarla como
entrevista— en sus páginas. Sin
pies forzados ni
fundamentalismo, no
puedo evitar, no
obstante, “cortar y
pegar” entre sus
páginas, la cruda,
desgarradora y patética
imagen cuando La China,
ya el maquillaje corrido
y desfigurado de tanto
sudor y “lucha”, dice
“las mujeres son las que
van a echar pá lante
este país”, haciendo
alusión a los múltiples
rostros que nos devuelve
la cara del
cuentapropismo oficial y
alternativo, en
definitiva, los rostros
de la supervivencia de
todos.
|
 |
El rigor de las
presentaciones impone
que vaya describiendo,
enlazando un segmento a
otro, orientando,
sugiriendo y también
silenciando. Sin
embargo, en este número,
aun sin proponérselo, el
equipo
—aprovecho y digo que en
su inmensa mayoría,
mujeres— ha tenido, con esta
entrega, un parto
natural, apenas doloroso
y sin costuras. Ello
resulta de su lectura
fluida, constante, en el
que un tema deriva en
otro, y el segundo
vuelve la mirada hacia
el primero y dale y
dale.
Minuciosamente bordado,
cumpliendo una
estructura modular, se
transita de un estado de
cierta placidez, en el
que se verifican y
reconocen las disímiles
trayectorias de actrices
fundacionales de la
tradición teatral de
Cuba, a una estancia de
estallidos e intensas
reflexiones con los
textos de Karina Pino
sobre las escrituras,
resonancias y centelleos
de la palabra, en este
caso, poética, política,
generacional, teatral,
una “palabra caliente”
para decirlo en términos
de programación, en
Charlotte Corday, de
Nara Mansur; de
Alessandra Santiesteban
con su Outsiders,
pieza que dialoga,
contrapuntea y completa,
a su vez, el discurso,
predominantemente
subterráneo que la
revista sostiene desde
principio a fin, y que
la introducción del
académico José A.
Alegría enfatiza cuando
ubica al logos en
el centro de la más
reciente dramaturgia; la
presentación del volumen
Desdramatizándome.
Cuatro poemas para el
teatro, de Mansur,
por Rogelio Orizondo, en
el cual el autor,
descendiente de la
fuerza dramática y
poética de la Mansur,
también pone al
descubierto, en ese
humilde acto de
presentar a otro, su más
descarnada y auténtica
literatura, esa en la
que la palabra crea
otros universos; o los
apuntes críticos de Abel
González Melo que
alumbran, con un ojo
crítico que el escritor
no ha escindido de su
pulso ficcional, La
visita de la vieja dama,
de Teatro Buendía, y, a
partir de él, se asoma,
desde una perspectiva
montada sobre el mismo
sentido de este número,
a las “heroínas” del
imprescindible grupo
cubano.
Pero esa visión
“externa” se complementa
y enriquece con el
testimonio de Flora
Lauten y Raquel Carrió
en la entrevista
realizada por Mercy Ruiz
y Vilma Campos dos
Santos. Dos experiencias
distintas de vida y de
formación que se truecan
en la creación
pedagógica, ética y
teatral que es Teatro
Buendía desde hace más
de un cuarto de siglo.
|
 |
A su vez, Omar Valiño
recupera las más
recientes “esquinas” de
Teatro D’Dos, que
durante 20 años ha
reescrito y refundado su
trayectoria
—como lo ha hecho la
propia nación durante
igual período— para redondear el
círculo de vida, dos
décadas después, y
derivar a su germen más
originario: el trabajo
de pequeño formato, los
actores como ejes que
marcan la dicotomía que
le da nombre al
colectivo. La diminuta
Sala Estudio que el
empecinamiento de Julio
César, Deisy, Jacquelín,
El Chino, Enmanuel,
Alfredo, Linnete, Dago y
el propio Valiño han
vuelto un espacio vivo y
actuante en el circuito
habanero, no solo con
presentaciones
teatrales, sino también
con el ciclo
Intersecciones y otros
encuentros; le ha
insuflado al grupo los
bordes, también
literalmente físicos,
para indagar más hacia
lo íntimo y apretado, en
tanto trabajo del actor,
premisa básica d D`Dos,
y síntesis y zumo de los
espectáculos, en este
caso, desde las
versiones dramatúrgicas
de los textos
originales, operación
teatral y política que
ha sido también una
búsqueda de sentido y un
anclaje en el presente.
