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“Escultor
como Paredes es
Tony López (La
Coruña, 1918)
quien heredó el
arte de su
padre, Joaquín
López Fernández,
nacido en 1893.
A Joaquín López
se deben algunas
obras
escultóricas en
fachadas de La
Habana, como las
de la Escuela
Técnica
Industrial de
Rancho Boyeros y
de la Iglesia
del Sagrado
Corazón de
Jesús, en la
calle Reina. De
Tony López se
presenta ahora
una
escultura-caricatura
en yeso
policromado de
Jorge Mañach,
importante
figura del
panorama
cultural cubano
de este siglo.”
Manuel Crespo
Larrazabal,
curador de arte
español
del Museo
Nacional de
Bellas Artes de
La Habana.
Fragmento de
texto a
propósito de la
muestra de las
obras
de artistas
gallegos en Cuba
y de cubanos que
pintaron
Galicia.
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La huella de Antonio
López (Tony) —artista
fallecido a los muy
avanzados 92 años de
edad en la ciudad
norteamericana donde
residió desde 1957,
Miami—, se hace
apreciable en tanto
logró impactos en dos
vertientes
contrapuestas: la
monumentaria y el
pequeño formato en una
especialidad donde se
divisa como una rara
avis en el universo
artístico cubano, el
humor.
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Caricatura
escultórica en
yeso de
Luis Carbonell |
En lo concerniente a la
escultura conmemorativa,
su pieza de mayor
jerarquía entre las que
enriquecen el entorno de
nuestros espacios
públicos es, sin lugar a
dudas, la que honra a
Julio Antonio Mella en
el memorial dedicado al
líder comunista y
estudiantil frente a la
escalinata de la
Universidad de La
Habana.
Fue un encargo de la
Federación Estudiantil
Universitaria, a
petición expresa de su
presidente, José Antonio
Echeverría, realizado en
1954, nada menos que
cuando imperaba la
dictadura batistiana y
se hallaba en pleno
apogeo la represión
contra todo aquel que
enfrentara el régimen de
facto. Esto le da un
valor añadido al gesto
del escultor, quien ya
desde entonces se había
vinculado a la
resistencia
antidictatorial. Su
afinidad con el proceso
insurreccional que se
estaba poniendo en
marcha puede inferirse
de un dato artístico
—modeló una estatuilla
de Fidel Castro, que en
una reseña publicada por
la revista Bohemia en
1955 la refiere como “un
perfil de Fidel, el
hombre del Moncada”—y
otro vivencial: la
recaudación de fondos
para el Movimiento 26 de Julio, que le valió la
persecución de la
policía batistiana y el
destierro. Se sabe que
antes de marchar pasó
los fondos a manos de
Haydée Santamaría. Y que
impactado por el
arrollador triunfo del
Ejército Rebelde,
realizó un busto del
comandante Camilo
Cienfuegos.
Cuando se observa
presencialmente el Mella
de la Universidad, el
Guiteras también
destinado a los predios
del Alma Máter y
mediante reproducciones
el Carlos J. Finlay
emplazado en una
institución médica de
Filadelfia, el Maceo que
erigió en Miami o su más
notable obra de los
últimos años, el José
Martí que trabajó para
una urbanización de
Nueva Orleans, nos damos
cuenta de que en su
proyección estética
había algo más que un
simple dominio del arte
escultórico figurativo.
La caracterización de
las facciones de las
personalidades
esculpidas dan la medida
de un serio intento por
expresar la cualidad
humana fundamental de
estas figuras:
reciedumbre,
consagración a un ideal,
humanismo, altura épica.
Mientras estas obras
perduran, la otra faceta
de López prácticamente
solo puede referenciarse en Cuba a
partir de fotografías de
época —una de las
excepciones es la
estatuilla que conserva
el Museo Nacional de
Bellas Artes sobre Jorge
Mañach— y mediante las
que guardó el propio
artista en su estudio
de Miami.
El periodista francés
Michel Porcheron y el
historiador y crítico
cubano Axel Li —este
último con
imprescindibles trabajos
en La Gaceta de Cuba (de
la UNEAC) y en La
Jiribilla— han hecho
loables esfuerzos por
seguir la pista y
documentar la etapa en
que Tony López
desarrolló, en exclusiva,
la caricatura
escultórica en las
décadas de los 40 y 50,
varias de ellas
aparecidas en la propia
Bohemia y expuestas en
galerías al menos en
tres ocasiones durante
ese lapso.
En general se trataba de
pequeñas figuras de yeso
en las que seguía el
patrón de la caricatura
personal en
correspondencia con las
posibilidades del diseño
volumétrico. Aunque
cuando se observan las
que realizara a Ramón
Grau San Martín y a
Germán Pinelli se puede
apreciar cómo en manos y
cabeza, más que en el
resto del cuerpo, solía
resumir la intención de
la obra. En Grau, la
expresión demoníaca del
demagogo. En Pinelli, la
expansión comunicativa.
Nadie podrá negar la
ubicación prominente de
la obra de Tony López en
la historia de la
escultura cubana del
siglo XX. Quizá haya
llegado la hora de
renovar los estudios
sobre ella.
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