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Para quienes persiguen
las nuevas voces de la
literatura cubana
contemporánea, la
mención de Legna
Rodríguez Iglesias no
será un descubrimiento.
Se trata de una de las
jóvenes autoras de obra
más prometedora si
atendemos a los lauros
obtenidos y al hecho de
que con 26 años ya suma
ocho libros, además de
estar presente en varias
antologías.
Cuando uno la conoce,
advierte de inmediato la
razón de su temprano
éxito. Se trata de una
de esas personas para
las que las palabras no
brotan nunca mejor que
frente a la página.
Discreta, observadora,
casi tímida, va
revelando poco a poco
sus pasiones, totalmente
relativas a la
literatura.
No puede ser de otro
modo si desde que tiene
uso de razón ha estado
rodeada de libros. Ni
siquiera recuerda cuándo
comenzó a escribir.
Parece que “desde
siempre”, asegura, si
bien no deja de
reconocer que la
publicación temprana
puede ser un peligro por
la falta de madurez.
Es graduada de teatro en
la Escuela de
Instructores de Arte en
su natal Camagüey, pero
nunca ejerció la
profesión pues prefirió
dedicar todo su tiempo a
escribir. Tiene obras de
poesía y narrativa,
entre ellas una novela
dedicada al público
infantil. Querida
lluvia, 2002;
Arroz con mango,
2002; Zapatos para no
volver, 2004;
Instalando me, 2005;
El mundo de Laura,
2007; Ciudad de
pobres corazones,
2008; Los Mágicos,
2008; y Ne me quitte
pas, 2009, ganador
del concurso Calendario
otorgado por la AHS en
la categoría de cuento,
son hasta ahora sus
títulos publicados.
Esta semana la
camagüeyana ha vuelto a
ser noticia, luego de
convertirse en la
ganadora del
Premio Iberoamericano de
cuento Julio Cortázar.
El jurado —integrado por
el narrador cubano
Reynaldo González, el
crítico y editor Ariel
Camejo y el escritor
argentino
Mario Goloboff—
seleccionó su relato
“Hasta Feldafing no
paro” entre más de 300
propuestas, por “la
originalidad de su
discurso narrativo y la
destreza para construir
un relato que recrea de
forma peculiar,
atmósferas y personajes
contemporáneos”.
Se trata de uno de los
escritores favoritos de
Legna, por eso se sintió
como un cronopio
asustado cuando se
enteró del premio. “Es
demasiado fuerte
alcanzar un
reconocimiento así, tan
grande, y con ese
nombre. Siempre he
sentido por Cortázar una
admiración tremenda, tal
vez demasiada”.
Eres también la
narradora más joven que
se lleva el lauro.
¿Crees que este tipo de
certámenes estén
abriendo posibilidades a
los nuevos escritores?
No estoy segura, pero
debe ser así. Ojalá se
mantuviera como algo
sostenido la presencia
juvenil, que no tiene
siempre que ver con la
edad. Aunque uno tenga
80 años puede escribir
contemporáneamente.
¿Así lo haces tú?
Sí, claro. Prefiero no
escribir que escribir
como un viejo; pero no
en el sentido de los
años vividos, sino por
lo caduco, por lo
pacato. Me parece que
hay que escribir como
todos los escritores
trascendentes: escribir
como es tu tiempo, o más
allá.
¿Cuáles son entonces los
temas que te preocupan?
Son temas sociales sobre
todo, y humanos. Mis
protagonistas siempre
son las personas.
Escribo también
literatura infantil y
nunca el protagonista es
un pato. Lo que más
preocupa es el ser
humano, la sociedad, su
hábitat.
No son pocos los jóvenes
que se inclinan por este
género.
Muchos escritores
escriben para niños
porque se ha vuelto
medio moda. Pero bueno,
ahí está el tiempo para
decidir, sin perder de
vista que las artes
también se hacen de
modas.
Tal vez debemos
refrescar la literatura
para niños. Los niños
tienen mayor fantasía e
imaginación que
cualquier editor. Acabo
de impartir un taller
para ellos en la Habana
Vieja y en los juegos de
creación colectiva me di
cuenta de que nunca
salía una flor, ni una
amapola con ojos.
Hay un gran atraso en
ese sentido. Yo he sido
censurada, no a gran
escala, pero sí con
opiniones, debido al
criterio de que “algo”
no es para niños. Luego
se lo he leído a ellos y
se divierten, lo
comprenden todo. No sé
qué es lo que entienden
algunos por literatura
infantil, pero entre
esas personas
retrógradas están los
jurados y editores, que
continúan publicando
libros para niños sobre
los patos.
