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Si en el más reciente
calendario cubano un año
lleva la marca de los
tiempos difíciles es,
sin duda, el de 1994.
Entre apagones
recurrentes, mercados
súbitamente
desabastecidos y las
esperanzas truncas de
toda una generación,
nació sin embargo, y por
fortuna, un incipiente
movimiento cultural
comunitario que
trascendería la crisis
de esa década para
llegar hasta hoy en
franca
autotransformación.
Primero fueron dos,
tres, diez coordinadores
que convocados por Abel
Prieto, entonces
presidente de la Unión
de Escritores y Artistas
de Cuba (UNEAC), se
empeñaron en llevar la
literatura, el dibujo,
la música y la
representación escénica
a calles y escuelas
muchas veces a oscuras.
Teresita Segarra, Jorge
García Porrúa, Esteban
Llorach, Pablo Vergues,
Ana Nora Calaza y Gisela
Arandia en el capitalino
barrio de La California,
fueron algunos de los
que pusieron sus
talentos en función de
tales propósitos.
Después fue la
materialización
institucional de los
proyectos con la
creación de una
Dirección de Trabajo
Cultural Comunitario en
la sede nacional de la
organización, desde
donde se comenzó a
convocar y a apoyar a
esa parte de la
vanguardia artística que
dispuso
desinteresadamente de su
tiempo y obra a favor
del espíritu maltrecho
de mucha gente.
La definitiva caída del
Campo Socialista a
inicios de esa década y
el oportunista
recrudecimiento del
bloqueo económico de
EE.UU. sobre la mayor de
las Antillas habían
puesto en jaque a las
más legítimas políticas
sociales de la
Revolución. Pero las
artes pervivían,
redescubriendo la
identidad nacional en
nuevos cuestionamientos,
en ebullición y crisis.
Un diálogo con la
realidad que se hacía
aún más locuaz por
cuanto la vanguardia
cultural, de edades y
conceptos diversos, se
hallaba dispersa por
toda la Isla gracias al
abarcador sistema de
enseñanza artística
fundado por la
Revolución. El trabajo
de tales grupos, o al
menos de una parte de
ellos, en las
comunidades rurales y en
los barrios citadinos
era posible y necesario
ante el inminente
resquebrajamiento de los
valores humanos en un
trance económico como el
que vivía Cuba.
Es cierto que los
dilemas morales
sobrevivieron a tales
voluntades, pero nadie
podrá estimar cuán
diferente seríamos hoy
cubanas y cubanos de no
ser por aquel llamado
certero a, entre tantas
pérdidas, salvar primero
la cultura. No fue
fortuito que la
Dirección de Trabajo
Cultural Comunitario de
la UNEAC tuviera desde
su nacimiento la misión
de “potenciar la
participación activa de
artistas y escritores en
los procesos de
creación, apreciación y
promoción artística y
literaria en las
comunidades”[1],
entendiendo la cultura
como “todo el quehacer
del ser humano y no solo
como lo artístico”.
Hoy suman 148 acciones y
proyectos en todo el
país en los que se
involucran
espontáneamente y sin
interés de lucro casi
600 miembros de la
UNEAC. Cines de barrio,
comunidades apartadas,
cuadras marginales,
escuelas y también
teatros, son testigos
del crecimiento de
peñas, talleres,
encuentros culturales a
favor del crecimiento
cultural de quienes
participan en ellos.
Pero el valor
transformador de tales
prácticas había quedado
planteado como reto
desde mucho antes.
En el
discurso fundacional de
la política cultural de
la Revolución en 1961,
conocido como “Palabras
a los intelectuales”,
Fidel dijo: “(…) debemos
propiciar las
condiciones necesarias
para que todos esos
bienes culturales
lleguen al pueblo. No
quiere decir eso que el
artista tenga que
sacrificar el valor de
sus creaciones y que
necesariamente tenga que
sacrificar su calidad.
Quiere decir que tenemos
que luchar en todos los
sentidos para que el
creador produzca para el
pueblo y el pueblo, a su
vez, eleve su nivel
cultural, a fin de
acercarse también a los
creadores.[2]”.
El despertar del trabajo
cultural comunitario en
los años 90 no fue solo
una luz en el camino de
la crisis de valores,
también fue una
metamorfosis necesaria
en el movimiento de
artistas aficionados que
se había multiplicado
durante las décadas de
1970 y 1980, pero
desvirtuado bajo
quehaceres más
cuantitativos que
cualitativos o
estéticos.
Transformar, humanizar,
motivar
“Hay que enfatizar que
hacer trabajo
comunitario de por sí no
es garantía de la
defensa de la identidad
ni de difusión de lo
mejor de nuestra cultura
nacional. Si bien en
estos temas del trabajo
sociocultural es
necesario evitar el
verticalismo, las
normativas rígidas y las
posiciones
paternalistas, al propio
tiempo hay que
protegerse del
espontaneísmo y de la
improvisación”[3].
En el Consejo Nacional
de la UNEAC de junio de
2000, Abel Prieto
llamaba de nuevo la
atención sobre la
necesidad de velar por
un movimiento que
marchara a la par de los
tiempos, como una vía de
conocimiento y aporte a
la calidad de vida.
