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Finalizadas las guerras
por la liberación de los
países situados al sur
del Río Bravo, las
nuevas naciones no
gozaron precisamente de
la ansiada paz y ello
provocó el éxodo de no
pocos de sus habitantes.
Algunos buscaban un
espacio para comenzar
con más sosiego una
nueva vida, pero otros
salieron de sus
respectivos países
porque, de un modo u
otro, habían sido objeto
de persecuciones por sus
ideas demasiado
radicales. Así, entre
1816 y 1821 coincidieron
en la capital cubana
cuatro intelectuales
provenientes de Perú
(Manuel Lorenzo de
Vidaurre, 1773-1841), el
ecuatoriano Vicente
Rocafuerte (1783-1847),
José Antonio Miralla
(Argentina, 1790-1825) y
el colombiano José
Fernández de Madrid
(1789-1830). Antes,
hacia 1809, se había
radicado el guatemalteco
Simón Bergaño, a cuya
figura le hemos dedicado
anteriormente dos
artículos. Como este,
eran también hombres de
“luces”, como se decía
entonces, tanto por su
cultura política, como
por la científica y
literaria, y estaban muy
enterados de las
novedades de la vida
cultural europea. Sus
ideales revolucionarios,
probados en sus
respectivos países a
través de una activa
vida ciudadana,
contribuyeron a darles
un aire subversivo y
hasta se propaló eran
elementos enviados ex
profeso para
inculcar en Cuba las
ideas liberadoras ya en
parte cumplidas al
independizarse las
tierras del sur del
continente de la
opresión española. De
“emisarios” se les
calificó por las
autoridades
peninsulares, siempre
muy pendientes de sus
pasos. Pero lo que sí no
debe llamar a engaño es
que ellos no llegaron a
Cuba para pasearse por
la Alameda de Paula, el
Paseo de Extramuros o
participar en los bailes
y saraos de la
aristocracia habanera,
entonces en pleno
disfrute de las riquezas
extraídas del trabajo
esclavo. No. Ellos
tuvieron una activa
presencia en la
formación de la entonces
incipiente conciencia
nacional y fueron
contribuyentes decisivos
en el desarrollo del
pensamiento progresista
ya por entonces acunado
en las aulas del
Seminario de San Carlos
y San Ambrosio, en el
cual Félix Varela dejaba
sentir su magisterio a
un alumnado donde
descollaban jóvenes como
José Antonio Saco. Las
ideas de estos
latinoamericanos, muy
influidas por las
emanadas de la
Revolución Francesa,
fueron bien recibidas
por la juventud
habanera, que con ellos
compartió la necesidad
imperiosa de la
inminente separación de
España. Pero, además,
fueron portadores de un
sentimiento, volcado a
las artes, en particular
en la literatura, que
rindió en Cuba sus
mejores frutos: el
romanticismo como
tendencia revolucionaria
en oposición al frío
neoclasicismo, corriente
la primera, sabemos, que
adquirió en la Isla un
fuerte contenido
patriótico del cual fue
cabeza principal José
María Heredia.
La estancia en Cuba de
Manuel Lorenzo de
Vidaurre fue corta.
Considerado sedicioso en
Perú, no gozó de la
estimación ni de los
gobernantes ni de los
revolucionarios, y si
bien actuó como un
ideólogo en su posición
contra España, al
parecer no pasaba de ser
un reformista. Una vez
en la Isla fue nombrado
Oidor de la Audiencia de
Puerto Príncipe —es
preciso recordar que
desde la salida de Santo
Domingo de las tropas
españolas, se trasladó a
Cuba, específicamente a
Puerto Príncipe, hoy
Camagüey la Audiencia
radicada en la hermana
isla, la más antigua
instaurada de América—,
pero su desenvolvimiento
en el cargo atrajo las
sospechas de las
autoridades españolas.
Salió de Cuba en 1822,
año en el que expuso en
un documento las razones
de su abandono —se
pronunció a favor de que
el regimiento Español de
León, que capituló en
Cartagena y se asentó en
Puerto Príncipe, saliera
de inmediato de la
ciudad—, pero, además,
en él expresó las causas
por las cuales Cuba
debía separarse de
España y, una vez
logrado este paso,
estrechar los lazos con
las confederaciones
americanas.
Por su parte, Rocafuerte
publicó entre nosotros
algunos trabajos como
Ideas necesarias a todo
pueblo que quiere ser
libre, con falso pie
de imprenta en
Filadelfia. Estableció
una sólida amistad con
José María Heredia y,
como Vidaurre, vio el
romanticismo como una
actitud vital, abierta
al pensamiento y apto
para servir de portavoz
a los ideales de
liberación.
El argentino Miralla se
radicó en la Isla hacia
1816. Llegó procedente
de España, pues una vez
reinstaurada la
monarquía, sus ideas
revolucionarias chocaban
con el absolutismo real.
Fue acogido con calidez
por los criollos y
pronto ingresó en la
Sociedad Económica de
Amigos del País, que
acogía buena parte de
los amantes de un mayor
esplendor en todos los
órdenes de la vida
social, económica y
cultural. Aquí publicó
algunos trabajos y,
gracias a sus
traducciones del
francés, las ideas
románticas fueron
conocidas por nuestra
intelectualidad. Su
dominio perfecto del
idioma inglés le
permitió impartir clases
de esa lengua a, entre
otros, el poeta Heredia,
quien, agradecido, le
dedicó su primera
traducción: el poema “La
batalla de Lora”, de
Ossian.
