|
Una voz familiar nos
entrega esta vez la
historia de una
misionera en África,
intensa y confusa como
han de ser sus recuerdos
de aquellas tierras, en
los inicios de su
carrera. La doctora
Laidi Fernández de Juan
partía hacia Zambia
desde un hogar de
letras: escribe,
recomendó el padre. Tomó
la pluma para no
extrañar. Desde
entonces, la literatura
ocupa también su vida.
En la soledad de ese
ejercicio, halló a la
mujer que quiso ser y
peleó por ella.
|
 |
Entre Dolly y otros
cuentos africanos
(Premio Pinos Nuevos,
1994) y “Sucedió en
Copperbelt” (Mención en
el Premio Iberoamericano
de Cuentos Julio
Cortázar 2011), nació
María E: dulce regalo
literario para quienes,
mujeres y hombres de
todas las edades y
latitudes, buscamos en
la literatura historias
que perduran
precisamente por su
distancia crítica de
temas canonizados por
grupos literarios, modas
o circuitos mercantiles.
En el ya reconocido
panorama de figuras
femeninas en la
narrativa cubana
contemporánea, Laidi es
la voz carismática de la
feminidad sutil, de los
matices de una condición
que nos iguala en la
diferencia. El cuento
que ha sido reconocido
entre decenas de
historias en concurso,
no obstante, pertenece
más al aliento de su
primer libro. Otra
faceta que redescubre,
multiplicada en sí.
Me has contado sobre la
experiencia en África.
Cuando la doctora Laidi
cumplía allí su misión
por dos años, imagino
que experimentando
vivencias y sensaciones
muy complejas, ¿la
intuición de escritora
recogía “material”
sensible para contar
historias? ¿Cuál es el
origen de “Sucedió en
Copperbelt” y cómo es
que llega ahora, tanto
tiempo después de
Dolly y otros cuentos
africanos?
“Sucedió en Copperbelt”
es un cuento que forma
parte de un conjunto de
narraciones que aún no
he concluido del todo, y
que posiblemente lleve
el mismo nombre. Me
preguntas por el origen
del cuento en particular
y por qué llega ahora,
tanto tiempo después de
mi primer libro,
Dolly y otros cuentos
africanos. Trataré
de resumirte lo que los
franceses llaman la
Petite Histoire. La
breve historia de la
pequeña anécdota sería
esta: Mi experiencia
africana, como le dije a
Norge Espinosa en una
larga entrevista que me
hiciera para la revista
Extramuros, me
cambió radicalmente la
forma de valorar la
vida. Han transcurrido
21 años desde mi
regreso, y aún siento
que no he agotado la
riqueza de lo que viví,
de lo que sufrí, de todo
el extraño y maravilloso
mundo que me fue
descubierto a golpe y
porrazo, sin anestesia y
para siempre.
Mi novela africana es mi
asignatura pendiente, y
como no me sale todavía
como aspiro que sea, la
voy desgajando a manera
de cuentos que me brotan
cada cierto tiempo sin
que me lo proponga o
pretenda evitarlo. Ellos
encuentran el momento, y
yo les permito vivir.
Empecé a escribir
precisamente estando en
medio del Copperbelt o
Cinturón de cobre, una
zona hostil y cautivante
a la vez que pertenece a
Zambia, antigua Rhodesia
del Norte, donde trabajé
como médica durante dos
años. No me dediqué a
recoger “material
sensible” sino que viví
las historias con un
sobrecogimiento que aún
perdura, y solo
contándolas puedo
exorcizarme de sus
recuerdos. Nada hay más
profundo en mí que la
huella africana, aunque
no desdeño otros temas
como la mujer, el humor,
la rutina, la
maternidad, riquísimos
todos para utilizarlos
literariamente.
Este cuento que ha
recibido mención en el
Cortázar es muy distinto
de aquellos por los que
quizá muchos lectores te
reconocemos: los que
transpiran un humor
inteligente, a través de
personajes que como
María E participan de
una cotidianidad a veces
desabrida y otras,
paradójica. ¿Crees que
esta literatura de temas
“serios” es más
privilegiada por la
crítica o los premios
que aquella vinculada
más a lo humorístico? ¿Y
qué les sucede a los
lectores, cómo crees que
reciben unos y otros?
Efectivamente, los temas
llamados serios gozan de
ventajas sobre los
asuntos humorísticos en
cuanto al juicio de los
jurados y de los
críticos. Eso es
innegable. Sucede que el
público lector persigue
más libros de humor que
de temas serios, y sin
embargo, se priorizan
los últimos en las
editoriales. Es una
contradicción entre
mercado y demanda, entre
críticos y lectores, lo
cual demuestra cuánto
nos falta por aprender.
Los libros, por citar
algunos ejemplos, de
Héctor Zumbado ―a quien,
por cierto, debemos la
antología de su
maravillosa obra―, de
Eduardo del Llano, de
Jorge Fernández Era, son
demandados con alta
frecuencia. Autores como
Eladio Secades, Juan
Angel Cardi, Enrique
Núñez Rodríguez, Marcos
Behmaras, Ramón Meza,
Samuel Feijoó, Carlos
Loveira, corren el
triste riesgo de ser
desconocidos u olvidados
por los jóvenes, lo cual
sería un imperdonable
error. Existen, por otra
parte, lectores y
lectoras que prefieren
otros géneros como el
policíaco, la literatura
negra, la erótica, en
fin, el abanico de
preferencias es amplio,
pero el recurso del
humor en la literatura
tiende a ser subvalorado
en un país como el
nuestro, tan rico en
tradición de choteo y de
comicidades bien
logradas.
