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Tienen los libros, lo
sabemos todos, vida
propia. No nacen los
libros cuando son
escritos. No les anima
la vida cuando emergen,
todavía púdicos, llenos
de la pátina de las
imprentas. Llega a la
vida un libro cuando
arriba a las manos del
primero de sus lectores.
No vive un libro de la
mano del escriba, sino
de los ojos de aquellos
que los leen.
Tengo, en consecuencia,
la enorme
responsabilidad de guiar
a la vida, es decir, a
ustedes, este libro, del
dramaturgo, director,
teatrólogo, del
escritor, Rubén Sicilia.
El tres, la Trinidad,
es, no lo olvidemos, un
número sagrado. Mente,
cuerpo y alma. Pasado,
presente y futuro.
Trinum faciunt collegium
solían decir los
artífices romanos. Tres
hacen un colegio. Para
Pitágoras, padre de la
Numerología, era el tres
la cifra de la virtud
secreta. Y he aquí que
Rubén Sicilia nos lanza
a las manos hoy
precisamente tres
historias. Ya antes, en
su libro
Teatro ontológico,
nos había legado un
enfoque sobre la
recuperación del sentido
espiritual del teatro.
Recordemos: trinum
faciunt collegium.
Estas obras están
impregnadas de ese
espíritu. Y lo están
pese a que el autor
reconoce moverse en un
mundo en el que las
fronteras entre el orden
y el caos no parecen
estar perfectamente
parceladas.
Tres obras de urdimbres
poéticas, cualidades,
universos, estructuras,
sicología, lenguaje y
géneros (aparentemente)
diversos. Recordemos las
palabras de Ionescu:
“los sueños y angustias
nos unen”, y
estas otras, de Fernando
Arrabal: “Todo está
compuesto de
sufrimiento”. Sueños,
angustias, sufrimiento.
No los he mencionado en
vano. Tampoco a Ionescu
y a Arrabal, a quienes
mucho debe, vaticino,
Sicilia. Sostuvo
Virgilio Pinera que el
teatro era un cuerpo
activo. Nuestro cuerpo
de carne, pasivo, el
cuerpo–teatro, activo.
Precisamente ese cuerpo
activo bulle en este
libro.
Si de diversidad se
trata, es esta notable
en este libro. Cualidad
que reincide en cada uno
de los textos de R.
Sicilia, aun en aquellos
que no tendremos el
privilegio de leer en
este libro. Ante cada
nueva obra el autor
parece enfrentar un
traumático cambio de
piel. O quizá debajo de
una piel no hallemos
sino una vasta sucesión
de pieles. Cada piel,
diversa, invocando un
texto, diverso. Se
recuerda, por momentos,
la experiencia que
Fernando Pessoa
introdujo con sus
heterónimos obsesivos.
En el teatro de Sicilia,
los personajes transitan
a través de otros,
“desde y por otros”,
lo que para el
lector (o espectador)
deviene centro
perfectamente definido.
¿Influencias? Arrabal,
Beckett, Ibsen,
Girardoux, Ionescu,
Vinaver, Azama, Muller,
Brecht, Wedekind. Y
Shakespeare, siempre
Shakespeare. Teatro de
la Crueldad, Teatro
Surrealista, Teatro del
Absurdo, esas pueden ser
las coordenadas. Esos,
los derroteros. Pero es
vasta y entreverada la
mixtura. Todo ese
maderamen en virtud de
conformar una voz muy
singular. Desconfiemos
de las taxonomías. Poco
aportan sin esa otra
mixtura, esta sí
sagrada, de mente,
cuerpo y alma. Y aquí en
este libro, en estas
tres obras, tres, número
sagrado, trinum
faciunt collegium,
esa trinidad nos hará
olvidar todo afán
taxonómico. Recordemos
ese apotegma de
Grotowsky: “descubrir
una corporeidad antigua
a la que se está ligado
por una relación
ancestral fuerte”.
Poesía, teatro,
literatura. Sueños,
angustia, sufrimiento.
Que sea esa la mejor de
las clasificaciones.
¿Qué somos los humanos
si no eso? ¿Qué misión
la del teatro, la de la
literatura toda, la del
Arte, sino ahondar en
nuestros “sueños”,
desandar en nuestra
“angustia” y escarbar en
nuestros
“sufrimientos”? Somos,
parece ratificarnos
Sicilia, a un tiempo
ángeles y a un tiempo
demonios.
Farsa, tragicomedia,
drama. Otra vez la
Trinidad. Una Trinidad
que tal vez nos una y
resuma como humanos. Nos
una y resuma en este
aquí y este ahora.