Dos años después
llegaría para la
Dirección de Trabajo
Cultural Comunitario una
alianza a favor de tales
reflexiones. Lucía
Grisel Zamora,
especialista de ese
grupo, cuenta que “a
partir de 2002
comenzamos a conjugar
nuestra labor con CIERIC
(Centro de Intercambio y
Referencia-Iniciativa
Comunitaria), una
organización con una
experticia desde el
punto de vista
metodológico que cumple
en 2011 los 20 años. Eso
nos ha permitido
perfilar la concepción
de nuestro trabajo con
técnicas de la educación
popular y con toda una
serie de elementos que
lo hacen más
científico”.
A partir de ese momento,
a la sistematicidad de
emprender proyectos y
acciones comunitarias,
según Lucía, se sumó el
trabajo constante por
enriquecerlos,
transformarlos y
ampliarlos desde un
pensamiento creativo,
pero con rigor en su
metodología que
produjera un impacto
consciente en los
implicados, en sus
comunidades y también en
la obra de los
creadores.
De los beneficios de
tales evoluciones gozan
las personas con
Síndrome de Down que en
Pinar del Río se reúnen
para pintar en el
proyecto Sueños de
colores, coordinado por
el pintor grabador Jesús
Carrete y que cuenta en
el presente con el apoyo
de un psicólogo, una
pedagoga y una
defectóloga; también las
comunidades serranas de
más difícil acceso que
se deleitan en la
provincia de Granma con
el trabajo escénico y
musical de la Guerrilla
de Teatreros, al mando
de René Reyes Blázquez,
Yamisleidis Reyes y
Ariel Fernández; así
como los niños, algunos
con limitaciones físicas
o desamparo filial, que
en Cienfuegos
protagonizan el programa
radial Sombrero Azul,
guiados por Maite
Hernández Páez y José
Manuel Urquiza para
favorecer la igualdad,
la sensibilidad y la
comunicación.
Y aunque desde la
Dirección de Cultura
Comunitaria y su
Comisión Permanente[4]
se reconoce que aún
falta en La Habana
fortalecer y capacitar
al movimiento de
coordinadores, la
capital cuenta con 81
acciones y proyectos en
todos sus municipios, y
de forma exclusiva, con
Talleres de
Transformación Integral
en los barrios, donde se
integran diferentes
organizaciones para
promover actividades
culturales y de
superación, según las
características de la
zona.
De ahí la necesidad de
que las investigaciones
socioculturales jueguen
un papel activo en la
identificación de los
proyectos y sus
perspectivas. Sobre todo
porque según Zamora “los
resultados de las
acciones solo son medibles cuando apuntan
a una transformación, ya
sea en el ámbito urbano
o en el social. Pero
sobre todo en las
personas que han vivido
el proceso. Cuando la
gente es capaz de
proponer y transformar
su propia realidad,
entonces ha habido un
impacto, sobre todo si
el propio artista siente
que el proyecto ha
influido en su arte o lo
ha humanizado. Esta es
la propuesta que hemos
tratado de defender.”
Dotar a los niños y
jóvenes de un sentido
crítico a favor de sus
tradiciones y su
patrimonio cultural, sin
desdeñar la modestia y
la sensibilidad es una
de esas tareas que se
emprenden con visos
futuristas y en la que
está inmersa, con más
fuerza que nunca, la
Unión de Escritores y
Artistas de Cuba, recién
cumplidos los 50 años.
El primer paso es que
decisores culturales y
público en general,
comprenda a la cultura
en su concepto más
amplio, uno de los retos
a los que está abocada
hoy la Dirección de
Trabajo Cultural
Comunitario de esa
organización.
Para Lucía Zamora, “otro
de los desafíos que
también tenemos es la
sustentabilidad, algo
que en estos momentos
están demandando los
proyectos. Muchos han
vivido de la caridad o
del dinero del propio
artista. Eso es
prácticamente
insostenible y hoy
estamos pensando cómo
estipularlo para que la
experiencia no muera”.
El llamado sigue en pie:
“Lo primero que hay que
salvar es la cultura”,
como dijo Fidel. Porque
tal como escribiera
Miguel Barnet en el año
2000, “la cultura no es
un aditamento, un lujo o
un adorno ocasional, es
una necesidad, una
energía como dijo
Fernando Ortiz, y no un
producto de mera
contemplación hedonista.
La cultura es el
conjunto de bienes
espirituales y
materiales creados por
la humanidad”. Palabras
que se vierten a favor
del trabajo comunitario,
al decir del ministro de
Cultura Abel Prieto,
porque “nuestra
‘masificación’ es,
precisamente, la única
respuesta eficaz frente
a la invasión de los
modelos de la ‘cultura
de masas’ imperialista”[5].
Notas:
[1]-
Dirección de
Trabajo Cultural
Comunitario,
documentos.
[2]- Castro Ruz,
Fidel: “Palabras
a los
intelectuales”.
En Cuba,
cultura y
revolución:
claves de una
identidad.
Colección
Sureditores,
UNEAC, 2011, pp.
13-45, p. 24.
[3]- Prieto,
Abel:
“Vanguardia y
masividad”. En
Cuba, cultura
y revolución…
Ídem, pp.
207-219, p. 212.
[4]- La Comisión
Permanente de
Trabajo Cultural
Comunitario está
integrada además
de los
creadores, por
representantes
en el país del
trabajo social,
de la Educación,
del Consejo
Nacional de las
Casas de Cultura
y otras
organizaciones.
Su trabajo es
rectorado por la
Dirección de
Cultura
Comunitaria de
la UNEAC.
[5]- Prieto,
Abel: Ob. cit.
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