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El avión comenzó a
descender sobre el golfo
de Guacanayabo y
enseguida advertí el
macizo verde, los
cerros, las crestas
peladas sostenidas por
las laderas frondosas de
la Sierra Maestra, un
lugar sagrado de donde
emanaba la majestad del
poder, se enaltecía con
el rumor de la epopeya y
se sacralizaba con los
caídos. A los pocos
minutos volábamos sobre
la bahía de Santiago,
que reconocí por los
tejados de Cayo Smith en
el centro, y enseguida
vimos el Morro. María
del Carmen, a mi lado,
iba feliz con su primera
visita a la ciudad.
Cuando se abrieron las
puertas el calor fue
como una onda expansiva
que nos golpeara sin
derribarnos
envolviéndonos en su
húmeda pegajosidad.
Descendí la escalerilla
detrás de Máximo hacia
los rostros sonrientes
que nos aguardaban y me
dejé palmetear la
espalda; reconocí a
varios que había visto
de visita en la
corporación. Detrás de
mí bajó Sancristóbal y
abordó enseguida un
auto.
A la residencia de Vista
Alegre, recién
abandonada por sus
propietarios, la
llamaban Casa de
Protocolo. Nos alojaron
en una de las amplias
habitaciones con
inmensos vestidores
flanqueados de closets y
altas hileras de
gavetas. Apenas nos
dejaron tiempo para
asearnos antes de
comenzar un rápido
paseo. Estallaba la
sonoridad de la conga en
todas las calles donde
se alzaban pabellones y
carpas multicolores
adornadas de mascarones;
el carnaval comenzaría
al día siguiente.
El auto trepaba las
calles empinadas o se
deslizaba como un
tobogán por la vertiente
opuesta. En casa de
Máximo se habían cosido
uniformes para el
Ejército Rebelde, se
acumularon víveres y
medicinas para enviar a
la Sierra, se realizaron
reuniones conspirativas
y la policía la asaltó
más de una vez para
registrarla mientras los
revolucionarios se
evadían por los tejados.
La sala se abría sobre
un portalón con
mecedoras y un patio con
brocal. Nos acogieron
sus padres: un juez
jubilado y una matrona
hospitalaria. Tomamos
café mientras llegaba
distante el sonido
juguetón de una cometa
china.
Fragmento del libro
Árbol de la vida,
de Lisandro Otero.
Editorial Siglo XXI.
México, 1990.
Lisandro Otero:
Novelista, diplomático y
periodista cubano. Fue
alumno de la Escuela de
Periodismo y Filosofía y
Letras de la Universidad
de La Habana. Entre 1954
y 1956 estudió
literatura en La Sorbona.
Participó en la lucha
clandestina contra el
régimen de Batista.
Después del triunfo de
la Revolución fue
nombrado director
general de la
municipalidad de La
Habana. Fue jefe de
redacción del periódico
Revolución. Ocupó
el cargo de secretario
de la Unión de
Escritores y Artistas de
Cuba, para el que fue
elegido en su Primer
Congreso en 1961. Fue
director de la revista
Cuba. Fue
merecedor del premio, en
la categoría novela,
Casa de las Américas de
1963 con La situación.
En 1965 fue mención en
el Concurso Biblioteca
Breve de la Editorial
Seix Barral de
Barcelona, con su novela
Pasión de Urbino.
En 1966 ocupó la
vicepresidencia del
Consejo Nacional de
Cultura. Desde el año
siguiente y hasta 1968
dirigió Revolución y
Cultura, su órgano
de difusión. Fue
consejero cultural de la
Embajada de Cuba en
Chile, Rusia y Gran
Bretaña. Autor del
libreto de la comedia
musical El solar,
llevada al cine y al
ballet. Publicó más de
20 títulos en los
diferentes géneros:
novela, ensayo,
testimonio y periodismo.
Fue reconocido con: el
Premio Nacional de
Periodismo de Cuba, la
Órden Félix Elmuza, las
medallas Combatiente de
la Lucha Clandestina y
la conmemorativa del
trigésimo aniversario de
las Fuerzas Armadas
Revolucionarias de Cuba.
Asimismo, se le otorgó
la Orden Nacional al
Mérito, concedida por el
gobierno francés, y el
Premio Nacional de
Periodismo, otorgado por
el Club de Periodistas
de México. Hasta su
muerte presidió la
Academia Cubana de la
Lengua, fue miembro
correspondiente de la
Real Academia Española y
de la Academia
norteamericana de la
lengua. Premio de la
Crítica Literaria por
Temporadas de Ángeles,
1983; Árbol de la
vida, 1992; Premio
Nacional de Periodismo
Cultural, 2006. |