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Enfrentarse a las
calumnias y a las
críticas virulentas que
contra la Revolución
Cubana se han venido
haciendo por más de
cincuenta años en los
medios masivos de
desinformación que
pretenden catequizarnos
desde las cacareadas
“democracias
occidentales”, se ha
convertido en algo
cotidiano para el pueblo
cubano. Tan así, que
pareciera cosa de
ingenuos o de
principiantes dejarse
provocar por otra
andanada de calumnias,
mentiras, medias
verdades y
manipulaciones
provenientes de
semejantes fuentes.
Pero en medio del
enfrentamiento cotidiano
a los problemas que se
nos presentan a los
cubanos en Cuba, que no
son pocos ni tampoco
fáciles de resolver,
cuando se trata de
remover aquellos
paradigmas en virtud de
los cuales hemos
crecido, no solo como
criaturas biológicas,
sino, y sobre todo,
espirituales, que es
decir humanas, entonces
vale la pena hacer un
alto en el camino. Un
alto imprescindible,
doloroso y honesto, para
mirar de frente al sol y
preguntar ¿Cómo es
posible?
Mi generación creció
tarareando primero y
cantando después,
aquellos inolvidables
versos que iniciaban
diciendo “Yo, vine
creciendo y me forjé /
cual mi generación /
distinta a la de ayer. /
Soy, continuidad de mi
niñez, / que es hija del
sudor / de los brazos
que amé… ” y cuando
las fuerzas nos
flaquearon ante algún
obstáculo que por
entonces creíamos
difícil, o por alguna
injusticia de la que
éramos, o creímos ser,
objeto, producto de las
relaciones humanas
naturalmente
contradictorias, nos
reconfortaba escuchar a
esa voz tan clara y
entrañable recordarnos que
“No vivo en una sociedad
perfecta / yo pido que
no se le de ese nombre,
/ si alguna cosa me hace
sentir esta / es porque
la hacen mujeres y
hombres.” Y
perseverábamos en
nuestro empeño de
continuar creciendo y
trabajando, unos, para
su realización personal,
otros, para el adelanto
de una sociedad a la que
nos enseñaron a querer
nuestros abuelos,
nuestros padres, los
maestros y naturalmente,
nuestros poetas y
cantores. Entre estos
últimos, y en un lugar
muy especial, está sin
duda, Pablo Milanés.
Por eso es doloroso leer
la entrevista publicada
por
El Mundo
y que dicen realizada a
Pablo, el pasado sábado
13 de marzo de 2010,
donde, según el diario,
el cantante opina que
los revolucionarios se
han quedado en el tiempo
con la Revolución. Que
“La Historia debe
avanzar con ideas y
hombres nuevos”, dice,
a lo que nosotros
podríamos preguntarnos
¿qué son los miles de
hombres y mujeres
jóvenes, nacidos en lo
más crudo de la crisis
de los años ´90, que a
pesar de los
archisabidos problemas
económicos han venido
incorporándose en masa a
la vida social del país,
y cuya vanguardia
organizada está
discutiendo por estos
días-sin cortapisas y
llamando a las cosas por
su nombre-, los
problemas más acuciantes
de nuestra sociedad en
sus asambleas previas al
IX Congreso de la Unión
de Jóvenes Comunistas?
¿acaso no son hombres y
mujeres nuevos, no solo
por su edad, sino porque
de sobra tenemos ya
sabido que esa hermosa y
posible utopía llamada
el Hombre Nuevo tendrán
que ser siempre-como ya
lo han sido-aquellos
hombres y mujeres que en
las generaciones
actuales y sucesivas se
empeñen en ser mejores
cada día, más útiles a
la sociedad y a la época
en que viven y, sobre
todo, en ser
consecuentes con sus
ideas y su conducta,
para no desdecirse ni
desteñir su imagen con
el paso del tiempo, amén
de cuánto arrecien las
tormentas siempre
pasajeras?
Que los revolucionarios
“Se han convertido-dice
el Pablo de El Mundo-en
reaccionarios de sus
propias ideas.” ¿Quién
habría renunciado
entonces a sus propias
ideas: los que a pesar
de su más de medio siglo
de lucha sin tregua y de
acoso constante, sin
temor a ser asesinados
cualquier día por
sicarios pagados con
dineros imperiales-no
importa ahora si
europeos o
norteamericanos-, ni
tampoco al error siempre
probable en todo nuevo
camino, continúan
todavía hoy asegurando
que la obra que tanto
sacrificio ha costado no
se desmorone por
flojeras de ánimos; o
quien, luego de hacer
carrera cantando durante
más de media vida, con
una convicción a prueba
de calumnias y sobornos,
a la obra noble y
generosa que en lo
personal no le costó más
padecimientos que los
naturales del ajuste
entre el carácter
siempre imperfecto de
los hombres que, sin ser
dioses, se han propuesto
una obra inmensamente
superior a ellos, y la
obra misma, ya innegable
y tremenda, que en su
devenir ha sabido
rendirle merecidos
honores que acaso basten
a recompensarlo por
aquellos dolores, y
ahora en el aire
mefítico de la prensa
europea, lo hacen
aparecer haciendo
cabriolas políticas para
decir a la vez “que sí”
pero “que no”, o tal vez
solo “sí”, o tal vez
solo “no”?
“El sol enorme que nació
en el 59 se ha ido
llenando de manchas en
la medida en que se va
poniendo viejo.”-así
dice El Mundo que
dijo Pablo. Pero el
hombre al que los
jóvenes intelectuales y
artistas cubanos
decidimos un día, por
nuestra libre y
espontánea voluntad de
forma unánime, reconocer
como Maestro de
Juventudes, nos legó
entre sus más puras
enseñanzas y de la
manera más hermosa
posible, esta verdad
incontrastable de
nuestra sociedad: “Quien
la hizo nacer, quien
participó, / quien la
hizo cambiar y no
perecer, / no le
complacen todas las
cosas / pero por esto
daría la vida.”
Me duele creer que a ese
Pablo de Cuba lo hayan
podido utilizar El
Mundo o cualquiera
de los corifeos de la
anti Cuba que a través
de los años se mellaron
los dientes contra la
insobornable voluntad de
un hombre. Me niego a
creer que ese Pablo que
sabe cuánto vale su
nombre para una juventud
que no se cansa de soñar
y de luchar por un mundo
mejor, se preste, en un
momento de indudable
peligro para la Patria
cuyas glorias siempre
cantó, a ser utilizado
por nuestros enemigos.
Me resisto a creer que
un hombre que hizo
crecer a Cuba con su
canto y que creció con
ella frente al mundo
hasta deberle su actual
estatura, se disminuya
en “la hora de los
hornos”.
De cualquier forma, para
mí y para muchos jóvenes
cubanos, así como la
flecha disparada ya no
pertenece al arquero,
sino al viento y al
punto donde acaba su
vuelo, Pablo Milanés no
será nunca este que El
Mundo dice y que en
grande alharaca rebotan
los medios masivos de
desinformación de las
hipócritas democracias
occidentales, sino aquel
cantor humilde que con
su voz prístina e
inolvidable nos enseñó Cuánto
costó este cielo,/
cuánto la tierra amada,
/ cuánto alzar la
bandera / que inmolarse
los vio. Y también
que “El extremista y
el cobarde / van
convergiendo en su dolor
/ mientras el resto con
amor / trabaja porque se
le hace tarde.” |