Debo señalar, ya que
hablamos de este
peliagudo —y poco
tratado— asunto, que
celebro la próxima
aparición de libros de
humor a cargo del sello
Líber, de la Editorial
José Martí, y agradezco
que el Instituto del
Libro me haya concedido
un espacio mensual a
partir de septiembre,
para hablar de
Literatura y Humor en el
Centro Dulce María
Loynaz. Será un modo de
homenajear a los
maestros del género y de
presentar a quienes en
la actualidad se atreven
a incursionar en este
recurso literario.
En cuanto a mi personaje
María E, sigue dando
batallas con su madre,
sus amigas y sus hijos.
Me alivia mucho escribir
esas historias donde las
mujeres ríen, protestan,
se lamentan y salen
victoriosas de la gran
guerra cotidiana. Luego
regreso a África, donde
la pesadumbre contrasta
con la felicidad del
mundo de María E.
Otra vez, una mujer
protagoniza un cuento de
Laidi. Y aun cuando se
trate de una obra de
ficción, la historia
parece partir de tu
propia experiencia.
¿Cómo ocurre el proceso
de escribir desde ti
misma y no desde otras
mujeres?
Una mujer es la
protagonista de “Sucedió
en Copperbelt”. Me
reservo el derecho de
confesión. Creo que lo
importante no es el
hecho de cuánto de real
hay en un cuento, sino
el desnudo de una pasión
humana, en este caso la
perfidia. No sé si
podría escribir desde
otra persona que no
fuera yo misma, pero lo
seguro es que siempre lo
haría desde la voz de
una mujer. El universo
que conozco es el
femenino, y desde allí,
lanzo flechas, aunque
como dice Juan Madrid,
ningún escritor sabrá
jamás si ha dado o no en
el blanco.
“Nadie
puede pretender que los
cuentos solo deban
escribirse luego de
conocer sus leyes”,
decía Cortázar sobre el
género. ¿Qué les dices a
esos jóvenes escritores
—a quienes sé que lees
bastante—, que ocupan
tanto tiempo en depurar
la técnica? A veces,
como lectores,
extrañamos sensaciones
que solo producen las
buenas historias: la
intensidad, la capacidad
de emocionar, la
perdurabilidad…
Esta pregunta es
altamente explosiva, y
por ello me gusta. Como
periodista me preguntas
desde tu perspectiva de
lectora, y eso mismo
haré yo para
responderte. Es cierto
que leo mucha obra
narrativa cubana actual,
toda la que esté a mi
alcance. Lo hago por
varios motivos: para
mantener mi columna
quincenal de
Cubaliteraria, para
ejercitarme como crítica
autodidacta, para
aprender cada día lo que
debo y no debo hacer,
para tener el termómetro
vigente de cuál es la
literatura que se hace
en nuestro país, y
también por razones
sentimentales, de amor,
que son difíciles y
vergonzantes de
explicar.
Lo cierto es que
coincido contigo en que
se tiende, en sentido
general, a priorizar la
llamada técnica
narrativa sobre el hecho
fundamental de contar
una buena historia.
Siempre tengo presente
el libro de ensayos del
gran narrador argentino
Abelardo Castillo,
Ser escritor. Entre
muchos sabios consejos,
dice que si no tenemos a
mano una buena anécdota,
mejor no intentar
escribir. En ocasiones
he leído textos
brillantemente escritos
desde el punto de vista
técnico: todos los
vocablos están bien
colocados, los adjetivos
son los necesarios, las
conjugaciones perfectas,
los gerundios escasos
—como dicen que debe
ser—, el título acorde
al tema, la longitud del
relato es la adecuada,
etc.; pero cuando llego
al final, me asalta la
duda de qué fue lo que
me contó el autor. ¿Qué
aprendí? ¿Qué nueva
forma de narrar me
enseñó? Si un cuento,
una novela, un poema, no
logra estremecernos
aunque sea impecable su
factura, no cumple su
objetivo, creo yo, como
lectora monda y lironda.
Habría que revalorizar
entonces a qué se le
llama un buen cuento.
¿Qué es un buen relato?
Yo prefiero aquellos que
me sacuden, que me
llegan al alma, que me
enseñan, que me
divierten o me
entristecen siempre, que
transmitan autenticidad
aunque estén cargados de
adjetivos y de
gerundios. Las poses
literarias, las modas,
las corrientes, las
normas y las leyes para
la literatura,
francamente me tienen
sin cuidado.
El Cortázar de este año
recayó en una mujer,
Legna Rodríguez, y tres
de las menciones fueron
otorgadas a mujeres,
también cubanas. ¿Qué
opinas? ¿Es una
sorpresa o crees que del
panorama de las letras
cubanas bien podría
esperarse algo así,
tarde o temprano?
Me parece muy natural
que de las cinco
distinciones que se
otorgaron este año al
Premio Iberoamericano de
Cuentos Julio Cortázar,
cuatro hayan recaído en
mujeres. No solo no es
sorpresivo este
resultado, sino que
puede ser un avance de
lo que sucederá. Las
mujeres hemos tomado la
delantera también en
este campo del
humanismo. Ya era hora
de que se escucharan
nuestras voces en la
misma arena que han
usado los hombres
durante todos los siglos
de desiguales combates
que se recuerdan. No
somos mejores sino
iguales, aunque nuestras
perspectivas difieran.
|