La Habana. Año X.
27 de AGOSTO al
2 de SEPTIEMBRE de 2011

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Tres obras, de rubén sicilia
Entre la trinidad y la utopía
Rafael de Águila • La Habana

Tienen los libros, lo sabemos todos, vida propia. No nacen los libros cuando son escritos. No les anima la vida cuando emergen, todavía púdicos, llenos de la pátina de las imprentas. Llega a la vida un libro cuando arriba a las manos del primero de sus lectores. No vive un libro de la mano del escriba, sino de los ojos de aquellos que los leen. Tengo, en consecuencia, la enorme responsabilidad de guiar a la vida, es decir, a ustedes, este libro, del dramaturgo, director, teatrólogo, del escritor, Rubén Sicilia.

El tres, la Trinidad, es, no lo olvidemos, un número sagrado. Mente, cuerpo y alma. Pasado, presente y futuro. Trinum faciunt collegium solían decir los artífices romanos. Tres hacen un colegio. Para Pitágoras, padre de la Numerología, era el tres la cifra de la virtud secreta. Y he aquí que Rubén Sicilia nos lanza a las manos hoy precisamente tres historias. Ya antes, en su libro Teatro ontológico, nos había legado un enfoque sobre la recuperación del sentido espiritual del teatro. Recordemos: trinum faciunt collegium. Estas obras están impregnadas de ese espíritu. Y lo están pese a que el autor reconoce moverse en un mundo en el que las fronteras entre el orden y el caos no parecen estar perfectamente parceladas. 

Tres obras de urdimbres poéticas, cualidades, universos, estructuras, sicología, lenguaje y géneros (aparentemente) diversos. Recordemos las palabras de Ionescu: “los sueños y angustias nos unen”, y estas otras, de Fernando Arrabal: “Todo está compuesto de sufrimiento”. Sueños, angustias, sufrimiento. No los he mencionado en vano. Tampoco a Ionescu y a Arrabal, a quienes mucho debe, vaticino, Sicilia. Sostuvo Virgilio Pinera que el teatro era un cuerpo activo. Nuestro cuerpo de carne, pasivo, el cuerpo–teatro, activo. Precisamente ese cuerpo activo bulle en este libro.      

Si de diversidad se trata, es esta notable en este libro. Cualidad que reincide en cada uno de los textos de R. Sicilia, aun en aquellos que no tendremos el privilegio de leer en este libro. Ante cada nueva obra el autor parece enfrentar un traumático cambio de piel. O quizá debajo de una piel no hallemos sino una vasta sucesión de pieles. Cada piel, diversa, invocando un texto, diverso. Se recuerda, por momentos, la experiencia que Fernando Pessoa introdujo con sus heterónimos obsesivos. En el teatro de Sicilia, los personajes transitan a través de otros, “desde y por otros”, lo que para el lector (o espectador) deviene centro perfectamente definido.

¿Influencias? Arrabal, Beckett, Ibsen, Girardoux, Ionescu, Vinaver, Azama, Muller, Brecht, Wedekind. Y Shakespeare, siempre Shakespeare. Teatro de la Crueldad, Teatro Surrealista, Teatro del Absurdo, esas pueden ser las coordenadas. Esos, los derroteros. Pero es vasta y entreverada la mixtura. Todo ese maderamen en virtud de conformar una voz muy singular. Desconfiemos de las taxonomías. Poco aportan sin esa otra mixtura, esta sí sagrada, de mente, cuerpo y alma. Y aquí en este libro, en estas tres obras, tres, número sagrado, trinum faciunt collegium, esa trinidad nos hará olvidar todo afán taxonómico. Recordemos ese apotegma de Grotowsky: “descubrir una corporeidad antigua a la que se está ligado por una relación ancestral fuerte”. Poesía, teatro, literatura. Sueños, angustia, sufrimiento. Que sea esa la mejor de las clasificaciones. ¿Qué somos los humanos si no eso? ¿Qué misión la del teatro, la de la literatura toda, la del Arte, sino ahondar en nuestros “sueños”, desandar en nuestra “angustia” y escarbar en nuestros “sufrimientos”?  Somos, parece ratificarnos Sicilia, a un tiempo ángeles y a un tiempo demonios.

