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Obtener el
Premio
Internacional de
Ensayo “Mariano
Picón Salas” en
su quinta
edición, ha sido
para mí motivo
de especial
júbilo, sobre
todo si
—atendiendo
a las
declaraciones
del jurado—
tengo en cuenta
que fui uno de
los 95
participantes en
el certamen, en
el cual, más de
una decena de
trabajos eran
considerados
meritorios y
hasta
renovadores
dentro del
género. Dos
certezas me
hacen feliz, una
de ellas, el
sentirme dentro
de una corriente
continental de
ensayística, que
muestra su
vitalidad y su
deuda consciente
con los grandes
cultivadores del
género entre
nosotros, desde
José Martí,
hasta José
Carlos
Mariátegui,
Alejo Carpentier
y el mismísimo
Picón Salas, la
otra, el haber
contribuido a
divulgar la obra
de Lezama en el
Continente. El
autor de
Paradiso me
acompañará en
Caracas y con
él, el venturoso
Ángel de la
Jiribilla. |
El
rasguño en la pared
Como en un sueño, subo
las escaleras de la
Biblioteca Provincial de
Camagüey. A final del
trayecto hay una sala,
casi vacía, que los
rayos del sol castigan
desde los altos
ventanales de vidrio. No
sin dificultades, me
entregan el libro. Lo
abro y leo:
Yo creo que la maravilla
del poema es que llega a
crear un cuerpo, una
sustancia resistente
enclavada entre una
metáfora, que avanza
creando infinitas
conexiones, y una imagen
final que asegura la
pervivencia de esa
sustancia, de esa
poiesis. (Álvarez,
1966, 31)
Algo ha cambiado en mí,
lector de Rubén Darío,
de Julián del Casal, de
Federico García Lorca.
Hay otro modo de poesía.
Otra manera de encender
la palabra. Leo y releo,
cada mañana o cada
tarde, en el horario
contrario al de clases,
esa Órbita de Lezama
Lima que la
bibliotecaria me presta
de mala gana. Quizá
estoy en el año 1973 o
en alguno muy cercano y
el poeta está sumergido
en cenizas
penitenciales.
Permanezco largas horas
inclinado sobre el
volumen, no importa que
la silla sea incómoda,
ni que se claven en mis
antebrazos las astillas
del tablero de bagazo de
aquella mesa maltratada.
Nada puede sacarme del
pasmo, que sigue
acompañándome cuando
tengo que cerrar el
texto y descender hacia
las obligaciones
cotidianas. Cada palabra
me dice que ese mundo ha
sido creado para mí –
Aladino en el jardín
subterráneo de las gemas
o náufrago en Ofir, país
donde las arenas son
perlas-.
Un puente, un gran
puente, no se le ve,
sus aguas hirvientes,
congeladas,
rebotan contra la última
pared defensiva
y raptan la testa y la
única voz
vuelve a pasar el
puente, como el rey
ciego
que ignora que ha sido
destronado
y muere cosido
suavemente a la
fidelidad nocturna.
(Lezama, 1985, 96)
¿Entendía? ¿Descifraba?
Lo ignoro, pero había
una empatía, una
comprensión cómplice,
que me permitía paladear
lo oscuro, transitar lo
arduo, deslumbrarme con
lo velado a medias.
Entraba en la sala
oscura de los misterios
de Eleusis y presenciaba
un ritual para el que me
sabía destinado desde
hacía mucho.
Dánae teje el tiempo
dorado por el Nilo,
envolviendo los labios
que pasaban
entre labios y vuelos
desligados.
La mano o el labio o el
pájaro nevaban.
Era el círculo en nieve
que se abría.
Mano era sin sangre la
seda que borraba
la perfección que muere
de rodillas
y en su celo se esconde
y se divierte. (Lezama,
1985, 13)
Después de esto, casi
todo lo publicado bajo
el rubro de poesía me
resultaba absolutamente
insustancial. Durante
años, buena parte de la
literatura, no sólo la
insular sino la del
resto del mundo, me
resultó leche aguada, a
cambio, desde esas
páginas se me abrieron
otras: Góngora,
Mallarmé, Valéry,
Claudel, Rilke y hasta
las alucinadas prosas
del Gaspard de la
Nuit de Aloysius
Bertrand. Había un orbe
Lezama, un credo Lezama
y sobre todo, un modo de
paladear Lezama, donde
el sentido descubría las
verdades por
iluminación, sin estar
indagando por las
especias justas que
habían entrado en la
mixtura.