Tomemos la primera de
las obras: Prisionero
y verdugo. Tres
veces llevada a las
tablas, tres elencos,
desde diciembre de 2005.
Mas advierto: no aludiré
a esa magia de proscenio
y luces. En tanto
escritor, narrador,
hablaré de literatura.
No pocas veces olvidamos
que el teatro, antes de
proscenio y luces, es
literatura. El afán
taxonómico nos llevaría
a decir: es esta una
obra surrealista. Fue
además afán del autor
rendir tributo al teatro
pánico de Arrabal.
Entrampados en el
embeleco de las
taxonomías podríamos
sostener que entre el
Teatro de la Crueldad y
el Teatro del Absurdo se
mueve este texto. Un
texto indudablemente
transgresor. Sadomaso,
erotismo, violencia
física, síquica, verbal
en un frenético juego de
roles que salta y exalta
en una relación de
pareja. Una pareja
disfuncional. Una crisis
que bulle (otra crisis,
de las tantas) por
doquier en esta sana e
insana posmodernidad.
Esa dosis (mayor o
menor) de
disfuncionalidad que nos
salta y exalta a todos.
Leyendo esta obra
recordamos que alguna
vez, quizá muchas veces,
todos hemos sido
prisioneros y todos
verdugos. El hombre es
un ser que juega, nos
legó Huizinga. Y no
pocas veces jugamos a la
crueldad. No pocas veces
somos víctimas y
victimarios, y no pocas
veces... “a un tiempo”.
Se lee esta obra y se
recuerda la tesis de
Artaud, “el signo de la
época es la confusión”.
Y la base de esa
confusión reside en la
ruptura entre las cosas
y las palabras, al decir
Artaud, remarcaríamos
nosotros, con el perdón
de Artaud, entre los
hechos y las palabras.
Esta es una obra que,
leyéndola, ansiamos ver
sobre las tablas.
Disfrutarla. Digo mal:
sufrirla. Ajena a toda
pudibundez. La realidad,
acotemos, no es
pudibunda. El teatro, la
literatura, el arte, no
tienen por qué serlo. De
esa trinidad que es este
libro, esta es la obra
que más nos sacude en
tanto seres sexuados,
pobres seres de este
aquí y este ahora.
¿Y todavía anda
volando Matías Pérez?,
es la segunda de las
obras. Un homenaje a
José R. Brene. ¿Farsa?
¿Tragicomedia?
¿Pastiche? ¿Carnavalización
bajtiniana? Los géneros
resultan una de las
tantas arenas movedizas
de estos días. Las
engañosas taxonomías. Si
el juego de roles anega
desde la primera de las
obras acá el elemento
lúdico irrumpe desde el
hálito de esas
entidades, siempre
relativas,
metafísicamente
absolutas, que son
tiempo y espacio. Tres
arquetipos de nuestra
nacionalidad (otra vez
el número tres y otra
vez el elemento lúdico),
se engarzan en viaje
hacia el futuro, viaje
en el que cada sitio los
toca y los trastoca en
seres diversos y a un
tiempo los mismos. Un
salto a ese horror que
en cada paso urdimos. Y
que con cada paso nos
urde. Recuérdese el
mítico verso de Lezama:
“te sorbo y me creas”.
Cada arquetipo
desplazado (y
desplazando)
causalidades. Con
innegable dosis de
perceptible ironía, el
autor nos invita a
destrozar, en virtud de
la utopía, la torpe
linealidad de la
historia. Utopía y
distopía, toda utopía
lleva a cuestas su
distopía. Vaticino que
esta dicotomía, este
binomio, deviene suerte
de axis mundi,
uno de los ejes de
pensamiento de Rubén
Sicilia. De la
linealidad de la
historia a su
circularidad, para, a
bordo de esa
circularidad, regresar a
los inicios. Única vía,
nos dice el autor, de
recomponerlo y
reordenarlo todo.
Recomponernos y
reordenarnos. Recomponer
y reordenar el “aquí” y
el “ahora” de la mano de
una terapia temporal que
recompone y ordena el
pasado. Y muy
especialmente,
recomponer y reordenar
ese “allá” y ese
“entonces” al que
denominamos (palabra que
invita al sueño y a la
utopía más que alguna
otra) futuro. Si la
primera de las otras
obras nos sacude, esta
nos alude. Duele que
resulte físicamente
imposible ese viaje a
los inicios sobre el
inefable globo de Matías
para recomenzar y
recomenzarnos. Duele
porque sobre ese globo,
recordemos la tesis de
Virgilio, el teatro como
cuerpo activo,
estaríamos dispuestos a
componer y recomponernos
todos.
De la tercera de las
obras emana un aliento
más cercano a lo
clásico. Una parábola de
tensa e intensa poesía.