Farsa, tragicomedia, drama. Otra vez la Trinidad. Una Trinidad que tal vez nos una y resuma como humanos. Nos una y resuma en este aquí y este ahora.

Tomemos la primera de las obras: Prisionero y verdugo. Tres veces llevada a las tablas, tres elencos, desde diciembre de 2005. Mas advierto: no aludiré a esa magia de proscenio y luces. En tanto escritor, narrador, hablaré de literatura. No pocas veces olvidamos que el teatro, antes de proscenio y luces, es literatura. El afán taxonómico nos llevaría a decir: es esta una obra surrealista. Fue además afán del autor rendir tributo al teatro pánico de Arrabal. Entrampados en el embeleco de las taxonomías podríamos sostener que entre el Teatro de la Crueldad y el Teatro del Absurdo se mueve este texto. Un texto indudablemente transgresor. Sadomaso, erotismo, violencia física, síquica, verbal en un frenético juego de roles que salta y exalta en una relación de pareja. Una pareja disfuncional. Una crisis que bulle (otra crisis, de las tantas) por doquier en esta sana e insana posmodernidad. Esa dosis (mayor o menor) de disfuncionalidad que nos salta y exalta a todos. Leyendo esta obra recordamos que alguna vez, quizá muchas veces, todos hemos sido prisioneros y todos verdugos. El hombre es un ser que juega, nos legó Huizinga. Y no pocas veces jugamos a la crueldad. No pocas veces somos víctimas y victimarios, y no pocas veces... “a un tiempo”. Se lee esta obra y se recuerda la tesis de Artaud, “el signo de la época es la confusión”. Y la base de esa confusión reside en la ruptura entre las cosas y las palabras, al decir Artaud, remarcaríamos nosotros, con el perdón de Artaud, entre los hechos y las palabras. Esta es una obra que, leyéndola, ansiamos ver sobre las tablas. Disfrutarla. Digo mal: sufrirla. Ajena a toda pudibundez. La realidad, acotemos, no es pudibunda. El teatro, la literatura, el arte, no tienen por qué serlo. De esa trinidad que es este libro, esta es la obra que más nos sacude en tanto seres sexuados, pobres seres de este aquí y este ahora.

¿Y todavía anda volando Matías Pérez?, es la segunda de las obras. Un homenaje a José R. Brene. ¿Farsa? ¿Tragicomedia? ¿Pastiche? ¿Carnavalización bajtiniana? Los géneros resultan una de las tantas arenas movedizas de estos días. Las engañosas taxonomías. Si el juego de roles anega desde la primera de las obras acá el elemento lúdico irrumpe desde el hálito de esas entidades, siempre relativas, metafísicamente absolutas, que son tiempo y espacio. Tres arquetipos de nuestra nacionalidad (otra vez el número tres y otra vez el elemento lúdico), se engarzan en viaje hacia el futuro, viaje en el que cada sitio los toca y los trastoca en seres diversos y a un tiempo los mismos. Un salto a ese horror que en cada paso urdimos. Y que con cada paso nos urde. Recuérdese el mítico verso de Lezama: “te sorbo y me creas”. Cada arquetipo desplazado (y desplazando) causalidades. Con innegable dosis de perceptible ironía, el autor nos invita a destrozar, en virtud de la utopía, la torpe linealidad de la historia. Utopía y distopía, toda utopía lleva a cuestas su distopía. Vaticino que esta dicotomía, este binomio, deviene suerte de axis mundi, uno de los ejes de pensamiento de Rubén  Sicilia. De la linealidad de la historia a su circularidad, para, a bordo de esa circularidad, regresar a los inicios. Única vía, nos dice el autor, de recomponerlo y reordenarlo todo. Recomponernos y reordenarnos. Recomponer y reordenar el “aquí” y el “ahora” de la mano de una terapia temporal que recompone y ordena el pasado. Y muy especialmente, recomponer y reordenar ese “allá” y ese “entonces” al que denominamos (palabra que invita al sueño y a la utopía más que alguna otra) futuro. Si la primera de las otras obras nos sacude, esta nos alude. Duele que resulte físicamente imposible ese viaje a los inicios sobre el inefable globo de Matías para recomenzar y recomenzarnos. Duele porque sobre ese globo, recordemos la tesis de Virgilio, el teatro como cuerpo activo, estaríamos dispuestos a componer y recomponernos todos.

