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Dice que la necesidad de
expresarse la lanzó al
mar de la escritura.
Quizá por eso en los
cuentos y relatos de la
santaclareña Anisley
Negrín Ruiz (1981)
navegan los más diversos
personajes, a quienes su
autora ha declarado
demasiado parecidos a
ella misma como para
tener la capacidad de
juzgarlos.
Egresada del VIII Curso
de Técnicas Narrativas
del Centro de Formación
Literaria Onelio Jorge
Cardoso y miembro del
Taller de Narrativa
Carlos Loveira en su
ciudad natal, esta joven
escritora recibió
recientemente una
mención en la décima
edición del Premio
Iberoamericano de Cuento
Julio Cortázar por su
relato “Balada de John y
yo”, excelente pretexto
para escrutar al ser
humano detrás del
canto.
Sospecho que cuando
elegiste estudiar
Derecho, ya te habías
descubierto como
escritora. ¿Por qué
entonces asumir esa
elección? Más: ¿Por qué
continuar luego
consecuente con ella
como profesora
universitaria?
Sospechas mal. Cuando el
Derecho llegó a mí —no
lo elegí, precisamente—
yo ya escribía, pero no
me había descubierto
como escritora. Imagino
que escribía como una
necesidad vital, como un
modo de expresar —pude
haberme expresado a
través de otros modos,
pero fue ese y no
otros—, como un puente
comunicativo entre lo
que leía y yo. Entonces
leía mucho.
Frenéticamente. Al punto
de que he llegado a
pensar que muchas de
aquellas obras
maravillosas las leí sin
conciencia. Leía las
palabras, no su
significado, no su
trascendencia, no su
contexto. La conciencia
me nació cuando comencé
a escribir —me reconocía
como escritora, pero aún
no me nombraba así— al
finalizar la carrera de
Derecho, carrera que me
encantó estudiar, no
tanto ejercer; de ahí
que haya elegido —esta
vez sí— una vía
alternativa, la
docencia, que me ofrece
la capacidad de pensar:
pensar el Derecho sí,
pero también pensar la
literatura. Esa, creo,
es la más acabada forma
de hacerla.
Muchos identifican en
Cuba un floreciente
movimiento de jóvenes
narradores, entre los
que (cronológicamente)
tu obra se vería
incluida. Primero,
¿crees que tal
nomenclatura reduce,
limita o prejuicia el
acercamiento a las
creaciones de tu
generación? Segundo, ¿te
sientes parte de esa
generación “literaria”?
Cuando me hablas de
nomenclatura, imagino te
refieras a lo de
Floreciente Movimiento
de Jóvenes Narradores.
Si es así, permíteme
disentir de las tres
opciones que me ofreces
(reduce, limita y
prejuicia). No puedo
creer que tal
denominación reduzca
aquello de lo cual no se
conoce su tamaño; o sea,
¿por cuántos escritores
está conformado tal
Movimiento? Tampoco creo
que limite nada, en
tanto no sean
deslindadas claramente
las fronteras de dicho
Movimiento. Y en cuanto
al prejuicio, todos
vamos prejuiciados al
encuentro de un libro
escrito por un autor de
estos tiempos, un nombre
nuevo; si no
prejuiciados, sí
escépticos. De ahí que
me cuestione la
existencia misma de ese
Floreciente Movimiento
de Jóvenes Narradores.
De hecho, he escuchado
ese título en autores
que llevaban tiempo
escribiendo sin éxito
editorial o en
concursos, hasta un día,
o publicando parcamente
en sus provincias, o
hasta en escritores que
se iniciaron a los 40 o
los 45 años. Entonces,
¿se es Joven Narrador
teniendo en cuenta la
edad de su autor o la
edad de sus
publicaciones?, ¿cuándo
dejan de tratarte como
un Joven Narrador —con
el paternalismo y los
mimos que el título
encierra— y comienzan a
verte como un Narrador a
Secas, o un Narrador
Maduro?
Yo no sé cuál es mi
generación, si la de los
nacidos en los 80 o la
de los que escriben en
los 2000. No creo en la
existencia de un
movimiento. Y si lo hay,
no me creo incluida, en
tanto no siento que nos
movamos como grupo, que
confrontemos estéticas
en pro de ese
Movimiento, que se nos
haya caracterizado por
los críticos. Lo siento
más bien como un modo de
unificar los nuevos
nombres que suenan en
los espacios culturales.
No sé cómo habrá
funcionado la cuestión
para los “Novísimos”.
Quizá debería acercarme
otra vez a los ensayos
que sobre el tema se han
escrito.
No son pocos los premios
que acompañan tus
creaciones
(Premio Nacional de
Narrativa Mono Rosa,
2006; Beca de Creación
Literaria El Caballo de
Coral, 2006; Premio
Nacional de Cuento
Fotuto, 2006; Premio de
Minicuentos La Casa
Tomada, 2007; Premio en
el Encuentro Debate
Nacional de Talleres
Literarios, 2007). ¿Qué
significan para ti como
creadora?