Cenizas de Ruth.
Un texto muy cuidado en
el que se mueven
personajes profundos, en
modo alguno arquetipos.
Se lee este texto y se
estará frente a Ruth, la
moabita, la extranjera,
la un día bisabuela del
Rey David. La estructura
es lineal y circular a
un tiempo. Se constata
un interesante uso de la
simultaneidad,
especialmente en escenas
breves. Y cierta
estilización poética de
los conflictos. Y otra
vez esa circularidad que
mixturan principio y
final. Y otra vez el
eterno retorno
nietzscheano. Si de
taxonomías se trata,
este resulta un drama.
Un drama bíblico. Se
alude a hechos que nos
llegan desde El Libro
de Ruth, uno de los
libros más breves de la
Santa Biblia. En tanto
vibrar en un mundo de
notas profundamente
humanas y existenciales
se diría que no pocas
veces desanda el autor
las arenas del Jordán.
Estos, los de Ruth, son
hechos de fe, ética y
amor. Otra vez la
Trinidad, Trinidad que
nos alza en el aire, nos
calza para el camino y
nos salva para la vida.
No creo errar al
sostener que Rubén
Sicilia no las tiene
todas con el realismo.
Más bien, convengamos,
tiene muy pocas con él.
Tomando la Trinidad que
es este libro se
advierte, al decir de
Bajtin, un cronotopo en
retroceso, un tiempo
que, a modo de
exorcismo, retorna a la
matriz del tiempo. Desde
la sadomaso
disfuncionalidad
erotizante de una pareja
posmoderna hasta las
sacras (y por más de 20
siglos sangrientas)
arenas del Jordán. O, si
se prefiere, el reverso:
desde el bíblico Jordán
hasta el potro de
torturas de una pareja
sadomaso del III
Milenio. He ahí la
vía crucis. Vía
crucis de la especie en
el que si bien la
realidad exterior se ha
tornado cada vez más
física la interior bulle
de angustiosa
metafísica. De
preguntas. Preguntas que
el homo sapiens,
muy a su pesar, no ha
logrado responder. En
otros casos, infortunio
mediante, hemos errado
las respuestas.
De la mano de esa
trinidad que nos propone
el autor, Mente, Cuerpo
y Alma, Pasado, Presente
y Futuro, tres palabras,
otra vez tres, ese
número sagrado,
trinum faciunt collegium,
aventuremos otras tres
palabras para llevar
este libro ante el
cuenco bautismal, las
palabras de Ionescu y
Arrabal: Sueños,
Angustias, Sufrimiento.
Añadamos Tragedia.
Añadamos Absurdo. Y
añadamos, muy
especialmente: Utopía.
Tragedia y Absurdo, dúo
falaz, que de la Utopía,
vapuleada y maltrecha,
nos han legado la
Distopía. Tragedia y
Absurdo que puede nos
hayan mutilado la Fe. Y
el autor que se empeña
en regresarla, íntegra,
limpia, pura, como en
aquel primer día de los
inicios, de las manos de
Ruth, la moabita, o
desde Matías Pérez, el
sastre portugués elevado
aquel día de junio desde
el Campo de Marte,
devolvernos, decía, la
Utopía. Y todo ello a la
grupa de esa
“corporeidad ancestral”
que nos legara Grotowsky.
De ahí que si los trazos
son disímiles y diversos
en Rubén Sicilia el
entramado y el color son
siempre los mismos: la
tragedia del hombre, la
Utopía. Y la Distopía
ahí, agazapada,
acechando.
Tienen los libros, lo
decía, la vida que a
ellos han llevado sus
autores. O los
directores, fascinados
por abordar esos textos.
Porque tiene también el
teatro la
responsabilidad de ser
llevado a escena. Libros
no publicados o teatro
no representado,
devienen espacios
truncos. Espacios
truncos en la memoria. Y
es que ambos, libro y
escena, están henchidos
de la vida que a ellos
llevemos todos en tanto
lectores y espectadores.
En tanto humanos.
Humanos memoriosos,
recuérdese: corporeidad
ancestral. No digamos
más. Aludamos al maestro
Samuel Beckett: “cada
palabra es una
innecesaria mancha en el
silencio”.
Limitémonos a decir,
pues, Libro: he aquí tus
lectores. Escenarios: he
aquí estos textos. Puede
sea ese el universo
donde logremos fusionar,
como deseaba Virgilio,
ese cuerpo de carne
pasiva (y parcelado en
el tiempo) que somos
todos, con ese otro
cuerpo, ese cuerpo
activo (y atemporal) que
es el teatro, que es la
literatura. |