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2 de SEPTIEMBRE de 2011

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Trabajo Cultural Comunitario
La transformación de las artes
Dainerys Machado Vento • La Habana
 

Si en el más reciente calendario cubano un año lleva la marca de los tiempos difíciles es, sin duda, el de 1994. Entre apagones recurrentes, mercados súbitamente desabastecidos y las esperanzas truncas de toda una generación, nació sin embargo, y por fortuna, un incipiente movimiento cultural comunitario que trascendería la crisis de esa década para llegar hasta hoy en franca autotransformación.

Primero fueron dos, tres, diez coordinadores que convocados por Abel Prieto, entonces presidente de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), se empeñaron en llevar la literatura, el dibujo, la música y la representación escénica a calles y escuelas muchas veces a oscuras.

Teresita Segarra, Jorge García Porrúa, Esteban Llorach, Pablo Vergues, Ana Nora Calaza y Gisela Arandia en el capitalino barrio de La California, fueron algunos de los que pusieron sus talentos en función de tales propósitos.

Después fue la materialización institucional de los proyectos con la creación de una Dirección de Trabajo Cultural Comunitario en la sede nacional de la organización, desde donde se comenzó a convocar y a apoyar a esa parte de la vanguardia artística que dispuso desinteresadamente de su tiempo y obra a favor del espíritu maltrecho de mucha gente.

La definitiva caída del Campo Socialista a inicios de esa década y el oportunista recrudecimiento del bloqueo económico de EE.UU. sobre la mayor de las Antillas habían puesto en jaque a las más legítimas políticas sociales de la Revolución. Pero las artes pervivían, redescubriendo la identidad nacional en nuevos cuestionamientos, en ebullición y crisis. Un diálogo con la realidad que se hacía aún más locuaz por cuanto la vanguardia cultural, de edades y conceptos diversos, se hallaba dispersa por toda la Isla gracias al abarcador sistema de enseñanza artística fundado por la Revolución. El trabajo de tales grupos, o al menos de una parte de ellos, en las comunidades rurales y en los barrios citadinos era posible y necesario ante el inminente resquebrajamiento de los valores humanos en un trance económico como el que vivía Cuba.

Es cierto que los dilemas morales sobrevivieron a tales voluntades, pero nadie podrá estimar cuán diferente seríamos hoy cubanas y cubanos de no ser por aquel llamado certero a, entre tantas pérdidas, salvar primero la cultura. No fue fortuito que la Dirección de Trabajo Cultural Comunitario de la UNEAC tuviera desde su nacimiento la misión de “potenciar la participación activa de artistas y escritores en los procesos de creación, apreciación y promoción artística y literaria en las comunidades”[1], entendiendo la cultura como “todo el quehacer del ser humano y no solo como lo artístico”.

Hoy suman 148 acciones y proyectos en todo el país en los que se involucran espontáneamente y sin interés de lucro casi 600 miembros de la UNEAC. Cines de barrio, comunidades apartadas, cuadras marginales, escuelas y también teatros, son testigos del crecimiento de peñas, talleres, encuentros culturales a favor del crecimiento cultural de quienes participan en ellos. Pero el valor transformador de tales prácticas había quedado planteado como reto desde mucho antes.

En el discurso fundacional de la política cultural de la Revolución en 1961, conocido como “Palabras a los intelectuales”, Fidel dijo: “(…) debemos propiciar las condiciones necesarias para que todos esos bienes culturales lleguen al pueblo. No quiere decir eso que el artista tenga que sacrificar el valor de sus creaciones y que necesariamente tenga que sacrificar su calidad. Quiere decir que tenemos que luchar en todos los sentidos para que el creador produzca para el pueblo y el pueblo, a su vez, eleve su nivel cultural, a fin de acercarse también a los creadores.[2]”.

El despertar del trabajo cultural comunitario en los años 90 no fue solo una luz en el camino de la crisis de valores, también fue una metamorfosis necesaria en el movimiento de artistas aficionados que se había multiplicado durante las décadas de 1970 y 1980, pero desvirtuado bajo quehaceres más cuantitativos que cualitativos o estéticos.

Transformar, humanizar, motivar

“Hay que enfatizar que hacer trabajo comunitario de por sí no es garantía de la defensa de la identidad ni de difusión de lo mejor de nuestra cultura nacional. Si bien en estos temas del trabajo sociocultural es necesario evitar el verticalismo, las normativas rígidas y las posiciones paternalistas, al propio tiempo hay que protegerse del espontaneísmo y de la improvisación”[3]. En el Consejo Nacional de la UNEAC de junio de 2000, Abel Prieto llamaba de nuevo la atención sobre la necesidad de velar por un movimiento que marchara a la par de los tiempos, como una vía de conocimiento y aporte a la calidad de vida.