De la tercera de las obras emana un aliento más cercano a lo clásico. Una parábola de tensa e intensa poesía. Cenizas de Ruth. Un texto muy cuidado en el que se mueven personajes profundos, en modo alguno arquetipos. Se lee este texto y se estará frente a Ruth, la moabita, la extranjera, la un día bisabuela del Rey David. La estructura es lineal y circular a un tiempo. Se constata un interesante uso de la simultaneidad, especialmente en escenas breves. Y cierta estilización poética de los conflictos. Y otra vez esa circularidad que mixturan principio y final. Y otra vez el eterno retorno nietzscheano. Si de taxonomías se trata, este resulta un drama. Un drama bíblico. Se alude a hechos que nos llegan desde El Libro de Ruth, uno de los libros más breves de la Santa Biblia. En tanto vibrar en un mundo de notas profundamente humanas y existenciales se diría que no pocas veces desanda el autor las arenas del Jordán. Estos, los de Ruth, son hechos de fe, ética y amor. Otra vez la Trinidad, Trinidad que nos alza en el aire, nos calza para el camino y nos salva para la vida. 

No creo errar al sostener que Rubén Sicilia no las tiene todas con el realismo. Más bien, convengamos, tiene muy pocas con él. Tomando la Trinidad que es este libro se advierte, al decir de Bajtin, un cronotopo en retroceso, un tiempo que, a modo de exorcismo, retorna a la matriz del tiempo. Desde la sadomaso disfuncionalidad erotizante de una pareja posmoderna hasta las sacras (y por más de 20 siglos sangrientas) arenas del Jordán. O, si se prefiere, el reverso: desde el bíblico Jordán hasta el potro de torturas de una pareja sadomaso del III Milenio. He ahí la vía crucis. Vía crucis de la especie en el que si bien la realidad exterior se ha tornado cada vez más física la interior bulle de angustiosa metafísica. De preguntas. Preguntas que el homo sapiens, muy a su pesar, no ha logrado responder. En otros casos, infortunio mediante, hemos errado las respuestas.   
De la mano de esa trinidad que nos propone el autor, Mente, Cuerpo y Alma, Pasado, Presente y Futuro, tres palabras, otra vez tres, ese número sagrado, trinum faciunt collegium, aventuremos otras tres palabras para llevar este libro ante el cuenco bautismal, las palabras de Ionescu y Arrabal: Sueños, Angustias, Sufrimiento. Añadamos Tragedia. Añadamos Absurdo. Y añadamos, muy especialmente: Utopía. Tragedia y Absurdo, dúo falaz, que de la Utopía, vapuleada y maltrecha, nos han legado la Distopía. Tragedia y Absurdo que puede nos hayan mutilado la Fe. Y el autor que se empeña en regresarla, íntegra, limpia, pura, como en aquel primer día de los inicios, de las manos de Ruth, la moabita, o desde Matías Pérez, el sastre portugués elevado aquel día de junio desde el Campo de Marte, devolvernos, decía, la Utopía. Y todo ello a la grupa de esa “corporeidad ancestral” que nos legara Grotowsky. De ahí que si los trazos son disímiles y diversos en Rubén Sicilia el entramado y el color son siempre los mismos: la tragedia del hombre, la Utopía. Y la Distopía ahí, agazapada, acechando.  
 
Tienen los libros, lo decía, la vida que a ellos han llevado sus autores. O los directores, fascinados por abordar esos textos. Porque tiene también el teatro la responsabilidad de ser llevado a escena. Libros no publicados o teatro no representado, devienen espacios truncos. Espacios truncos en la memoria. Y es que ambos, libro y escena, están henchidos de la vida que a ellos llevemos todos en tanto lectores y espectadores. En tanto humanos. Humanos memoriosos, recuérdese: corporeidad ancestral. No digamos más. Aludamos al maestro Samuel Beckett: “cada palabra es una innecesaria mancha en el silencio”.  

Limitémonos a decir, pues, Libro: he aquí tus lectores. Escenarios: he aquí estos textos. Puede sea ese el universo donde logremos fusionar, como deseaba Virgilio, ese cuerpo de carne pasiva (y parcelado en el tiempo) que somos todos, con ese otro cuerpo, ese cuerpo activo (y atemporal) que es el teatro, que es la literatura.
 
 
 
 
   
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2011.