Tal vez por ese interés
de transformar el canon,
en los últimos años se
advierte una tendencia a
tratar problemas
sociales en la
literatura infantil,
como la violencia.
Porque entre ellos
también hay agresividad.
Existe una violencia
total en el mundo, y si
la sociedad es de una
manera, así son los
niños. Ellos cantan y
bailan reguetón, un tipo
de música cargada de
violencia, sobre todo
simbólica. A ese niño no
le puedes hacer un
cuento sobre los paticos,
porque su realidad es
otra. Tienes que
escribir algo que sea
creíble para él y que
contradiga lo que le
enseña el reguetón. No
puede ser fácil. Hay que
trabajar, ser muy
imaginativo; pero uno es
el artista y tiene que
crear.
Hay en tu generación una
tendencia a desmarcarse
de la impronta realista
que ha caracterizado a
la literatura cubana
contemporánea, sobre
todo en los 90. Según
dijiste una vez, lo
único que no le puede
faltar a tus cuentos es
realidad. ¿Cómo dialogas
con eso?
Igual que Cortázar. Él
era un hombre que
escribía desde lo
fantástico sobre la
realidad, o con la
realidad. Cuando en la
premiación el argentino
Mario Goloboff se
refería a esto, yo me
sentía aún más asustada,
porque el cuento
premiado era justamente
un cuento fantástico
lleno de realidad, o una
realidad llena de luces,
de cosas que no son
reales. Al escribir
intento una completa
mezcla de realidad y
fantasía.
¿El cuento ganador forma
parte de un cuaderno?
Sí. Es un libro que debo
terminar pronto. Tiene
relatos muy distintos,
pero cada uno es un
homenaje a alguien
importante de la
literatura, escritores
especiales. El cuento
“Hasta Feldafing
no paro” está
dedicado a Julio
Cortázar, el más grande
de todos. Narra la
historia de una mujer
que necesita encontrarse
con sus amigos en
Feldafing, Alemania. Un
día ellos comienzan a
reclamarla y a llamarla
por todos los teléfonos
públicos de la ciudad.
Ella explota de alegría,
pero sin sus gavetas no
se va, y sus gavetas
están llenas de mazos de
berro. En la aduana le
ponen resistencia. Al
final lo logra, pero
cuando llega a su
destino puede suceder
algo inesperado.
Tiendes a dedicar obras
a tus amigos, o a
referirte a tus amigos
cuando escribes.
Es que los amigos son
muy especiales. Son todo
a lo que uno se
aprehende en la vida,
porque la familia es
también tu amigo, y lo
que lees, y la música
que escuchas, y las
personas que eliges. En
fin, la vida está llena
de amigos, algunos
especiales y otros a los
que conviertes tú en
especiales. Es como los
niños cuando imaginan un
perro y le dicen vamos,
y no existe. Los amigos
pueden también no
existir.
Empezaste a publicar
bastante joven y eso
puede ser ventaja o
riesgo.
Fue una gran suerte
poder publicar rápido,
pero hubiera preferido
dejar inéditos los dos
primeros libros. Yo era
muy joven e inmadura y,
por tanto, esos libros
son así. No obstante,
creo que fue bueno
encontrar en Camagüey a
personas interesadas en
mis poemas, sobre todo
Jesús David Curbelo.
Escuché rumores de que a
él le encantaba el
primero, “Querida
lluvia”, que obtuvo
mención en un concurso.
Fue él mismo quien luego
editó ambos textos.
Desde entonces se
aprecia un crecimiento
en tu trabajo.
Sí, una evolución total,
pero que, al mismo
tiempo, está todavía a
medias o a tres cuartos
o en cero, de lo que
podrá llegar a ser. Una
persona de 14 años no
puede escribir como una
de 25, y eso se nota.
Los problemas de la
adolescencia ocupan
varios de tus textos.
¿Ha cambiado eso con la
madurez?
Tal vez sí, pero tal vez
no. Como te dije, una
persona de 50 años es
adolescente. Uno siempre
adolece de miles de
cosas, sobre todo
materiales. Hay lagunas
de afecto, de
información.
Mis personajes seguirán
adoleciendo de todo eso.
Siempre serán héroes
imperfectos. Y tienen
que ser jóvenes, para
que sean verdaderos y
vivos. Si es un muerto,
que esté vivo.
¿Cuándo comenzaste a
escribir?
He escrito desde
siempre, desde que era
niña. Primero quería ser
actriz, pero todo me
daba pena. Si me asusto
con un premio y una
entrevista imagina con
un público. Por eso
escribir fue la salida,
lo más agradable para
expresarme. No tengo
antecedentes literarios
en mi familia, pero
siempre recuerdo estar
rodeada de libros,
sabérmelos de memoria.