Dos años después llegaría para la Dirección de Trabajo Cultural Comunitario una alianza a favor de tales reflexiones. Lucía Grisel Zamora, especialista de ese grupo, cuenta que “a partir de 2002 comenzamos a conjugar nuestra labor con CIERIC (Centro de Intercambio y Referencia-Iniciativa Comunitaria), una organización con una experticia desde el punto de vista metodológico que cumple en 2011 los 20 años. Eso nos ha permitido perfilar la concepción de nuestro trabajo con técnicas de la educación popular y con toda una serie de elementos que lo hacen más científico”.

A partir de ese momento, a la sistematicidad de emprender proyectos y acciones comunitarias, según Lucía, se sumó el trabajo constante por enriquecerlos, transformarlos y ampliarlos desde un pensamiento creativo, pero con rigor en su metodología que produjera un impacto consciente en los implicados, en sus comunidades y también en la obra de los creadores.

De los beneficios de tales evoluciones gozan las personas con Síndrome de Down que en Pinar del Río se reúnen para pintar en el proyecto Sueños de colores, coordinado por el pintor grabador Jesús Carrete y que cuenta en el presente con el apoyo de un psicólogo, una pedagoga y una defectóloga; también las comunidades serranas de más difícil acceso que se deleitan en la provincia de Granma con el trabajo escénico y musical de la Guerrilla de Teatreros, al mando de René Reyes Blázquez, Yamisleidis Reyes y Ariel Fernández; así como los niños, algunos con limitaciones físicas o desamparo filial, que en Cienfuegos protagonizan el programa radial Sombrero Azul, guiados por Maite Hernández Páez y José Manuel Urquiza para favorecer la igualdad, la sensibilidad y la comunicación.

Y aunque desde la Dirección de Cultura Comunitaria y su Comisión Permanente[4] se reconoce que aún falta en La Habana fortalecer y capacitar al movimiento de coordinadores, la capital cuenta con 81 acciones y proyectos en todos sus municipios, y de forma exclusiva, con Talleres de Transformación Integral en los barrios, donde se integran diferentes organizaciones para promover actividades culturales y de superación, según las características de la zona.

De ahí la necesidad de que las investigaciones socioculturales jueguen un papel activo en la identificación de los proyectos y sus perspectivas. Sobre todo porque según Zamora “los resultados de las acciones solo son medibles cuando apuntan a una transformación, ya sea en el ámbito urbano o en el social. Pero sobre todo en las personas que han vivido el proceso. Cuando la gente es capaz de proponer y transformar su propia realidad, entonces ha habido un impacto, sobre todo si el propio artista siente que el proyecto ha influido en su arte o lo ha humanizado. Esta es la propuesta que hemos tratado de defender.”

Dotar a los niños y jóvenes de un sentido crítico a favor de sus tradiciones y su patrimonio cultural, sin desdeñar la modestia y la sensibilidad es una de esas tareas que se emprenden con visos futuristas y en la que está inmersa, con más fuerza que nunca, la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, recién cumplidos los 50 años.

El primer paso es que decisores culturales y público en general, comprenda a la cultura en su concepto más amplio, uno de los retos a los que está abocada hoy la Dirección de Trabajo Cultural Comunitario de esa organización.

Para Lucía Zamora, “otro de los desafíos que también tenemos es la sustentabilidad, algo que en estos momentos están demandando los proyectos. Muchos han vivido de la caridad o del dinero del propio artista. Eso es prácticamente insostenible y hoy estamos pensando cómo estipularlo para que la experiencia no muera”.

El llamado sigue en pie: “Lo primero que hay que salvar es la cultura”, como dijo Fidel. Porque tal como escribiera Miguel Barnet en el año 2000, “la cultura no es un aditamento, un lujo o un adorno ocasional, es una necesidad, una energía como dijo Fernando Ortiz, y no un producto de mera contemplación hedonista. La cultura es el conjunto de bienes espirituales y materiales creados por la humanidad”. Palabras que se vierten a favor del trabajo comunitario, al decir del ministro de Cultura Abel Prieto, porque “nuestra ‘masificación’ es, precisamente, la única respuesta eficaz frente a la invasión de los modelos de la ‘cultura de masas’ imperialista”[5].

 

Notas:

[1]- Dirección de Trabajo Cultural Comunitario, documentos.

[2]- Castro Ruz, Fidel: “Palabras a los intelectuales”. En Cuba, cultura y revolución: claves de una identidad. Colección Sureditores, UNEAC, 2011, pp. 13-45, p. 24.

[3]- Prieto, Abel: “Vanguardia y masividad”. En Cuba, cultura y revolución… Ídem, pp. 207-219, p. 212.

[4]- La Comisión Permanente de Trabajo Cultural Comunitario está integrada además de los creadores, por representantes en el país del trabajo social, de la Educación, del Consejo Nacional de las Casas de Cultura y otras organizaciones. Su trabajo es rectorado por la Dirección de Cultura Comunitaria de la UNEAC.

[5]- Prieto, Abel: Ob. cit.
 

 
 
 
 
   
Lineamientos del VI Congreso del PCC
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Información sobre el resultado del Debate
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2011.