He querido concluir con
el inicio de la revista.
Esa placentera y
utilísima primera
estación que nos recibe
y que es el resultado de
una selección de
ponencias presentadas en
el ciclo Grandes
actrices de la nueva
escena cubana, en el
Taller de Investigación
Rine Leal 2010,
organizado por el Centro
Nacional de
Investigaciones de las
Artes Escénicas en la
primavera del pasado
año.
Liderado por Esther
Suárez Durán y con la
colaboración de Eberto
García Abreu, a mis
ojos, lo más
significativo de estos
apuntes, además del gran
valor patrimonial que
reúnen sus páginas, ha
sido la convocatoria
dirigida a los jóvenes a
hurgar en esta
imprescindible zona del
teatro nacional. Lo más
apreciable de esa
presencia, es que han
sido justamente los
jóvenes los que se han
acercado a estas grandes
actrices, desde una
visión creadora y
estimulante
—como lo han hecho desde
la primera página
Orizondo y Alessandra
con la vida y obra de
Rosa Felipe. En los
créditos aparecen
muchachos que aún cursan
los primeros años del
ISA y para quienes esta
práctica, esencial e
iniciática, es un
salvoconducto para
penetrar en uno de los
parajes menos visitados
de la “selva oscura”.
Esa “reconstrucción” de
las vidas teatrales de
casi una veintena de
actrices, no es solo la
recuperación, legítima y
merecida, de esas
trayectorias en el
contexto actual, sino
que es también la puesta
en valor del trabajo de
esas mujeres en su
circunstancia y época:
los desafíos de género
en su profesión, la
visibilidad de su labor,
la ética en la práctica
de su oficio y el
compromiso, en todos los
casos, con un teatro que
escapara de sus
estrechos márgenes y se
desbordara hacia otros
derroteros. En algunos
casos, como el de
Roberto Gacio, quien no
se apresura a dejar en
un volumen, que con
seguridad durará minutos
en nuestras librerías,
la densa madeja de esa
vida que no soslaya,
tampoco, lo anecdótico o
el sabor agridulce que
rodea esa historia
rumoreada de nosotros
mismos. O el valioso
acercamiento de una
actriz como Nora Hamze,
formada bajo el calor,
literal y simbólico, del
Cabildo Teatral Santiago
y lejana en sus primeros
años, como ella misma
apunta, de “la meca del
teatro cubano”, hace de
la paradigmática Liliam
Llerena.
|
 |
El hermoso encarte
remata, con el texto de
Suárez Durán
—resultado
también de su constante
investigación y
divulgación de estos
temas—
y con las imágenes de
actrices, comentadas o
no en las páginas
precedentes, esa ruta
difícil y nada
complaciente de las
mujeres en la escena
cubana. En ella se
reconoce también, como
he dicho más arriba, no
solo ese instante en que
su presencia “es” la
presencia, sino el
recorrido por hitos del
teatro nacional donde
las sucesivas “heroínas”
—trágicas,
cómicas, dramáticas—
nos devuelven los
múltiples rostros que se
han ido acumulando hasta
el presente y que,
cerrando ya de golpe las
páginas de este número,
identifico en Linnete o
en María en la portada,
sumergida, aplastada,
machacada aún bajo el
peso de la tabla de
planchar, por la plancha
rota, por el traqueteo
de Radio Reloj
describiendo las
calamidades del día, por
las cosas a medio hacer,
desafiando y luchando
con la mirada empinada.
24 de agosto, 2011. CNAE |