Mi mamá, mi papá, mis
tíos, mi familia entera
me compraba libros y esa
fue la motivación más
importante para
escribir, leer. Si no
leo no puedo escribir.
¿Cuáles son los pros y
contras de los premios?
Casi todos los jóvenes
escritores necesitan
sentirse motivados y un
premio es una motivación
tanto material como
profesional. Puedes
llegar a creer que de
verdad estás escribiendo
bien, aunque no deberías
hacerlo. Los premios son
algo subjetivo, llenos
de gamas y contrastes.
Son un problema y a la
vez un placer. En Cuba
te dan la posibilidad de
publicar, lo mismo en
una revista que en un
libro, y eso es lo más
importante. Son casi el
único modo de llegar a
ver tu obra impresa.
Claro, hay que tener en
cuenta a los jurados,
los movimientos
literarios y otros miles
de aspectos que
determinan a quién se
elige. Si no estás en
ese círculo van pasando
las vueltas y no
alcanzas nada.
¿Qué puntos de contacto
encuentras entre tu obra
y la de otros escritores
de tu generación?
La mayor emoción,
vergüenza y sorpresa al
obtener el premio Julio
Cortázar estuvo motivada
por la cantidad de
buenos escritores
jóvenes que hay ahora
mismo en Cuba.
En La Habana he
conocido autores
sorprendentes como Raúl
Flores,
Anisley Negrín,
Orlando Luis Pardo,
Ahmel Echevarría, Jorge
Enrique Lage, entre
otros. En cuanto
a las preocupaciones
comunes, se trata de una
pregunta analítica, y no
me he detenido a repasar
el trabajo de cada uno.
Los leo con placer. No
sé si sus intereses son
los mismos que los míos.
Los escritores, en
sentido general, siempre
tenemos algo que nos
une, algún tema o manera
de escribir; pero en
este caso no estoy
segura de cuáles.
Igual existe una gran
cantidad de narradoras
jóvenes. ¿Implica en
algo tu género al
concebir los textos?
Nunca he tomado la
literatura desde el
punto de vista de la
mujer. La mujer está
defendida. Me parece que
no hay que defenderla
como tampoco al hombre.
El hombre también está
defendido. Yo escribo lo
que veo en mí y, sobre
todo, lo que veo en los
demás, lo que veo en la
calle. Pero no desde
mujer, sino desde
persona. Mis personajes
son femeninos porque soy
yo. Si hubiera sido
hombre hubiera escrito
así, pero de otra
manera.
¿Tienes alguna
preocupación especial
por la forma?
En los cursos de
técnicas narrativas
siempre hay un problema,
pues algunos dicen que
es más importante el
contenido y otros que la
forma. Evidentemente,
los dos son importantes,
pero creo que la forma
es lo que puede
embellecer el contenido.
Para mí la forma es
fundamental, y el
lenguaje, desde el
momento en que es
literatura, se convierte
en hermoso.
Tus textos se leen
cómodos, sin
rebuscamientos.
En la comodidad también
hay hermosura. El
lenguaje es algo mágico,
no puede ser feo.
Escribo como me gusta
leer.
¿Y en la poesía? Uno de
tus críticos te llamó
poeta lírica.
No, creo que no soy
lírica. Estoy en contra
de todo lo que se
imposta. Hay una gran
pose en la poesía cubana
actual, de belleza
forzada que, por
supuesto, no es belleza.
El instrumento más fácil
para esa poesía falsa es
el lirismo. Por eso
trato de no ser fácil,
porque no puedo escribir
poesía pensándola
totalmente. La pienso,
sí, pero trato más de
sentirla. Si algo
intento es ser sincera.
¿Qué lugar ocupa en tus
intereses como autora
esta zona de la
creación?
Todos los lugares. La
poesía es principal para
mí. Mis cuentos son
poemas, y mis poemas son
historias. Pero prefiero
la poesía, y leer
novelas.
¿Has escrito alguna para
adultos?
Sí, pero no sé si soy
totalmente adulta ya. No
sé si la novela sirva.
La narrativa para mí es
muy complicada. Escribir
un texto largo, que aúne
personajes y conflictos,
esté bien escrito, etc.,
es difícil. Para mí un
cuento puede tener dos
palabras, pero ese no es
el canon.
¿Cuáles son tus
proyectos inmediatos?
Todos literarios. Estoy
terminando este libro de
cuentos y empecé uno de
poesía. Me imagino que
estaré escribiéndolos.
No tienen nada que ver
uno con el otro, pero
aspiro a que al final se
conecten.
¿Guardan tus textos esa
continuidad de la que
hablan los críticos?
Sí. Mis obras se
continúan. Aunque
cambien de tema o de
forma, si es que
cambian, tienen una
relación. |