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Pareciera orgánica y
natural —y lo es de
hecho— la vinculación
entre la Unión de
Escritores y Artistas de
Cuba y la Asociación
Hermanos Saíz. Mucho más
ahora —quiero decir, el
último decenio— en que
ambas organizaciones que
aglutinan y promueven la
creación artística y
literaria poseen un
verdadero alcance
nacional.
No debe olvidarse, sin
embargo, que la
Asociación fue antes la
Brigada Hermanos Saíz,
iniciativa acogida por
Nicolás Guillén a
mediados de los 60. De
esa primera etapa no fui
testigo, pero sí de la
muy útil revitalización
de esa experiencia
mediante la cual jóvenes
talentos fueron atraídos
por la institución a
finales de 1971 y
principios de 1972 para
encauzar sus inquietudes
creadoras y, sobre todo,
para hallar un espacio
de formación que desde
la altura de este tiempo
merece atención.
Como muchos deben saber,
la UNEAC todavía no
contaba con asociaciones
de artistas escénicos ni
del cine, la radio y la
televisión. Ni siquiera
existían propiamente
asociaciones, sino
secciones. Había una
determinada proyección
en Artes Plásticas y en
Música la columna
vertebral estaba
constituida por
compositores e
intérpretes de formación
académica y eran muy
escasos los llamados
cultores de la música
popular. La mayor
visibilidad correspondía
a la Sección de
Literatura. Y fue a
partir de esta y con muy
pocos elementos en un
principio, que la
Brigada Hermanos Saíz
comenzó una nueva vida
en la sede capitalina de
la UNEAC.
Los jóvenes que entonces
llegamos a pertenecer a
la Brigada, lo hicimos
en medio de los
rescoldos todavía ígneos
de un proceso
traumático: la secuela
del caso Padilla, los
contraproducentes
resultados del Congreso
Nacional de Educación y
Cultura, el
anquilosamiento del
Consejo Nacional de
Cultura, una nueva ola
de depuraciones en los
predios de la
universidad habanera y
las arremetidas de El
Caimán Barbudo
contra todo lo que
consideraba
“diversionismo
ideológico” en la que lo
mismo clasificaba el
volumen de cuentos del
Chino Heras, Los
pasos sobre la hierba,
que las indagaciones
martianas de Iván
Schulman y Manuel Pedro
González.
Apasionado y lúcido,
Guillén, que pronto
daría a conocer su muy
juvenil El Diario que
a diario, conquistó
a Sigifredo Álvarez
Conesa para que se
interesara por pulsar
las cuerdas de una
generación emergente de
aspirantes de
escritores. Sigifredo
era el autor de un
atendible poemario,
Matar el tiempo,
merecedor de una mención
en el Premio David, y
poseía cultura
suficiente y cualidades
humanas idóneas para
emprender una tarea de
la que algunos
recelaban. La
generosidad, la
modestia, la
consagración y la
firmeza de Sigifredo
determinaron en buena
medida que la existencia
del nuevo núcleo de la
Brigada cobrara
consistencia y
prolongara su
existencia.
Sábado tras sábado
sesionaba el taller
literario de la Brigada
en la sede de la UNEAC.
No era un taller al uso,
en el que todo el que
llegaba mostraba sus
creaciones para una
discusión abierta y
punto. Cada uno de los
brigadistas entregaba
con antelación un manojo
de poemas o dos o tres
cuentos —llegado el caso
también escenas de
alguna obra teatral— a
un “tutor” (un escritor
con kilometraje
recorrido), que las
desmenuzaba en la sesión
sabatina en un ejercicio
de análisis que rebasaba
las márgenes del texto.
Se trataba de una
verdadera escuela del
oficio y necesaria criba
para empeños mayores.
Obviamente, hubo quien,
como diría Vallejo,
quería escribir pero le
salía espuma. También
mediocres, esnob y
arribistas que quedaron
en el camino. O lo
torcieron. Pero por otra
parte hubo talentos
verdaderos en
desarrollo. Y “tutores”
que no se olvidan, como
Eliseo Diego, Onelio
Jorge Cardoso, Roberto
Fernández Retamar, Fayad
Jamís, Gustavo Eguren,
Francisco de Oraá,
aunque hubiéramos
querido tener además a
Pablo Armando, César
López, Miguel Barnet,
Antón Arrufat, por
entonces “invisibles”.
(En mi caso personal,
recuerdo la suerte que
tuve en las dos
ocasiones en las que
sometí mi iniciación
poética al taller, pues
el propio Sigifredo y el
muy querido Luis Marré
fueron mis “tutores”. Si
no llegué a ser el poeta
que hubiera querido ser,
les debo e ellos y a
todos la preparación
conceptual, el
crecimiento intelectual
y el aguzamiento del
sentido crítico que me
han acompañado, pienso
yo, en el ejercicio de
otros campos de la
escritura. Creo desde
entonces el periodismo,
sí es, tiene que ser
también literatura).
Por ahí andan poetas
como Norberto Codina,
Reina María Rodríguez,
Víctor Rodríguez Núñez,
Alex Fleites, José Pérez
Olivares, Bladimir
Zamora y Marilyn Bobes,
también excelente
narradora; el cuentista
y novelista Arturo
Arango. Por citar tan
solo algunos nombres. En
la memoria, un
dramaturgo que logró
destaque, Freddy
Artiles. Y un pequeño
homenaje a la memoria de
dos compañeros de otras
tierras que estuvieron
entre nosotros, el
venezolano-colombiano
Antonio Castro y el
argentino Imar
Lamonegas. |