Por último, Fernández de
Madrid, muy vinculado a
los movimientos
insurgentes en su
Colombia natal —donde
llegó a ser presidente
del Congreso— debió huir
del país debido a pugnas
intestinas. Tras no
pocos tropiezos, fue
apresado por las
autoridades españolas,
deportado a Madrid, pero
en la escala del barco
en La Habana fue
autorizado a permanecer
aquí debido a su frágil
estado de salud. Se
vinculó también a la
Sociedad Económica de
Amigos del País y
publicó diversos
trabajos científicos
apoyados en las
necesidades materiales
vistas en la Isla, no
atendidas, como era
menester, por las
autoridades españolas.
Tuvo también discretas
inclinaciones
literarias, que canalizó
a través de la poesía y
el teatro, con una
versión dramatizada de
la novela Atala
del romántico francés
Chateaubriand, dedicada
a Vicente Rocafuerte. A
diferencia de Miralla y
Vidaurre, Fernández de
Madrid y en alguna
medida Vidaurre, sí se
vincularon a facciones
separatistas cubanas.
Incluso Fernández de
Madrid dirigió una de
las células secretas de
la Conspiración de los
Soles y Rayos de
Bolívar, en la que
estuvo comprometido
también Heredia, y fue
acusado, junto con
Vidaurre, de cabecilla
de dicho movimiento,
razón que los obligó a
abandonar la Isla. Desde
el extranjero, ambos
continuaron trabajando a
favor de la
independencia de Cuba.
La circunstancia de
haberse declarado en
Cuba la libertad de
imprenta al calor del
establecimiento en
España, por segunda
ocasión (entre 1820 y
1823) de un régimen
constitucional, decidió,
primero a Miralla,
publicar en 1820 La
Mosca, aparecido con
el epígrafe de “Con más
acierto y vigor/ Que la
severa invectiva, / Una
crítica festiva / Corta
el abuso mayor”. Fue un
periódico satírico que
solamente dio al público
siete números, ninguno
de los cuales ha llegado
a nuestros días, y solo
se conocen por
referencias eruditas de
estudiosos como Joaquín
Llaverías. La mayoría de
las colaboraciones,
según dice este
estudioso, estuvieron
dedicadas a censurar a
las autoridades
españolas y a propiciar
la honradez en el
entonces corrupto
sistema judicial. Las
poesías que incluyó eran
de tono satírico-
burlesco y todos los
trabajos insertados
aparecieron bajo
seudónimo, manera muy
habitual en aquellos
años, donde se temía a
la censura oficial. Así,
allí escribieron La
lechuza, El
agraviado por la
justicia y El
reparón, entre otros
muchos. Asimismo, La
Mosca abrió sus
páginas a los que
desearan denunciar algún
abuso:
AVISO AL PÚBLICO
Cuando quiera una
persona
Algún abuso advertir
Puede sin miedo acudir
A la Mosca criticona.
Pero Miralles y
Fernández de Madrid
llegaron a un acuerdo:
fundar en La Habana el
periódico político,
científico y literario
titulado El Argos.
Apareció entre 1820 y
1821y lo subtitularon
“Periódico político,
científico y literario”.
Fue creado, como ambos
proclamaron en su número
inicial del 5 de junio,
“para escribir en el
sentido de la democracia
y de la independencia
americana” e “influir en
la política del
continente y en especial
de los habitantes de
Méjico”. Lograron
publicar 34 números,
cifra, para la época,
importante, cuando casi
a diario aparecían en la
capital, e incluso en
algunas otras ciudades,
nuevos periódicos que
apenas lograban alcanzar
los diez números.
Publicaron artículos
políticos, económicos y
literarios, tomados de
periódicos españoles en
su gran mayoría. Además,
aparecieron poesías de
ambos —la de Fernández
de Madrid, titulada “Las
rosas” fue elogiada por
el reconocido literato y
gramático venezolano
Andrés Bello—, así como
trabajos de marcado
carácter anticlerical,
debidos a sus
fundadores. Un
autorizado investigador
y bibliógrafo, Carlos M.
Trelles, consideró
El Argos el primer
periódico científico
publicado en la Isla,
pues tanto Vidaurre como
Fernández de Madrid
tuvieron una especial
vocación por promover,
en todos los órdenes
posibles, el adelanto
científico de nuestro
país.
Un importante
historiador cubano ya
antes citado, Joaquín
Llaverías, director
durante muchos años del
Archivo Nacional de
Cuba, tuvo acceso en su
momento a todos los
números publicados de
este periódico, que hoy
se ha convertido en una
verdadera rareza, y
quizá temiendo el
implacable paso del
tiempo, despiadado
destructor de papeles,
incluyó en su obra
Contribución a la
historia de la prensa
periódica los
sumarios de todos los
trabajos aparecidos en
sus más de tres decenas
de números, como también
hizo con La Mosca,
de Miralles.
A El Argos se
refirieron elogiosamente
Domingo del Monte y Don
Marcelino Menéndez y
Pelayo, quien expresó
que en aquella época
“descollaba entre
todos”.
Así, los inquietos José,
Fernández de Madrid y
Miralla, amigos de José
María Heredia, nuestro
primer gran poeta
romántico, se
convirtieron, junto con
el guatemalteco Simón
Bergaño, que los
antecedió, en los tres
primeros— y quizá únicos
latinoamericanos— en
fundar en el siglo
xix una
publicación periódica en
Cuba. No fue,
presumiblemente, hasta
la aparición de la
revista Casa de las
Américas, en 1960,
que un nuevo grupo de
intelectuales de nuestro
continente se vinculó a
un proyecto que, desde
entonces, pertenece no
solo a esta Isla, sino a
lo mejor del pensamiento
continental y mundial.
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