Canción
¡De que callada
manera
se me adentra usted
sonriendo,
como si fuera la
primavera!
(Yo, muriendo.)
Y de que modo sutil
me derramó en la
camisa
todas las flores de
abril
¿Quién le dijo que
yo era
risa siempre, nunca
llanto,
como si fuera
la primavera?
(No soy tanto.)
En cambio, ¡Qué
espiritual
que usted me brinde
una rosa
de su rosal
principal!
De que callada
manera
se me adentra usted
sonriendo,
como si fuera la
primavera
(Yo, muriendo.)
Un Poema de Amor
No sé. Lo ignoro.
Desconozco todo el
tiempo que anduve
sin encontrarla
nuevamente.
¿Tal vez un siglo?
Acaso.
Acaso un poco menos:
noventa y nueve
años.
¿O un mes? Pudiera
ser. En cualquier
forma
un tiempo enorme,
enorme, enorme.
Al fin, como una
rosa súbita,
repentina campánula
temblando,
la noticia.
Saber de pronto
que iba a verla otra
vez, que la tendría
cerca, tangible,
real, como en los
sueños.
¡Qué explosión
contenida!
¡Qué trueno sordo
rodándome en las
venas,
estallando allá
arriba
bajo mi sangre, en
una
nocturna tempestad!
¿Y el hallazgo, en
seguida? ¿Y la
manera
de saludarnos, de
manera
que nadie
comprendiera
que ésa es nuestra
propia manera?
Un roce apenas, un
contacto eléctrico,
un apretón
conspirativo, una
mirada,
un palpitar del
corazón
gritando, aullando
con silenciosa voz.
Después
(ya lo sabéis desde
los quince años)
ese aletear de las
palabras presas,
palabras de ojos
bajos,
penitenciales,
entre testigos
enemigos.
Todavía
un amor de "lo amo",
de "usted", de "bien
quisiera,
pero es
imposible"... De "no
podemos,
no, piénselo usted
mejor"...
Es un amor así,
es un amor de abismo
en primavera,
cortés, cordial,
feliz, fatal.
La despedida, luego,
genérica,
en el turbión de los
amigos.
Verla partir y
amarla como nunca;
seguirla con los
ojos,
y ya sin ojos seguir
viéndola lejos,
allá lejos, y aun
seguirla
más lejos todavía,
hecha de noche,
de morderdura, beso,
insomnio,
veneno, éxtasis,
convulsión,
suspiro, sangre,
muerte...
Hecha
de esa sustancia
conocida
con que amasamos una
estrella.
Madrigal
Tu vientre sabe más
que tu cabeza
y tanto como tus
muslos.
Esa
es la fuerte gracia
negra
de tu cuerpo
desnudo.
Signo de selva el
tuyo,
con tus collares
rojos,
tus brazaletes de
oro curvo,
y ese caimán oscuro
nadando en el
Zambeze de tus
ojos.
Mariposa
Quisiera
hacer un verso que
tuviera
ritmo de Primavera;
que fuera
como una fina
mariposa rara,
como una mariposa
que volara
sobre tu vida, y
cándida y ligera
revolara
sobre tu cuerpo
cálido de cálida
palmera
y al fin su vuelo
absurdo reposara
—tal como en una
roca azul de la
pradera—
sobre la linda rosa
de tu cara...
Quisiera
hacer un verso que
tuviera
toda la fragancia de
la Primavera
y que cual una
mariposa rara
revolara
sobre tu vida, sobre
tu cuerpo, sobre tu
cara.
Piedra de Horno
La tarde abandonada
gime deshecha en
lluvia.
Del cielo caen
recuerdos y entran
por la ventana.
Duros suspiros
rotos, quimeras
lastimadas.
Lentamente va
viniendo tu cuerpo.
Llegan tus manos en
su órbita
de aguardiente de
caña;
tus pies de lento
azúcar quemados por
la danza,
y tus muslos,
tenazas del espasmo,
y tu boca, sustancia
comestible y tu
cintura
de abierto caramelo.
Llegan tus brazos de
oro, tus dientes
sanguinarios;
de pronto entran tus
ojos traicionados;
tu piel tendida,
preparada
para la siesta:
tu olor a selva
repentina; tu
garganta
gritando —no sé, me
lo imagino—,
gimiendo
—no sé, me lo
figuro—, quemándose
—no sé, supongo,
creo;
tu garganta profunda
retorciendo palabras
prohibidas.
Un río de promesas
desciende de tu
pelo,
se demora en tus
senos,
cuaja al fin en un
charco de melaza en
tu vientre,
viola tu carne firme
de nocturno secreto.
Carbón ardiente y
piedra de horno
en esta tarde fría
de lluvia y de
silencio.
La tarde pidiendo
amor
La tarde pidiendo
amor.
Aire frío, cielo
gris.
Muerto sol.
La tarde pidiendo
amor.
Pienso en sus ojos
cerrados,
la tarde pidiendo
amor,
y en sus rodillas
sin sangre,
la tarde pidiendo
amor,
y en sus manos de
uñas verdes,
y en su frente sin
color,
y en su garganta
sellada. . .
La tarde pidiendo
amor,
la tarde pidiendo
amor,
la tarde pidiendo
amor.
No.
No, que me sigue los
pasos,
no;
que me habló, que me
saluda,
no;
que miro pasar su
entierro,
no;
que me sonríe,
tendida,
tendida, suave y
tendida,
sobre la tierra,
tendida,
muerta de una vez,
tendida. . .
No.
Nicolás Guillén:
Poeta Nacional
de Cuba. Fue el
primer autor cubano
que recibió el
Premio Nacional de
Literatura, en 1983.
Creador de una
numerosa obra
poética, en la que
se cuentan los
libros, Motivos
de son (1930),
El son entero
(1947), El gran
zoo (1967) y
Por el mar de las
Antillas anda un
barco de papel
(1978). Fue
presidente de la
UNEAC.