La Habana. Año X.
27 de AGOSTO al
2 de SEPTIEMBRE de 2011

Correo Canal RSS Canal en Twitter Facebook Flirck You Tube

 

BÚSQUEDA AVANZADA   . . .

ENLACES

SUSCRIPCIÓN
 
 

La Brigada del 72
Pedro de la Hoz • La Habana
Foto: La Jiribilla

Pareciera orgánica y natural —y lo es de hecho— la vinculación entre la Unión de Escritores y Artistas de Cuba y la Asociación Hermanos Saíz. Mucho más ahora —quiero decir, el último decenio— en que ambas organizaciones que aglutinan y promueven la creación artística y literaria poseen un verdadero alcance nacional.

No debe olvidarse, sin embargo, que la Asociación fue antes la Brigada Hermanos Saíz, iniciativa acogida por Nicolás Guillén a mediados de los 60. De esa primera etapa no fui testigo, pero sí de la muy útil revitalización de esa experiencia mediante la cual jóvenes talentos fueron atraídos por la institución a finales de 1971 y principios de 1972 para encauzar sus inquietudes creadoras y, sobre todo, para hallar un espacio de formación que desde la altura de este tiempo merece atención.

Como muchos deben saber, la UNEAC todavía no contaba con asociaciones de artistas escénicos ni del cine, la radio y la televisión. Ni siquiera existían propiamente asociaciones, sino secciones. Había una  determinada proyección en Artes Plásticas y en Música la columna vertebral estaba constituida por compositores e intérpretes de formación académica y eran muy escasos los llamados cultores de la música popular. La mayor visibilidad correspondía a la Sección de Literatura. Y fue a partir de esta y con muy pocos elementos en un principio, que la Brigada Hermanos Saíz comenzó una nueva vida en la sede capitalina de la UNEAC.

Los jóvenes que entonces llegamos a pertenecer a la Brigada, lo hicimos en medio de los rescoldos todavía ígneos de un proceso traumático: la secuela del caso Padilla, los contraproducentes resultados del Congreso Nacional de Educación y Cultura, el anquilosamiento del Consejo Nacional de Cultura, una nueva ola de depuraciones en los predios de la universidad habanera y las arremetidas de El Caimán Barbudo contra todo lo que consideraba “diversionismo ideológico” en la que lo mismo clasificaba el volumen de cuentos del Chino Heras, Los pasos sobre la hierba, que las indagaciones martianas de Iván Schulman y Manuel Pedro González.

Apasionado y lúcido, Guillén, que pronto daría a conocer su muy juvenil El Diario que a diario, conquistó a Sigifredo Álvarez Conesa para que se interesara por pulsar las cuerdas de una generación emergente de aspirantes de escritores. Sigifredo era el autor de un atendible poemario, Matar el tiempo, merecedor de una mención en el Premio David, y poseía cultura suficiente y cualidades humanas idóneas para emprender una tarea de la que algunos recelaban. La generosidad, la modestia, la consagración y la firmeza de Sigifredo determinaron en buena medida que la existencia del nuevo núcleo de la Brigada cobrara consistencia y prolongara su existencia.

Sábado tras sábado sesionaba el taller literario de la Brigada en la sede de la UNEAC. No era un taller al uso, en el que todo el que llegaba mostraba sus creaciones para una discusión abierta y punto. Cada uno de los brigadistas entregaba con antelación un manojo de poemas o dos o tres cuentos —llegado el caso también escenas de alguna obra teatral— a un “tutor” (un escritor con kilometraje recorrido), que las desmenuzaba en la sesión sabatina en un ejercicio de análisis que rebasaba las márgenes del texto. Se trataba de una verdadera escuela del oficio y necesaria criba para empeños mayores.

Obviamente, hubo quien, como diría Vallejo, quería escribir pero le salía espuma. También mediocres, esnob y arribistas que quedaron en el camino. O lo torcieron. Pero por otra parte hubo talentos verdaderos en desarrollo. Y “tutores” que no se olvidan, como Eliseo Diego, Onelio Jorge Cardoso, Roberto Fernández Retamar, Fayad Jamís, Gustavo Eguren, Francisco de Oraá, aunque hubiéramos querido tener además a Pablo Armando, César López, Miguel Barnet, Antón Arrufat, por entonces “invisibles”. (En mi caso personal, recuerdo la suerte que tuve en las dos ocasiones en las que sometí mi iniciación poética al taller, pues el propio Sigifredo y el muy querido Luis Marré fueron mis “tutores”. Si no llegué a ser el poeta que hubiera querido ser, les debo e ellos y a todos la preparación conceptual, el crecimiento intelectual y el aguzamiento del sentido crítico que me han acompañado, pienso yo, en el ejercicio de otros campos de la escritura. Creo desde entonces el periodismo, sí es, tiene que ser también literatura).

Por ahí andan poetas como Norberto Codina, Reina María Rodríguez, Víctor Rodríguez Núñez, Alex Fleites, José Pérez Olivares, Bladimir Zamora y Marilyn Bobes, también excelente narradora; el cuentista y novelista Arturo Arango. Por citar tan solo algunos nombres. En la memoria, un dramaturgo que logró destaque, Freddy Artiles. Y un pequeño homenaje a la memoria de dos compañeros de otras tierras que estuvieron entre nosotros, el venezolano-colombiano Antonio Castro y el argentino Imar Lamonegas.

 
 
 
 
   
Lineamientos del VI Congreso del PCC
(.pdf, 736 Kb)
Información sobre el resultado del Debate
(.pdf, 394 Kb)
.
© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2011.