Con tal poeta descubrí
la noción de resistencia
–doble o múltiple-: el
lenguaje que resiste, la
imagen que se resiste,
el texto que no es
posible vencer sino a
medias, como Jacob al
ángel, en la lucha
nocturna. Pero también
la resistencia de lo
cotidiano: resistir si
no nos comprenden,
resistir si no nos
aceptan, resistir si
hasta los discípulos de
ayer nos niegan, hacen
de la casa torre o
baluarte y del sillón,
la galera real que nos
conduce a rumbos
insospechados.
Seguro, fajado por Dios,
entra el poderoso mulo
en el abismo.
Las sucesivas coronas
del desfiladero
-van creciendo corona
tras corona-
y allí en lo alto la
carroña
de las ancianas aves que
en el cuello
muestran corona tras
corona. (Lezama, 1985,
163)
Todavía hoy, cuando
vuelvo sobre esas
páginas, se repite en mí
esa sensación de
asomarme a lo prohibido,
de participar en una
fiesta no recomendable.
Profesores, aprendices
de escritor,
funcionarios de tercera,
me miraban con
reprobación: Lezama es
oscuro, Lezama es un
enemigo, Lezama está
definitivamente tapiado
y muerto. Me expulsaron
de un “taller literario”
por citar demasiadas
veces a ese indeseable.
Pero las astillas del
bagazo seguían
encajándose en mis
antebrazos y yo no
cejaba.
El doncel del mirador me
muestra su estalactita,
me la muestra como a
todo el que por allí
transcurre, alaba.
Su nerviosa curiosidad
se rompía cuando
mostraba la estalactita,
como si la fuera a
regalar. Cuando la
acariciamos
con redorada lentitud,
rompe para engendrar,
después de haber
entregado y dejado
acariciar la piedra,
dice: la suya vale diez
céntimos.
Ahora él es como
nosotros, se acerca al
mirador
y se pierde después,
después ya no está.
(Lezama, 1985, 214)
¿Cuánto valía mi
estalactita? ¿Cuánto la
de los que conmigo
porfiaban? Poco
importaba después de
leer “Sierpe de Don Luis
de Góngora” y “Las
imágenes posibles”. Con
tal poeta había que
aprender a vivir al
borde del peligro y de
él mismo derivaba la
voluptuosidad mayor.
A lo largo de varias
décadas, Lezama me ha
acompañado de maneras
diversas. Unas veces ha
sido para mí figura
tutelar, otras, he
combatido contra él sin
saber que seguía ese
oscuro movimiento
pendular que él mismo
llegó a definir en el
escritor: “Que
se acerque a las cosas
por
apetito
y
que se aleje por
repugnancia.”
(Martínez, 1970, 33)
De tanto en tanto, releo
sus páginas, pero mucho
más fructífero que eso
es el diálogo secreto
que con él mantengo. Lo
llevo por el mundo, un
día está junto a mí en
los palacios de Postdam,
otro en el Museo del
Prado, otro en el Foro
romano. Esos sitios que
él no pudo ver, sin
embargo pudo adivinarlos
y definirlos, hasta el
punto de que a veces
pretende condicionar mi
propia mirada. El terco,
el incorregible, a veces
quiere azotarme con una
rama de tamarindo como
aquel Dehuti-Necht que
se inventó en “Las
imágenes posibles”. Yo,
que conozco sus mañas,
lo dejo por un tiempo en
un banco del Prado o en
el puente levadizo del
Castillo de la Real
Fuerza, pero no dejo de
buscarlo cuando
oscurece.
Ese hombre caprichoso,
dominante, pagó su cuota
de soledad con una
fidelidad envidiable.
Sacrificó todos los
fastos a las
posibilidades
visionarias del vacío, a
la fe de que podría
pasar a través de la
pared, hacia otra parte,
hacia la resurrección.
Araño en la pared con
la uña,
la cal va cayendo
como si fuese un pedazo
de concha
de la tortuga celeste.
¿La aridez en el vacío
es el primer y último
camino?
Me duermo, en el
tokonoma
evaporo el otro que
sigue
caminando. (Lezama,
1985, 549)
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