Un aliciente, como para
cualquier premiado. Una
posibilidad para
publicar un libro sin
esperar demasiado en el
colchón de plumas de
alguna editorial
(nacional o
territorial). Una
inyección de dinero para
sufragar los gastos de
la escritura, que no son
pocos. Unos 15 minutos
de ¿fama? Un
reencontrarse con amigos
que no se ve desde hace
tiempo, en los actos de
premiación. Una
posibilidad de ganar
nuevos lectores.
Lástima que algunos
libros desaparezcan tan
rápido de las librerías.
Al menos los míos no
duran. No que yo sepa.
Lástima que algunas
editoriales no se
replanteen la idea de
una posible reedición de
algunos de esos libros.
Y la mención en el Julio
Cortázar ¿en qué momento
de tu vida llegó? Me
dices que habla a favor
de tu obra ¿sientes que
has crecido como
escritora?
Llegó dos años después
de haber escrito ese
cuento. Así que es bueno
saber que, aún con dos
años de retraso, mi
cuento, mi obra, sigue
estando fresca, que no
se ha comenzado a
corromper. Eso es hablar
a favor. Más cuando se
trata de un texto que
—como te dije— es uno de
esos de “lo tomas o lo
dejas”, “te gusta o no
te gusta”. Por lo menos
así lo veo yo.
En cierto sentido un
escritor siempre crece.
Incluso cuando no está
escribiendo. Cuando está
repasando lo escrito.
Cuando intenta dar el
salto de esa fase a la
siguiente. Cuando
ficciona su realidad día
a día. Cuando se inventa
otras realidades
igualmente habitables.
Así que sí, yo también
puedo decir que he
crecido. Va a ser un
poco más difícil el
hecho de que me lo crea.
¿Cómo nació
“Balada
de John y yo”? ¿Cómo te
decidiste a enviarlo a
“competir”?
Este texto nace a raíz
de uno de esos
personajes que pueblan
las ciudades, unas veces
más anónimamente que
otras, a los que
“cariñosamente” llamamos
locos. El John (Lennon)
de mi historia es uno de
esos locos fabulosos que
se pasa la vida acosando
a los turistas en el
parque Vidal,
cantándoles canciones en
inglés, con melena y
barba, como el propio
Lennon en su período más
wild. Por lo que
se me ocurrió que quizá
esta persona no viva la
misma realidad que yo,
sino otra, más onírica,
donde la línea divisoria
entre lo que es correcto
y lo que no, lo que es
cívico y lo que no, lo
soñado y lo vivido se
haya desdibujado un
tanto.
La atmósfera de los 60
que le quise imprimir al
texto viene a
ubicar/desubicar en
contexto a John Lennon y
rendirle una especie de
homenaje al artista, al
tiempo que puede verse
como mi propia
percepción de esa época
que no viví, que la he
aprehendido a través de
la propia literatura, la
música, la plástica, el
cine, y que en Cuba se
vivió de otro modo.
Me decidí por este texto
para el Cortázar por no
tener otro mejor que
mandar. Ahora mismo no
estoy escribiendo
cuentos. Así que hice un
balance de mis cuentos
aún inéditos y ganó ese.
Es un texto duro en un
sentido y lúdico en
otro. La cuestión
estribaba entonces en
los protocolos de
lectura que siguiera el
jurado.
¿Tus historias te eligen
o tú las eliges a ellas?
¿Nacen de lo que ves, de
lo que vives…?
Mis historias van y
vienen. Las elijo y me
eligen. Nacen de lo que
veo, de lo que vivo, de
lo que leo, de lo que
consumo. Uso todo y a
todos. No pido perdón.
No quisiera nunca tener
que hacerlo.
¿Qué valor le confieres
al uso de los símbolos
en tus cuentos? ¿Crees
en el hermetismo como un
rasgo de la literatura?
Si algo tiene mi
literatura es que no es
hermética, sino más bien
visual —no sé si
hermético y visual sean
contrarios o se
complementen de algún
modo—. Lo que escribo
casi siempre pasó antes
por mi mente como una
película. Tiene que ver
más con lo sensorial,
con lo perceptible y con
lo que me va
sorprendiendo la
historia a medida que la
escribo.
No ocurre así con lo que
leo, que es al final
experiencia vital
también e influye en lo
que escribo. Puedo
disfrutar del mismo modo
una literatura más
hermética como la de
Lezama o Beckett, y una
más visual como la de
Bukowski o Carson
Mc’Cullers.
Además de nuestros
padres, somos hijas del
período especial, de una
literatura en crisis de
renovación, de un
periodismo panfletario,
pero también de las
nuevas tecnologías.
¿Está esa realidad en tu
obra? ¿O es una más
íntima, más personal?
La realidad en mi obra
es mi realidad
tergiversada. Y en ella
está presente, por
supuesto, la tecnología;
mas no como un fin en sí
misma, sino como un
medio. Ahora mismo te
respondo desde una
computadora, mis
respuestas viajan por
e-mail, pero no necesito
mencionarlo para dar un
valor agregado a lo que
digo. Lo encuentro
impropio en mí y en lo
que escribo.
Pienso en algunos
autores cubanos de hoy a
los que les queda bien.
Raúl Flores, por
ejemplo, habla en sus
cuentos de computadoras
Pentium II, 128 megas de
RAM, 20 gigas de disco
duro, 530 megahertz de
velocidad, de quemadores
de CDs, de Internet. La
propia Legna Rodríguez
también lo hace. Sin
hablar de los escritores
de ciencia-ficción, que
no solo transcriben la
tecnología ya creada,
sino que la ficcionan,
crean la suya propia.
Pienso en J.E. Lage y su
tratamiento de la
tecnología, desde un
punto de vista más puro
y también más duro.
Yo todavía no escribo
ciencia-ficción.
¿Crees en el valor de
las historias, de las
moralejas, o escribes
por el placer de hacerlo
y luego dejas a cada
cual la interpretación?
Odio las moralejas, las
pseudo-lecciones
moralizantes. Si por
algo no ejercí el
Derecho fue para no
emitir juicios, no tomar
partido. Prefiero
mostrar el fenómeno,
cuestionármelo y hacer
que los que me lean
también se lo
cuestionen. Estoy en
contra de lo “bueno y
malo”, “del bien y del
mal”, de “lo justo y lo
injusto”, de “lo bello y
lo feo”. Los extremos
resultan tan perniciosos
como la ambivalencia, la
anfibología. La triada
platónica también tiene
su costado flaco.
Esto no quiere decir que
se escriba por placer.
Escribir puede resultar
también una enfermedad,
la náusea de Camus: el
malestar no se cura
hasta que vomitas.
No sabes el trabajo que
me ha costado escribir
este cuestionario,
analizando una a una las
preposiciones, las
comas. Como escritora,
¿lees diseccionando
—literaria,
gramaticalmente— aquello
que cae en tus manos?
¿Lees más o escribes
más?
No disecciono. No
escruto con ojos
gramaticales lo que leo.
Más bien lo valoro en su
sentido de la unidad, la
fluidez, la musicalidad.
Mucho de lo que leo me
sobrepasa porque soy muy
selectiva al leer,
porque no tengo mucho
tiempo y no me permito
perder el poco que tengo
en textos que no me
sorprendan. Por tanto,
leo poco. Escribo más.
A veces miro lo que leo
y sopeso el tramo que me
falta para llegar allí.
Mucho. A veces escribo
fijándome solo en mis
pasos, sin ver al frente
ni atrás.
Reescribo siempre.
Escribiste o dijiste
alguna vez que “Los
títulos me cuestan.
Digamos que mi necesidad
de explicar atenta
contra mi poder de
síntesis”, ¿por qué
entonces escribir
Cuentos? ¿o acaso está
anunciándose una
novela?
Los cuentos que escribo
casi nunca son tan
cortos. Pero sí, la
novela me seduce. Tengo
una cuenti-novela
inédita y otras dos
paralizadas. La segunda
más acabada que la
primera. Quizá siga
—involuntariamente— el
camino de Kafka, que
dejó la mayoría de sus
novelas inconclusas. Lo
cierto es que soy lenta
escribiendo.
Tengo amigos que han
escrito novelas muy
decorosas en un mes, y
hasta en una semana, y
luego se han pasado años
corrigiéndolas. Yo no
podría. Ni escribir así,
ni corregir así. En mí
las novelas se suceden
con más calma. Y lo
hacen al mismo tiempo en
que escribo otras cosas
más inmediatas. La
escritura simultánea te
hace trabajar varios
registros a un tiempo y
ejercita un poco tu
versatilidad como
escritor. No obstante,
creo que debo
replantearme el concepto
que tengo de novela.
Me llama la atención que
has declarado a tu
proceso creativo como un
suceso plural, que puede
ser incluso público.
¿Eres una escritora
incorregible, convulsa,
o solo comienzas a
escribir lo que ya sabes
que vas a terminar?
Exceptuando las novelas,
lo que comienzo a
escribir lo termino. En
ocasiones suelo ser muy
disciplinada y escribo
un poco todos los días,
aunque tengo mis
períodos de disipación.
No me gustan los cuentos
a medias, ni los poemas
a medias, ni los libros
a medias. Por tanto, no
me gustan mis novelas.
Prefiero el libro como
un producto acabado.
Prefiero el libro
publicado, al inédito.
Pero sobre todo prefiero
el libro en papel, al
electrónico. De ahí que
me esfuerce por ver mis
libros en papel y no en
Arial, punto 12 del
Word. Eso implica
terminar mis libros.
Y los termino. |